Un cursor titila. No hubo una explosión, no hubo un game over gigante surcando el cielo. La ruptura no fue cinematográfica. Fue un goteo. Fue ese sticker que no mandaste para bajar el nivel de bilirrubina (o de veneno, según el caso), el comentario en Facebook que decidiste no eliminar para evitar que escalara y, finalmente, lo inevitable, el absurdo previsible: el bloqueo. Corto mano, corto fierro. El comienzo del fin.

De pronto, ese amigo con el que compartías mates, anécdotas, una historia en común, toda esa relación forjada al calor de lo humano, se pierde en los caireles de los ceros y unos y el silencio. Ahora es un extraño que vive en una unidad básica virtual del bando opuesto. Sin embargo, lo que el algoritmo no evidencia es que detrás del bloqueo queda un bache de anécdotas y fábulas huérfanas que ahora deambulan sin dueños. Es el luto de perder a alguien que todavía está por ahí, pero que ya no existe ni en el feed ni en la agenda. Entonces, la pregunta zurcida entre hilos de likes, favs, mensajes de WhatsApp y retuits es «¿qué nos pasó?», pero la verdad es que nos pasaron muchas cosas.

Pasaron las redes sociales, los acontecimientos históricos —de Ucrania a Palestina, de Nicolás Maduro a Donald Trump—, el nacimiento de la(s) grieta(s), ese «antes» que nos dejó prácticamente sin «después». Entonces, temas sobre los que se yerguen tensiones... sobran: alt-right, izquierdas diezmadas, Venezuela, Israel, feminismos, cultura woke, Agenda 2030, crisis del bolivarianismo, inmigración, cultura de la cancelación, casta, tecnooptimismo y apocalipsis total, cada quien le pone el picante que más le guste.

En rigor de la verdad, la grieta no es solo electoral, sino un menú de indignaciones a la carta. Pero ¿en qué momento el asadito del domingo se convirtió en un campo minado? ¿Cuántas amistades de años eran, en realidad, vínculos que pendían de un hilo y la grieta fue apenas la tijera que nos dio el permiso moral para cortarlos? ¿Es la política lo que nos separa o es simplemente que estamos usando la ideología para justificar que ya no nos bancamos más?

Si bien vivimos en una época de lobotomía vincular, empecemos por bajar un poco la espuma. A veces, el ruido de Twitter (o X, ese lugar que Elon Musk decidió convertir en una especie de Mad Max digital) hace creer que la vida (la real, la 1.0, la de carne, hueso y sangre) se embolsa sobre un Nacional-Peñarol constante en que nadie se saluda, nadie se tolera del todo y un poco, digamos, hay que caretearla para ser. Pero la realidad, esa que camina por la calle y no usa hashtags, suele sostener otras cosas.

Ahora bien, que la sangre no llegue al río no quita que existan naufragios individuales en los que el consenso se vuelve imposible. La ruptura entre Lucía y su amigo ocurrió entre 2016 y 2017, durante la última ola feminista. Lucía lo admiraba por ser una «persona inteligente y sensible». El conflicto escaló de forma «muy rabiosa» cuando él comenzó a criticar los posicionamientos feministas, al sentir las críticas al «sistema patriarcal» como «acusaciones personales» en lugar de entenderlas como algo estructural. El límite llegó cuando él se manifestó en contra de las personas trans, momento en que ella «se recontra calentó» y cortó el vínculo por completo.

Años después, la muerte inesperada del amigo dejó una herida abierta y una pregunta dolorosa sobre si, tras haber «bajado la espuma» con el tiempo, hubiese sido posible retomar el diálogo y sanar la relación antes del final. Esa brecha personal en que la discusión se transforma en duelo plantea algunos interrogantes: ¿el caso de Lucía es la regla o la excepción? ¿Las convicciones pueden desvanecer los afectos? ¿Estamos frente a posiciones irreconciliables o simplemente gritamos más fuerte de lo que estamos dispuestos a romper?

