Hoy parece muy sencillo, basta con recurrir a Spotify y allí se encuentra todo, o casi todo. Sin embargo, cuando apareció la diaria la potencia de internet estaba encorsetada por un soporte estrecho.

En aquel 20 de marzo de 2006, Youtube apenas tenía 13 meses de existencia, al igual que Google Maps. Las cámaras digitales por entonces no alcanzaban para hacer fotos profesionales y el teléfono inteligente estrella era el Blackberry; faltaba poco para que iPhone lo destronara y Twitter, primero, y Whatsapp, después (2009), comenzaran a desarrollar todas sus capacidades tecnológicas hasta la actualidad.

No existía Spotify, pero sí un hombre bueno que se llamó Milton Schinca, quien, además de su prolífica producción teatral, periodística, histórica y literaria, grababa pacientemente todas las obras de autores nacionales que consideraba un aporte para la cultura con el fin de alimentar la biblioteca del Instituto Nacional para Ciegos. Dicho de otra manera, fue un precursor de lo que hoy llamamos audiolibros.

Cuando conocí a Milton en el semanario Las Bases, del que fue un gran impulsor (año 1985), lejos estaba de imaginarme que 20 años más tarde sonaría el teléfono en mi oficina del semanario Búsqueda y escucharía a la recepcionista anunciándome la presencia del señor Milton Schinca.

Recuerdo que me esperó en la planta baja porque la señorial escalera de mármol y, sobre todo, la extensión que daba acceso a la revista lo habían intimidado físicamente. Recuerdo su saludo afectuoso, su ponderación a mi primera publicación cuando, de pronto, veo que extrae un sobre de su bolsillo y me dice: “Aquí grabé tu Don Quijote”; era un CD en su estuche de plástico. En verdad, su gesto me emocionó mucho. Más aún cuando me contó que lo hacía para quienes no tenían visión.

Volverá porque es imprescindible para una sociedad democrática contar con intelectuales de la talla de Milton Schinca y con medios de comunicación como _la diaria_.

Con el paso del tiempo fue repitiendo el mismo gesto con mis siguientes obras, con la diferencia de que para entonces nos encontrábamos todas las semanas en el Café Central para almorzar juntos y conversar de nuestros temas preferidos: literatura, política y ese periódico que, poco a poco, se iba consolidando, la diaria. A veces la criticábamos duramente por cómo jerarquizaban las noticias; otras, nos maravillaban sus portadas y el ingenio de los titulares al mejor estilo de Página 12, pero el denominador común en cada comentario se refería a lo bien escrita que estaba, al valor periodístico y, en consecuencia, a la calidad de la información.

En 2012 Milton marcó su ausencia para siempre en el Café Central. Ya no fue posible verlo atravesar la plaza Cagancha y menos compartir aquellas conversaciones francas.

Por ahora tampoco se lo puede encontrar en Spotify. Nadie ha alimentado sus lecturas notables en esta aplicación. Aquella voz inconfundible cuando leía sus crónicas de Bulevar Sarandí en la radio del mismo nombre volverá y permanecerá en la memoria, al igual que este periódico que, con 20 años de vida, ha conquistado a miles de lectores en todos los formatos. Volverá porque es imprescindible para una sociedad democrática contar con intelectuales de la talla de Milton Schinca y con medios de comunicación como la diaria.

Marcelo Estefanell es escritor.