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Mundo Gobernanza global
Foto principal del artículo 'El emperador está desnudo' · Ilustración: Ramiro Alonso

Ilustración: Ramiro Alonso

El emperador está desnudo

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Estados Unidos perdió ante Bélgica después de que Donald Trump llamara a Infantino para decirle que no entendía cómo su mejor jugador no podría jugar porque tenía tarjeta roja del partido anterior. ¿Cómo es eso de que te impidan jugar por golpearse con otro jugador? Son atletas, salen al campo a ganar y golpearse es normal. Ese juez, ese árbitro, no entiende nada. El otro presidente, el del fútbol, sí sabe. Y lo arregla. Qué pena que el campo de juego, la realidad, no acompañara los deseos del empresario inmobiliario. Como en 1936 durante los Juegos Olímpicos de Berlín, cuando la selección peruana de fútbol venció a la austríaca en los cuartos de final ante el disgusto de Hitler. En aquella ocasión, el árbitro anuló tres goles a Perú en la prórroga, y aun así, venció. La FIFA anuló el partido obligando a su repetición y Perú se negó y dejó el torneo, igual que Colombia, que se fue por solidaridad. Hay ocasiones en las que en la hierba del estadio se juega mucho más que una disputa entre atletas.

No invento nada cuando escribo que la democracia –las democracias–, como la conocemos, está en riesgo de extinción. Occidente, y su liderazgo, comenzó su decadencia justo en el momento en que se erigió como vencedor de la Guerra Fría, ese pulso que mantuvieron Estados Unidos y la URSS y que les sirvió para justificar a un lado y otro del telón de acero todo tipo de atropellos contra los derechos humanos, por un lado, y el alimentar la industria armamentística, por el otro.

Ahora, tras imponer su modelo basado en hacer crecer las finanzas en casa abandonando todo lo demás: globalización, deslocalización, neoliberalismo, capitalismo salvaje..., una nueva potencia, un nuevo modelo aparece, el gigante destinado a hacer sombra al poderoso: China, destinada a ser la inmediata primera potencia económica mundial. ¿Qué tiene China que no tenga Estados Unidos? Más bien, ¿qué no tiene? Democracia, separación de poderes, sistemas de control de agencias extragubernamentales, todas esas cosas que hacen difícil gobernar guiado únicamente por el interés y el capricho.

Durante ese largo camino de decadencia ¿de derrota?, vestida ¿disfrazada? de triunfo, Estados Unidos padece la desorientación de no entender por qué, si son los más poderosos, parece que van perdiendo; y lo hace con la elección de un presidente conveniente, alguien a quien no le importa aplicar la mandíbula desgarradora contra los enemigos, un amoral al que se le consiente lo que sea para que el país vuelva a ocupar el pódium mundial de manera indiscutible. Sabemos sobre quién escribo.

Sin embargo, en los ya casi dos años de su segundo mandato, su estilo consentido empieza a hacer agua. No vale con firmar con rotuladores gordos, con elevar la barbilla, levantar el pulgar o enriquecer a su entorno familiar y cercano con información privilegiada o decisiones ad hoc. La realidad –concepto cada vez más difícil de describir– insiste en ser ella misma y aguar la fiesta.

La realidad ensucia el estanque; la realidad aleja de la batalla al juguete más caro y poderoso del imperio al que se le incendia la lavandería, qué cosa; la realidad enfrenta a policías del Estado contra tipos armados y embozados del ICE; la realidad se enreda en la red de la portería y mete cuatro goles en contra.

Durante ese largo camino de decadencia ¿de derrota?, vestida ¿disfrazada? de triunfo, Estados Unidos padece la desorientación de no entender por qué, si son los más poderosos, parece que van perdiendo.

El último episodio va más allá de lo bochornoso. Al emperador le han vendido el traje invisible, lo ha comprado con todo: zapatos, capa y complementos. De todas partes del mundo llegan gritos de que va desnudo; el emperador sabe ser inmisericorde con los débiles cuyas voces son inaudibles, también con los acólitos que saben lo que les conviene si quieren hacer crecer su riqueza cerca del poder. No es así cuando viaja al otro imperio, ahí es humilde, respetuoso. En el otro imperio miran su desnudez y no dicen nada, también tienen sus debilidades y lo saben, y saben seguir trabajando mientras llega su momento.

Hay mucho en lo que profundizar sobre las múltiples amenazas a la democracia y sus valores, y hacerlo desde la crítica fácil a un señor al que han permitido llegar a donde ha llegado es quedarse muy abajo en el análisis. Son dos —de tantas, de tantísimas– las preguntas que surgen de inmediato. La primera: una vez hecho el trabajo sucio, ¿darán reemplazo al aspirante a emperador para colocar a alguien más adecuado a la imagen que ha de tener un líder mundial? ¿O será como pasó en la Alemania de Perú contra Austria, cuando los que auparon a Hitler al poder para combatir las amenazas comunista, socialista, anarquista, sindicalista y demás istas se dieron cuenta de que había llegado para quedarse? A partir de ahí, todos sabemos lo que sucedió. Los que ahora respaldan a Trump ¿sabrán contenerlo antes de que se instale definitivamente y lleve al mundo a otro previsible desastre?

La segunda es: si el continente latinoamericano, en el que la violencia extrema de una economía criminal en ascenso, e infiltrada en todas las capas del poder (y no solo en Latinoamérica; las estadísticas y titulares españoles al respecto no tienen nada que envidiar), ha facilitado la entrada de la derecha y ultraderecha para ocupar sillas presidenciales se mantendrá y por cuánto. El modelo Bukele –que Keiko Fujimori ya ha anunciado que va a adoptar–, es decir, represión, cárceles y mínimos derechos para los encarcelados, que ha sido posible y tolerado por la violencia extrema e irracional exhibida por las maras antes de la llegada de aquel, no es tan fácil de exportar. Perú no es El Salvador, ni Colombia, ni Chile, ni Argentina, ni Uruguay...

Las respuestas, para bien o para mal, no tardarán en llegar. Mientras lo hacen, es lícito recordar que seremos los ciudadanos los que hagamos de muro de contención, ya sea por defensa de intereses propios o ajenos, o una mezcla de ambos. Cuanto mayor es la brecha entre megaoligarcas y población, menor es la posibilidad de defensa; cuanto mayor nuestro desinterés y desidia, menor la posibilidad de hacer algo. Y no sé si podemos negarnos a jugar la repetición del partido, como hizo Perú en 1936. Mejor es que nos vayamos preocupando y ocupando de cuidar de la democracia, por más imperfecta que sea.

Juanjo Fernández es periodista español.