La preocupación por los efectos de la tecnología en la salud mental de niños y adolescentes trascendió el ámbito familiar y en algunos países comienza a formar parte de la agenda política. En Francia, por ejemplo, se debate prohibir las redes sociales a menores de 15 años y limitar el uso de celulares en los liceos, mientras que Australia vetó en diciembre el uso de redes sociales para menores de 16. Más recientemente, esta semana, el presidente español, Pedro Sánchez, anunció una medida similar en su país.

Aunque en Uruguay aún no existen restricciones de ese tipo ni tampoco está en la agenda gubernamental, sí se debate el tema en distintos ámbitos vinculados a la salud, el bienestar y la educación de los más jóvenes.

Natalia Trenchi, psiquiatra de niños y adolescentes y psicoterapeuta, advirtió en diálogo con la diaria que el uso de pantallas y dispositivos tecnológicos en los primeros dos años de vida debería evitarse, ya que puede generar “afectaciones en el neurodesarrollo” con consecuencias a largo plazo. En esa etapa, según señala, la exposición temprana “afecta la construcción y los bloques fundantes de ese cerebro”.

A su vez, Trenchi señaló tres aspectos centrales para analizar el uso de la tecnología en la infancia: la naturaleza del fenómeno, el contenido al que se accede y aquello que las pantallas generan que se deje de lado mientras se usan. Aunque advierte que todavía faltan investigaciones que demuestren con evidencia concluyente qué efectos producen las tecnologías a estas edades, subraya que “algo que queda muy claro es el efecto que tienen sobre la capacidad de concentración”, lo que genera, explica, que uno pueda concentrarse en menor profundidad y durante menos tiempo.

En cuanto al contenido consumido mediante ellas, la psiquiatra sostiene que existe una diversidad “muy variable” de aspectos a tener en cuenta, ya que niños y adolescentes no siempre navegan ni consumen materiales apropiados para su edad. Entre sus principales inquietudes menciona el acceso cada vez más temprano a la pornografía y a contenidos sexualizados, aunque también se refirió a contenidos que promueven violencia explícita, lo que genera una mayor “desensibilización frente a la violencia”, algo que aclaró que le preocupa “particularmente”.

Por otro lado, hizo referencia a un aspecto que el uso excesivo de celulares y otras pantallas tiende a desplazar: “el contacto cara a cara”. Sobre este punto, explicó que para todo ser humano es necesaria “una conexión humana para desarrollarse, en la que se sucede una especie de sincronización y configuración donde se transmiten una cantidad de cosas con y sin palabras, que es lo que va transformando en humano a ese bebé o niño en formación”.

A su vez, explica que otro elemento a tener en cuenta es el intercambio verbal, y advierte que la reducción de las conversaciones y del lenguaje compartido impacta directamente en el desarrollo del pensamiento. “Si uno empieza a tener menos palabras para hablar, va a tener menos palabras para pensar, lo que nos vuelve menos inteligentes, menos capaces de entender y conceptualizar la realidad que nos rodea”, sostuvo.

Por otra parte, Trenchi señala como un aspecto clave la responsabilidad de los adultos a la hora de regular el acceso de niños y adolescentes a los dispositivos y advierte sobre “el mal uso que hacen los adultos del celular en la crianza”, el recurrir a las pantallas como forma de calmar o distraer, algo que genera efectos contraproducentes. “Todo logra estafarles a los chiquilines la capacidad de desarrollar estrategias para enfrentar el aburrimiento y el estrés, para saber manejar conflictos, y para tantas otras cosas que los padres están suponiendo que solucionan cuando los hipnotizan con el celular”, subraya.

Sobre la posibilidad de prohibición de los artefactos electrónicos, Trenchi se muestra en desacuerdo y afirma: “Estoy en contra de las prohibiciones, porque lo que tenemos que hacer es enseñarles a los niños el mundo de verdad que les tocó vivir, que es un mundo lleno de pantallas”. En esa línea, sostiene que lo ideal es que “aprendan a autorregularse en su uso”. “Hay que enseñarles a usar, no prohibirles”, concluye.

