La guerra de las palabras

“¿Sabes qué? Agarrá este trabajo y métetelo en el...”. Así se ha descrito, de forma académica y abstrusa, el extraño fenómeno que atraviesa Estados Unidos desde abril: la renuncia masiva y descoordinada de millones de trabajadores. Lamentablemente, el rótulo es extenso y está alejado de la comprensión popular. Por eso, como de buenas etiquetas vive el hombre, era necesario encontrar algo más sintético y con mayor impacto. “Estoy harto, me voy a mi casa y no vuelvo nunca más”. Sin duda más gentil, pero igual de extenso. Hay que tener presente que los nombres, los buenos nombres, tienen el potencial de moldear la forma en que una sociedad procesa determinados momentos o hitos de su historia. No es, por este motivo, un asunto para tomarse a la ligera. Los buenos nombres son, de alguna manera, un recurso ingenieril; representan el arte de tender un puente invisible para facilitar conexiones entre el pasado, el presente y el futuro.

Como argumenta Harold James, profesor de Historia de Princeton y autor del libro War of Words, diferentes analogías de nomenclatura ofrecen distintos paisajes para enmarcar eventos o episodios relevantes. La Gran Depresión de los años 30, por ejemplo, refiere a la Gran Guerra. Y ese puente invisible de las palabras se extiende hasta la crisis de 2008, que fue la Gran Recesión. Tres “grandes” cagad..., macanas –perdón– conectadas por la potencia negativa de cuatro letras. Y si funcionó en el pasado, ¿por qué no funcionaría en el presente? Pongámosle entonces la Gran Renuncia y liberemos el humo blanco por la chimenea del lenguaje paisajístico.1

La Gran Renuncia

Mes a mes, cerca de cuatro millones de trabajadores estadounidenses decidieron cortar su vínculo laboral. Dado que este proceso comenzó en abril, son más de 20 millones las voluntades acumuladas en torno a esta decisión. Dado que es un fenómeno en desarrollo, debemos ser cautos con las interpretaciones; pero, como se trata de un fenómeno en desarrollo, podemos ser creativos con las conjeturas. Visitemos primero el mundo de lo probable y mudémonos luego para el mundo de lo deseable.

El mundo de lo probable

Como las hipótesis se complementan, avancemos con un abordaje en cascada:

La gran renuncia es la consecuencia del exceso de generosidad de un gobierno irresponsable, que giró demasiado la perilla de los beneficios por desempleo y desincentivó el trabajo. Es una hipótesis atendible, pero no encuentra correlato en la evidencia. Es cierto que la realidad, las interpretaciones de la realidad y la evidencia empírica se llevan cada vez peor, pero también es verdad que, como estos beneficios se interrumpieron en distintos momentos del tiempo, según el estado, hay evidencia para afirmar que la explicación no discurre sobre los desbordes de generosidad aludidos.

La espalda financiera de los trabajadores se ensanchó durante la pandemia. Por un lado, disminuyó nuestra propensión a gastar por motivos precautorios y porque por un tiempo no fue posible acceder a muchos servicios, como viajar, ir al cine o salir a comer. Todos nos volvimos un poco más austeros, voluntaria e involuntariamente. Por otro lado, la asistencia directa a las familias les permitió engordar un poco la chanchita. Con un poco más de espalda financiera, muchos optaron por probar suerte y cambiar un trabajo poco gratificante por la esperanza de algo mejor.

Además, muchos trabajos pasaron de ser poco gratificantes a ser muy desagradables. La pandemia trajo consigo otras epidemias, como la “epidemia del mal comportamiento”. Los conflictos entre trabajadores y clientes se dispararon en varios rubros, dado que una invitación gentil a respetar los protocolos corre el riesgo de escalar hacia una confrontación desagradable y con riesgo sanitario.

Prefiero darme un tiempo para invertir en mí. En un marco de mayor dinamismo y ante un incremento de las oportunidades laborales, muchos se liberaron de la opresión del apremio y decidieron esperar la oportunidad correcta. Entretanto, comenzaron a formarse y (re)capacitarse para maximizar sus posibilidades de capitalizar esa oportunidad cuando golpeé la puerta; los frutos futuros del mercado laboral serán más dulces mañana que hoy, o al menos esa es la expectativa de muchos.

