Los fines de semana del 21 y 22 de febrero y 28 de febrero y 1 de marzo, un espacio que durante años permaneció cerrado volvió a llenarse de agua, gente y movimiento. La piscina del complejo Malvín Alto, ubicado en Malvín Norte, volvió a cobrar vida. Vecinos, profesores y autoridades de la Secretaría Nacional del Deporte (SND) articularon recursos y esfuerzos para impulsar lo que se bautizó como “el piscinazo”.
La reapertura del Complejo Deportivo Malvín Alto (Codema) implicó volver a llenar la piscina y reacondicionar el pabellón y los vestuarios. Lo que comenzó con un impulso de vecinos fue tomando carácter de proyecto cultural, deportivo y social, algo que no se agota en una actividad recreativa y deportiva, sino que es necesario comprender el significado contextual y comunitario, que resulta del cruce de la historia del barrio, la presencia del estado con sus políticas públicas, la formación profesional y la organización comunitaria. La llegada de la SND al complejo no fue un punto de partida, sino una respuesta. El trabajo previo de los vecinos —que ya venían organizándose en torno al espacio— generó una demanda concreta a la que el organismo se sumó, aportando recursos, equipos técnicos y capacidad de intervención técnica.
Un lugar en la historia del barrio
El complejo de Malvín Alto y sus instalaciones deportivas supieron ser, durante años, un punto de encuentro para el barrio. Inaugurado junto al propio complejo, en 1983, atravesó diversas modalidades de gestión: desde la administración estatal hasta experiencias de autogestión impulsadas por una comisión de vecinos. Durante estos años, la Comisión Nacional de Educación Física —organismo estatal creado en 1911 durante la segunda presidencia de José Batlle y Ordóñez, vigente hasta 1999 y antecedente de la actual SND—, tuvo presencia en el espacio con diferentes propuestas de servicios de verano. También se probó la modalidad de tercerización, que no se pudo sostener en el tiempo. El último de estos intentos funcionó hasta 2009 y ello dejó las instalaciones sin un marco operacional ni una planificación estratégica hasta el actual 2026.
“El Complejo Deportivo Malvín Alto era el corazón del barrio. Ahí se juntaban todos. Era el lugar donde nos encontrábamos todos los días, donde se cultivaba la amistad”, recuerda un vecino que participó de distintas etapas del complejo. En su origen, el complejo no fue pensado como un conjunto de edificios aislados. El proyecto inicial, de los años ochenta, formaba parte de una idea más amplia: la de construir una pequeña ciudad donde la vivienda se integrara con espacios deportivos, educativos y culturales. La piscina —junto con canchas, gimnasio y parque— era un elemento central de esa propuesta.
Esa apuesta también se expresó en la forma de construir. El complejo fue levantado con el sistema outinord, una técnica de origen francés de mediados del siglo XX que permitía una construcción rápida y en serie mediante estructuras de hormigón armado. Utilizado en distintas experiencias internacionales, su aplicación en Malvín Alto lo convierte en un caso particular dentro de Montevideo, que no volvió a repetirse.
En ese diseño original, la mayor parte de las instalaciones del complejo se destinaba a uso colectivo. El espacio abierto, el encuentro y la vida en común eran parte del diseño arquitectónico. Con el paso del tiempo, sin embargo, ese modelo se fue fragmentando: el deterioro, los cercamientos y la falta de mantenimiento transformaron lo que había sido pensado como un espacio compartido en un conjunto privado y discontinuo.
Esto no es solo un dato técnico: habla del momento en que fue concebido. Una época en la que la vivienda colectiva se pensaba a gran escala, con herramientas industriales y con la expectativa de organizar, también desde la arquitectura, nuevas formas de vida en común.