Más allá de la prohibición: educación y acompañamiento digital

El debate también se traslada al ámbito educativo, donde escuelas y liceos enfrentan el desafío diario del uso de dispositivos en el aula. Pablo Pagés, jefe del área de Ciudadanía y Bienestar Digital de Ceibal, planteó a la diaria que el abordaje del uso de la tecnología en niños y adolescentes requiere una respuesta coordinada y colectiva.

Señaló la importancia de una articulación interinstitucional que involucre a distintos actores, desde la formación docente, el trabajo con familias y adultos en centros educativos, hasta organizaciones sociales, la academia y el sistema político, para preparar mejor a las comunidades frente a este desafío.

En ese marco, destacó que el diálogo con técnicos y con el Parlamento permitiría que la evidencia y la experiencia acumulada funcionen como insumos para la elaboración de políticas públicas. “Se debe profundizar el mensaje abierto a la comunidad, buscar nuevas sociedades con otras organizaciones para poder ampliar el mensaje”, expresó Pagés.

“Datos objetivos con los que contamos de investigaciones en Uruguay dan cuenta, por ejemplo, de que la edad de acceso a teléfonos celulares es cada vez menor. Hoy en día ronda los 9 años, cuando hace cinco años estaba cerca de los 12”, aseguró el especialista.

En ese contexto, dijo que, para no quedarse en “una ola prohibicionista”, desde Ceibal y la Universidad Católica del Uruguay, con financiamiento de Unesco, se está trabajando “en una revisión de prácticas de gestión de celulares en aula”. La iniciativa releva experiencias nacionales sobre cómo los centros educativos administran el uso de los teléfonos, con el objetivo de asumir el problema de manera activa y ensayar alternativas intermedias que incluyan acuerdos tanto con los adultos referentes como con los estudiantes, explica Pagés, ya que, aunque algunas medidas puedan resultar restrictivas, son más efectivas cuando surgen del diálogo colectivo.

En paralelo, Pagés señaló que desde Ceibal se desarrollan tareas de restricción y monitoreo de las redes y plataformas que se utilizan dentro de los centros educativos. En ese marco, explicó que el organismo gestiona los sitios web a los que se puede acceder desde sus redes, habilitando o bloqueando contenidos según distintos criterios pedagógicos o de seguridad. Asimismo, informó que existe un canal de comunicación abierto a través del portal de Ceibal, donde las comunidades educativas pueden solicitar el alta o la baja de páginas específicas.

Por otra parte, señaló que en la web de Ceibal también existen materiales y experiencias disponibles para el público en general, orientados a acompañar a familias y comunidades educativas. Entre ellos se encuentra una guía sobre el uso de pantallas elaborada junto a Unicef y dos cursos autoasistidos con estrategias para acompañar a niños, niñas y adolescentes: Navegar la Crianza Digital: Acuerdos en Familia y Navegar la Crianza Digital: Conexiones Seguras.

“No es posible educar sin poner límites”

Desde el colegio Santa Elena entienden que, para afrontar este problema, fue necesario implementar una medida de restricción. El director de la institución, Pablo Cayota, contó en diálogo con la diaria que a partir de marzo de 2025 comenzaron a aplicar con estudiantes de séptimo, octavo y noveno una estrategia que denominan “estacionamiento de celular”. La propuesta consiste en que al ingresar a la jornada educativa los adolescentes dejen sus dispositivos en una caja y los recuperen recién al finalizar el horario obligatorio.

La medida fue tomada, contó Cayota, luego de entender que en la institución existía un “problema de distracción y desatención que impacta en los aprendizajes y en la socialización”, explicó.

A su vez, el director señala que, con el objetivo de medir con mayor precisión el impacto de la medida, la institución contrató al Instituto Nacional de Evaluación Educativa para realizar una evaluación externa que permitiera constatar de forma técnica los resultados de su implementación. “Nos parecía que este es un tema muy importante”, compartió.

Según el informe, en cuanto a las percepciones de la comunidad educativa, “existe un amplio consenso en que la medida fue positiva: la mayoría de los actores destaca mejoras en la atención, una reducción de la dispersión y una socialización más frecuente y sostenida, tanto dentro del aula como en recreos y otros espacios”.

En cuanto a una mejora de los resultados académicos debido a la medida implementada, Cayota explicó que “se necesita más tiempo para poder medirlo adecuadamente”, pero agregó que se nota un impacto positivo en ese aspecto en algunos casos.

