En el minuto 10, todo es para el 10. Todo: las manos humedecidas como si supieran lagrimear de una mujer que aplaude en Río Cuarto, el vaivén afirmativo de la cabeza de un hincha de San Lorenzo en su estadio, los dedos juntos y bien altos de una pibita en la cancha de Platense que palpita por su equipo pero no olvida que en diez o en diez mil ocasiones se descubrió radiante por el 10. Todo, con intensidad variada pero con reconocimiento entero, en casi todas partes. El fútbol de Argentina tributa al 10, en una semana que arrancó con mucha humanidad y toda la argentinidad tragando una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez veces para digerir, más cerca de la melancolía que de la tristeza, más con gratitud que con perplejidad, la carta en la que Lionel Messi avisó que se quitaba la ropa celeste y blanca que usó más que nadie y la dejaba guardada en el armario de las cosas que tienen belleza, identidad y emoción.
La carta de Messi ya es tatuaje en las pieles de una colección de muchachos y muchachas. La camiseta de Messi deambula más que nunca y eso sucede tanto por las calles de la trepidante Buenos Aires como por los pasillos de los pueblitos sin bocinazos, en físicos de gimnasio y en cuerpos que ni se arriman al ideal hegemónico. La letra de Messi desacomoda etiquetas de época: dura tres páginas y la lee todo el mundo aunque suela proclamarse que el mundo ya no anda en condiciones de leer, fluye de puño y letra para restaurar el hábito hermoso y amenazado del correo no administrativo. Una carta que, como las grandes cartas, llama a otras cartas: por carta le contestan y le agradecen Enzo Fernández y Lautaro Martínez, los dos compañeros a los que puso en ruta al gol en la victoria mundialista y asombrosa del 15 de julio centelleante frente a los ingleses; por carta y a mano le escriben miles –no solo desde Argentina– como si esos miles decodificaran cuánto cabe en ese gesto, como si, de golpe, una comunidad mayúscula recordara que la correspondencia paciente e intimista es un nudo que ata el corazón de las gentes.
Entre las calmas de Villa Ramallo, a 200 kilómetros de los estruendos porteños, el periodista y profesor de vóleibol Facundo Catalini constituye uno de los tantísimos que eligió devolverle la pared al 10 y responderle también por carta, también a mano, también con las vísceras despojadas. “Lo hice así –reflexiona– porque sentí que era la manera de expresarse para con él. Salirse del libreto, por más que Messi había hecho eso. Me sorprendió que hiciera eso. No es habitual que un futbolista se manifieste mediante una carta. Generalmente, es la foto y el pie de página. Este fue y escribió una carta. Un crack. A los diferentes, algo diferente”.
La forma y el tono del mensaje: podría ser nada, pero representa un ramo de flores para multitudes. “Mandó una carta. Como hacía mi viejo”, abrevia Dolores, 46 primaveras, enternecida mientras pasa el índice por sobre el peinado de su hijito vestido de Messi, pero casi feroz cuando evoca cómo defendía al 10 en edades no tan viejas para replicarle a una fracción que lo desflecaba antes de la cadena de consagraciones con su selección. Escribió Thomas Somoza, un narrador de 28 años afincado en el oeste bonaerense: “Con un bolígrafo anunció su despedida definitiva. Messi también como significado de lo artesanal. Pudo haber redactado esa carta con las mil maneras fáciles, resolutivas e inmediatas que ofrece la tecnología. Eligió hacerlo él mismo. Se tomó el tiempo para que el dolor se metiera bien profundo y se hiciera carne con cada letra que impregnaba en el papel”. Cuando se le consulta por qué entregarle palabras al crack que brilló con los pies pero alumbró su adiós con la mano, esclarece: “Porque sentí que era una forma de devolver una ínfima parte de lo que me hizo vivir”.
País en época de confrontaciones hirvientes, Argentina aceptó sin un rugido que la Liga Profesional de Fútbol resolviera que, en la octava fecha del Torneo Clausura de varones, los árbitros detuvieran el juego en el minuto 10 para regalarle un aplauso social a Messi. “No importa que Messi nunca se puso nuestra camiseta –desmenuza una simpatizante de Gimnasia de Mendoza, local ante Boca–, importa que me hizo feliz. ¿Sabés lo que significa que alguien te haga feliz?”. Extraordinario: la palabra feliz, tan devaluada en su uso no solo en el Cono Sur del planeta, rebota en las redes sociales digitales, en las sobremesas familiares y en las duchas que siguen a los partidos de fútbol entre pataduras, invariablemente pegada al apellido Messi. El diario Página 12 condensó eso en su título de tapa: “El hombre que nos hizo felices”.
Desde una foto grandota ubicada en la entrada de una panadería, Messi saluda sonriente con la pilcha que ya no vestirá. De fondo, el eco de una radio trae la voz de alguien que lee a Jorge Valdano en el periódico español El País. En el aire no se mueve ni un cuarto de miga de pan. Solo flamea este párrafo: “Se va con justa gloria. Se lleva consigo una época y nos quedará la sensación de haber visto algo irrepetible. A alguien que convirtió lo extraordinario en rutina”. Un joven enfoca hacia la foto, acaso conjetura que vale la pena hacer cartas y dice “te quiero, capitán”. De aquí en adelante, la rutina extraordinaria consistirá en extrañarlo.
