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Futuro Convivencia
Javier Echeverría. · Foto: Inés Guimaraens

Javier Echeverría.

Foto: Inés Guimaraens

“Somos tecnosiervos” y “en el espacio electrónico no hay libertad”: la advertencia del filósofo español Javier Echeverría

El experto sostuvo que las grandes tecnológicas han convertido internet en un sistema de dominación social y política, en el que los usuarios son “tecnosiervos” y sus datos alimentan una nueva modalidad de explotación.

¿Realmente somos libres cuando usamos un celular o una computadora? Para el filósofo, matemático y catedrático español Javier Echeverría, la respuesta es negativa. Su tesis es que las personas están inmersas en una “relación feudal” con las grandes empresas tecnológicas y se han convertido en “tecnosiervos”.

“Somos siervos o vasallos: tecnovasallos, tecnosiervos. En el espacio electrónico no hay libertad: es un sistema de dominación. Y ese espacio es el que manda en este momento, tanto en las grandes decisiones estratégicas como en la guerra”, dijo, en diálogo con la diaria Echeverría, quien estuvo de visita en Montevideo a principios de agosto para participar en una actividad sobre “Perspectivas de CTS en inteligencia artificial” en la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República.

Para el profesor de la Academia Vasca de Ciencias, Artes y Letras, la idea de internet como un espacio abierto y libre ya no describe la realidad. “Internet es una ficción que se sigue utilizando como concepto, al igual que ciberespacio. Lo que existe es un tecnofeudalismo: grandes dominios informáticos y telemáticos en los cuales uno está encerrado y no puede salir. Estamos controlados por los grandes señores de las redes y las nubes”, sostuvo.

Cuando escribió Los señores del aire: Telépolis y el tercer entorno, internet recién comenzaba a desarrollarse. Usted ya advertía sobre la posibilidad de que ese “Tercer Entorno” fuera dominado por grandes poderes económicos y tecnológicos. ¿Qué de aquella predicción considera que se confirmó con el tiempo?

Había la posibilidad de que ese Tercer Entorno, ese nuevo espacio telemático o electrónico, como solía llamarse entonces, fuera conquistado por poderes económicos, militares o financieros. Siempre he insistido en que la tecnociencia está guiada y dominada por sectores militares, financieros y por grandes empresas económicas, no tanto por los estados. Pero en la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, que se realizó en 2003 y 2005, se perdió la batalla.

Por eso he publicado un nuevo libro [¡No hay derecho! Contra las nubes y la dominación tecnofeudal], cuyo segundo capítulo se llama “La conquista de internet”. Se sigue hablando de internet como si fuera una red abierta y libre, donde podemos comunicarnos con cualquier persona y desde cualquier lugar del mundo. Pero eso no es cierto. Eso fue verdadero a finales del siglo pasado, pero desde que internet ha sido privatizada en gran medida, esa idea dejó de corresponderse con la realidad.

Internet es una ficción que se sigue utilizando como concepto, al igual que ciberespacio. Lo que existe es un tecnofeudalismo: grandes dominios informáticos y telemáticos en los cuales uno está encerrado y no puede salir. Estamos controlados por los grandes señores de las redes y las nubes.

¿Cómo definiría que es el tecnofeudalismo? ¿Podemos estar hablando de un nuevo orden económico?

No. En el feudalismo, antes que ser un sistema económico, existe una relación de servidumbre entre los siervos y los señores de la tierra. Esa relación genera un sistema económico al que llamamos feudalismo.

A mí no me interesa la perspectiva economicista, sino la perspectiva social y, en concreto, la de dominación. Hay unas personas que son señores –en este caso, señores de las tecnologías, de las redes y de las nubes– que dominan totalmente a la inmensa mayoría de la población, los usuarios de las redes. La relación feudal es una relación de dominación social y también política.

Luego tiene una vertiente económica, eso es cierto. Esos grandes dominios feudales, los señores del aire y de las nubes, son las empresas más ricas del mundo desde hace diez o 15 años. Pero eso es consecuencia de la relación de dominación y no al revés.

¿Cuál cree que ha sido el punto de inflexión para que esté imperando el tecnofeudalismo? ¿Tiene que ver con las redes sociales, los teléfonos inteligentes o la inteligencia artificial?

Hay más de un factor. En primer lugar, en aquellos tiempos se hablaba de la sociedad de la información. En la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información se afirmó que íbamos hacia una sociedad del conocimiento. Quienes participamos en aquellas reuniones nos opusimos por completo a estas propuestas, pero no nos hicieron caso. Se perdió la batalla.

No ha surgido una sociedad del conocimiento. Lo que ha surgido es una economía capitalista de datos. Tanto la información como el conocimiento han sido reducidos a datos.

Hay además una segunda variable muy importante: los sistemas tecnológicos, desde que surgieron las nubes, es decir, los grandes centros de datos, los dispositivos, en lugar de ser autónomos, han pasado a estar subordinados a las nubes. Mi ordenador y este teléfono móvil, en realidad, están manejados desde las nubes.