Su cierre y abandono no implicaron únicamente la pérdida de un espacio público, sino la interrupción de una dinámica social valiosa para la comunidad local. Como ocurre con muchos espacios, el abandono fue también una forma de vaciamiento simbólico: un lugar menos para estar, para habitar y para compartir. La reapertura, entonces, no inaugura algo completamente nuevo. Recupera una memoria. Vuelve a poner en circulación una experiencia que el barrio ya conocía, pero que había quedado suspendida en la memoria de vecinos de generaciones adultas que se criaron en la piscina.
Esa historia no es solo afectiva. El complejo de Malvín Alto —con más de 750 unidades y cerca de 2.000 habitantes— atravesó durante años dificultades de gestión, problemas de mantenimiento y deterioro progresivo de sus espacios comunes. Las necesidades de refacción en fachadas y azoteas, las deudas acumuladas de vecinos con los gastos comunes y los problemas de seguridad llevaron incluso al cercamiento del predio, alterando profundamente la lógica abierta con la que había sido concebido.
En ese contexto, la vida comunitaria no desapareció, pero se reconfiguró. Lejos de disolverse, fue encontrando nuevas formas de organización. Hoy, más de 20 vecinos participan activamente en instancias colectivas que buscan sostener y proyectar el complejo como un espacio de encuentro. Por eso, la reapertura de la piscina no es solo una mejora puntual. Es, en algún sentido, la reactivación de una presencia cultural y deportiva del barrio que había quedado interrumpida. La piscina deja de ser solo una infraestructura: vuelve a ser un lugar de encuentro, de socialización y de construcción comunitaria.
La actividad: volver al agua
El agua funcionó como punto de partida para algo más que la piscina: volver a ese espacio implicaba volver a un lugar de infancia, de aprendizaje y de encuentro. Durante cuatro días, el Codema volvió a llenarse de escenas que parecían haberse pausado en el tiempo, y, sin embargo, volvían a ocurrir: niños entrando por primera vez al agua, jóvenes apropiándose del espacio, adultos de diferentes generaciones acompañando desde el borde o animándose a volver a hacer uso de una piscina que fue parte de su infancia o adolescencia.
La actividad tuvo algo de celebración, pero también de descubrimiento. Para muchos, no se trató de “volver” a la piscina, sino de habitarla por primera vez. En ese gesto aparece algo clave: el acceso a las prácticas acuáticas no es homogéneo ni está garantizado. “El piscinazo” funcionó, así, como una instancia de apertura. Un primer contacto y una invitación a traer la memoria al presente. Un momento donde el cuerpo y el espacio se reencuentran, mediado por el juego, el vínculo comunitario con el otro y la presencia del Estado como condición para que ese encuentro sea posible.
Cuando la política pública llega al territorio
Para llevar adelante las jornadas fue clave la participación de profesores, licenciados en educación física y técnicos en actividades acuáticas. Para ello, se conformó un equipo organizador integrado por directores de centros deportivos, docentes de la SND e integrantes de la coordinación del Área de Deporte Comunitario y del Departamento de Actividades Acuáticas de la secretaría. Para muchos de los docentes recientemente incorporados a la SND, “el piscinazo” fue también una forma de entrada al territorio.
No se trató solo de contar con docentes para que la experiencia funcionara y poder responder a la afluencia de gente en servicio y seguridad, sino que tenía un significado institucional, en la medida que la recepción al organismo era, para los ingresos de Montevideo y departamentos aledaños, un recibimiento “en la cancha”. La primera impresión institucional para estos ingresos se enmarca en el cambio en la cultura institucional que se impulsa como parte del nuevo modelo de gestión comunitaria de la SND.
El proceso de inmersión al organismo de estos profesionales en la SND propone una impronta en la tarea como parte de un servicio público, donde pensar en políticas públicas que no se limite a los recursos materiales e infraestructura, sino que pueda comprenderse dentro de un contexto de práctica en la que se incorporan saberes pedagógicos, profesionales, comunitarios, y de humanidad.
