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Deporte Fútbol
Tribuna Cataldi, el 30 de agosto, durante el clásico contra Nacional en el estadio Campeón del Siglo. · Foto: Gianni Schiaffarino

Tribuna Cataldi, el 30 de agosto, durante el clásico contra Nacional en el estadio Campeón del Siglo.

Foto: Gianni Schiaffarino

No llamemos hinchas a los delincuentes

Otra vez las preguntas de siempre: quién controla, quién se hace responsable y qué estamos esperando para actuar | Redacción al margen.

Hay un momento en el que las palabras dejan de ser inocentes. Seguir llamando hinchas a quienes participan en hechos como los que vimos en el Campeón del Siglo o en el Charrúa es una manera de minimizar lo que está pasando. Una cosa es el hincha que va a la cancha, alienta, protesta, se enoja, festeja. Otra muy distinta es quien además rompe una pared dentro de una tribuna para esconder pirotecnia, agrede, lanza objetos contra la Policía, participa en episodios de violencia organizada o salta a la cancha en pleno partido para increpar a sus propios jugadores. No son solo hinchas cuando cometen delitos, que deben ser investigados para identificar a sus responsables y, si corresponde, condenarlos.

Lo ocurrido en el clásico es de una gravedad extrema. Apareció un espacio oculto dentro de la tribuna Cataldi donde había elementos que no deberían estar allí. Las imágenes posteriores mostraron escenas de violencia que pudieron terminar en una tragedia. Y por eso no alcanza con discutir quién empezó, quién respondió o qué grupo cantó qué cosa. Hay que ir bastante más atrás: ¿cómo llegaron esas personas hasta ahí? ¿Cómo ingresaron esos elementos? ¿Cómo nadie detectó ese espacio? ¿Quién estaba encargado de controlar? ¿Quién se hace responsable?

Porque esto tampoco parece un hecho aislado. El año pasado, sin ir más lejos, una bengala lanzada desde una tribuna del estadio Centenario impactó contra un policía y le provocó lesiones gravísimas, al punto de que tuvieron que extirparle un testículo. Hubo una investigación y hubo condenas. Bien. Pero la pregunta que queda es inevitable: ¿qué cambió después de aquello?

¿Qué controles se modificaron? ¿Qué medidas se tomaron para impedir que volviera a entrar pirotecnia? ¿Qué aprendimos de aquel episodio? Porque ahora, poco más de un año después, estamos nuevamente hablando de bengalas, de pirotecnia y de elementos que aparecen dentro de una tribuna. Y, además, aparece algo todavía más difícil de explicar: un cuarto escondido dentro del estadio.

¿Se perdió el control? ¿O nunca se tuvo el control que se decía tener?

Hay que hacer esas preguntas sin miedo y sin cuidar a nadie. Porque cuando sucede algo de esta magnitud, la responsabilidad no puede diluirse en una discusión entre la hinchada y la Policía. Tiene que haber consecuencias.

Peñarol tiene que explicar qué ocurrió dentro de su estadio. Si sus autoridades desconocían la existencia de ese espacio, tienen que explicar cómo fue posible que existiera. Si había funcionarios o empresas tercerizadas encargadas de determinadas tareas, habrá que determinar qué hicieron y qué dejaron de hacer. Si fallaron los controles policiales, la Policía tendrá que explicarlo. Y si hubo personas que deliberadamente colaboraron para que esos elementos ingresaran o permanecieran allí, deberán responder ante la Justicia.

La denuncia penal tiene que avanzar, que investigue la Policía, que investigue Fiscalía, con el auxilio correspondiente de la Policía. Que se analicen las imágenes, las cámaras, las huellas y todo lo que haya que analizar.

Pero tampoco podemos mirar solamente lo que ocurre dentro de la cancha.

Porque para cualquiera que haya ido a un partido de alto riesgo hay otra realidad que también resulta difícil de aceptar. Demoras interminables para entrar. Autos que deben quedar lejos del estadio. Gente parada durante horas. Personas que aparecen cobrando un supuesto “peaje” de 500 pesos y si no pagás, empujones, agresiones, amenazas.

¿De qué estamos hablando? ¿Desde cuándo ir a ver un partido implica atravesar semejante situación? Y, sobre todo, ¿qué se supone que tiene que hacer una persona que simplemente quiere ir a ver fútbol? ¿Aceptar que durante determinadas horas alrededor de un estadio rigen otras reglas? ¿Aceptar que hay grupos que pueden cobrarles dinero a los demás, intimidarlos o agredirlos? ¿Aceptar que entrar a una cancha puede convertirse en una prueba de resistencia?

No deberíamos aceptar nada de eso como normal. Las imágenes del clásico son un horror. Y lo peor es que no hace falta imaginar demasiado para entender que aquello pudo terminar mucho peor. Una estructura escondida dentro de un estadio puede ser utilizada para almacenar elementos capaces de provocar una tragedia. Un objeto lanzado desde una tribuna puede matar. ¿Hay que esperar que alguien muera para reconocer la gravedad?

Y hay otra discusión que deberíamos tener de una vez por todas: ¿por qué seguimos llamando hinchas a personas que utilizan el fútbol para delinquir?

El lenguaje importa. Porque cuando se habla de “hinchas violentos” muchas veces se termina instalando la idea de que se trata de una expresión extrema, pero de la misma comunidad futbolera. Y no. Hay una diferencia enorme entre el hincha y quien comete un delito. El hincha no tiene que hacerse un escondite dentro de una tribuna. El hincha no tiene que ingresar clandestinamente objetos capaces de causar heridas graves o letales. El hincha no tiene que cobrarle un peaje a otro hincha. El hincha no tiene que romper un estadio ni lanzarse a la cancha para actuar como un matón.

Si cometieron delitos, son delincuentes. Y si detrás de esos delitos hay una estructura capaz de organizarlo todo –que la hay, se sabe–, entonces hay que investigar también esa estructura. Porque esto ya no puede resolverse con comunicados de condena después de cada clásico. Ya no alcanza con decir que “se repudian los hechos de violencia”.

Tampoco alcanza con que cada institución diga que está “a disposición de la Justicia”. Hay que saber qué ocurrió, quién falló y qué medidas concretas se van a tomar.

Todos los partidos de alto riesgo terminan dejando algún episodio que obliga a hablar de violencia. ¿Cuántas veces más vamos a repetir el mismo ciclo?

Primero ocurre algo grave. Después aparecen las imágenes. Después llegan las condenas públicas. Después se anuncian investigaciones. Pasan los meses, algunas sanciones. Y cuando vuelve el siguiente partido de riesgo, volvemos a empezar.

Eso es lo que hay. Eso es lo que hay que cortar.

Y para cortarlo hay que dejar de mirar para otro lado. Hay que investigar. Hay que identificar. Hay que sancionar. Hay que asumir responsabilidades. Hay que exigir explicaciones a quienes tienen responsabilidades dentro y fuera de los estadios.

Pero, sobre todo, hay que dejar de naturalizarlo.