La semana pasada publicamos resultados de una encuesta de la Usina de Percepción Ciudadana, en la que 52% de las 500 personas consultadas se manifestaron “muy de acuerdo” (24%) o “algo de acuerdo” (28%) con la afirmación “se ha llegado tan lejos en la promoción de la igualdad para las mujeres que ahora se está discriminando a los hombres”. Hubo reacciones adversas, de tres tipos frecuentes cuando alguien conoce datos que no le agradan.

En algunos casos, se consideró probable que la encuesta estuviera mal hecha; en otros, los comentarios se centraron en el rechazo hacia las opiniones mayoritarias registradas, y también se cuestionó la publicación de la noticia, alegando que fortalecía posiciones indeseables.

No se puede descartar de antemano que haya errores metodológicos en un sondeo de opinión pública, pero las objeciones técnicas deben fundamentarse, evitando que se conviertan en una coartada para no aceptar evidencia, desacreditar los estudios y dejar en pie solo las opiniones. Por otra parte, y más allá de que los datos de la realidad nos gusten, conocerlos y discutir sus causas es muy necesario, sobre todo si no nos gustan y queremos que cambien. Consideremos un ejemplo más.

A El País no le gusta esto

Hace 15 días publicamos los resultados de otra encuesta, encargada por ONU Mujeres, a uruguayas elegidas en 2024 para integrar el Parlamento, como titulares o suplentes. Ocho de cada diez manifestaron que durante la campaña habían sufrido por lo menos una forma de violencia de género relacionada con su candidatura.

El lunes de esta semana, un editorial de El País objetó que se hubiera entrevistado solo a 128 de las 181 elegidas, como si 70,7% del total no fuera una muestra válida, y también que no se hubiera consultado a cientos o miles de mujeres que se postularon sin éxito. Además, alegó que “de ninguna manera es metodológicamente admisible que, para sacar conclusiones sobre la violencia contra las mujeres en política, solo deban ser entrevistadas mujeres”.

El editorial quiso descalificar también un estudio de 2025, realizado por la Universidad Claeh con apoyo de ONU Mujeres, para indagar si era cierto que abundaban las denuncias falsas por violencia de género. Fue una investigación muy pertinente, al igual que la de cuatro compañeras de la diaria sobre el mismo asunto, porque había una dura polémica sin base en datos estadísticos.

ONU Mujeres señaló, a partir del análisis de expedientes y de entrevistas con operadores judiciales, que la cantidad de denuncias falsas era “insignificante”. El editorialista de El País sostuvo que “afirmar eso es obviamente un disparate para cualquiera que viva el cotidiano de estos asuntos en el país”. En otras palabras, que su percepción de lo que pasaba valía más que un estudio.

De paso, hubo falacias ad hominem (o ad feminam). El editorial cuestionó el apoyo a ambas investigaciones desde países europeos que “se inmiscuyen” en nuestros asuntos, alegó que ONU Mujeres “procura utilizar este asunto para azuzar conflictos sociales que mantengan viva, entre otras cosas”, su “razón de existir” y deslizó que “es conocido el sesgo ideológico proizquierdista” de la Facultad de Ciencias Sociales de la Udelar, encargada de la encuesta que se presentó este año.

Entre la fe y la esperanza

Adam Schaff (1913-2006), un brillante filósofo polaco, publicó en 1977 La alienación como fenómeno social y mencionó en el prólogo de esa obra un experimento cuyos resultados iluminan, medio siglo después, nuestro presente.

Poco antes de la aparición del libro, la doctora Theresa Nowacka realizó una encuesta anónima a muchachas de una escuela de enfermería, en su mayoría católicas practicantes (como era esperable en Polonia, pese a que ese país formaba parte del “bloque socialista”). Entre varias preguntas sobre cultura general, planteó las dos cuyas respuestas le interesaban para su investigación: “¿Cuál es la religión más antigua del mundo?” y “¿qué porcentaje de los creyentes del mundo profesan la religión católica?”. Más del 90% de las encuestadas contestó, erróneamente, que la religión más antigua era el cristianismo y que los católicos era la gran mayoría de la población mundial creyente.

Durante el año siguiente, Nowacka dictó a esas estudiantes una clase semanal de historia de las religiones, y tras el fin de cursos las muchachas respondieron a una nueva encuesta en la que volvían a plantearse las dos preguntas mencionadas, mezcladas con otras. Más de la mitad de las estudiantes repitió las respuestas equivocadas, pese a que había sido informada sobre los datos reales. El experimento se repitió con muchachos de la Universidad Técnica de Danzig y el resultado fue casi idéntico.

El peso de las creencias para configurar lo que Milton Rokeach definió ya en 1960 como “mente cerrada”, con el mecanismo que hoy se suele llamar “sesgo de confirmación”, no se limita, por supuesto, a las cuestiones religiosas. Pero, como señalaba Schaff al comentar el experimento mencionado, las muchachas que fueron capaces de asumir evidencia contra sus convicciones previas son un motivo de esperanza.