El objetivo central de esta medida fue “lograr la autorregulación”, dijo Cayota. Sin embargo, aclaró que se trata de un proceso que requiere acompañamiento. “La autorregulación se logra a través de un proceso. Lo que pasa es que adolescentes de 12 años no tienen todavía la capacidad de control del impulso necesaria para poder autorregularse sin generar un proceso de aprendizaje de esa autorregulación”.

“A partir de ahora, el objetivo es seguir trabajando con esta generación y en el bachillerato empezar a tomar nuevos caminos para dar pasos con relación a la autorregulación”. Según sostiene, es necesario “afrontar la responsabilidad como adultos” de guiar en el camino y que “no es posible educar sin poner límites”.

Otro contexto

Camila Menchaca integra el comité ejecutivo de la Federación Nacional de Profesores de Educación Secundaria (Fenapes) y desde hace años da clases de Historia a distintos grupos de ciclo básico en liceos de la periferia de Montevideo. En diálogo con la diaria, afirmó que los problemas derivados del uso de teléfonos celulares suelen tomar “mucho tiempo y desgaste”, tanto en sus clases como en las coordinaciones docentes.

Según dijo, en el inicio del año lectivo siempre se presenta un “enorme debate” acerca de qué harán con el uso de celulares y si hay condiciones para prohibirlos. Sin embargo, la falta de recursos para algunas actividades de aula los lleva a que los teléfonos sean sustitutos de fotocopias que no son costeadas por el liceo. “En la mayoría de los casos, el uso pedagógico del celular es como un parche o una sustitución a otros mecanismos de trabajo que no podemos utilizar”, dijo Menchaca, y puso como ejemplo poder contar con fichas de lectura.

La docente explicó que, si bien en ciclo básico los estudiantes cuentan con computadoras entregadas por Ceibal, no siempre son llevadas a clase, muchas veces no están en las mejores condiciones y, además, si muchos estudiantes las llevan, en el aula no hay suficientes enchufes para que varias puedan cargarse en simultáneo. “Cuando uno plantea tener determinado tipo de actividades en algún espacio virtual, perfectamente podría hacerse con la ceibalita y capaz que sería lo ideal, pero la realidad es que termina sucediendo con un celular, y el celular tiene constantemente alertas de otras aplicaciones que van mandando notificaciones y, obviamente, el estudiante se ve tentado a entrar”, resumió.

Menchaca contó que algo similar ocurre cuando se planifica mirar un video en la televisión del liceo, pero el salón está ocupado por otro grupo. En esos casos, los docentes piden a los estudiantes que vean el video en sus dispositivos móviles. De todas formas, también aparecen problemas cuando pueden acceder a la televisión. La profesora contó que es frecuente que los propios estudiantes se conecten a los televisores a través del wifi o del bluetooth y envíen contenido, muchas veces inapropiado, lo que no permite desarrollar la actividad con normalidad.

Por todo ello, Menchaca apuntó que la discusión que se termina dando pasa por si los centros educativos cuentan con la posibilidad de desarrollar actividades de enseñanza sin el uso de celular para sustituir otro tipo de recursos. Más allá de que año a año llegan al consenso de que el celular es necesario, hay algunos docentes que son más reacios a la inclusión del teléfono en sus clases. Si bien fijan reglas o buscan acuerdos con los adolescentes, estos son de difícil cumplimiento, según relató.

Por ejemplo, mencionó que recurrir a observaciones por el uso de celulares muchas veces no es un mecanismo efectivo, ya que en el contexto en el que trabaja muchas veces las familias y los propios estudiantes no le dan importancia a ese tipo de sanciones. “Ahí hay un gran problema que tiene que ver con la preocupación cada vez menor por los aprendizajes de parte del sistema, de la familia y de algunos estudiantes que no se identifican como tales, sino que van al liceo a cumplir el horario”, lamentó.

En otro extremo, la docente también relató que en los hogares muchas veces el acceso a los dispositivos o la compra de nuevos aparatos se utiliza como “premio y castigo”, lo que pauta la relación de los adolescentes con la tecnología. Desde su experiencia, es frecuente que adultos referentes suspendan el uso de los teléfonos si sus hijos obtienen notas bajas, lo que genera que en el centro educativo busquen conectarse desde los dispositivos de sus compañeros, algo que también genera distracciones en clase. Del otro lado, muchas familias hacen el esfuerzo de comprar un nuevo dispositivo a los adolescentes si pasan de año u obtienen buenas calificaciones, lo que pauta la forma en que los estudiantes lo valorizan.