Si ellos pueden, yo también. Los trabajadores de bajos ingresos tienden a ser sobrepesimistas respecto de sus opciones laborales (en sentido inverso, los de altos ingresos tienden a sobreponderar sus chances de conseguir algo mejor) y enfrentan, como todos, un sesgo de statu quo.2 Hasta que un día aparece un evento disruptivo y motiva los cuestionamientos. Esta es la hipótesis del “multiplicador social” de las renuncias, un efecto de pares que va contagiándose con la ayuda de las redes sociales; una chispa puede incendiar la pradera.3

No vuelve a trabajar el que quiere, sino el que puede. Ante el avance de la vacunación, muchas actividades comenzaron a operar con relativa normalidad. Sin embargo, los cortes intermitentes siguen siendo un rasgo distintivo de nuestros días y eso continúa dificultando la conciliación entre las tareas de cuidado y el retorno al trabajo.

Vínculos que hay que preservar. Hace unos meses Gabriel Burdin resaltaba la importancia que tienen las políticas y las instituciones para entender cómo se traslada una caída de la actividad hacia el mercado laboral y el bienestar de las personas. La importancia de preservar el vínculo entre los trabajadores y sus puestos no tiene la misma jerarquía en todos los países. “Para las empresas es muy importante retener a sus empleados porque contratar nuevos y capacitarlos tiene costos. Los trabajadores también tienen un interés en mantener el vínculo porque han desarrollado habilidades que son específicas a la empresa y que aplicadas en otro contexto laboral pueden no tener el mismo valor; las habilidades no son enteramente transferibles y es probable que al cambiar se enfrenten con una pérdida”.4

Dado que salvaguardar ese vínculo facilita una recuperación más rápida y sólida, muchos estados optaron por esquemas de retención para evitar su ruptura. Este es el caso de varios países europeos, pero no el de Estados Unidos, donde la asistencia se concentró en mejorar las prestaciones por desempleo, pero dejó que muchos de estos vínculos se rompieran. Según Paul Krugman, esto explicaría por qué la Gran Renuncia es en verdad la Gran Renuncia Estadounidense.

El mundo de lo deseable: ¿el Gran Despertar?

La narrativa economicista
La Gran Renuncia puede evocar un paisaje sombrío, dado que traza sus contornos conceptuales a partir de una guerra, una depresión y una crisis financiera. Sin embargo, podría ser otra cosa. Podría ser una suerte de Gran Despertar ante años de adversidades económicas; una epifanía inducida por la pandemia que se eleva sobre años de malestar y frustración acumulados.

“La vida debería ser mejor y más rica y llena para todas las personas, con una oportunidad para todo el mundo según su habilidad o su trabajo, independientemente de su clase social o las circunstancias de las que proviene”. Este es el sueño americano, según lo idealizó James Truslow Adams en 1931. Sin embargo, para muchos trabajadores estadounidenses los desarrollos de las últimas décadas fueron divergiendo cada vez más de esta noble expresión de deseo. El estancamiento de los salarios, la detención de la movilidad social y el aumento de las desigualdades desfiguraron la promesa de la “tierra de las oportunidades”. El incremento de las “muertes por desesperación”5 es la prueba más trágica del declive del sueño americano, pero no la única.

La Gran Renuncia, que sería lo más parecido a una huelga general, podría ser una respuesta menos dramática de los trabajadores a la muerte de ese sueño idealizado. La ola de protestas y huelgas (Striketober) y el creciente apoyo a los sindicatos (que está en el nivel más alto desde 1968) validan la interpretación economicista de este desconcertante fenómeno.

Si compramos esta narrativa, el Gran Despertar debería empoderar a los trabajadores y mejorar sus condiciones de vida. Como señaló Paul Krugman, “Estados Unidos necesita un renacimiento sindical si queremos tener alguna esperanza de revertir el espiral de desigualdad”. En su visión, el auge de la sindicalización (1934-1949) fue una poderosa fuerza igualadora que además niveló el campo de juego político: “Redujo la desigualdad general de los salarios y las disparidades salariales asociadas a los diferentes niveles de educación e incluso a la raza”. En sentido inverso, el declive que ha tenido desde los años 80 explica buena parte del aumento de la desigualdad, el estancamiento salarial y el aumento del poder de mercado en unas pocas empresas.

La narrativa cívica
Existen sobrados motivos para validar la narrativa economicista del Gran Despertar. Sin embargo, podemos aventurarnos un poco más y ver hasta dónde hunde sus raíces este malestar. En su último libro, el filósofo Michael Sandel advierte que las personas que fueron marginadas por los acontecimientos de las últimas cuatro décadas no sólo padecieron adversidades económicas, sino que también quedaron expuestas a la desesperanza que supone ser testigos de su propia obsolescencia: “La sociedad en la que vivían no parecía necesitar más las destrezas que podían ofrecer”6. Desde esa perspectiva, el descontento tiene que ver más con la pérdida de reconocimiento y estima social que con la chatura de los salarios, y se acerca más a la (in)justicia contributiva que a la (in)justicia distributiva.

