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Justicia Crimen organizado
Velero "Misteriosa". · Foto: S/d de autor

Velero "Misteriosa".

Foto: S/d de autor

El narcovelero que estuvo en Juan Lacaze y cayó en el océano Índico

“Emma”, el velero interceptado a fines de junio cerca de la isla de Reunión, en el océano Índico, con más de una tonelada de cocaína y un arsenal de armas a bordo, tiene una historia que tuvo a Uruguay como un lugar central.

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Corría el año 2018 y ese barco apareció por primera vez como un fantasma. En ese momento, el velero se llamaba “Misteriosa” y llevaba bandera estadounidense; fue hallado vacío y a la deriva frente a las costas de Brasil, sin rastro de su capitán, el navegante argentino Erwin Rosenthal, de 83 años, que había zarpado desde Ilha Grande rumbo a Buzios y nunca llegó a destino.

Ocho años después, el mismo barco reapareció en Juan Lacaze, rebautizado “Emma”, con bandera polaca y la cubierta llena de bidones, según una investigación de FM Gente.

En el puerto de Juan Lacaze muchos empezaron a hablar del “Emma” como de un “barco maldito”. No solo por esa historia previa de desaparición en Brasil, sino por el aire raro que proyectaba el casco blanco, con sus tanques plásticos apilados en cubierta y un ir y venir de tareas de mantenimiento que no terminaban nunca.

Los viejos del muelle lo conocieron primero por los diarios. En 2018, las fotos del “Misteriosa” giraron por el mundo: el velero vacío, arrastrado por la corriente hacia la costa brasileña, y las autoridades remolcándolo al puerto de Angra dos Reis para peritajes. La familia de Rosenthal, que viajó hasta allí, denunció la desaparición de los celulares, el teléfono satelital y el gomón de emergencia, además del hallazgo a bordo de un artefacto similar a una bomba casera.

Ese mismo casco terminó fondeado años después en aguas uruguayas. El velero llegó a Juan Lacaze ya con nombre nuevo, “Emma”, pintado en la popa bajo bandera polaca, y se lo vio durante meses preparado para una larga travesía, cargado de bidones y provisiones. “En el puerto lo teníamos como un barco maldito”, resumió uno de los usuarios del muelle, acostumbrado a distinguir entre embarcaciones de trabajo y barcos que parecen estar ahí por otra cosa.

La pista uruguaya y la Operación Mirlo

El 25 de junio de este año, en pleno océano Índico, a más de 10.000 kilómetros de Montevideo, un buque de la Armada francesa interceptó al “Emma” en aguas internacionales cerca de la isla Reunión, al este de Madagascar, rumbo a Australia. A bordo encontraron 1.075 kilos de cocaína, un lote de armas y tres tripulantes: dos bolivianos y un brasileño, que quedaron detenidos en el acto.

En los comunicados oficiales, la maniobra fue presentada como parte de la “Operación Mirlo”, un operativo coordinado entre la Armada de Francia, la DEA estadounidense, la Policía Federal de Brasil, la Prefectura Naval de Uruguay y otros organismos, según publicó Búsqueda y confirmó la diaria Radio.

Pero el origen de la historia no estuvo en el Índico sino en el Río de la Plata. Según informó la Armada Nacional, fue la División Investigaciones de la Prefectura uruguaya la que, a partir de información de Inteligencia, detectó que una organización criminal planeaba usar un velero para transportar cocaína a nivel internacional y comenzó a seguir de cerca los movimientos del “Emma”. Esa pesquisa, compartida con los socios internacionales vía los canales formales de cooperación, terminó disparando el despliegue francés en el Índico.

Las autoridades uruguayas se apuraron en aclarar un punto sensible: que la droga no había sido cargada ni embarcada en territorio nacional, pero al mismo tiempo la investigación sigue abierta en Uruguay, Brasil, Argentina y Estados Unidos para determinar el origen del envío, la estructura detrás del velero y los vínculos de la red con otras rutas ya identificadas.

Mientras, aparece aquí un viejo nombre vinculado a “Emma”. Una denuncia anónima, recibida por autoridades uruguayas, sostiene que el velero forma parte del patrimonio operativo de una banda vinculada a la familia Hougham, un apellido que hace décadas está asociado a grandes estafas financieras y que en los últimos años volvió a aparecer en el mapa del narcotráfico.

Raúl Ricardo Hougham, entrerriano, fue bautizado en los años noventa como “el rey del plástico” tras ser detenido en Barcelona y señalado por Interpol como líder de una de las mayores redes de fraude con tarjetas del viejo continente. Su botín, calculado en más de siete millones de dólares de la época, nunca se recuperó por completo.

El hijo, Ricardo Hougham Guerrero, conocido como Ricky, irrumpió después en otro rubro: el de la cocaína. Crónicas judiciales uruguayas y regionales lo ubican a Hougham Guerrero como uno de los contactos de referencia que Sebastián Marset hizo en su etapa carcelaria, cuando el hoy señalado por narcoterrorismo en Estados Unidos tejía vínculos con otros traficantes de su generación dentro y fuera del sistema penitenciario. Ricky estuvo preso en Uruguay, fue condenado por delitos relacionados al tráfico y, según esas investigaciones, amplió desde allí su agenda de contactos hacia Paraguay, Bolivia y Europa. Los últimos datos de la policía uruguaya ubicaban a Hougham Guerrero viviendo en la triple frontera; en Foz de Iguazú.

