Una vieja expresión, ya caída en desuso, señala que algunas personas “no piensan dos cosas juntas”. Se refiere a gente que, aturdida por su fijación en lo inmediato, no considera varios puntos de vista sobre la misma cuestión y pierde la capacidad de construir juicios de valor matizados. No se trata de un defecto innato; a cualquiera le puede pasar, y más aún en estos tiempos. Por eso es importante reflexionar sobre ideas que, a primera vista, nos resultan chocantes. Tuve la oportunidad de hacerlo en los últimos días, leyendo una defensa del “derecho al anonimato” en internet.

Complejidades

The Intercept es una plataforma periodística fundada en 2014 y notoria, entre otros logros, por divulgar información, filtrada por Edward Snowden, sobre dispositivos de vigilancia en escala mundial, y también sobre la conspiración del juez brasileño Sergio Moro con fiscales que investigaban a Luiz Inácio Lula da Silva. La semana pasada publicó una nota muy alarmante, firmada por Ryan Devereaux, acerca del servicio estadounidense de control de inmigración y aduanas, tristemente conocido por sus siglas en inglés, ICE, y por los asesinatos este año de Renée Good y Alex Pretti en Minneapolis.

El ICE quiere acceder a las identidades de personas que se le oponen en redes sociales y a tal efecto desarrolla una intensa presión legal. La nota de The Intercept se refiere a uno de los episodios más recientes de la ofensiva, que llevará a representantes de la plataforma Reddit ante un gran jurado federal en Washington. Mi primera reacción fue un aumento del malestar ante las arremetidas autoritarias del gobierno que preside Donald Trump, pero Devereaux reivindicaba el derecho a postear en forma anónima, y otra nota vinculada con la suya defendía esta posición. Eso me causó un saludable cortocircuito mental.

En el contexto de las discusiones sobre noticias falsas, difamaciones y discursos de odio en internet, el rechazo a la impunidad del anonimato se había ido arraigando como un criterio general en mi pensamiento. Lo que leí en The Intercept socavó esa noción al plantear argumentos sobre las personas que necesitan comunicarse con reserva de su identidad. Por ejemplo, para evitar represalias cuando ejercen su libertad de expresión, difunden denuncias, organizan actividades de protesta o procuran información y ayuda sobre asuntos delicados, especialmente en los países con regímenes autoritarios.

Por supuesto, es inviable que las redes sociales tengan dos versiones distintas, para dictaduras y democracias. La plataforma es una sola y las “puertas traseras” que permiten acceder a datos sobre la identidad de las personas usuarias pueden ser usadas por cualquier gobierno, con las definiciones más diversas sobre qué es peligroso, ilegal, inmoral o terrorista.

Para complicar aún más las cosas, conviene recordar que caben muy pocas dudas acerca del acceso de empresas dueñas de plataformas a tales datos y su venta, con fines publicitarios y también para campañas de manipulación política, como en el escándalo de Facebook y Cambridge Analytica, que violó los derechos de unos 87 millones de personas usuarias de esa red social.

The Intercept tiene, además, un interés directo en esta cuestión, porque sus periodistas emplean desde hace años un programa informático llamado SecureDrop para que les lleguen, mediante la red Tor, mensajes anónimos con denuncias que luego investigan.

Perspectivas

Las iniciativas para impedir el acceso de la población infantil a redes sociales están vinculadas con la misma problemática. No hay forma de comprobar qué edad tiene una persona sin acceder a información abundante sobre ella, y esto conduce de modo inevitable al fin del anonimato en internet, impulsado desde posiciones ideológicas muy distintas por Trump en Estados Unidos y por el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez.

En China, unos 1.300 millones de personas utilizan redes sociales supervisadas por el Estado, que bloquea el uso de las plataformas que conocemos. En estas últimas, otros miles de millones contribuyen activamente todos los días al fin del anonimato. No solo con el aporte de infinidad de informaciones acerca de sus intereses, preferencias y opiniones, sino también –de modo creciente– con el registro de sus huellas digitales, su rostro y otros datos biométricos, que se realiza con la intención declarada de proteger su seguridad y puede tener el efecto inverso.

Es cada vez más fácil procesar todo eso con inteligencia artificial, tanto en la escala de big data como para determinar con precisión perfiles individuales. Quizá antes de que los gobiernos decidan de qué modo quieren afrontar las tensiones en este terreno, el desarrollo tecnológico va a resolverlo por la vía de los hechos. Por lo pronto, es hora de salir de nuestras burbujas y de pensar muchas cosas juntas, antes de que un futuro imprevisto y perturbador nos alcance.