El show de Bad Bunny en la final del Super Bowl trascendió largamente la categoría de espectáculo musical o excentricidad de la industria del entretenimiento. Su amplia repercusión, amplificada por redes sociales y medios de comunicación a escala global, se inscribe en un contexto político particularmente complejo, signado por el recrudecimiento de las políticas antiinmigratorias en Estados Unidos y por una renovada ofensiva económica, simbólica y cultural sobre América Latina. En ese escenario, la cultura reaparece como una herramienta de resistencia y como un lenguaje político alternativo, capaz de interpelar al poder desde una lógica no violenta, pero profundamente disruptiva, frente a quienes pretenden imponer el miedo, la exclusión y la amenaza permanente sobre nuestros pueblos.

No resulta menor que este mensaje haya irrumpido precisamente en el Super Bowl, uno de los rituales culturales más significativos de Estados Unidos, una vidriera global donde convergen el consumo, la exaltación identitaria y la narrativa del denominado “sueño americano”. Que una voz latinoamericana se exprese en ese espacio no constituye un gesto de integración pasiva ni una concesión del sistema, sino una disputa simbólica en el corazón mismo del poder. No se trató de un espectáculo simplemente permitido, sino de un espacio resignificado y transformado en tribuna política.

Al poder que pretende anular nuestra soberanía no le incomoda la música latina, la estética ni el idioma en el que se canta, le incomoda la conciencia latinoamericana cuando se reconoce a sí misma como sujeto político.

La recurrente afirmación de que la música o el arte no deberían mezclarse con la política encierra, en realidad, un intento por preservar el silencio de los sectores populares. No existe cultura neutral: aquello que se presenta como neutral suele ser, en verdad, la voz hegemónica que no necesita explicitarse. La cultura latinoamericana es tolerada cuando entretiene, cuando se limita a lo folclórico o lo exótico; lo que incomoda es cuando interpela, denuncia y se convierte en conciencia colectiva.

En pleno auge de discursos de odio contra las poblaciones migrantes, con redadas, deportaciones y la criminalización de la pobreza como políticas de Estado, el artista puertorriqueño decidió convertir uno de los eventos más vistos del planeta en un acto de explícita densidad política. La entrega de su premio Grammy a un niño migrante no fue un gesto aislado ni meramente simbólico, sino una denuncia directa, humana y sin intermediaciones contra un sistema que persigue cuerpos y silencia historias. A ello se sumaron las banderas de nuestra América Latina, la estética visual del espectáculo, los guiños históricos y la evocación de figuras como Pancho Villa para recordar que la memoria colectiva y la identidad cultural no pueden ser borradas por decreto.

Que esta voz emerja desde Puerto Rico tampoco es un dato accesorio. Se trata de un territorio históricamente atravesado por una relación colonial que persiste hasta el presente, donde la ciudadanía es incompleta y la autodeterminación continúa siendo una deuda estructural. Desde allí, el mensaje adquiere una profundidad adicional: no refiere únicamente a la cuestión migratoria, sino a una América Latina que sigue enfrentando formas contemporáneas de dominación, intervención y vulneración de la soberanía de los pueblos.

Este grito cultural, sin embargo, no pertenece exclusivamente a un artista individual, sino que expresa una voz colectiva. La emoción que atravesó a millones de latinoamericanos al presenciar el espectáculo dialoga con una extensa tradición de resistencia cultural en nuestra región. En Uruguay, durante los años más oscuros de la dictadura y la posterior transición democrática, las murgas transformaron sus cuartetas en actos políticos, cantando a la democracia, la libertad, la justicia social y a ese “mundo nuevo” que parecía inalcanzable pero necesario. No importa el lugar del mundo desde donde se cante contra la desigualdad: cuando existe una causa justa, siempre hay un pueblo dispuesto a levantar la voz.

La historia demuestra, de manera reiterada, que la voz de los desposeídos incomoda al poder, y este episodio no fue la excepción. Las reacciones airadas de quienes promueven políticas que oprimen a nuestra América Latina revelan, en realidad, su propia fragilidad. El impacto del mensaje de Bad Bunny se sustenta en el fracaso de las políticas intervencionistas, excluyentes y de matriz colonial. La mayor interpelación a ese modelo no provino de la confrontación violenta ni del insulto, sino de una expresión cultural masiva, orgullosa y profundamente popular, capaz de disputar sentido desde la dignidad.

En un tiempo histórico en el que, en nombre de una supuesta libertad, se persigue al disidente y se estigmatiza al diferente, la batalla cultural adquiere un carácter central. Desde los sectores populares no resulta posible ni deseable suspenderla. Allí donde los pueblos son silenciados, reaparecen las viejas concepciones colonialistas que solo produjeron dependencia, exclusión y miseria. En este contexto, Bad Bunny se erigió como voz de inmigrantes, estudiantes, trabajadores, jubilados, artistas y académicos, como voz de una América Latina diversa y plural, utilizando una prosa sencilla, pero profundamente transformadora.

América se defiende levantando la voz, reclamando justicia y exigiendo el cese de las hostilidades contra la vida cotidiana de su gente. Porque las consecuencias de estas políticas no recaen sobre las élites ni sobre los grandes liderazgos, sino sobre el pueblo de a pie. El espectáculo fue, en definitiva, una nueva “Marcha de la bronca”: una evocación contemporánea de la rebeldía popular que atraviesa nuestra historia y que recuerda, una vez más, que nadie podrá pisotear nuestra identidad ni borrar nuestra memoria colectiva.

Al poder que pretende anular nuestra soberanía no le incomoda la música latina, la estética ni el idioma en el que se canta, le incomoda la conciencia latinoamericana cuando se reconoce a sí misma como sujeto político. La cultura no solicita permiso ni agradece concesiones: irrumpe, ocupa espacios y reafirma que ningún poder logrará silenciar a los pueblos que se saben portadores de historia, identidad y dignidad.

Por más Benitos.

Gastón Castillo es diputado suplente por Montevideo y dirigente de Encuentro Sur (Frente Amplio-Espacio 609).