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Transmisión de partido entre Uruguay y Arabia Saudita en la pantalla del IMPO, el 15 de junio de 2026, en la Intendencia de Montevideo · Foto: Leidy Laura Sosa

Transmisión de partido entre Uruguay y Arabia Saudita en la pantalla del IMPO, el 15 de junio de 2026, en la Intendencia de Montevideo

Foto: Leidy Laura Sosa

Un día en la vida

Los debuts en los mundiales, marcas que nos quedan para siempre.

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Una marca más en nuestras vidas. El debut de Uruguay con empate ante Arabia Saudita en el Mundial 2026 tal vez no signifique ningún hito futbolístico en nuestra historia, pero, por la vida vivida, sabemos que será una pequeña marca en el recuerdo. Para algunos será una más, la reafirmación de que la vida es eso que pasa entre mundial y mundial; para otras y otros podrá ser la primera o la segunda huella en la memoria. El registro exacto de dónde estaban aquella tarde-noche en que el arquero saudí se atajó todo en el segundo tiempo para retrasar el triunfo celeste, el agujerito en el alma que deja la no victoria esperada, el calorcito de la esperanza que fabricaron con el juego de la segunda parte.

El registro de la vida

En Uruguay, el tiempo no es una línea recta de calendarios gregorianos, sino una sucesión rítmica de puntos de referencia que nos permiten rescatar nuestra propia biografía del olvido.

El Mundial funciona aquí como un ayuda-memoria existencial. No recordamos el Mundial solo por el fútbol, sino porque ese evento fijó en nuestra retina el sabor de una milanesa o nuestra condición de enamoramiento o de padres primerizos. La psicología aplicada a estas instancias sugiere que la Copa del Mundo actúa como un ancla que sujeta recuerdos que, de otro modo, serían insignificantes: el olor de la pizza, la textura de la masa de los ravioles o la inseguridad de un niño sentado en un banquito de madera frente a la pantalla.

Es un registro en el tiempo de aquello que sucede y no volverá a suceder, una herramienta para que los que vengan encuentren satisfacción en la extensión de un relato que les pertenece.

De Cerro Chato a Miami

Tal vez no recordemos que fue un lunes, pero sí que se trató de un día importantísimo. Quedará flotando la idea de que en el Uruguay aquel día pudo haber sido uno de los más fríos del año. Al mismo tiempo, otra decena de miles de presentes en Miami recordarán el calor húmedo y asfixiante que comprimía la atmósfera de un partido que costaba destrabar.

Lo mismo les sucederá a los futbolistas que estuvieron en la cancha o a los que esperaban en el banco: recordarán como un mojón en sus vidas aquel primer partido con la Celeste en el Mundial 2026.

Históricamente, el debut en una instancia semejante —el campeonato mundial, lo máximo que un o una futbolista puede vivir— es un momento imborrable. Las tensiones y los nervios se mezclan en quienes tienen ensayado un libreto y manifiestan una idoneidad casi absoluta para estar en la competencia. Sin embargo, son seres humanos con certezas e inseguridades; hombres que deben manejar el termómetro de sus propias vidas y, además, soportar la carga omnipresente de todo un pueblo que saben que llevan sobre los hombros.

Nunca jugué un mundial, pero, sin dudas, puedo recordar, sin tener que revisar absolutamente nada, apelando solo a mi memoria inmediata, lo que pasó en aquellos debuts. Por ejemplo, mi debut escolar en el Mundial de México 70: recuerdo la lesión de Pedro Virgilio Rocha a los diez minutos, la desazón de mis mayores y el gol de Ildo Maneiro para resolver el partido ante Israel. Lo mismo me pasa con el del 74. Ya iba al liceo y, cuando llamo a ese recuerdo, veo al Negro Cubilla —uno de los más grandes cracks que uno pudo haber visto en las canchas en los años setenta— mover su cadera para buscar un engaño cuando ya los holandeses le habían robado la pelota, la cartera y todo lo que podía tener, y ya estaban en el arco contrario mientras el Negro intentaba ensayar una gambeta. ¿Cómo olvidar el retorno a los mundiales después de doce años en el 86, en aquel partido ante Alemania, con el Hormiga Alzamendi llevando la pelota a las redes, buscando un triunfo que se nos escapó como agua entre los dedos en el remate del partido? Claro que también recuerdo el del 90, porque ahí fui mundialista desde un escritorio en el estadio Friuli de Udine, con Ruben Sosa mandando la pelota a la estratosfera en un partido en el que le dimos un baile bárbaro a los españoles. También recuerdo, sin la menor duda, nuestra vuelta doce años después en Corea, en aquella madrugada a las seis de la mañana uruguaya, cuando Darío Rodríguez la calzó en el ángulo, convirtiendo uno de los goles más estupendos de los mundiales en lo que va del siglo ante Dinamarca, en un partido que al final fue derrota. El frío de esa madrugada está aún en mis huesos. Lo mismo que el día del debut de Sudáfrica 2010 ante los franceses, en un partido que otra vez me tomó frente al pupitre, temblando por el debut celeste. Del 2014 tengo la sensación cálida de la fortaleza previa y la fría de una derrota inesperada ante Costa Rica.

Qué decir de Ekaterimburgo en 2018, cuando llegué a la frontera de Europa con Asia para ver aquel gol agónico de Josema ante Egipto. Aún tengo la sensación de estar en la entrada del Estadio Ciudad de la Educación en Doha, presentándome en el partido frustrante del debut del Mundial de Qatar con aquel frío empate con Corea.

En todas las canchas

Definitivamente, nadie en su casa, en la tribuna, en la cancha o hasta en la calle, mirando una pantalla gigante, olvida el primer partido de un mundial; te genera, para siempre, una marca en la vida. Esa huella indeleble que también les quedará a los debutantes en el césped de Miami, como a Juan Manuel Sanabria, que entró en el segundo tiempo y tuvo una gran actuación cuando capaz que hace tres meses pensaba que iba a mirar el torneo por televisión. O al propio Mintxo cargando con su enorme responsabilidad de que sus ojos fiera los nuestros en Miami mientras en spanglish intentaba desarmar la fría y férrea posición del staff de la FIFA para que se pudiera asegurar el pupitre desde donde nos contaría ese día en nuestras vidas. Porque cuando la pelota empieza a rodar y se abren todos los escenarios posibles, es ahí, de forma colectiva y en silencio, cuando se nos clava la marca.