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Mundo Brasil
Pantalla gigante con los avances del escrutinio electoral, el 4 de octubre, en Río de Janeiro. · Foto: Mauro Pimentel, AFP

Pantalla gigante con los avances del escrutinio electoral, el 4 de octubre, en Río de Janeiro.

Foto: Mauro Pimentel, AFP

David Magalhães: “Cumplimos una década de avance de la derecha en todos los ámbitos”

Entrevista con el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de Uberlândia y coordinador del Observatorio de Extrema Derecha.

Los resultados de las elecciones en Brasil del 4 de octubre mostraron el exitoso desempeño en las urnas de algunos candidatos que, antes de sumar cientos de miles de votos, reunieron millones de seguidores en redes sociales.

David Magalhães, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de Uberlândia (Minas Gerais) y coordinador del Observatorio de Extrema Derecha, en conversación con la diaria relató cómo la creación y el crecimiento del bolsonarismo se desarrollaron antes en las redes que en los ámbitos institucionales. También explicó cómo tanto la derecha como la izquierda juegan en la virtualidad en el marco de la anulación del prójimo, la descalificación y la invención de fake news, aunque advierte que el progresismo llegó con demora a desempeñarse en ese campo, lo que puede costarle la derrota a Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje del próximo 25 de octubre.

La noticia más destacada de la primera vuelta es el gran avance de la extrema derecha, que se ubicó primera en la competencia presidencial, obtuvo 19 bancas en el Senado y sumó nuevos gobernadores. ¿Cuál es tu lectura de esas múltiples victorias?

La derecha viene avanzando en Brasil, al menos, desde 2016. Cumplimos una década de avance de la derecha en todos los ámbitos. El ámbito parlamentario refleja algo que venía creciendo en muchos otros sectores de la vida política y social brasileña. El momento más importante de ese avance fue el impeachment de la expresidenta Dilma Rousseff, precedido por una serie de acontecimientos que propiciaron la destrucción, en cierto modo, de lo que llamamos la Nueva República. La Nueva República, establecida con la Constitución de 1988, se asentó fundamentalmente sobre un consenso socialdemócrata, cuyos dos protagonistas en términos de fuerza política fueron el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el Partido de los Trabajadores (PT), que se alternaron en el poder desde el proceso de redemocratización. Ese sistema impulsó varias agendas importantes, [como las] sociales, ambientales y de derechos humanos. Sin embargo, también mostró una serie de fallas y generó un desgaste, un desgaste que no se limita a Brasil, sino que está conectado internacionalmente con otros movimientos. No en vano surgió esa energía populista y antiestablishment.

La operación Lava Jato contribuyó a arrasar con el sistema político-partidiario tradicional brasileño. Esa energía, sumada a la destrucción del sistema de partidos y al auge de una derecha que ya crecía en las redes sociales, fue capitalizada con gran eficacia por Jair Bolsonaro. Brasil nunca tuvo un partido ideológico de derecha –como el Partido Republicano en Estados Unidos o los conservadores en otros lugares–, por lo que nuestra derecha carecía de una organización más formal. No había una opción clara, y una parte de la derecha, frustrada, terminaba votando al PSDB, que nació en la centroizquierda socialdemócrata en los años 80 y se desplazó hacia un centro liberal en los 90. Cuando el PT llegó al poder, el PSDB se acercó cada vez más a la derecha. Aun así, se trataba de una derecha algo “avergonzada” hasta que surgió la figura de Bolsonaro que, aunque provenía del sistema, se posicionó retóricamente en contra del sistema establecido. Se convirtió en el principal referente de la derecha y logró dotarla de un carácter popular –un rasgo que hasta entonces se asociaba a la izquierda a través de la figura de Lula–, atrayendo a sectores incluso de las clases más vulnerables y a habitantes de las periferias.

Si consideramos el escenario de 2022, la derecha continuó ganando terreno en el Parlamento incluso durante el gobierno de Lula. Este avance se hizo aún más evidente ahora. No obstante, observo un movimiento que completa una década de avance, lo cual debería garantizarle a la derecha sostenibilidad durante al menos ocho años más, tanto en el poder Ejecutivo como en el Legislativo.