La denuncia anónima que manejan los servicios uruguayos va un paso más allá. Afirma que el “Emma” y otros veleros y pesqueros operan como una suerte de “flota” de esta organización, especializada en mover cocaína por rutas alternativas: evitando grandes puertos y optando por embarcaciones medianas capaces de cargar en alta mar y cruzar el Atlántico con baja visibilidad. No se trata solo de usar un velero como mula: el documento describe una lógica de transporte semipermanente, con barcos que cambian de bandera, de nombre y de puerto base según las necesidades de cada viaje.

Nada de eso está todavía probado en sede judicial. Pero encaja, línea por línea, con lo que desde hace años describen los informes internacionales sobre la “atomización” de las rutas de la cocaína.

Cuando el “Misteriosa” era estadounidense y aparecía vacío frente a Brasil, la discusión giraba en torno a la desaparición de un viejo navegante y a la hipótesis, nunca del todo resuelta, de un abordaje violento o vínculos con organizaciones de narcos. Ocho años y un rebautismo después, la historia cambió de tono: el “Emma”, ahora registrado en Polonia, carga un arsenal y más de una tonelada de cocaína.

La matrícula polaca importa. Polonia se ha vuelto en los últimos años un registro atractivo para armadores de distintos países por la rapidez y flexibilidad de su sistema, que promete inscribir embarcaciones en unos dos meses a cambio de requisitos relativamente simples. Eso permite que cascos como el Misteriosa/Emma cambien de bandera con agilidad y se reencuadren bajo jurisdicciones distantes del lugar donde realmente operan.

Ese juego de banderas impacta de lleno en quién juzga a quién. Tras la Operación Mirlo, la justicia francesa analiza la posibilidad de trasladar el caso a Polonia, dado que la embarcación enarbolaba pabellón polaco, lo que le otorga a Varsovia potestad para reclamar la extradición de los detenidos o iniciar un proceso penal propio bajo el principio de soberanía del Estado de la bandera. Lo que para el crimen organizado es una herramienta de flexibilidad operativa se traduce, para los Estados, en un rompecabezas jurisdiccional donde cada país defiende su pedazo de competencia.

La caída del “Emma” no fue el único golpe reciente contra barcos cargados con cocaína en la franja atlántica. El 7 de julio, la Policía Federal y la Marina de Brasil abordaron una embarcación pesquera en aguas internacionales frente a la costa de Surinam, en un operativo conjunto contra el tráfico internacional de drogas que contó con apoyo de agencias estadounidenses.

La embarcación interceptada llevaba un cargamento de drogas cuya cantidad total las autoridades no revelaron. Los tripulantes fueron detenidos y la investigación sigue abierta para identificar a otros integrantes de la red y reconstruir la ruta completa, en un esquema de cooperación internacional que replica, casi calcado, el que terminó con el “Emma” frente a Madagascar.

En paralelo, investigaciones de la propia Policía Federal brasileña vienen señalando desde hace más de un año la existencia de una red de barcos que parten de puertos como Itajaí, en Santa Catarina, se abastecen de cocaína en alta mar frente a Surinam o el nordeste brasileño y siguen rumbo a Europa. Esa “ruta Surinam”, como la llaman algunos informes oficiales, convirtió a ese pequeño país en un nodo creciente del tráfico atlántico de cocaína.

La denuncia anónima en poder de las autoridades uruguayas sugiere que el “Emma” y la embarcación abordada frente a Surinam no serían episodios aislados, sino piezas de un mismo engranaje logístico: veleros y barcos de pesca que cargan en puntos discretos del Caribe y la costa venezolana, cruzan el Atlántico por trayectos menos patrullados y entregan la mercadería ya cerca de los mercados finales o de otras plataformas de distribución. Por ahora, sin embargo, esa conexión formal no figura en ningún expediente público.

El telón de fondo lo pone el Informe Mundial sobre las Drogas 2026 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc). Según ese documento, la producción global de cocaína se multiplicó por más de cuatro en la última década y superó las 4.000 toneladas en forma pura en 2024, impulsada por el aumento de la productividad y la expansión de las áreas de cultivo en Bolivia, Colombia y Perú.

La Unodc advierte que los traficantes están “explorando cada vez más” rutas oceánicas alternativas y “dependiendo de enfoques completamente diferentes para el tráfico a través del océano, evitando los puertos comerciales”. Entre las modalidades citadas figuran las transferencias barco a barco en alta mar, las entregas programadas para posterior recuperación en el océano y el uso de veleros, buques semisumergibles y drones acuáticos no tripulados. El velero antes “Misteriosa”, ahora “Emma”, encaja en esta modalidad.

El informe también destaca que, aunque las incautaciones siguen concentradas en América y Europa, algunas de las tasas de crecimiento más altas se registran en África y Asia, donde los decomisos de cocaína crecieron con fuerza entre 2020 y 2024. Una parte de ese fenómeno se explica por el corrimiento de las rutas hacia la costa occidental africana y el Índico, con cargamentos que salen de Sudamérica y, en lugar de dirigirse directo a puertos europeos, triangulan por nuevos destinos intermedios.