En este momento, el dispositivo no es realmente mío. Lo tengo con una licencia de uso, y todo el software que utilizo en el teléfono o en el ordenador tampoco es de mi propiedad. Todas las herramientas que utilizamos para trabajar, entretenernos o divertirnos en las redes y en los mundos digitales no son propiedad nuestra. Han sido alquiladas por nosotros a los grandes propietarios.

Esa es la raíz del poder. No somos propietarios de los móviles que usamos. Y no dominamos los celulares ni las herramientas de las redes telemáticas: todo lo que hacemos con estos utensilios genera datos que pasan a ser automáticamente propiedad de los grandes señores del aire.

¿Se puede hablar de una nueva especie de esclavitud con esta relación de dominación?

Hay algunos usuarios que están en una situación psicológica de considerarse esclavos. Por ejemplo, hay gente que utiliza Chat GPT como confesor, amante o confidente y está encantada con que la halague, la engañe o le diga “qué maravilloso eres, sigue contándome cosas”. Cuanto más le preguntamos, más datos le estamos aportando. Chat GPT engulle datos, los devora y genera capital.

Esas personas ya están totalmente dependientes o adictas. Digo Chat GPT, pero puedo utilizar cualquier otro sistema. En China sucede exactamente lo mismo.

En ese caso sí cabe hablar de esclavitud, en el sentido de total o casi total dependencia cotidiana. Pero para la inmensa mayoría de los ciudadanos y usuarios no es esclavitud, sino servidumbre.

Simplemente aceptamos las condiciones que nos ponen. No las miramos cuando pinchamos “acepto” y estamos firmando un contrato absolutamente desmesurado. Y, encima, nos actualizan los sistemas. Al actualizarlos estamos ratificando que estamos de acuerdo con el contrato.

Somos siervos o vasallos: tecnovasallos, tecnosiervos. Esclavos pueden ser consideradas algunas personas, pero, por lo general, se trata claramente de una relación entre señores y siervos.

Son siervos que trabajan sin trabajar. No es un trabajo asalariado: todo lo que hacemos se convierte primero en mercancía y, a continuación, en capital en forma de datos. Es una nueva modalidad de explotación posibilitada por estos sistemas tecnológicos.

Por eso hablo de tecnoplusvalía: el propio uso es lo que genera la plusvalía y no la relación laboral o de trabajo.

¿Realmente el poder tecnológico les ha ganado la batalla a los estados y a la democracia?

Los estados, en la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, dejaron que las grandes empresas tecnológicas construyeran todas las infraestructuras de internet en estas condiciones, quedándose con los dispositivos, las herramientas y los datos que aportara la ciudadanía.

No construyeron en el espacio electrónico, en el Tercer Entorno, una sociedad democrática, sino que optaron por que lo hicieran las empresas privadas. De ahí vienen estas consecuencias. Fue una enorme irresponsabilidad de la mayoría de los estados.

Todos los estados occidentales y, en concreto, los latinoamericanos, hicieron caso a las grandes empresas de Estados Unidos. La Unión Europea hizo lo mismo. Entonces, los estados son tan siervos de los señores del aire como los demás. Lo mismo ocurre con cualquier político que tiene una cuenta en X.

Los estados son súbditos de los señores del aire. Pensaron que internet era un medio de comunicación. Algunos dijimos hace 25 o 30 años que no era eso, sino un nuevo espacio social. Ese espacio ha sido conquistado claramente por las grandes empresas informáticas y de datos.

Si los estados son súbditos y los gobernantes también, ¿la democracia está perdiendo la batalla?

Hay democracia en los estados, en los territorios, en las ciudades y en algunos países. Pero donde no hay democracia es en el espacio electrónico, en el Tercer Entorno, en las nubes. Allí no hay ninguna.

Las normas que imponen las grandes empresas, los términos de uso, son contratos que el usuario está obligado a aceptar. Los estados jamás han intervenido en esas normas, porque dicen que son derecho privado. Tampoco han dicho que el acceso a internet es un derecho.

En la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información algunos proponíamos que el acceso a internet fuera declarado un derecho humano fundamental. Ningún Estado lo hizo, salvo China, que requiere un análisis especial.

Se siguió pensando que internet era entretenimiento, un medio de comunicación, y que debía seguir siendo una empresa privada como cualquier periódico. Pero no era un medio de comunicación: era un medio de acción y de dominio a distancia.

El resultado es que ha surgido un poder superior al de los estados. A los estados se les deja gobernar sus territorios, tener policía, educación pública o salud pública en algunos lugares. Pero respecto de los datos y del negocio del capitalismo de datos, prevalecen el libre mercado y la ausencia de regulación.

¿Qué margen tienen países pequeños como Uruguay y la región latinoamericana frente a esta situación?

Lo que pueden hacer son pequeñas estructuras telemáticas comunitarias, protegidas o, por lo menos, favorecidas en redes locales. Por ejemplo, celulares de uso local, de uso comunitario, y generar redes. Me refiero a que, en lugar de conectarme a una gran red telefónica mundial, pueda conectarme a una red local donde se distribuya la señal a nivel local.