Ahora vemos un avance bien significativo con figuras que destacan, como la del diputado federal reelecto de Minas Gerais con la mayor cantidad de votos en la historia de Brasil, Nikolas Ferreira, y el diputado federal electo con una votación récord en la historia de San Pablo, Lucas Pavanato. Ambos son influencers jóvenes que tienen 22 y cinco millones de seguidores en Instagram, respectivamente. ¿Cómo llegaron a ese nivel de respaldo?

Nikolas Ferreira, que está arrasando en votos, no es un fenómeno reciente, y Pavanato fue una sorpresa para quien no está muy al tanto de las redes sociales, porque él también es un fenómeno social y cultural desde hace mucho tiempo. El intelectual e ideólogo más influyente de la derecha, Olavo de Carvalho, que falleció durante la pandemia, promovía la idea de que había que conquistar el terreno de las ideas antes que el de la política. Y me parece que fue escuchado porque, antes de tener representación política, hubo un avance, por ejemplo, en las redes.

Fue una disputa cultural que precedió a la disputa político-partidaria. Olavo de Carvalho se mudó a Virginia, Estados Unidos, en 2005 y fue el primero en ocupar el espacio de internet. Creó un canal de opinión, abrió su cuenta en Youtube y se convirtió en un fenómeno mediático de las derechas. De repente, tenía muchos más seguidores que todos los periódicos tradicionales, Folha de São Paulo, Estadão, O Globo y empezó a captar y aglutinar a una gran cantidad de seguidores, tanto mediante su curso de pseudofilosofía como con sus comentarios sobre la coyuntura nacional. Estamos hablando de la época dorada del “lulopetismo”, durante el segundo gobierno de Lula.

En un primer momento, la derecha logró conquistar estos espacios en internet con mucha mayor eficiencia que la izquierda. La izquierda fue percibiendo la importancia de ocupar estos espacios con un poco más de delay. Existía, incluso, cierto recelo entre los académicos de meterse en ese barro que es internet, pero, a fin de cuentas, ese purismo fue un error estratégico, porque terminó cediendo a la derecha todo un espacio que esta ocupó en diversos frentes. Pero existe, además, la propia ingeniería de internet, que contribuye a transformar todo en algo aún más radicalizado y polarizado. Es decir, las cámaras de eco y la forma en que los algoritmos crean burbujas. Estas burbujas dificultan cada vez más el intercambio, así como la aceptación de que el otro bando, por ejemplo, el de la derecha, pueda tener razón en ciertos puntos. Los argumentos permanecen siempre en la superficie. Todo se centra en lo emocional, en “me identifico como parte de cual o tal bando”.

Entonces, lo que vimos surgir en los últimos diez años es precisamente lo que Marcos Nobre, un importante politólogo vinculado a la ONU [Organización de las Naciones Unidas], denomina “partido digital”. La forma de organización que ha resultado electoralmente eficiente no es el partido institucional analógico. Creo que esta es una lección que Lula tuvo que aprender, quizás muy tardíamente, ahora, al reunirse con Ana Elisa (influencer del PT electa como la diputada federal más joven en la historia de Brasil con 21 años), con André Janones (influencer de izquierda reelecto como diputado federal por Minas Gerais por el partido Rede Sustentabilidade) y con otra gente de la izquierda digital, que es la izquierda que está al frente de las guerras culturales en internet. Lo hizo con un gran delay, un delay que creo que es suficiente para sufrir una derrota en las urnas. Lula y su campaña seguían operando bajo una lógica analógica.

Pensando en el éxito de algunos perfiles, en la cantidad de seguidores, recientemente fue detenido el argentino Fernando Cerimedo, apodado el “rey de los trolls”. ¿Los respaldos de estos influencers brasileños son orgánicos o también cuentas falsas?

Creo que existe un movimiento artificial para inflar el apoyo con cuentas falsas. Ahora, me parece importante recordar que desde el punto de vista político electoral, incluso antes de que surgiera el bolsonarismo, el PT también hizo esto en la primera vuelta de las elecciones de 2014 entre Dilma y Marina Silva. Cuando falleció el candidato a la presidencia João Campos, Marina, que era su compañera de fórmula, pasó a ocupar su lugar. Entonces el PT llevó a cabo una campaña de noticias falsas en internet, incluso antes de que surgiera el término. Crearon una serie de cuentas para difundir la idea de que ella iba a recortar el programa Bolsa Família.

