Los estudios feministas han habilitado nuevas relecturas del campo literario. Entre sus derivas encontramos el rescate de autoras excluidas del canon, así como de aquellas que no tuvieron la posibilidad de contar con publicaciones propias. Una mirada con perspectiva de género y conciencia histórica exige revisar permanentemente la tradición, ya que el pasado es fundamental para dotar de espesor a la mirada presente; permite observar cómo se construye la identidad literaria y, sobre todo, qué modos de leer han sido activados y perpetuados en el quehacer intelectual.
Entiéndase “modo de leer” según la definición de la académica argentina Josefina Ludmer en Clases 1985. Algunos problemas de teoría literaria: la manera en que nos enfrentamos a un texto desde nuestra ideología, prejuicios y aprendizajes previos, pero también cómo estos colisionan con las ideologías internas que el texto propone. El modo de leer tiene una esencia performática; es la forma en que nos acercamos tanto al objeto como al hecho literario.
En este sentido, los estudios de género han desacomodado las lecturas tradicionales. Con esto no me refiero a la obligatoriedad de ser estrictamente feminista para leer literatura, sino a la práctica de cuestionar elementos dados por sentados: las construcciones del canon, los modelos de mujer en el discurso masculino, nacionalista y religioso, y las divisiones de clase y raza en el mercado editorial.
Estas aperturas configuran un nuevo acercamiento a lo literario. Por ello, desde hace algunos años, el nombre de Virginia Brindis ha dejado de ser ajeno para integrar programas institucionales, repertorios musicales y nuevas líneas de investigación. Asimismo, sobresalen hitos, como el libro Rompiendo silencios, de Isabel Oronoz, que se acerca a la figura de la poeta; la compilación de poetas uruguayas Flores raras, coordinada por Silvia Guerra y Jesse Lee Kercheval; la difusión en redes del club de lectura Leyendo Mujeres, mediante una semblanza de Florencia García, y, por supuesto, la investigación de largo alcance que lleva a cabo Patricia Robaina, cantautora melense que ha puesto música y voz a muchas de las composiciones de la poeta.
Pregón contra el pacto
Se cree que Virginia Brindis de Salas nació en 1908 y falleció en Buenos Aires en 1958; los datos no son del todo certeros debido a la falta de documentos. Esta información, así como toda su biografía, ha sido dada a conocer a través de Patricia Robaina tras un extenso recorrido que incluyó entrevistas con familiares, recopilación de archivos fotográficos y de prensa, así como la recabación de datos en diferentes bibliotecas de Argentina y Uruguay. La investigación revela que la partida de nacimiento existente la da por nacida cuatro años antes y con el apellido Salas, no Brindis.
Lo extraño de este proceso –entendiendo “extraño” como la prolongada desaparición de su nombre– radica en que Brindis es considerada la primera autora afrodescendiente en publicar un libro en América Latina, según afirma la investigadora Lucía Delbene en el epílogo de Flores raras. De ser así, su olvido no es solo una omisión de la poesía uruguaya, sino una herida que atraviesa el mapa regional de manera radical.
No hay una respuesta concreta para su olvido, pese a la innovación estética y política que la diferencia. Sin embargo, me atrevo a manejar posibles respuestas, porque es la tarea de la investigación y la crítica literaria. Este “olvido” o “pasaje por alto” no es una omisión azarosa, sino una acción sistemática de las formas de dominación discursiva. En la literatura uruguaya, este factor se potencia con otros sesgos, como el centralismo montevideano. En el caso de Virginia Brindis, además del género, primaron las tensiones poéticas y raciales. Poéticas porque su obra es mayoritariamente política, y raciales porque en la lectura de nuestra identidad predominó lo que la ensayista brasileña Cida Bento, en O pacto da branquitude (2022), denomina “pacto de blanquitud”: un acuerdo implícito entre personas blancas para conservar privilegios, mediante la naturalización de una superioridad que se encubre bajo el discurso de la meritocracia.
Este pacto determina no solo el modo de leer, sino las decisiones culturales que perpetúan la segregación y el racismo. Sin embargo, la relectura de la poesía de Brindis no debe limitarse al reconocimiento de su identidad afrodescendiente, sino a observar su obra como una forma de demarcación propia. Ella define y construye la historia de su raza; como señala Djamila Ribeiro (Pequeño manual antirracista), citando a Joyce Berth: “No me descubrí negra, me acusaron de serlo”. Se trata, entonces, de producir desde la propia experiencia y enunciación.
A través de sus poemarios –Pregón de Marimorena (1946) y Cien cárceles de amor (1949)–, Brindis inaugura una focalización de la afrodescendencia mediante la voz propia. Aquí el pacto de blanquitud se desenvuelve también mediante la clase: Brindis no solo habla del “negro”, sino de la marginalización a través de oficios subalternos, la socialización segregada y el uso de los cuerpos (la fuerza para el hombre y la sexualización para la mujer).