A la sazón, Facundo Cruz, politólogo argentino, es coordinador general del observatorio Pulsar de la Universidad de Buenos Aires y tiene los números en la mano para desmentir el fin del mundo vincular: «De acuerdo a los datos de nuestro estudio de creencias sociales, los argentinos no están tan polarizados afectivamente como creemos», dispara. Agarrate fuerte de la silla: dos tercios de los argentinos dicen que podrían estar en pareja con alguien que piensa políticamente lo opuesto. Y en Uruguay, uno de los países menos polarizados de América, esto debería, en apariencia, importar menos.

Por eso, si estás buscando amor en alguna aplicación y le hacés la cruz a alguien por su pañuelo, su gorra o su escudo, sos minoría. «El 74% considera que no se puede juzgar si una persona es buena o mala por sus opiniones políticas», agrega Cruz, quien pasa sus días monitoreando los latidos de una sociedad que parece al borde de un ataque de nervios pero que, en los papeles, mantiene la compostura. O sea, el filtro moral no es tan rígido como el algoritmo nos quiere hacer creer y la política no es una frontera identitaria infranqueable. ¿Entonces? ¿Por qué sentimos que todo está roto?

Cruz va más allá y mete el dedo en la llaga de cómo nos informamos: «Poco más de dos tercios (72%) nos indicó que escucha a periodistas con ideas políticas contrarias. Esto muestra que somos amplios, diversos y abiertos, no tan restrictivos como se piensa. Las cámaras de eco funcionan en las redes, no tanto en la vida cotidiana». Cuando nos sacamos el casco de realidad virtual, la cosa suele cambiar.

Incluso los jóvenes, esos que supuestamente viven en la distopía del scroll infinito, parecen tener el software más limpio, con menos puntos ciegos y sin crujidos. Cruz adelanta datos de un estudio con adolescentes de 16 a 18 años: «Encontramos que los niveles de polarización afectiva en este segmento son notablemente más bajos que entre los adultos. No solo hablan poco de política en sus vínculos cotidianos, sino que además conviven con ideas distintas sin convertirlas en conflicto. Para los jóvenes, no es un filtro moral ni una frontera identitaria».

En ese sentido, el psicólogo clínico Damián Supply, profesional especializado en entornos digitales y ciberbullying, tira una pista que nos saca de la urna electoral y nos mete en el diván. «Nadie se corta solo del todo. Migrás de una tribu a otra», explica. El chico que se pelea con toda su familia por ser «incel» o el que deja de hablarles a los amigos de la infancia por una consigna (veganismo, comunismo, frenteamplismo, lenguaje inclusivo, aborto, eutanasia, pandemia, fake news, conspiraciones... llenar con la entelequia que mejor encastre) en realidad está buscando otra manada. «El temor a la soledad es grandísimo y eso es bien humano». Ese vacío no se llena con likes de desconocidos. El dolor real de la grieta es el silencio del teléfono y, directo a las fauces, una piña de realidad: aquel que fue amigo ahora es un «enemigo» ideológico.

Bajo esta lógica de la manada y el refugio se entiende mejor el duelo de María C., quien vio cómo los kilómetros de distancia geográfica eran nada comparados con los kilómetros de convicciones que la separaban de su amiga. Recientemente, María C. se distanció de una amiga de larga data que, tras mudarse a Estados Unidos, comenzó a defender activamente posturas políticas alineadas con Trump. A ella le pesaba: la sentía en sus antípodas ideológicas y los posteos en redes rozaban su sensibilidad. La tensión alcanzó su punto máximo durante una visita de ella a Uruguay, en la que ambas terminaron por no verse, en gran medida «porque ninguna quiso exponerse a tener que hablar del tema». Y aunque no hubo una discusión explícita y se trató de «puras sospechas», la incomodidad ante un relato que se sentía «muy reciente y no muy bajado a tierra» terminó por enfriar un vínculo que se había mantenido firme a pesar de la distancia geográfica.

La era de la intensidad

Supply plantea que estamos en la era de la intensidad. No alcanza con pensar algo: hay que gritarlo, postearlo y ponerle un filtro de alto contraste. «Acá estoy, esto soy: así pienso yo». «Cuando una persona siente que se identifica con un solo terreno de su vida, se siente muy vulnerable cuando eso se ve amenazado». Es la lógica del fanatismo aplicada al voto: si tocan a mi líder, me tocan a mí; si opinan de lo que defiendo, me atacan directa y exclusivamente a mí.

