Mi casa dejó de ser un lugar seguro mucho antes de que yo pudiera decirlo. A los 16 años crucé la puerta de un centro de referencia del Ministerio de Desarrollo Social, en el barrio Villa Española, para pedir ayuda. No sabía exactamente qué iba a pasar después. Pero sí sabía algo: no podía seguir viviendo así.

Esta crónica nació tras conocerse el caso de Jonathan, un adolescente de 15 años asesinado por su padre. Esa historia me removió profundamente. Me hizo pensar en lo frágil que puede ser la vida de un joven cuando la violencia ocurre dentro de su propia casa.

Yo también crecí en un entorno donde la violencia estaba presente. La diferencia es que, en un momento, alguien me escuchó.

Vivía en una casa con techo de chapa, en un ambiente atravesado por gritos, precariedad y acumulación. Mi madre no trabajaba y mi padrastro —que tenía 70 años— sostenía el hogar trabajando en la feria. Yo lo ayudaba.

Los lunes íbamos al Mercado Modelo. Me subía al camión a acomodar cajones. Los martes, viernes y sábados hacíamos feria. Cada vez que iba, me pagaba 200 pesos. Para mí, era una forma de tener algo propio y también de aportar en casa.

Al mismo tiempo intentaba estudiar administración en UTU, pero me costaba sostenerlo. Mi cabeza estaba en otra parte. Volvía de noche y a veces me insultaban por llegar tarde. Me decían puta por andar en la calle.

Pero mi historia no empezaba ahí.

A los ocho años empecé a tener problemas que nadie entendía. Caminaba y de repente me caía. En una consulta, mi pediatra, la doctora Stala, entendió que no parecía un problema físico y decidió derivarnos a una asistente social. Ese fue el primer momento en que alguien intervino. Ahí pude decir por primera vez lo que pasaba en mi casa.

Mi padre era violento con mi madre. Hubo amenazas, discusiones muy fuertes y escenas que todavía recuerdo con claridad. A veces me despertaba y mi madre estaba encerrada en un pequeño patio. Él la dejaba allí y se iba.

Esa intervención terminó con la separación de mis padres cuando yo tenía nueve años. Después vino una larga disputa judicial: mi madre reclamaba la retención económica del trabajo de mi padre y el derecho a seguir viviendo en la casa de mi infancia, en Piedras Blancas.

A los 15 años nos mudamos a Villa Española, el barrio de mi padrastro. Allí nacieron mis hermanos. También ahí estaba el centro del Mides al que años después fui a pedir ayuda.

Mi adolescencia se volvió cada vez más difícil. A los 15, atravesé uno de los momentos más duros de mi vida. Llegué a pensar que no quería seguir viviendo.

En el barrio, algunas amigas fumaban marihuana, tomaban alcohol y consumían otras sustancias más fuertes, como el basuco (pasta base con marihuana) y el nevado (marihuana con cocaína). Yo me movía en ese entorno, tratando de encontrar algún lugar donde sentirme acompañada.

En julio de 2013, cuando tenía 17 años, apareció una oportunidad. Desde el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) me consiguieron una beca: trabajaba cuatro horas como secretaria en la presidencia del instituto y por la noche iba al liceo 19. Los viernes de mañana seguía ayudando en la feria. Era demasiado. Todo junto se volvió insostenible. Volví a pedir ayuda.

Cada año, unos 400 adolescentes egresan de INAU al cumplir 18 años. No hay cupos suficientes para acompañarlos en ese tránsito. Muchos quedan solos.

Fue entonces cuando me ofrecieron entrar al programa Inclusión y Ciudadanía, un proyecto del INAU, pensado para jóvenes sin un entorno familiar que los pueda sostener. La propuesta es acompañarlos en el proceso de volverse independientes: tener un lugar donde vivir, estudiar y trabajar mientras aprenden a organizar su vida. Acepté.

Vivía en un apartamento con otras tres chicas. El INAU pagaba la vivienda y nosotras cubríamos la comida y nuestros gastos con el dinero de nuestros trabajos. Con el tiempo, algunas se iban y llegaban otras. Por primera vez, tenía algo que hasta entonces había sido muy difícil de encontrar: paz.

Estuve en ese proceso hasta mis 21 años. Aprendí que la libertad también implica responsabilidad. Tenía que trabajar, estudiar, ahorrar y pensar en mi futuro. Pero, sobre todo, tenía un lugar seguro donde dormir cada noche.

No alcanza para todos.

Cada año, unos 400 adolescentes egresan del INAU al cumplir 18 años. No hay cupos suficientes para acompañarlos en ese tránsito. Muchos quedan solos. Otros siguen viviendo en hogares donde la convivencia se vuelve insostenible.

En esos años empecé a descubrir algo que terminaría marcando mi vida: la comunicación. Tal vez empezó antes, cuando intentaba comunicarme con mi abuela, que tenía problemas de audición, o cuando trataba de explicarles a mis padres cosas que no lograban entender de mí. Me gustaba repetir publicidades y jugar con las voces. Con el tiempo entendí que eso podía ser un camino.

En 2021 empecé a estudiar comunicación en UTU. Me apasionaba todo: la radio, la televisión, la locución y la participación en eventos como maestra de ceremonias. Sentía que, por primera vez, estaba haciendo algo que me representaba.

Hoy tengo 29 años. Soy técnica en Comunicación Social y sigo formándome en locución. La comunicación se convirtió en una herramienta para conectar con otros y también para entender mi propia historia.

En enero del año pasado viví un tiempo con mi padre. Una discusión mínima —tirar o no una bandeja de aluminio— terminó en una frase que me heló la sangre. Me dijo que había tenido ganas de matarme. Lo dijo apretando los puños y los dientes. Ese día tomé una decisión: irme.

Mi historia familiar sigue siendo compleja. Durante muchos años mi madre no tuvo un rol de cuidado claro. Recién ahora empezó a trabajar. Tengo una hermana de 12 años que duerme en la misma cama con su madre y su padre. Mi hermano de 16 está en el Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente. Varias veces denuncié situaciones que me preocupaban sobre él, intentando evitar que terminara en la calle, pero no obtuve respuestas.

No quiero exponer a mi familia. Pero esas realidades también forman parte de mi historia.

Desde muy chica supe algo con claridad. No quería gritos. No quería violencia. No quería miedo. Quería paz. Y cada día sigo construyendo esa vida.

Cecilia de León es técnica en Comunicación Social.