Mientras se negociaban los términos de un alto el fuego en Irán, en paralelo decenas de cuentas recién creadas apostaban millones a qué ocurriría, y no se equivocaron. Del otro lado de la pantalla, alguien cobraba en silencio las ganancias de apostar al lado más ganador: sin nombre real, sin rostro, sin dar explicaciones a nadie.

En la plataforma de apuestas Polymarket se puede jugar hoy mismo a si Estados Unidos invadirá Cuba en 2026 o quién gobernará Venezuela a fin de año, donde al momento de escribir esta nota Delcy Rodríguez lleva la ventaja con un 66% de probabilidad. Pero las apuestas más jugosas están en otro lado: “¿Cuántos países atacará Israel en 2026?”, “¿Habrá acción militar israelí contra una planta nuclear iraní antes del 30 de abril?”, “¿Cuándo anunciará Trump el fin de las operaciones militares contra Irán?”. Son apuestas reales, con dinero real, sobre decisiones que toman los gobiernos de los países más poderosos y cambian el rumbo geopolítico.

El 7 de abril, mientras Trump publicaba en su red social amenazas sobre una posible escalada del conflicto, una cuenta creada esa misma mañana apostó 72.000 dólares a que habría un alto el fuego. Horas después cobró 200.000 dólares de ganancia, según un análisis de datos blockchain publicado por Associated Press.

Sabemos que la guerra históricamente siempre fue negocio. Desde el mercado de armas hasta la deuda soberana, desde los contratos de reconstrucción hasta el petróleo, el conflicto armado ha generado ganadores económicos mucho antes de que existiera internet. Pero había una diferencia: alguien producía algo (armas, infraestructura, energía). Polymarket, en cambio, introduce una lógica más descarnada: ganar jugando sobre la guerra sin producir absolutamente nada, como si detrás no hubiera personas o, en este caso, los herederos de la civilización persa que Trump dijo que iba a desaparecer.

Tampoco es un detalle menor quién figura como inversor y asesor no remunerado de Polymarket: Donald Trump Jr., el hijo mayor del mandatario estadounidense, involucrado a través de su fondo 1789 Capital. No hay evidencia pública que vincule esa relación con decisiones regulatorias específicas. El dato, sin embargo, resulta difícil de aislar de su contexto: la administración que dirige su padre demandó en abril a Illinois, Arizona y Connecticut, tres estados que intentaban regular la plataforma, mientras legisladores demócratas preguntaron formalmente al regulador federal si existían conflictos de interés entre participantes del mercado y familiares de funcionarios del Ejecutivo. La pregunta no tuvo respuesta pública al momento de escribir esta nota.

Y mientras esa pregunta queda sin respuesta, los números siguen acumulándose. Los volúmenes de dinero vinculados a Irán son significativos, se negociaron cientos de millones de dólares, y algunas cuentas, sin historial previo, o sea, cuentas nuevas creadas en la plataforma, realizaron apuestas concentradas que resultaron extraordinariamente rentables, repitiendo el mismo patrón (timing preciso, alto riesgo, alta ganancia) y no debe leerse como coincidencia.

Por eso la Universidad de Columbia y la Universidad de Haifa publicaron un estudio en el Foro de Gobierno Corporativo de la Facultad de Derecho de Harvard e identificaron alrededor de 143 millones de dólares en ganancias asociadas a este tipo de patrones. Los propios autores son cautelosos: la sincronización no es prueba, pero la sistematicidad del fenómeno es difícil de ignorar.

¿Qué ocurre cuando la información política, militar o económica deja de ser únicamente un insumo para la toma de decisiones y pasa a ser, simultáneamente, un activo transable en tiempo real?

En Israel las autoridades ya presentaron cargos penales contra personas acusadas de utilizar inteligencia militar clasificada para apostar durante operaciones recientes.

En cambio, en Estados Unidos el debate regulatorio por ahora sigue abierto. Polymarket se presenta como un mercado de derivados basado en probabilidades, mientras distintos legisladores y analistas lo describen como una plataforma de apuestas con supervisión insuficiente.

Sin embargo, en Argentina la jueza Susana Parada, del Juzgado Penal, Contraversional y de Faltas 31 de Buenos Aires, ordenó el bloqueo total de Polymarket tras una investigación impulsada por la Fiscalía Especializada en Juegos de Azar. El caso se activó por la sospecha de que datos económicos sensibles habrían circulado en la plataforma antes de su publicación oficial, y se convirtió en el primer bloqueo de este tipo en América Latina.

Ahí es donde la discusión deja de ser técnica y se vuelve ética: quienes toman las decisiones que afectan al mundo (autoridades políticas, estructuras militares, agencias de inteligencia) generan también la información que mueve estos mercados. Esa información, antes de volverse pública, ya tiene valor económico, y es en ese desfase temporal donde aparece el núcleo del problema.

Por eso considero que el mundo se enfrenta a una pregunta que va mucho más allá de la regulación: qué ocurre cuando la información política, militar o económica deja de ser únicamente un insumo para la toma de decisiones y pasa a ser, simultáneamente, un activo transable en tiempo real, cuando la expectativa de un conflicto se convierte en precio, y esa apuesta en ganancia para quien sabe antes que nadie.

No se trata de probar una conspiración, sino de nombrar lo que los medios no están nombrando: existe un sistema que reduce la muerte a una probabilidad, la guerra a un producto financiero y la información clasificada a una ventaja de mercado. Será acaso la misma lógica de quien abrió varios casinos, luego los quebró y hoy, frente al ejecutivo de una de las mayores potencias mundiales, regula los mercados donde se apuesta a sus propias decisiones de guerra como si fueran equipos deportivos, al tiempo que los demócratas debaten si está en condiciones de ejercer el cargo tratando de impulsar a un juicio político por haberlos llevado a una guerra sin autorización del Congreso. Mientras tanto, las apuestas continúan.

Leticia Borrazás es directora de Contenido Estratégico de Clickplan, empresa mexicana que impulsa la transformación digital de las empresas.