Objetivamente, el régimen de los hermanos Rodríguez en Venezuela lleva adelante una apertura democrática. La ley de amnistía es fundamental para construir un piso de derechos humanos básicos. Hay diálogos entre gobierno y sectores de las oposiciones. Pero el principio básico de la democracia es que la soberanía reside en el pueblo. No se trata solamente de que las elecciones son claramente postergadas hasta que llegue un supuesto tiempo político. Es otra cosa: cuando el único recurso sobre el que se basa toda una economía y el funcionamiento de la sociedad, el petróleo, pasa al control de una potencia extranjera, de Estados Unidos en este caso, la fuente del poder ya no reside en el pueblo venezolano. El poder está en Washington. Aunque se construya una colonia “buena” y más amable que la dictadura de Nicolás Maduro.

Desde mis labores en terreno en zonas de conflicto en la misión de paz MAPP en Colombia, yo viví al lado de las fronteras más vitales con Venezuela en el momento de oro de Hugo Chávez. Hubo una inversión genuina en escuelas de tiempo completo y hospitales públicos de calidad, hubo misiones que llevaron la educación profesional para el empleo dentro de muchos hogares pobres de los cerros y la población excluida.

Pero Chávez tenía –como, con respeto, su ídolo Simón Bolívar– una visión bonapartista de los procesos de cambio, mesiánica. El Estado de arriba crearía los sujetos de cambio eliminando las tensiones sociales inherentes a todo proceso de transformaciones. No hubo reformas impositivas progresivas –el sistema impositivo siguió basándose en el IVA– para redistribuir la riqueza, no se institucionalizaron las misiones en un estado de bienestar de derechos sociales de ciudadanía, sino que se afirmó la concepción militar y misionaria.

Con buenas intenciones y genuina pasión por la justicia y la independencia, Chávez no entendió a Karl Marx, como no pasó por Marx una enorme parte de la izquierda latinoamericana. No me refiero a una adhesión dogmática a un tipo brillante que escribió y pensó en el siglo XIX, con toda la carga que eso supone. Me refiero a las lecciones esenciales de Marx y, luego, de la izquierda moderna de los siglos XX y XXI: sin estrategia de acumulación de capital –todo lo que escribió mil veces Marx en El capital y en tantas obras–, no existe redistribución.

Marx dijo esto con claridad y acierto: la cuestión nacional jamás debe disociarse de la cuestión democrática ni de la cuestión social moderna.

Chávez funcionó con la distribución. La distribución de un jeque árabe, no con estrategias de genuina creación de riqueza ni con verdaderas estrategias estructurales de redistribución. Agudizó el monocultivo petrolero de Venezuela. Cuando en 2007 lanzó el “Exprópiese”, simplemente destruyó las leyes de la economía. Ninguna discrecionalidad mágica de la varita de un emperador puede sustituir las reglas que producen la confianza, que es el intangible que permite o facilita la inversión privada, grande-mediana-pequeña, y ordena la inversión pública.

Estas verdades elementales fueron comprendidas hace mucho por los comunistas chinos y vietnamitas. El problema democrático sigue allí pendiente en contextos de civilizaciones monistas milenarias. Fue comprendido por el socialismo democrático moderno.

Maduro ganó con legitimidad en 2013, pero encaró un ajuste estructural brutal entre 2015 y 2020; antes de las sanciones de Donald Trump, llevó el salario mínimo de los 500 dólares de Chávez a 23, y al final domesticó la hiperinflación. Solo el autoritarismo, junto con la expulsión del 28% de la población, nueve millones de venezolanos (en Uruguay en el ciclo autoritario largo perdimos tal vez el 13% de población), permitió ejecutar el ajuste estructural brutal, tal vez el más brutal de la historia moderna de América Latina.

Marx dijo esto con claridad y acierto: la cuestión nacional jamás debe disociarse de la cuestión democrática ni de la cuestión social moderna (eso fue Bismarck, eso fue luego el fascismo, eso han sido aliados de las izquierdas latinoamericanas unidos por su presunto antinorteamericanismo). Muchos volvieron a comprar en Chávez un Bonaparte nacional. Pero ya fueron ciegos con la dictadura de Maduro. Seguir a los generales que enarbolan un estandarte nacional –como lo mostró la guerra de las Malvinas cuando una parte de la izquierda siguió al general genocida y borracho Leopoldo Fortunato Galtieri por una falsa causa nacional (el ejemplo grafica la lógica, no los personajes, por supuesto)– siempre termina mal.

Lo que no falla es la organización del pueblo, la potencia de abajo de la sociedad civil como base de la transformación por más justicia social y por un alto desarrollo humano. Reformas paso a paso, de abajo y de arriba, creando instituciones, volviendo a pensar y discutir, uniendo democracia, nación y desarrollo. Ese es el camino de todos los países pequeños exitosos de los últimos 100 años, desde Noruega a Corea del Sur o Finlandia.

Eduardo de León es sociólogo.