Recuerdo un anuncio que mostraba una mano en la cocina –de una localidad del interior de Alagoas, en el nordeste– que robaba la comida, transmitiendo el mensaje de que si votabas por Marina, eso era lo que sucedería. Es uno de los primeros casos de estudio sobre movilización mediática con noticias falsas para destruir una candidatura. En este sentido, ya que preguntabas por la organicidad, creo que hay un movimiento de continuidad. Fijate en Janones: dijo que había reclutado 1,5 millones de seguidores para esta segunda vuelta. Janones pertenece a esa línea de 2014. Él aún no estaba presente entonces, pero es de esa línea que cree que el campo progresista debe hacer el trabajo sucio que hace la derecha. Entonces, no creo que se trate de algo totalmente artificial, aunque exista una estrategia para inflar ciertos niveles de interacción mediante tácticas engañosas.

David Magalhães, autorretrato.

David Magalhães, autorretrato.

¿Crees entonces que tanto la izquierda como la derecha actúan igual en las redes?

Pienso que sí, que no es una cuestión de izquierda o derecha, sino del mecanismo de interacción, de la propia infraestructura que sustenta internet. El diputado federal electo por el Partido Comunista de Brasil de Pernambuco, Joanes Manuel, proviene de una tradición estalinista y pasó gran parte de su trayectoria en internet negando los crímenes de Stalin. Consideraba que Fernando Haddad era un burgués, representante de la democracia liberal, y creía que no habría salida para Brasil si no era mediante una revolución violenta que derribara la democracia burguesa brasileña. En un entorno de polarización esto ayuda a establecer dónde estoy y dónde están ellos. Gran parte de esta dinámica en internet funciona sobre la base de esa alteridad. No se trata de una alteridad de coconstrucción, en la que aprendo mediante la interacción con el otro, sino más bien, siguiendo la línea del filósofo alemán Carl Schmitt, de la lógica del “amigo enemigo”. Me defino negando la existencia del otro. Y no creo que esto pertenezca necesariamente al ámbito de la derecha o de la izquierda, es propio de la manera en que dicha ingeniería instrumentaliza los sentimientos y fija identidades que se forman negándose mutuamente.

¿Cuál es ahora la red social con más peso en Brasil en cuanto a su impacto político electoral?

Si consideramos a Whatsapp como red social, es la más fuerte. Instagram, al ser una plataforma algo híbrida, es utilizada por mucha gente para publicar cosas del día a día, por lo que los temas políticos tienden a diluirse más. También está Telegram, que es una segunda opción para grupos más radicales; es un espacio aún menos vigilado, tierra de nadie. Ahí publican lo que quieren, incluso contenido de extrema derecha racista o hitleriana. El bolsonarista promedio está en Whatsapp; los que tienen una inclinación a hablar de violencia política o planear algo, generalmente están en Telegram.

Hablamos de la agresividad en redes, pero se puede ser agresivo sin faltar a la verdad. ¿Qué lugar ocupa hoy la desinformación en estos espacios?

Se critica la posverdad de la derecha, ese ambiente donde la objetividad es imposible, pero, si alimentás esa lógica, mañana llega una nueva pandemia y tendrás que tragarte que la cloroquina es una cuestión de narrativa. Si hablamos de datos y estadísticas, la derecha se dio cuenta de algo importante: en este ambiente casi posmoderno de cuestionamiento de la objetividad ¿de qué sirve hablar de que la inflación es menor en el gobierno de Lula que en el de Bolsonaro o de que hay más empleo –es decir, los datos objetivos que favorecen al gobierno– si existe una capa impermeable en la piel de la gente que le impide recibir esa información?

Hace pocos días, la cuenta de Instagram del Partido Liberal retomó un tuit de 2023 de Ana Elisa en el que, en un tono claramente irónico, escribió: “Lula, dejá de hacer cosas buenas por Brasil. ¿Para cuándo el kit gay y el cierre de las iglesias evangélicas?”. Recuerdo la noticia falsa, que viene desde las primeras campañas de Bolsonaro, de que Lula repartiría en las escuelas, no material de educación sexual, sino que enseñaría a los niños, por ejemplo, “cómo tener sexo”.

