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Feminismos Desigualdades
Propaganda a favor del Repeal the 19th

Propaganda a favor del Repeal the 19th

“Household voting”: detrás del movimiento ultraconservador que busca prohibir el voto de las mujeres en Estados Unidos

La propuesta aboga por instalar “un voto por hogar”, que sea ejercido por el “jefe de familia”; además de cercenar derechos políticos de las mujeres, restringe su autonomía y es un nuevo intento de subordinarlas al ámbito privado.

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Conquistar el derecho al voto es una de las primeras luchas feministas que marcaron el final del siglo XIX y el comienzo del siglo XX: de hecho, es lo que dio origen a la primera ola feminista. Fue el momento en el que las sufragistas, organizadas en distintas partes del mundo, visibilizaron lo profundamente injusto de que la mitad de la población no estuviera habilitada para decidir quiénes iban a diseñar políticas, aprobar leyes y, en definitiva, tomar decisiones que afectaban cotidianamente la vida de todas las personas. Con ese reclamo, no solo promovieron la igualdad de derechos políticos, sino que instalaron un pilar fundamental de las democracias modernas.

El primer país del mundo en reconocer el sufragio femenino fue Nueva Zelanda, en 1893. En América Latina, podemos decir orgullosamente que ese hito corresponde a Uruguay: el año que viene se van a cumplir 100 años del histórico plebiscito de Cerro Chato, el 3 de julio de 1927, en el que las mujeres votaron por primera vez. Cinco años después, nuestro país aprobó la ley que autorizó a las mujeres a votar en elecciones nacionales y finalmente estrenaron ese derecho en los comicios de 1938.

En Estados Unidos, uno de los países donde el movimiento sufragista tuvo más visibilidad, el voto femenino se consagró en 1920 con la aprobación de la 19ª Enmienda de la Constitución, que estableció que el derecho a votar no puede ser “negado ni restringido” por “razón de sexo”. Si bien esa reforma constitucional excluyó a muchas mujeres –principalmente a las mujeres negras, que no pudieron votar hasta 1965, cuando se aprobó la Ley de Derecho al Voto que eliminó las barreras raciales–, fue un triunfo para las activistas que habían iniciado esa lucha a mediados del siglo XIX.

Ahora, 106 años después, personajes y sectores religiosos ultraconservadores de ese mismo país impulsan una campaña que tiene como objetivo revertir el derecho al voto de las mujeres, bajo el lema “Repeal the 19th” (que significa, literalmente, revocar la 19ª). En su lugar, promueven la implementación del “household voting”, que se puede traducir como “un voto por hogar”; un hogar en el que las decisiones, por supuesto, las toma el “jefe de familia”, el esposo, el padre, el patriarca.

Lo que hasta hace pocos años podría haber parecido una idea impensable, ridícula, primitiva y marginal, en esta época gana apoyos gracias al alcance masivo que tienen en las redes sociales personajes misóginos, conservadores, de extrema derecha y otros representantes de la manosfera, mayoritariamente varones, pero también mujeres: desde referentes republicanas a las llamadas tradwives, influencers (jóvenes) que exaltan la adopción de roles familiares tradicionales de género y de una vida dedicada exclusivamente a las tareas domésticas y de cuidado, en la que todas las decisiones son tomadas por el esposo, quien además es el único proveedor económico. No es solo nostalgia por la estética vintage.

Las voces de algunas de estas mujeres a favor de “un voto por hogar” se escucharon recientemente en el Women’s Leadership Summit 2026, un encuentro celebrado en junio en San Antonio, Texas, donde, lejos de reivindicar el empoderamiento femenino –como podría evocar su título–, distintas expositoras aseguraron que estarían dispuestas a perder su derecho al voto con tal de que se vuelva a instalar en el país un modelo de organización familiar basado en valores tradicionales. La cara más visible de ese evento fue Erika Kirk, viuda del fallecido activista ultraconservador Charlie Kirk.