La incapacidad de convivir con la diferencia parece ser un síntoma de madurez colectiva incompleta. Aquí, desde ese punto específico, Supply nos lleva arrastrando de la oreja hasta el origen de todo: «El ser humano nace de una simbiosis con la madre y después va estableciendo autonomía. Me parece que hoy hay muy poca tolerancia a lo que “no soy yo”. Aparecen la negación y la proyección: veo fanatismos en el otro que capaz que tengo yo también». Es como un espejo roto en el que únicamente queremos ver nuestra mejor cara.

«El pensamiento mágico, ese del “todo o nada”, es infantil», remata Supply. Es esa idea de que una sola faceta de una persona convierte a toda la persona en eso. La parte por el todo. Si vota a tal o cual, es un monstruo. Y si es un monstruo, no merece que le contestemos el WhatsApp nunca más. Y a veces, seamos honestos, la política es simplemente la exit strategy perfecta. O al menos eso afirma la cronista Lorena Álvarez, una de las autoras de ¿Qué hacemos con Ménem?, ensayo sobre cómo los noventa salpicaron y dinamitaron algunos consensos sociales, y una lúcida observadora que semanalmente se despacha con polaroids de la vida contemporánea en la revista Panamá: «Usar a quien votaste para pelearte es una gran idea porque te simplifica decir que fulanito ya no tiene que estar en tu vida».

Entonces, en lugar de decirle a tu amigo de toda la vida «che, la verdad que hace tres años que no me cierra lo que posteás en tus redes» o «me dolió que no vinieras a mi cumple», le decís «sos un facho» o «sos un zurdo» y listo. Álvarez es tajante: «Yo no me pelearía con nadie por cómo vota y menos si siempre fue mi amigo».

La política hoy es una personalidad. Se sabe, se dice y no pasa nada. «Si sos pañuelo verde, si sos esto o lo otro... parece que tu voto representa 80 cosas de tu vida y no permite grises», analiza Álvarez. Pero afuera de la red la cosa suele ser bastante distinta. De hecho, tanta presión está exigiendo una vuelta a la privacidad, a ese derecho sagrado de no tener que ser un cartel publicitario de nuestras ideas las 24 horas.

Álvarez reflexiona sobre el «regreso»: «Se vuelve de todo, salvo de algo muy personal: que te roben plata o que cuenten un secreto tuyo». Es el pragmatismo de la calle contra la histeria virtual. «Este es el último coletazo de la intensidad del siglo XX. Llevamos 30 años en los que todo es mucho más líquido. Estamos apasionados, pero no sé cuánto duran las pasiones. Todo es pour la galerie».

¿Y qué pasa con los que mueven los hilos? Pablo Touzon, autor del libro La grieta desnuda junto con el periodista Martín Rodríguez, explica que la polarización fue, al principio, una herramienta electoral cínica de las élites. Pero se les fue de las manos, como un experimento que cobró vida propia. «Por ejemplo, Milei fue una polarización contra los que polarizaban», dice.

El problema es que el «centro político» —ese lugar donde se podía discutir sin romperse la cara— se quedó sin base social. Es como un modelo de negocio que fue superado por una aplicación. El sistema operativo de la discusión se actualizó y reconfiguró sus códigos internos. En esta precisa hora de la historia, para que te escuchen, tenés que ser un extremista. Las moderaciones no arrastran likes. Y el sistema ya no castiga el exceso, castiga la sensatez.

En ese sentido, Touzon plantea algo inquietante: los outsiders de ayer hoy son los insiders. «El sistema ya es así. Sería más disruptivo un outsider de centro y un político de traje, porque a todo el resto ya nos estamos habituando. El sistema basado en partidos clásicos está muriendo en todos lados». Touzon analiza que el centro político hoy es el «cuarentón de la generación X», que tiene algún recuerdo del viejo sistema, pero ese nicho mermó porque los trabajadores de Occidente se sienten atacados por ambos lados: «Por izquierda por considerarlo masculinidad tóxica y por derecha por el globalismo, que le dice que será reemplazado por la inteligencia artificial. Esa rebelión es comprensible».