Esto en Uruguay es factible. Incluso ha habido tentativas al respecto. ¿Qué ocurre? Que aquel gobierno que tome esta decisión, van a ir a por él.

¿Por qué?

Porque las grandes empresas tienen los datos de sus gobernantes: lo que hacían cuando eran jóvenes, las fotos que se mandaban cuando tenían 14 o 15 años, sus actitudes, sus travesuras. Todos esos datos, 20 años después, cuando esa persona es un gobernante político, un empresario o un militar, siguen estando en poder de estas empresas. El chantaje es directo.

En este momento es dificilísimo que alguien sea capaz, habiendo sido elegido democráticamente, de modificar, por ejemplo, la ley de patentes. Yo pondría precisamente eso como test y lo sugiero en mi libro: cambiar la ley de patentes. Quien se atreva a hacerlo cae en tres meses del gobierno, independientemente de lo que suceda.

Le sacarán pruebas falsas. Hoy la inteligencia artificial fabrica pruebas falsas sin ningún problema. Fabrica discursos falsos, imágenes falsas. La situación está muy complicada.

En cualquier caso, sí se puede hacer pequeñas redes locales que sean toleradas por los grandes señores de las nubes y los grandes señores del aire.

¿Qué quiere decir con que sean toleradas?

Toleradas como sucedía en la época feudal, al menos en Europa. El dominio feudal era total en todos los territorios, pero en las villas, en los pequeños pueblos y en las aldeas se toleraban fiestas y juegos, salvo cuando llegaba el momento de ir a la guerra o pagar impuestos. Ahí el dominio era inexorable.

El feudalismo medieval era una época de gran alegría y de gran diversión en los míticos carnavales. El tecnopoder quiere que la gente esté contenta y se divierta. Y la gente está encantada con las pantallas y jugando con la inteligencia artificial. Quien más, quien menos, dedica tres o cuatro horas diarias a divertirse con la inteligencia artificial, hacer travesuras con sus amigos o, incluso, resucitar a sus muertos.

Esto último es perfectamente factible hoy en día. No se trata de resucitarlos biológicamente, claro, sino de hacerlo en las pantallas mediante inteligencia artificial. Si yo fuera tan ingenuo como para creerme esto, estaría en las pantallas con mi padre, mi madre y mis seres queridos que ya han muerto. Tendría sus imágenes artificiales.

Entonces sí sería esclavo: pasaría a un régimen de esclavitud con respecto a este gran poder. Este poder afecta también la muerte. Transforma la vida. Yo utilizo el término tecnovida, pero también tiene sentido hablar de tecnomuerte.

Es una novedad enorme que los muertos se conviertan en capital. Michael Jackson, por poner un ejemplo, ha generado después de muerto enormes beneficios. Hay determinados muertos que son auténticas minas productoras de grandes negocios.

En este escenario, ¿cree que se puede ser optimista respecto del futuro, o el suyo es un diagnóstico esencialmente pesimista?

Quien quiera estar feliz obedeciendo va a vivir feliz y contento. Hay 6.000 millones de usuarios de las redes sociales; son personas que las utilizan diariamente o, al menos, con frecuencia, y están contentas. Han aceptado las condiciones y se actualizan, con lo cual, simplemente, no tienen libertad dentro de las redes y las nubes.

La libertad sigue existiendo en los pueblos, las ciudades y los barrios. Pero en el espacio electrónico no hay libertad: es un sistema de dominación. Y ese espacio es el que manda en este momento, tanto en las grandes decisiones estratégicas como en la guerra.

Estamos ante una transformación en la que optimista puede ser quien quiera ser siervo y vivir feliz y contento. Quedamos unos cuantos que no estamos dispuestos a vivir como siervos y lo decimos. Por eso decimos que no hay derecho.

Si dentro de 20 años miramos hacia atrás, ¿cree que recordaremos este momento como aquel en que la humanidad perdió el control sobre la tecnología?

No. El pasado ya está siendo transformado hoy. Lo hace Netflix, por ejemplo. El pasado de Uruguay estará siendo reconstruido por las grandes empresas tecnológicas de inteligencia artificial y surgirán grandes ficciones.

Dentro de 20 años, el pasado de Uruguay no tendrá nada que ver con lo que hemos vivido, será de ficción, va a existir un tecnopasado. Aquello de que el pasado no se puede cambiar es falso. El pasado se cambia hoy tecnológicamente. Y ahí sí creo que los estados, por lo menos, tendrán algo que decir.

Podría crearse otra historia y, si esa historia se enseña en las escuelas y aparece en las pantallas, la gente podría creerla. A esto lo llamo “tecnocolonialismo mental”. A través de las pantallas, de la inteligencia artificial y de las redes telemáticas se está conquistando la mente, en concreto, la de los niños y las niñas.

Yo defiendo la libertad de las personas. Si uno quiere ser siervo, que lo sea, pero que lo sea con conocimiento de causa. Lo que no puede suceder es que una persona no se haya enterado de las condiciones que firma cada vez que usa un celular o una inteligencia artificial. Hay unos términos de uso. Que los lean. Si lo hacen, entenderán perfectamente mi posición.