¿Se puede ser una persona monógama y al mismo tiempo no serlo? ¿Se puede ser una persona poliamorosa y al mismo tiempo no mantener relaciones sexuales con más de una persona? ¿Se puede habitar más de un vínculo sexoafectivo a la vez? ¿De qué hablamos cuando hablamos de monogamia y poliamor?

Pareciera que, en el último período, los cuestionamientos a la monogamia se hicieron más presentes, y sobre la órbita de las tramas vinculares aparecieron nuevos términos, nuevas formas de vincularse sexoafectivamente: poliamor, relaciones abiertas, éticas relacionales.

Sin embargo, nada de esto es nuevo ni tampoco es tan unidireccional como parece: la sexualidad no es sexualidad, la monogamia no es monogamia, el poliamor no es poliamor si se piensa que todo esto se relaciona única y exclusivamente con lo coital.

Pero antes de responder a las preguntas del inicio y a lo que es pero no es, es crucial partir de la base de la que parten los vínculos románticos –en el amplio sentido del término–: la monogamia.

La antropóloga social Mercedes Oyhantcabal trajo a la diaria la noción de monogamia como sistema, planteada por la filósofa española Brigitte Vasallo. “Entenderla como un sistema implica entenderla como una estructura que marca las relaciones sociales y que determina qué es lo esperable en las personas, qué es lo que está bien, lo que está mal, qué es lo normal y lo anormal”, afirmó.

El fin: “ordenar y controlar las conductas humanas”. En concreto, el sistema monogámico, de acuerdo a la antropóloga, significa que en el marco de una “pareja estable” sólo se puede tener relaciones sexuales entre la pareja, que se hilvana a la “idea de la complementariedad, que se le entrega el ser desde un altruismo total en nombre del amor”, que es un vínculo heterosexual, patriarcal y posesivo.

Para Oyhantcabal, el sistema monogámico “no tiene sentido si no se lo piensa junto” al sistema patriarcal y heteronormativo. La lógica de funcionamiento, por lo tanto, “es una lógica en la que la mujer es propiedad del varón y está en una posición de desigualdad en relación con el hombre”.

Inés Cabral, integrante del colectivo Libres para Amar, y Manira Correa, psicóloga integrante de la Red Psicofeminista, también refirieron a Vasallo, particularmente a la idea del “amor Disney” o el “amor romántico” como parte intrínseca de la monogamia como sistema. “Es el mito de la media naranja, la sensación de que sólo en pareja voy a encontrar la completitud”, dijo Correa. “Es la idealización de que el vínculo es para toda la vida, así como las películas de Disney nos han mostrado que están juntos felices para siempre”, esgrimió Cabral.

Para la psicóloga, estas formas de vincularse generan “disparidades de poder” y “violencias”. “Si pensamos la cantidad de feminicidios que hay bajo la idea de que ‘si no está conmigo la mato, porque no puede estar con otra persona, porque la mujer es mi posesión’, se está respondiendo a una monogamia absoluta”, complementó la antropóloga.

Si bien los cuestionamientos a este sistema no son nuevos, Oyhantcabal señaló que sí es nuevo que se haya puesto en cuestión “en términos más políticos, desde este lugar más complejo, metido en esta red de otras estructuras que también se ponen en juego”.

Sin embargo, también existen formas de habitar la monogamia que intentan alejarse del sistema que la enraíza, y otras formas que intentan escapar de ambos lugares. En cualquiera de los casos, la elección y el consenso son elementos centrales.

Monoamor

Un punto en común observado por las entrevistadas es que el sistema monogámico acarrea también la imposición de que la pareja es el vínculo central, jerárquico, primario, que debe cumplir y acompañar las distintas versiones de quien se es. La antropóloga señaló que además “nuclea todos los vínculos sociales posteriores: la reproducción de los hijos, la familia”.

Una forma, por lo tanto, de romper con el mandato monógamo, es “romper con la idea de que hay un vínculo central en la vida de la persona, que es la pareja y la familia”. Oyhantcabal habló de la “horizontalidad” en los vínculos, que propone una “igualdad de condiciones con las amistades, con miembros de la familia, con la vecindad, con colectivos políticos u otros vínculos de pertenencia”.

Destinar los tiempos individuales a otras cosas y a otras personas que no sean sólo la pareja, “sin que eso implique no tener pareja”. “No es necesario coger con todo el mundo: ya poner en cuestión cuál es el vínculo principal de una persona y decir que no tiene por qué haber un vínculo más importante en mi vida, sino que hay una serie de vínculos y yo soy de distintas formas y comparto distintas cosas con cada uno, que ningún vínculo me completa en mi totalidad, es una forma de cuestionar este mandato de la monogamia, bien asociado al amor romántico, a esa idea de dedicar la vida a una única persona”, resumió la antropóloga. Y agregó: “Se puede, entonces, mantener una relación monógama en una práctica monógama en términos sexuales, pero estar rompiendo con el mandato de monogamia sin necesidad de mantener un vínculo amoroso en los términos en que se suele pensar”.

