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Gianni Infantino entrega el Premio de la Paz de la FIFA a Donald Trump durante el sorteo del Mundial de fútbol 2026 (archivo, 2025). · Foto: Stephanie Scarbrough / Pool / AFP

Gianni Infantino entrega el Premio de la Paz de la FIFA a Donald Trump durante el sorteo del Mundial de fútbol 2026 (archivo, 2025).

Foto: Stephanie Scarbrough / Pool / AFP

Trump y el mundo mundial

En la Copa del Mundo, frente a un campeonato secuestrado, la urgencia es no naturalizar el precedente y defender que los partidos vuelvan a decidirse en la cancha | Chanfle.

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Este mundial tiene varias patas: el de su desarrollo con los 48 participantes, el de su juego, el de la aplicación del VAR, el de los juicios arbitrales y el de las protestas. Sin embargo, hay una que es muy clara e imposible de obviar. Se trata de las inequidades, las arbitrariedades y la corruptela que han quedado claramente de manifiesto desde el poder absoluto.

Es cierto que en todos estos eventos continentales o intercontinentales, ya sean de selecciones o de clubes, aparece siempre una controversia, una sospecha y la idea de que el torneo va a favor o en contra de alguien. Pero en este caso ha quedado tan marcado, y ha sido de una arbitrariedad tan brutal y pornográfica, que parece necesario remontarse a los tiempos de Il Duce Benito Mussolini y su Mundial de 1934 para encontrar determinaciones y decisiones tan torcidas que, sin dudas, han modificado la competencia. Aquella Copa del Mundo, concebida como la máxima vitrina de propaganda de la Italia fascista, estuvo viciada desde su raíz: nacionalizaciones exprés para engrosar el plantel, presiones explícitas a los arbitrajes en las cenas previas a los partidos —donde el propio dictador definía quién debía pitar— y arbitrajes escandalosos, como los del sueco Eklind en la semifinal y la final, que terminaron por inclinar la cancha de manera obscena para asegurar el trofeo. La FIFA de hoy, con su poder absoluto y su “sí, Donald”, parece haber desempolvado aquel viejo manual donde el resultado deportivo no es más que un trámite subordinado al interés político y financiero del organizador.

También es cierto que muchos recordamos la intervención del jeque kuwaití en España 1982, haciendo anular con su sola presencia dentro del campo de juego un gol de los franceses. Aquel escándalo —que al escolar o al liceal de la época lo dejó azorado frente al televisor del living— parece hoy una travesura infantil, un hecho insólito y casi exótico de impunidad artesanal.

El problema es que en este mundial tripartito la inequidad ya no necesita invadir la cancha de prepo; está naturalizada, metida adentro de las pantallas de todos los boliches y ejecutada con la frialdad corporativa de un negocio que no tiene reparos en torcer la competencia frente a los ojos del mundo entero. No se debe naturalizar tal situación y muchísimo menos legitimarla: es un escándalo, pero de los grandes.

Es cierto que, seguramente, la arbitrariedad mayor y, por distancia, encubierta por otros escándalos, es la de la adjudicación de la sede a Estados Unidos, con México y Canadá como comparsas, tal como ha señalado en repetidas oportunidades el escritor mexicano Juan Villoro. La candidatura estadounidense había sido postergada tras la elección de Rusia para 2018 y la confirmada —y comprada— sede de Qatar para 2022. Por ello, los estadounidenses hicieron explotar el FIFA Gate con dos vertientes claras en cuanto al resultado de la investigación y la acción penal: por un lado, el descabezamiento del gobierno de Joseph Blatter y sus adláteres con penas judiciales, económicas y, obviamente, sociales; por el otro, quedar con el arco libre y de par en par para ser los verdaderos organizadores de este Mundial. Pero eso seguramente merece un análisis integral, profundo y referenciado.

Querido amigo Infantino

Vayamos, entonces, a lo sucedido en este Mundial. Sin dudas, lo que Donald Trump hizo hacer con Irán se trata de una de las medidas que más han desvirtuado los campeonatos mundiales en las últimas décadas. Nunca, en su supuesta igualdad de competencia, un seleccionado había sido perjudicado de tal forma en lo deportivo, ya que su exposición jamás pudo ser la ideal debido a la decisión del presidente estadounidense de que los iraníes, aun jugando todos sus partidos en los Estados Unidos, no pudieran pernoctar en ese suelo.

Esa fue la razón por la que México, a través de su presidenta Claudia Sheinbaum, hizo gestiones para que el seleccionado iraní permaneciera durante el torneo en territorio mexicano, más precisamente en Tijuana, y solamente viajara a Estados Unidos para jugar. Que en el fútbol de élite y de altísima competencia una selección no pueda enfrentar a sus pares en igualdad de condiciones, debiendo llegar horas antes al partido y, para peor, sin poder recuperarse después del juego porque debía salir de inmediato del vestuario al aeropuerto, es una conducta que evidentemente torció por completo la competencia y el destino de los iraníes que, aun así, se retiraron del campeonato invictos y no clasificaron apenas por un par de goles.

Really?

Aun dada la gravedad de la situación que disminuía notoriamente los niveles de competencia de la selección asiática, el caso más paradigmático de la corrupción, la arbitrariedad y la modificación absoluta de la contienda fue la determinación del comité de disciplina de la FIFA de levantar una sanción automática a expreso pedido de Donald Trump a Gianni Infantino.

Se trata del caso del delantero estadounidense Folarin Balogun, quien, tras ser expulsado en el partido contra Bosnia y Herzegovina por un planchazo contra uno de los futbolistas bosnios, se vio beneficiado por una increíble resolución de su fallo. La amnistía llegó por pedido expreso de la Casa Blanca y de Trump, sin ninguna argumentación técnica o jurídica que pudiera dar lugar a esa extrema excepcionalidad, y simplemente porque el presidente estadounidense así lo entendía.

En el fútbol moderno, un dislate de tales características en una Copa del Mundo jamás había existido. Y ni siquiera cuenten lo de Mané Garrincha en el Mundial de Chile 1962, porque en ese momento no había ninguna reglamentación que suspendiera automáticamente a los futbolistas expulsados para la próxima fecha; era un tribunal el que determinaba si les daba o no sanciones.

Que el poder político se manifestara de forma tan arbitraria e impune para torcer una determinación que corresponde estrictamente al plano de la competencia es una de las acciones más vergonzosas que hayan registrado los campeonatos mundiales en las últimas décadas. Es, asimismo, la muestra más cabal del ejercicio imperialista, abusivo e invasor que propone Donald Trump para su país y para este juguete que nos acaban de secuestrar. Gianni Infantino, el mismo que de manera inconcebible le otorgó a Donald Trump el grotesco premio de la FIFA por la Paz, aceptó y aprobó tal dislate, lo que sin dudas —por más que se intente exculpar la situación atribuyéndole la determinación al tribunal de disciplina— lo hace enteramente responsable de esta insólita y absolutamente desubicada resolución.

No legitimemos por indiferencia ni naturalicemos este horrible precedente. Mal que mal, apuntemos a que la cancha siga siendo el lugar donde se deciden las contiendas.