Aunque las mujeres seamos el 50% de la población mundial, sólo el 1% de la inversión que se hace en investigación de la salud se destina a condiciones específicamente de las mujeres y feminidades. Es por eso que muchas de las enfermedades que afectan a este segmento de la población usualmente son subdiagnosticadas o están poco estudiadas, y muchas mujeres no puedan acceder a los tratamientos que necesitan.
Incluso hasta los años 90 todavía permeaba en la investigación médica la creencia de que las diferencias entre hombres y mujeres no eran lo suficientemente significativas como para incluirlas en trials médicos e investigaciones, porque como cuenta Ana Buera, del podcast de ciencia y tecnología Sumergidas en data, las fluctuaciones hormonales (el ciclo menstrual) les quitaba “homogeneidad” a los estudios. Esto afectó tanto los diagnósticos como la administración de medicamentos en los años venideros, ya que sólo se tomaba como referencia a los cuerpos de los varones. ¿Un ejemplo? Aunque las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en el mundo, el infarto en las mujeres suele pasar desapercibido ya que los síntomas que experimentamos nosotras son completamente diferentes a los de los hombres y esto está poco difundido. Incluso hoy en día la medicina se sigue basando en un “modelo neutro” que, si se observa de cerca, no es neutro, sino más bien masculino.
Mientras que la investigación y el financiamiento alrededor de temáticas o necesidades percibidas como “femeninas” históricamente retrasó descubrimientos por décadas, hoy, una nueva rama de investigación y femtechs –startups y empresas que usan tecnología para crear soluciones enfocadas en las necesidades de bienestar y salud femenina–, intenta revertir esta situación.
“Hay un caso muy conocido de la NASA que envió a una mujer al espacio por tres días y le mandaron 100 tampones. Si bien es divertida, esta anécdota dice mucho sobre el desconocimiento de las necesidades de las mujeres, de qué pasa con la salud femenina. En ese equipo de mentes brillantes de la NASA no había una sola mujer sobre la mesa que diga que es una ridiculez enviar a una mujer al espacio con 100 tampones. Esto se multiplica en cientos de casos, desde qué patologías se priorizan a muchas de las drogas que se comercializan actualmente y jamás fueron testeadas sobre nosotras. Por eso, aunque hay muchas dificultades, en salud es aún más importante romper con esas barreras”, explica Keila Barral Masri, parte de esta nueva camada de fundadoras que combinan experiencia personal, visión tecnológica y alto impacto, y cofundadora de Cromodata, startup que casualmente surge por la experiencia que Masri tuvo con la dificultad para el diagnóstico de una enfermedad crónica.
Una línea innovadora de investigación: la sangre menstrual
Si las mujeres, sus cuerpos y sus problemas de salud han sido poco estudiados debido a una combinación de exclusión en la investigación y su financiamiento, sesgos de género y estigma social en torno a ciertos asuntos considerados tabú, el estudio de la sangre menstrual se encuentra en el podio de insumos ignorados, o como propone un reporte reciente de The Guardian: “¿Es la sangre menstrual ‘la oportunidad más olvidada’ en la salud femenina?”.
Es así como en los últimos años algunas femtechs vienen recolectando muestras y analizando la sangre menstrual (rica en células madre) para desarrollar tests de diagnóstico rápido y no invasivos para diagnósticos generales y específicos como la endometriosis, enfermedad que afecta a más del 10% de las mujeres y cuyo descubrimiento puede llevar años. Algunas de estas pequeñas empresas emergentes de tecnología femenina, lideradas principalmente por mujeres, incluyen a NextGen Jane (NGJ), una startup estadounidense fundada en 2014, que ha juntado más de 2.500 muestras de sangre menstrual gracias a voluntarias que se ofrecieron a enviar sus tampones usados para su investigación.
La premisa con la que algunos de estos grupos de investigación trabajan es que si se analizan otros tipos de muestras (fecales, orina), ¿por qué no también un fluido que la mitad de la población mundial produce mensualmente durante gran parte de su vida? El objetivo es diagnosticar afecciones ginecológicas y reproductivas, aunque también podría utilizarse para el seguimiento hormonal, la detección de cáncer, el seguimiento de enfermedades como la diabetes y el impulso a la investigación con células madre. En resumen, la sangre menstrual, además de ser una fuente de muestra poco explorada, tiene un gran potencial clínico.
“Nadie había considerado seriamente analizar el efluente menstrual –que contiene una mezcla de tejido del endometrio, sangre circulante y fluido vaginal– con fines de análisis médicos hasta mediados de la década de 2010, cuando el Proyecto Rose y empresas como NGJ entraron en escena”, explica el informe de The Guardian. En el caso de la menstruación, el estigma de que es algo sucio y desagradable o que da asco –ya sea que se trate de donantes o entre quienes la estudian– ha ralentizado la investigación.