La psicóloga destacó, por otro lado, que “no nos han enseñado mucho a preguntarnos y cuestionarnos cómo queremos que sean” los vínculos sexoafectivos, porque “el sistema quiere que sigamos ese patrón”. Sin embargo, resaltó que “si nos preguntamos qué queremos y necesitamos, y la otra persona lo mismo, es mucho más orgánico y placentero”.

En ese sentido, consideró que “son muy importantes los acuerdos que se generen”. A la práctica monogámica en términos sexuales como elección, la forma de vincularse consensuada, la horizontalidad, los acuerdos “flexibles y negociables”, la “comunicación fluida” es a lo que la antropóloga llama “monoamor”.

“No significa tirar todo, sino ver el mapa que tenés y elegir con qué me quedo porque me hace bien y con qué no. Y capaz que viene otra persona y tira todo, y otra elige una pareja y revisar lo otro”, manifestó Cabral.

Ética relacional

“Lejos de ser un jolgorio o un camino fácil, es cuestionar muchos mandatos que nos atraviesan y tenemos súper inculcados, que despiertan un montón de inseguridades, entonces es un camino de incertidumbre”, señaló Cabral al referirse a la “ética relacional” o a la “no monogamia consensuada”.

Según dijo, prefiere no hablar de poliamor ni de relaciones abiertas u otros términos similares, porque elegir vincularse desde un lugar no monogámico va mucho más allá de mantener vínculos sexuales y afectivos con más de una persona. “Dentro de la sinceridad y el consentimiento de lo que elegimos puede haber diferentes formas, y sería minimizar un montón a las personas que son asexuales o que no sienten vincularse con las personas con gestos de contacto como culturalmente conocemos”, explicó.

Mirar los vínculos desde la perspectiva de la amistad es una mirada que tratan de trabajar en el colectivo. Según Cabral, esto se debe a que “es de los pocos vínculos que están lejos de lo más contaminado, de la construcción patriarcal y heteronormativa en la que vivimos, y nos permitimos tener varias amistades”.

En ese marco, planteó que muchas veces, cuando se intenta alejarse de la monogamia, “se confunde lo libre con que sea lo que sea, con la ausencia de acuerdos”. Para Cabral, eso se relaciona muchas veces con que “a las mujeres nos han educado para complacer” y también con la socialización proclive a “desconectarnos de escuchar las emociones que tenemos”. En esa línea, puntualizó que en ocasiones se pone sobre la mesa un “mandato poliamoroso” en el que “si entré acá no tengo que sentir celos, decir todo que sí, y si no, soy mala onda”. Sin embargo, remarcó que “lo interesante es poder validar lo que siento y lo revolucionario está en ponerlo en comunicación y no dar por sentado lo que el otro siente”.

En referencia a las emociones que se despiertan una vez que se decide comenzar a construir vínculos desde otro lugar que no sea la norma, Oyhantcabal habló de “contradicciones y sentimientos encontrados” con los que “hay que lidiar, y eso implica toda una gestión emocional”. Cabral agregó que además de lo estructural, están las propias heridas, el pasado y la historia”. Eso hace que “de repente hay cosas que en este momento no podemos”, y es importante verlo como un músculo: controlar el umbral del dolor, no tirar hasta el desgarro.

En todo ese camino, para la antropóloga “lo más importante es tener una responsabilidad afectiva, no responsabilizarte de todo, pero sí saber que tus acciones repercuten en las otras personas: estar ahí para escuchar lo que la otra persona tiene para decirme”.

Amortiguar

“Trabajar la transparencia, el consenso, la comunicación sincera y honesta, la responsabilidad, la autonomía, la compasión, la libertad”, esbozó Correa como puntos fundamentales tanto para los vínculos monógamos como para los no monógamos. Es importante, dijo, “empezar a manejar otras formas de vincularnos para empezar a disfrutar más, y que eso que implica el amor no sea algo posesivo y destructivo para nosotros y para las otras personas”. “La estructura de la relación nunca es más importante que las personas”, concluyó.

Vir Cano, filosofe argentine, ha manifestado que vincularse es “un enchastre” y que, por lo tanto, siempre hay dolor. Pero ¿hay diferencias entre el dolor que produce un vínculo arraigado al amor romántico y uno que intenta construir algo alejado de ello? Para Oyhantcabal, en este segundo caso “hay intención de reparar en caso de que el dolor aparezca, hay intención de no dañar a la persona, y en el ejercicio de la reparación, de la responsabilización, no estamos exentas de generar dolor en la otra persona, pero hay una intención de cuidar y eso ya implica otra cosa: interesarse y volcarse hacia otra persona”.

Las redes de afecto más allá de la pareja y, por lo tanto, más allá del sistema monógamo: otra de las respuestas que las entrevistadas identificaron como diferencial. “En esa red, cuando un hilo se corta, o falta, o se cae, o se debilita, hay toda otra red que te sostiene, entonces el dolor es mucho más llevadero”, señaló la antropóloga. Eso, afirmó, “no implica que tengas muchos vínculos sexuales, sino también vínculos de sostén –amistades, colegas, compañeras de militancia–, vínculos que te hacen reconocer que una está y que vive gracias a las redes afectivas, que son las que sostienen la vida y la hacen posible”.