El anclaje comunitario
La manada, nombre que se auto asignó la comisión de vecinos, existía previo a la llegada del Estado y venía trabajando en generar cultura y deporte. Por eso, “el piscinazo”, sus antecedentes y sus consecuencias no podrían ser posibles sin el involucramiento de los vecinos. La organización de las jornadas, la convocatoria y la apropiación del espacio, remite a una dimensión comunitaria que excede la intervención estatal. Los relatos que fueron surgiendo en el trabajo previo, así como durante los cuatro días, trajo a las memorias colectivas y afectivas de los vecinos escenas que parecían suspendidas en el tiempo esperando para volver a ser vividas. Para quienes habían conocido ese espacio en funcionamiento, la experiencia tuvo una carga emocional particular: “Ver la piscina con agua limpia otra vez, gente nadando, los niños y niñas gritando de alegría… fue como si el barrio volviera a respirar”, dijo uno de los vecinos.
La manada surgió como una comisión de vecinos que con un propósito de recreación, cultura y deporte y se reúne regularmente para pensar el desarrollo, la gestión y los usos del Codema. Esa apuesta no se agota en la recuperación de la piscina como infraestructura, sino en su potencial como lugar de encuentro. Como lo sintetiza otro de los vecinos: “cuando no tenés nada, van igual, porque es donde quieren estar”.
El piscinazo no fue un evento “para” el barrio, sino “con” el barrio. Esa diferencia metodológica es una forma concreta de cómo la política pública se construye en el territorio y expresa una forma de hacer gestión pública basada en la construcción participativa con la comunidad y los distintos niveles del Estado, así como con organizaciones de la sociedad civil y la academia. En la convicción de que los espacios públicos se sostienen con presencia, con uso, con comunidad y con sentido de pertenencia. Durante esos días, el Codema dejó de ser un lugar abandonado para ser un lugar de encuentro. El pasaje de la ausencia a la presencia, es de por sí mismo un proceso social.
Cierre: lo que puede venir
La reapertura del Codema genera una doble pregunta: hacia el pasado y hacia el futuro. Al pasado, en la medida en que recupera la historia de una comunidad y, a la vez, hacia adelante, si se proyecta qué lugar puede ocupar este espacio en el mediano y largo plazo, en la comunidad. El desafío no es solo sostener la infraestructura y mantenerla, sino consolidar un proyecto que sea pertinente, significativo y que cobre sentido como un territorio de lo común para quienes lo habitan. Integrar la piscina a la vida del barrio, generar propuestas estables, articular con instituciones, sostener la presencia de profesionales y fortalecer el vínculo con la comunidad son algunos de los aspectos a tener presentes en su mirada proyectiva.
En esa línea, comienza a tomar forma un anteproyecto que busca proyectar el espacio a mediano y largo plazo. Más que una intervención puntual, se trata de una construcción compartida entre la SND y los vecinos, que consolida una alianza donde lo institucional y lo comunitario se piensan en conjunto. En un país donde el acceso a las prácticas acuáticas sigue siendo desigual, experiencias como esta permiten imaginar otro escenario para la zona de Malvín Norte. Uno donde el acceso pedagógico a piscinas y a cuerpos de agua no sea un privilegio, sino un derecho, donde los espacios públicos de calidad no sean excepciones, sino parte de la vida cotidiana.
El piscinazo, en ese sentido, no es un punto de llegada. Es, más bien, una señal de lo que puede volver a ponerse en movimiento. En ese horizonte, los propios vecinos ya imaginan lo que puede venir.
“Si vas a soñar, exagerá”, dicen desde la comisión. La frase no funciona solo como consigna: es una forma de imaginar un espacio lleno de vida, de cuerpos en movimiento y de comunidad en articulación con el Estado.
Cyro De Amenti y Raúl Pittaluga son vecinos de la Comisión de Vecinos del Complejo Malvín Alto; Lucía Martínez Gomensoro y Emiliano Gorga son profesores de educación física e integrantes de la SND. También participaron del proceso los profesores German de Giobbi, María Noel Verdías, Juan Pedro Goñi, Silvana Torres, Ana Ortiz y Carolina González.