En el prólogo de Pregón de Marimorena, Julio Guadalupe plantea que la poesía de Brindis rompe con la tradición porque evita el “romanticismo ñoño” de María Eugenia Vaz Ferreira o Delmira Agustini, problematizando los temas de su raza mediante la composición de pregones y tangos. Brindis nos instala en una poética contemplativa sin perder la originalidad que la hace trascender. Así lo vemos en “La criada de color”:
“El rostro de la negra / fulge de sus pupilas un no sé qué de origen / con ese primitivo mirar y su aborigen / que en su piel de color su raza integra; / y hace pensar en tribus y esclavos que se rigen / por el servil recato de timidez sumida / en angustia y zozobra de miserable vida".
Su obra es poesía política ligada a una historia de opresión. En Pregón de Marimorena, aunque define un continente de “blancos y negros hermandados”, la clave de lectura reside en las manos trabajadoras subordinadas a la blanquitud.
Uno de los aspectos más destacados es cómo Brindis instala la voz de una mujer negra que vende periódicos: el pregón como proclama para subsistir. En ella encontramos la voz utilizada para denunciar, precisamente, el uso del cuerpo, pero desde una letrada que pertenece al mismo grupo oprimido. Ella manifiesta cómo la voz y el cuerpo de la mujer son usados para la venta de diarios, denunciando el signo político de la exclusión:
“Cuánto te deben / Marimorena / esos que escriben / y que tú pagas / con tus vintenes... / su periodismo / su propaganda politiquera / todas sus lacras, su egoísmo...”.
En esta poética la blanquitud no es una presencia de la que se busque redención mediante el ataque, sino mediante una propuesta de convivencia y tolerancia. Su proyecto implica una “puesta a punto” de otra realidad posible, donde la hermandad surja incluso en la precariedad:
“Los ʻblancosʼ del vecino / del andrajoso patio / se acercan a mis niños / y allí están hermandadas / dos ʻrazasʼ sin cariño".
Contra el olvido
El “pacto de blanquitud” es un concepto íntimamente relacionado con los modos en que operan el conocimiento y su distribución. Hablar de Virginia Brindis hoy equivale a reflexionar sobre los procesos que mantuvieron su producción fuera de los circuitos de legitimación. El pacto promovió la elusión de una memoria histórica y de una posición política que no sintonizaba con la construcción oficial de las “pioneras” de la literatura uruguaya. Asimismo, fomentó la reproducción de lecturas deshonestas que pretendían fijar la obra de la poeta en una filiación forzada con figuras como Juana de Ibarbourou o Gabriela Mistral, con las que mantuvo amistad y correspondencia. Aunque también su ocultamiento pudo haber sido determinado por una amiga a quien visitaba en Argentina: Eva Perón. La ligazón entre las ideas políticas, la raza y el género pudio suspender su nombre del canon uruguayo.
Desde la perspectiva de la investigadora Grada Kilomba (Memorias de la plantación: episodios de racismo cotidiano), la recuperación de voces racializadas nos permite cuestionar quién tiene permitido hablar. La interrogante nos reconduce a los planteamientos de Gayatri Spivak sobre la posibilidad de habla del sujeto subalterno. En este marco, la poesía cobra un valor identitario y de recuperación, pero también funciona como una herramienta de resignificación de las literaturas nacionales. En Virginia Brindis hallamos un afán por rescatar una historia oculta que no solo desplaza simbólicamente el lugar de las mujeres en la lírica, sino que nos permite observar los pliegues y las funciones de la poesía política.
En consecuencia, su obra restituye una imagen y, al mismo tiempo, desobedece los mandatos impuestos sobre ella. Virginia Brindis se posiciona como objeto y sujeto de su propia poética, en tanto rechaza la construcción de una figura dócil, contemplativa o sumisa; por el contrario, invierte las expectativas externas para transformarlas en autonomía y defensa. Mientras que cierta literatura –desde la poesía fundacional de Magariños Cervantes y Eduardo Acevedo Díaz hasta el regionalismo de Julio C da Rosa o Juan José Morosoli– fijó una representación de los afrodescendientes limitada a combatientes, esclavos o mujeres serviles y sufrientes, Brindis rompe con ese estereotipo para proponer una subjetividad alternativa.
El estudio de Virginia Brindis de Salas revela que la legitimación literaria no es un proceso neutro, sino un ejercicio de poder profundamente atravesado por el racismo estructural. Sin embargo, su poesía política emerge como un acto de insurgencia discursiva. Al desplazar las imágenes de servidumbre instaladas por el canon, Brindis no solo escribe poemas: construye un lugar de enunciación propio. Su obra demuestra que la recuperación es una forma de justicia epistémica que obliga a reescribir la historia nacional, transformando el silencio impuesto en una herramienta de combate y reafirmación identitaria.
Aunque su vida terminó en el anonimato de una fosa común en la Chacarita y su origen permanece velado por el misterio, la voz de Virginia Brindis de Salas no puede seguir sepultada por el olvido. Rescatar su poesía es un acto de justicia histórica que nos permite, finalmente, devolverle el lugar que le corresponde en nuestro patrimonio literario.
Obra completa, reseña crítica, memoria y recuperación, de Virginia Brindis de Salas. 214 páginas. Deletreo, 2026.
Presentación: Domingo a las 15.00 en la sala Roja del Palacio Municipal. Con Patricia Robaina.