La globalización, la “financiarización” y la consecuente dislocación geográfica de los empleos lesionaron el estándar de vida de muchos trabajadores. Sin embargo, su daño más insidioso fue sobre la dignidad del trabajo. El trabajo es mucho más que una forma de ganarnos la vida o aumentar nuestro consumo: es una fuente de reconocimiento y estima social.

Según la tesis de Sandel, los desarrollos de las últimas décadas nos invitaron a “concebirnos más como consumidores que como productores”, lo que genera una dualidad conflictiva. Como consumidores queremos acceder a una mayor cantidad de productos, de forma más rápida y pagando precios más bajos. Sin duda, estos desarrollos nos beneficiaron en ese sentido. El problema es que, como productores, queremos un trabajo satisfactorio y bien remunerado; la clase de trabajo que es fuente de estima y reconocimiento.

Por eso, si bien la disminución del poder adquisitivo es importante, “la lesión que más enciende el resentimiento de las trabajadoras y los trabajadores es la que se inflige a su estatus como productores”. El trabajo es, en su mejor versión, una actividad integradora para la sociedad, “un espacio de reconocimiento” y una “forma de cumplir con nuestra obligación de contribuir al bien común”. El mercado laboral no sólo remunera el trabajo con dinero, sino que “reconoce públicamente la labor de cada persona al otorgarle el carácter de una contribución al bien común”. Pero esto trae aparejado otro problema: ¿qué entendemos por “bien común”? Esto es importante porque nuestra dualidad conflictiva encierra dos maneras distintas de concebirlo, una más neutra y atractiva que la otra.

La primera, según Sandel, define el bien común como la suma de las preferencias y los intereses de todas y todos. Según esta versión, que es con la que están más familiarizados los hacedores de política, alcanzamos el bien común cuando maximizamos el bienestar de los consumidores y priorizamos la expansión del PIB sobre el resto de las cosas. Si de esto se trata el bien común, “es lógico asumir que los salarios del mercado son un buen indicador” para medir nuestras contribuciones: los que ganan más dinero son quienes realizan una mayor contribución para satisfacer las necesidades y los deseos, frívolos o virtuosos, que articulan la demanda de los consumidores en un momento dado.7 Si esto es así, ¿qué opinión puede tener de sí mismo un trabajador con salarios cada vez más sumergidos? En 2020, casi una cuarta parte de los empleos en Estados Unidos eran de este tipo, la proporción más alta en el mundo desarrollado.8

¿Por qué esta concepción es más atractiva? Porque amamos el consumo, por un lado. Y porque en una sociedad plural, en la que abunda el desacuerdo, nos libera de la “necesidad de mantener polémicos debates sobre cuestiones moralmente controvertidas”. En ese sentido, maximizar el bienestar del consumidor y priorizar el crecimiento económico por sobre todo emerge como un objetivo neutro en cuanto a valores: más siempre será mejor que menos. Obviamente, habrá desacuerdos sobre cómo distribuir los frutos de ese crecimiento, y es en relación con esto que discurren los debates sobre la justicia distributiva. Sin embargo, “todos podremos estar de acuerdo en que agrandar el pastel económico a repartir es mejor que encogerlo”.

Esto nos conduce a la segunda manera de pensar el bien común, que rechaza la concepción consumista para favorecer una concepción cívica con énfasis en la justicia contributiva y en nuestro rol como productores. Y esta concepción no es tan neutra como la anterior, porque requiere discusiones más controversiales acerca de cuál es la mejor forma de vivir la vida y qué significa florecer como individuos. Ante esto, la premisa de que “más siempre es mejor que menos” se desdibuja.

Bajo esta perspectiva, el bien común pasa por una “reflexión crítica sobre nuestras preferencias –a poder ser, para elevarlas y mejorarlas– que nos permita disfrutar de unas vidas más dignas y florecientes”. Y eso es mucho más complicado que satisfacer consumidores, porque no puede conseguirse solamente a partir de la actividad económica. Requiere, según Sandel, deliberar conjuntamente acerca de las vías que pueden promover una sociedad justa, que cultive la virtud cívica y ofrezca un espacio para discutir sobre los “fines dignos y adecuados para nuestra comunidad política”.