Si bien por el momento no hay iniciativas políticas que planteen explícitamente prohibir el voto femenino, la anulación del fallo Roe vs. Wade en 2022, que desde 1973 consagraba el aborto como un derecho constitucional en Estados Unidos, demostró que, cuando se trata de los derechos de mujeres y disidencias, nunca hay que asumir que están garantizados del todo. Porque ya lo decía Simone de Beauvoir en 1949: “Bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”. Como la visionaria que era, la referente francesa también nos alertaba: “Estos derechos nunca se dan por adquiridos, tienen que permanecer vigilantes toda su vida”.

¿Quiénes promueven la prohibición del voto femenino y con qué fundamentos?

La campaña por el “household voting” tiene sus orígenes en sectores religiosos que lo fundamentan en lo que llaman “patriarcado bíblico”, una lectura literal de ciertos pasajes del Nuevo Testamento que establece que el padre es la cabeza de la familia y el líder espiritual del hogar, por lo que las esposas tienen que someterse a sus maridos “como al Señor”. Esta corriente no es nueva, pero empezó a ganar terreno en un momento de auge ultraconservador y de backlash antifeminista.

En este sentido, “una primera aclaración es que el eje que atraviesa esta discusión es el de la religiosidad”, explicó a la diaria Agustín Daguerre, magíster en Ciencia Política con formación en género y políticas públicas, quien investigó sobre “el neoconservadurismo moral en los partidos populistas de derecha radical latinoamericanos” para su tesis de maestría. El politólogo hizo la distinción porque “no son todas las mujeres de derecha las que promueven esta agenda, sino que son mujeres sobre todo cristianas”, lo que “se evidencia en el marco discursivo que usan, porque defienden lo que consideran la ‘feminidad bíblica’ frente al feminismo o a lo que ellas consideran la ‘ideología de género’, y lo hacen sobre todo defendiendo los valores tradicionales que ya no son solo que la mujer deba dedicarse a las tareas del hogar y al cuidado mientras el marido es el proveedor económico, sino que el marido ahora también es el proveedor político”.

Por otra parte, Daguerre resaltó que, al igual que vienen haciendo los movimientos antiderechos con el vocabulario del activismo en defensa de los derechos humanos, también se puede identificar en el discurso de estas mujeres “cómo se reapropian del lenguaje del feminismo”. “Si bien el fin último es eliminar el derecho al voto, ellas no dicen ‘las mujeres no deberían votar’, sino que dicen ‘yo elijo no votar’ o ‘yo elijo ceder este derecho a mi marido’. Esto conecta mucho con el lenguaje de ‘mi cuerpo, mi decisión’, históricamente promovido por el feminismo para buscar derechos sexuales y reproductivos, y derechos en general”, apuntó.

En ese uso estratégico del lenguaje, el investigador señaló que “reemplazan, por ejemplo, la idea de igualdad de los géneros por la idea de la complementariedad, que tiene que ver con que los varones y las mujeres tienen funciones distintas en la sociedad, entonces las mujeres deberían quedarse en el hogar y los varones deberían ser los políticos y los proveedores económicos”, en línea con “la tradicional separación de la esfera privada y la esfera pública”.

En paralelo al fenómeno de las tradwives, líderes religiosos y políticos difunden el discurso en sus plataformas masivas. Uno es el pastor Dale Partridge, de 40 años, fundador de la iglesia King’s Way Reformed Church de Arizona, que ganó seguidores en redes sociales por sus publicaciones contra feministas, inmigrantes y homosexuales. En X, donde tiene más de 150.000 seguidores, abogó por la abolición del sufragio femenino ya que, a su entender, es una de las razones por las que “el mundo se está desmoronando”, según consignó The New York Times. “No creo que debamos derogar la 19ª Enmienda porque no ame a las mujeres. Creo que debemos derogarla porque amo a Estados Unidos y a las mujeres estadounidenses, y quiero proteger a nuestra nación de su empatía autodestructiva”, dijo Partridge en enero de 2025.

Los partidarios de estas concepciones afirman que el sufragio femenino separó a las esposas de los maridos, rompiendo la unidad que la Biblia describe como “una sola carne”, y argumentan que la “ternura natural” de las mujeres las lleva a apoyar a candidatos favorables a la inmigración y a políticas progresistas.