Les encanta ese tema de la “ideología de género”. Si comparás esto con otras derechas radicales, no ves esa agenda centrada en la familia y las costumbres tan arraigada como ocurre en España, Brasil, Hungría o Polonia –países con una tradición católica o cristiana muy fuerte– o incluso en Estados Unidos. Si tomás Francia, por ejemplo, la derecha radical francesa no se centra en eso. Es más independiente, casi no se habla de la familia, ya que existe una tradición que proviene de la laicidad y de la República. Es una derecha más secular. Lula, en las elecciones pasadas, evitaba entrar en temas divisorios de esa índole. Eran como cáscaras de banana que le ponían para que pisara y cayera. Y él evitaba caer porque sabía que en ese terreno la derecha se desenvuelve con soltura. Y sabe que buena parte de la periferia, de las personas en situación de vulnerabilidad, tiene posturas conservadoras. Ahí también juega un papel importante el crecimiento de las iglesias evangélicas, especialmente en esas zonas periféricas, lo que ha contribuido a arraigar dichos valores conservadores en la sociedad.

¿Qué noticias falsas circularon más en esta campaña?

Por ejemplo, con la posibilidad de declarar a Bolsonaro inelegible, cuando surgió el escándalo del banco Master vinculado al juez Alexandre de Moraes, lo relacionaron automáticamente a Lula, aunque no haya ningún indicio de su participación. Porque todo forma parte de una supuesta misma élite progresista. De eso se nutre el populismo, de decir: “Nosotros somos el pueblo, es una élite conspirando contra el pueblo”. Esa supuesta élite cuenta con periodistas, como los de O Globo, y con una élite cultural como la música popular brasileña. Otra, por ejemplo, ¿por qué Eduardo Bolsonaro fue a Estados Unidos a convencer a Trump de que reconociera al Primer Comando de la Capital y al Comando Vermelho como organizaciones terroristas? Porque desde hacía mucho tiempo, en los círculos de derecha existía una narrativa que vinculaba al PT con esas organizaciones criminales. Lula, tras conocerse dicha clasificación, no dedicó mucho tiempo a criticarla porque, si se critica en exceso, se refuerza en la mente de ellos la idea de que se está defendiendo a esas organizaciones criminales. Incluso llegan a cosas muy descabelladas, como que Lula tiene hasta nueve dobles. Circula una tesis en los grupos bolsonaristas de que Lula ha muerto. Hubo una encuesta que reveló que el 15 % del electorado bolsonarista realmente cree eso. Fijate en el nivel de locura que estamos viviendo. Si Lula logra avanzar ahora, tené por seguro que las fake news volverán con toda su fuerza.

También esta semana, la diputada federal del PT Erika Hilton denunció en Instagram que por tercera vez Meta impidió que quienes comentaron su publicación sobre la movilización en respaldo de Lula, que se desarrollará este domingo, recibieran un mensaje privado para entrar en sus grupos. ¿Cómo ha sido la injerencia de Meta durante esta campaña?

Son numerosas las quejas de líderes y partidos progresistas sobre algunos acontecimientos, cuanto menos extraños, que involucran a Meta. Por ejemplo, la dificultad para encontrar en Instagram los perfiles de Lula. También los de Gleisi Hoffmann, Sâmia Bomfim y Maria do Rosário (exlegisladora y presidenta del PT y diputadas federales reelectas, respectivamente). Incluso presentaron una denuncia ante el Ministerio Público. El caso que causó mayor perplejidad fue el video del humorista Fábio Porchat relatando las relaciones de Meta con iglesias evangélicas y Flávio Bolsonaro. Meta, sin dar explicación alguna, retiró el video cuando este alcanzó su punto máximo de interacción y visualizaciones. A juzgar por lo que se ha divulgado sobre las relaciones de las big tech de Silicon Valley con Trump y la extrema derecha, veo una clara interferencia al silenciar manifestaciones de izquierda, tanto dentro como fuera de Brasil. Además, dentro del grupo Meta existe un conjunto de normas que se están alineando con las de otras big tech y el trumpismo; por eso la difusión resulta aún más favorable para los grupos de extrema derecha.