La virtualidad cada vez tiene más incidencia en la vida cotidiana de los centros educativos

Menchaca también se refirió a disrupciones que se generan en la clase a partir de los mecanismos de comunicación que tienen las familias con los adolescentes. Dijo que es frecuente que sean los propios adultos referentes quienes demandan la atención de los estudiantes cuando están en clase, por ejemplo, para que avisen cómo llegaron al liceo o para preguntarles si pueden hacer algún mandado antes de llegar a sus casas. La docente también se refirió a “un uso más lindo” de ese tipo de comunicación, cuando los estudiantes mandan a su padre o madre una foto de una buena nota que obtienen en el centro educativo. Al llamarles la atención en cualquiera de estos casos por el uso del teléfono, la respuesta es “estoy hablando con mi madre”, resumió Menchaca.

Con relación a la posibilidad de que el liceo retenga los celulares al ingreso a la clase, la docente señaló que en la educación pública puede ser una práctica problemática, en el entendido de que es una pertenencia personal del estudiante.

La integrante de la Fenapes también consideró que existe una adicción a los dispositivos y a las redes sociales en buena parte de los adolescentes, y una muestra de ello es que muchos estudiantes que no tienen internet en sus casas se quedan en el liceo por fuera del turno para poder hacer uso del wifi. También relató el caso de adolescentes que sí tienen internet en sus hogares, pero ante escasos o nulos controles de sus padres, a menudo se quedan hasta la madrugada con el teléfono, lo que es notoriamente visible en clase a la mañana siguiente. “Se nota que no durmieron durante la noche y eso tiene repercusiones en la posibilidad real de aprendizaje”, dijo la docente, quien agregó que si bien algunas familias aplican controles parentales o límites de uso de los dispositivos, no es lo más frecuente en los liceos en los que ella trabaja.

Incluso en los casos en los que las familias limitan el uso de los celulares el liceo suele volverse el lugar donde los adolescentes intentan hacer todo lo que no hacen en sus casas. Por ello, es frecuente que los docentes se encuentren con transmisiones en vivo de Instagram o la grabación de videos para TikTok dentro de sus clases.

Más allá del uso “positivo” de las redes en los liceos, por ejemplo, para vincularse entre pares o para comunicar si un grupo entra más tarde, lo que en general se da a través de perfiles institucionales, Menchaca también habló de situaciones no deseadas que se generan en el grupo de Whatsapp de una clase o de cuentas que se crean para difundir rumores sobre compañeros. De la misma forma, se refirió al rol que juegan las plataformas en episodios de violencia. Según contó, existen cuentas que se crean específicamente para organizar o publicar videos de peleas.

La docente sostuvo que cada vez más situaciones que se generan en la virtualidad repercuten en la vida real, y si bien no todas estas situaciones virtuales se generan dentro del liceo, tienen efectos tangibles en lo educativo. Ante este escenario, que viene cambiando vertiginosamente en los últimos años, Menchaca planteó que lo que no cambia es la conformación de los menguados equipos docentes y los pocos apoyos que tienen de otros profesionales para atender estos y otros tantos emergentes que se presentan a diario en los centros educativos.

Consultada sobre el rol que podría jugar la regulación estatal o del sistema educativo sobre este tema, Menchaca consideró que primero sería necesario que se garanticen condiciones de uso de otros dispositivos tecnológicos y que haya materiales de estudio que sean costeados por cada centro educativo. En el escenario actual, la falta de esas condiciones limitan el margen de acción de los docentes al respecto.

De hecho, la docente indicó que muchas veces son los propios profesores quienes deben apelar a sus celulares personales para llevar a cabo sus labores, concretamente a la hora de pasar la lista o alguna calificación a la libreta docente, que en la mayoría de los planes de Secundaria funciona de forma digital. “Eso genera una paradoja: les pedimos a los gurises que no usen el celular, pero nosotros lo tenemos que usar para trabajar”, reflexionó.