Desde esta concepción nuestro rol más importante es el de productores, porque es a través de él que desarrollamos y ejercemos nuestras aptitudes y capacidades para suministrar cosas que nuestros conciudadanos valoren, sea la receta para incrementar su patrimonio financiero (excelentemente remunerada), una tarea de cuidados (escasamente remunerada) o una artesanía (raramente remunerada). Es este rol el que nos permite aplacar nuestra humana necesidad de ser necesarios para otros. “Desde Aristóteles hasta la tradición republicana norteamericana, y desde Hegel hasta la doctrina social católica, las teorías de la justicia contributiva nos han enseñado que somos más plenamente humanos cuando contribuimos al bien común y nos ganamos la estima de nuestros conciudadanos por las contribuciones que realizamos”.

Bajo esta lógica, la dignidad del trabajo consiste en ejercer nuestras capacidades para atender esta necesidad intrínseca a nuestro ser social. Si este diagnóstico es correcto, la conducción tecnocrática de la globalización no sólo no abordó adecuadamente la desigualdad generada por esta, “sino que tampoco supo percibir su efecto corrosivo sobre la dignidad del trabajo”. Entender y aprovechar el costado positivo de este Gran Despertar requiere rescatar la idea de que el trabajo reúne a las personas en torno a un sistema de contribución y reconocimiento mutuo, desplazada por el “avance de las nociones consumistas de la libertad” y por la “economía política del crecimiento económico”.

Si compramos esta narrativa, no estaríamos asistiendo a la Gran Renuncia, sino al Gran Despertar ante una crisis de reconocimiento; un intento espontáneo y descentralizado de alentar una transformación estructural: “Toma este trabajo y métetelo en el... porque no valora mi aporte como productor ni me proporciona el reconocimiento y la estima que merezco como tripulante del mismo barco en el que viajas tú”.

Y, lo que es más importante, este enfoque no sólo ayuda a entender este fenómeno, sino que complementa las interpretaciones economicistas sobre el quiebre de los consensos que orientaron el orden económico desde la segunda posguerra y la irrupción de un “liderazgo político disruptivo con el establishment del viejo orden”.9 En tiempos de tanta polarización, la concepción cívica del bien común podría favorecer la cohesión social y mejorar la convivencia.

El Gran Desenlace: el final que no está escrito

Adam Smith escribió que “el consumo es el único fin y objetivo de toda producción, y el interés del productor merece ser atendido sólo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor”. Como todos, podría haberse equivocado. Smith también escribió que la “felicidad consiste en la tranquilidad y el placer” y que en nuestro “esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido” por mejorar nuestra condición sacrificamos “lo que es más importante: todo el ocio, la calma y la seguridad despreocupada”.

Lamentablemente, según él, es de este esfuerzo del que “emanan originalmente tanto la riqueza pública como la privada”. Por eso, trágicamente, la riqueza de las naciones sólo es posible mediante un autoengaño a gran escala sobre la naturaleza y el origen real de la felicidad.10 Quizás la Gran Renuncia sea en realidad el Gran Despertar ante este paradójico autoengaño, una epifanía pandémica para revalorizar la relación vida-trabajo, aunque eso suene tan verosímil como la letra de “Imagine”.


  1. “‘The Great Resignation’ Misses the Point” (Wired, 11/1/2021). 

  2. Jäger et al. (2021): Worker Beliefs About Rents and Outside Options. Instituto Tecnológico de Massachusetts.  

  3. “Public Displays of Resignation: Saying ‘I Quit’ Loud and Proud” (The New York Times, 4/12/21); gracias, Michel Godin. 

  4. “Gabriel Burdin: pandemia, automatización y nuevas demandas redistributivas y de aseguramiento social” (la diaria, 5/4/2021). 

  5. Epidemia de fallecimientos por suicidio, sobredosis o enfermedades hepáticas por consumo de alcohol (Deaths of Despair and the Future of Capitalism, de Anne Case y Angus Deaton). 

  6. Las reflexiones que siguen se apoyan en su último libro, La tiranía del mérito

  7. “Frank Knight no aceptó la solicitud de amistad de Mark Zuckerberg” (la diaria, 11/10/2021). 

  8. “The Great Escape” (The American Prospect, 29/11/2021). 

  9. Entrevista a Gabriel Oddone “Uruguay en perspectiva: una mirada desde las lecciones de la historia económica” (la diaria, 14/09/2020). 

  10. El infiel y el profesor, libro de Dennis Rasmussen.