Pero ¿acaso sorprende que se haya pasado por alto durante tanto tiempo este insumo si pensamos en nuestro vínculo histórico con la menstruación? Veamos el tratamiento que recibe la sangre menstrual en nuestra cultura, cuando durante años fue “escondida” hasta en los comerciales de toallitas y en los materiales educativos o de difusión sobre el ciclo, empleando un líquido azul que nada tiene que ver con la realidad. Un estigma que comenzó a revertirse de a poco gracias a los nuevos enfoques más naturales y conscientes, como el sangrado libre, las bombachas menstruales y la copita.
María Milagros Kirpach es fundadora y directora ejecutiva de No Pausa y HDM (HablemosDeMenopausia), y consultora estratégica en salud y negocios enfocados en mujeres mayores de 40, y da cuenta de cómo gran parte de la investigación en salud femenina está lamentablemente infrafinanciada. “Creo que el sistema en sí nunca estuvo diseñado para mirar seriamente al cuerpo femenino como un territorio de inversión. Cuando mirás cómo se reparte el dinero en salud, es bastante evidente. La mayor parte del financiamiento histórico fue a patologías estudiadas desde el cuerpo masculino o a dos únicas dimensiones: cáncer y reproducción. Todo lo demás –hormonas, menopausia, enfermedades autoinmunes, salud mental– quedó fuera del radar durante décadas. Y si no hay data, si no hay investigación, si no hay estándares clínicos sólidos, si no hay track record, los fondos dicen ‘no es invertible’. Es un círculo vicioso”, señala Kirpach.
En ese sentido, lo que sucede antes y después de la vida reproductiva femenina, es decir, antes y después de la menstruación (con la perimenopausia y menopausia), es una temática que adquirió visibilidad los últimos años de la mano de comunidades como la de Kirpach o voces como la de la actriz Naomi Watts (quien habla regularmente en sus redes y entrevistas sobre bienestar sexual pos 40 y publicó el libro Me atrevo a decirlo. Todo lo que desearía haber sabido sobre la menopausia. “La innovación médica depende de la ciencia. Y la ciencia, en salud femenina, viene atrasada. No porque no importe, sino porque nunca fue prioridad. Por eso en menopausia hoy vemos miles de mujeres con síntomas reales, con impactos reales en su productividad, su energía, su salud y su calidad de vida [...] y muy pocas soluciones pensadas específicamente para ellas o recién ahora empezando a aflorar”, apunta Kirpach.
Milagros Kirpach (archivo, agosto de 2022).
Foto: Mara Quintero
La endometriosis: ¿el santo grial?
Si hay un santo grial de la investigación médica en salud reproductiva femenina, es sin dudas la endometriosis. Es una enfermedad debilitante y no sólo no existe cura aún, sino que las opciones de tratamiento son limitadas y la única forma de confirmar el diagnóstico es de manera totalmente invasiva: mediante una cirugía laparoscópica con anestesia general. Dado que la endometriosis se presenta de forma diferente en cada persona y sus síntomas se asemejan a los de otras afecciones, puede llevar años llegar a un diagnóstico, lo que hace que desarrollar tests para su diagnóstico sea tan revolucionario.
El enfoque para las pruebas de endometriosis es celular en lugar de molecular: se buscan anomalías en las células vivas completas de la sangre menstrual de personas con la enfermedad, ya que existen diferencias en la cantidad y la forma de ciertas células entre las mujeres con endometriosis y las que no la padecen. También ha variado la forma en que se toman las muestras, y algunos estudios ya no utilizan tampones, sino directamente sangre recolectada con copas menstruales, ya que así se pueden obtener células vivas completas. Por último, el informe señala que, pese a su potencial, sólo el 0,25% de la investigación con células madre adultas en los últimos años ha involucrado células madre derivadas de la sangre menstrual.
Además de la endometriosis, la sangre menstrual podría ayudar a diagnosticar otras condiciones, incluyendo trastornos del endometrio como la adenomiosis y la endometritis crónica, así como fibromas, síndrome de ovario poliquístico y cánceres de ovario y endometrio.
El tabú del placer femenino y otros avances médicos
Otro campo de investigación y desarrollo que floreció en las últimas dos décadas es el trabajo con fármacos para la libido femenina, con personas como Cindy Eckert, directora ejecutiva de Sprout, la empresa responsable de Addyi (un medicamento recetado para tratar el trastorno del deseo sexual hipoactivo en mujeres premenopáusicas). Eckert está en la punta del iceberg en lo que se conoce hoy como economía de la menopausia, ya que mientras la “cultura” se pone al día, los inversores de Silicon Valley y las estrellas famosas empiezan a ver la veta comercial.