Malcriados

Y ahí entra Joaquín Linne, sociólogo y autor de La reinvención del amor: una etnografía de cómo es enamorarse, tener sexo, amigos y/o mascotas en tiempos de Tinder, para soltar un golpe de gracia. ¿Por qué nos duele tanto la diferencia? Porque los algoritmos nos acostumbraron a vivir en una pecera de cristal en la que todo es afín a nosotros. Recomendación a cuento: el docudrama The Social Dilemma, disponible en Netflix.

«La educación sentimental que tenemos por los algoritmos nos malcría», sentencia Linne. Nos desacostumbramos a convivir con la negatividad, con el roce, con quien piensa distinto. En internet vivimos con la lógica de «el cliente siempre tiene razón». Todo tiene que ser cómodo y agradable. Entonces, cuando aparece una opinión que no nos gusta o no nos cuadra demasiado, no sabemos qué hacer. No contamos con los anticuerpos emocionales para procesarla.

Linne explica que la intimidad ya no está separada de lo público. Lo que antes era una discusión de café, hoy se siente como un ataque a la estabilidad emocional. «Muchos vínculos se rompen porque sostenerlos se vuelve demasiado demandante emocionalmente, no por un debate puntual». Es el agotamiento del yo frente a un otro que no me da la respuesta que quiero. Una mezcla de narcisismo, hipersensibilidad, intolerancia y una musculatura emocional fofa. «En internet todo debe ser cómodo, agradable y afín. Esa diferencia entre la experiencia digital y la vida vincular real marca cómo reconstruimos lazos hoy», continúa el sociólogo.

Cruzar la línea

El agotamiento no siempre nace de la falta de afinidad superficial. A veces, el lazo se vuelve insostenible porque el otro decide pararse en la vereda opuesta de lo que consideramos innegociable, como le ocurrió a Emilia. El conflicto entre Emilia y un viejo amigo estalló por un caso de abuso en un boliche de Rocha, en que el hombre sostuvo que las acusaciones eran «una ridiculez» y que «las minas se habían puesto re agresivas».

La tensión llegó al límite cuando él y otros hombres «salieron a tocar el tambor para tapar los cánticos» de una marcha feminista, intentando «opacar» el reclamo de seguridad. Esta reacción, motivada quizás porque «tenían miedo de caer ellos como culpables», generó una discusión marcada por «la rabia a flor de piel» que resultó en un bloqueo digital. Aquel episodio fue un «re parteaguas» que transformó una relación de décadas en un vínculo frío en el que, hasta hoy, si se cruzan por la calle «está todo bien», pero el distanciamiento es definitivo.

Así las cosas, después de una década de grieta, el tejido social quedó más segmentado y, definitivamente, con menos paciencia. Pero no todo está perdido. Para Álvarez, esto es un rato de intensidad y «después vuelve todo a la normalidad». La fila para rezar este padrenuestro es bien larga. En definitiva, la grieta es ese ruido de estática en la tele vieja mientras se intenta sintonizar un canal que se vea bien. Ojo, a veces es más fácil apagar la tele y salir a la calle.

Por lo demás, la grieta, esa trinchera que cavamos en casa, terminó siendo el gran colador de nuestra agenda de contactos. Una suerte de «antivirus social» que usamos para borrar a quienes ya nos hacían ruido mucho antes de las urnas. Pero el bloqueo es rápido y la ausencia, lenta. Las grietas nos dejaron sillas vacías en cumpleaños y grupos de WhatsApp convertidos en cementerios de amistades.

Mientras tanto, la sociedad (vos, yo, aquel, también quien estaba cerca y ahora decidimos odiar, por más que sobren los motivos) debe lidiar con este tejido deshilachado aceptando que la política pasa, pero el silencio del bloqueo queda. Porque, como bien dice Álvarez, se vuelve de todo menos del daño personal. Y hoy, lamentablemente, lo personal es lo único que el algoritmo no nos enseña a reparar. No hay botón de reset que nos devuelva a un estado anterior. Corto mano, corto fierro.

Hernán Panessi (Argentina, 1986) es periodista de cultura popular. Nació en Lanús y escribe a diario desde una cafetería del Centro de Buenos Aires. Publicó cuatro libros y un fanzine. Tiene un canal de YouTube. Además, es parte del staff del suplemento NO de Página|12 y desde hace más de una década escribe en la diaria y Lento.