Antes de las elecciones de mitad de mandato de 2022, cuando las encuestas eran favorables al Partido Demócrata, el pastor de Texas y youtuber conservador Joel Webbon tuiteó que “la 19ª Enmienda fue una mala idea”. Desde entonces, se convirtió en una de las voces más populares sobre el tema. “Las mujeres son atroces. Las mujeres, intelectualmente, no tienen inteligencia. Son superficiales, son engañosas, son malvadas, son viles, votan por los travestis. Las mujeres son progresistas radicales [...] Tienen que quedarse calladas”, dijo Webbon en uno de sus videopodcasts en Youtube, para argumentar la abolición del voto femenino.

Los voceros no son solo líderes de comunidades religiosas. En agosto del año pasado, Pete Hegseth, el actual secretario de Defensa del gobierno de Donald Trump, compartió en X un reportaje de la CNN sobre Doug Wilson, cofundador de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas, en donde argumentaba que las mujeres deberían ser excluidas del derecho al voto y que, en su escenario ideal, el sufragio tenía que ser por familia.

La realidad es que derogar la 19ª Enmienda requiere la aprobación de tres cuartas partes de los estados, un panorama improbable. Sin embargo, este año llegó al Congreso otra iniciativa que, sin exponerlo directamente, podría poner trabas al voto femenino. Se trata del Save America Act, un proyecto de ley impulsado por Trump que establece nuevos requisitos para votar, como una prueba de ciudadanía o la exigencia de que los datos del documento de identidad coincidan con los del registro de nacimiento, una medida que es interpretada con la intención de bloquear el voto de inmigrantes indocumentados y de personas trans, pero que también traería consecuencias para las mujeres que, al casarse, cambiaron su apellido por el del cónyuge (una práctica que sigue siendo bastante común en Estados Unidos).

El Save American Act fue aprobado en febrero por la Cámara de Representantes, pero permanece estancado en el Senado por falta de votos, y en medio de una intensa campaña del presidente estadounidense para que se vote antes de las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre.

¿Qué hay detrás del movimiento contra el sufragio femenino?

Más allá de las posibilidades que existan o no de anular el voto de las mujeres estadounidenses, se trata de un nuevo capítulo de la embestida de la ultraderecha global que culpa a los avances en los derechos de las mujeres de una serie de problemas sociales, desde la polarización política hasta el estancamiento económico o la frustración femenina de la época frente a relaciones heterosexuales insatisfactorias y desiguales.

“Es evidente que todo esto se enmarca en el backlash cultural, que si bien es entendido en general como la reacción conservadora frente a avances progresistas”, también se vincula con un discurso de “priorización del orden, la certeza y de identidades culturales estables frente a un mundo que tiene cambios vertiginosos, donde hubo avances muy rápidos en términos históricos de la agenda progresista de derechos de mujeres y personas LGBTIQ+”, pero que también es “caótico” en “términos económicos”, puntualizó Daguerre.

La arremetida contra el voto femenino también es una respuesta directa a otro fenómeno de esta era: la brecha ideológica de género que ya se identificó en muchos países, que muestra que las mujeres son cada vez más izquierdistas y los hombres cada vez más derechistas. En este escenario, tiene sentido que el voto de las mujeres aparezca como una amenaza para los ultraconservadores, que temen por esa “empatía autodestructiva” de la que hablaba el pastor Partridge.

De todas formas, Daguerre consideró poco probable que Trump “se ponga la camiseta” contra el voto femenino porque puede perjudicar su imagen, ya de por sí “deslegitimada”. El politólogo valoró además que quienes promueven este tipo de iniciativas son una minoría: “ruidosa, sí, pero minoría”.

Aunque no prosperen, el solo hecho de que en 2026 se esté debatiendo públicamente sobre si las mujeres deberíamos votar o no es peligroso, porque sabemos que estas narrativas tienen consecuencias que van más allá de las palabras escritas en X o arengadas en un streaming.