Denominado de manera errónea “Viagra femenino”, el nombre de la droga es flibanserina, y según detalla un perfil reciente que le hicieron en The New York Times, Eckert viene librando una batalla sin cuartel con la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) desde 2015 para aprobar la droga que ya lleva más de medio millón de recetas en el mercado. Uno de los problemas era que en los ensayos clínicos la flibanserina aumentaba el deseo y la actividad sexual de las mujeres y disminuía su angustia, pero también producía somnolencia y reducía la presión arterial, sobre todo si se mezclaba con alcohol. Esto hizo que los responsables de la FDA bloquearan el fármaco por años.
Pero lo que para muchos suele ser una sentencia de muerte, ser rechazados dos veces por la FDA, en el caso de la flibanserina, consolidó un movimiento feminista y de mujeres que creían que el rechazo era puramente sexista, ya que había un doble discurso en la forma en que los reguladores abordaban los riesgos asociados a los fármacos para la disfunción sexual masculina –el Viagra también tiene efectos secundarios–. Durante mucho tiempo, si las mujeres deseaban o disfrutaban de verdad las relaciones sexuales fue una pregunta que ni siquiera los médicos estaban capacitados para plantear. En la actualidad, Eckert está trabajando en una campaña de presión pública por la falta de paridad en la forma en que las aseguradoras cubren los medicamentos destinados a las enfermedades de las mujeres frente a las de los hombres.
Otros casos recientes y regionales de cómo la perspectiva femenina puede encontrar soluciones a problemas de larga data, o que simplemente nunca fueron considerados desde la mirada de una mujer, son el Mamoref y Lilium, el nuevo espéculo vaginal, dos ejemplos de cómo la incomodidad o el nivel de dolor que producían los estudios en mujeres hicieron reevaluar la aparatología.
Por un lado, un grupo de investigadores de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Unicen) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina desarrollaron el Mamoref, un mamógrafo que se distingue por su singularidad a nivel mundial, ya que no aplasta las mamas para el examen y es respetuoso con las diversas corporalidades. “Lo diseñamos pensando en el confort de la mujer para que no eviten esta instancia por el dolor o incomodidad”, dice Pamela Pardini, doctora en Física de la Unicen y una de las desarrolladoras. Por otro lado, el espéculo –un instrumento médico que no había cambiado desde el siglo XIX– fue repensado por ingenieras gracias a Ariadna Izcara Gual y Tamara Hoveling y ahora tiene nuevo diseño que busca reducir el dolor y el miedo que muchas experimentan durante los exámenes ginecológicos.
Un futuro con más mujeres y financiamiento
Estos ejemplos prueban que las nuevas femtechs, científicas y emprendedoras trabajando en este rubro tienen mucho para aportar, así como que estas temáticas continuarán creciendo en importancia en el futuro e impactando la salud y calidad de vida de millones de mujeres. Sólo falta que los inversores comiencen a notarlo. Para algunas, como Masri y Kirpach, la cuestión también tiene que ver con la inclusión y equidad profesional en los ámbitos académicos y de desarrollo e innovación.
“Ser una mujer emprendedora ya tiene desafíos, pero en salud puede ser que se note un poco más. La industria de la salud se caracteriza porque la mayoría de los líderes son hombres, y aunque el 70% de la fuerza laboral en salud son mujeres, los puestos de liderazgo no están ocupados por ellas. Es importantísimo que haya mujeres trabajando en salud, y la visión que una mujer puede traer a una problemática es crucial”, advierte Masri.
“Hay un problema estructural: quiénes toman las decisiones de inversión”, resume Kirpach: “La mayoría de los fondos grandes siguen estando formados por equipos que no viven en su propio cuerpo lo que significa atravesar una perimenopausia, una endometriosis o una disrupción hormonal. No es mala intención: es distancia. Y, cuando hay distancia, el riesgo se percibe como mayor y el mercado como más chico. Incluso cuando aparecen fondos enfocados en mujeres, muchas veces se les exige el doble de pruebas para obtener la mitad de recursos. El sector crece [...] pero crece más lento de lo que debería. Hay talento, hay startups, hay demanda, hay impacto social, hay potencial económico enorme. Lo que falta es una decisión estructural del sistema financiero de dejar de ver esto como algo ‘de mujeres’ y empezar a verlo como uno de los mercados de salud más grandes, desatendidos y estratégicos”.