Hay hechos de violencia recientes que requieren una reflexión amplia y un abordaje integral. Los femicidios, los suicidios, pero también casos resonantes de violencias domésticas. La gran difusión mediática opera evitando el silenciamiento y la ocultación que en otras épocas marcaban episodios de este tipo, pero también lo vuelven espectáculo y pueden reducirnos a un lugar de espectadores en un circo que no comprendemos ni nos involucra directamente. Entiendo que el dolor y el horror ante esos hechos deben disparar una reflexión más profunda y un compromiso de acción para modificar las causas y los múltiples efectos.
No nos podemos resignar. Ser sujetos de cambio en estos temas es una obligación de los gobiernos nacional y locales, pero también de los movimientos sociales, de las comunidades, de cada uno de nosotros. Los feminismos nos han ayudado a generar movimientos culturales que exigen (nos exigen a todos) cambios en la sociedad, en los vínculos y los valores. También las acciones comunitarias construyen valores integradores, solidarios y participativos.
Para pensar en esta dirección quiero retomar una reflexión que escribí hace diez años, publicada en el portal El Telescopio y en Cuadernos del Taller, sobre los efectos de la masculinidad patriarcal o machista para los propios varones. La mirada de género es una de las líneas de análisis que importa incorporar.
La concepción predominante sobre la masculinidad genera perjuicios graves para la salud y la vida de los varones. Uruguay presenta cifras significativas y es un tema donde la mirada de género puede ayudar a desentrañar causas y consecuencias.
La concepción predominante sobre la masculinidad genera perjuicios graves para la salud y la vida de los varones. Uruguay presenta cifras significativas y es un tema donde la mirada de género puede ayudar a desentrañar causas y consecuencias.
Son muy notorias las diferencias en la atención a la salud según género. Mientras en la infancia niños y niñas consultan al equipo de salud en forma similar, al entrar a la adolescencia y juventud los varones desaparecen de las consultas médicas. Salvo en las puertas de urgencia, por accidentes o intentos de suicidio. Recién comienzan a consultar nuevamente después de los 40 cuando ya presentan síntomas de enfermedades cardiovasculares, diabetes o cáncer.
Sin duda un factor determinante en este fenómeno es el modelo asistencialista de la salud, que subestima los controles en las personas cuando están sanas, tanto varones como mujeres. Pero la diferencia de consultas entre géneros hace pensar que la idea de masculinidad asociada a la fuerza, la autosuficiencia, la subestimación de los riesgos y la responsabilidad laboral operan en los varones para que no se preocupen por su salud. La idea-fuerza del autocuidado y la prevención, del cuidado en general, propio y de los demás, se asocia culturalmente a lo femenino. Distintas investigaciones señalan que las mujeres están mejor informadas sobre sus enfermedades que los hombres. Desde la educación sexista se induce a los varones a no jerarquizar su salud ni a buscar ayuda en ese plano. Como las definiciones de masculino y femenino son relacionales, en la actual distribución (estereotipada) de roles suele recargarse en las mujeres el cuidado de la salud de los varones.
En temas como la salud sexual y reproductiva, los estereotipos de género centran las preocupaciones y las acciones en las mujeres, dejando de lado los problemas y las responsabilidades de los hombres. Es así que la prevención de enfermedades de transmisión sexual se hace más compleja o ineficaz al no involucrar al varón (un ejemplo es la dificultad para abatir la sífilis connatal). El rol secundario y marginal asignado a la paternidad recarga a la madre pero también perjudica al niño y al padre, privándolos de un vínculo que será fundamental en la vida.
Más allá de la atención sanitaria, cabe analizar, desde una mirada de género, los problemas de salud, la carga de morbilidad y mortalidad que sufrimos. La diferencia en la esperanza de vida es muy clara, llegando en Uruguay a que las mujeres viven siete años más que los hombres. Esa cifra global esconde muchos fenómenos sociales, culturales, psicológicos, donde el género influye.
A nivel internacional hay investigaciones (Courtenay, 2000) que demuestran que hay mayores probabilidades de asumir hábitos perjudiciales para la salud en hombres que poseen los modelos tradicionales de hombría que los que comparten ideas no tradicionales. También son mayores los riesgos de padecer depresión o fatiga nerviosa y presentan más problemas cardiovasculares ante situaciones de estrés. El intercambio con las familias sobre sus problemas cardíacos es menor. Las redes sociales necesarias para el apoyo a conductas saludables son más precarias o juegan roles negativos en ese plano.
Un hecho impactante es la cantidad de suicidios. Uruguay tiene uno de los índices más altos de América. En 2015 Uruguay registró una tasa de suicidios de 21,35 por cada 100.000 habitantes. En ese contexto cabe señalar que los hombres se suicidan mucho más que las mujeres, con una gran diferencia: 27,9 hombres cada 100.000 habitantes, mientras en las mujeres es 7,6. En 2024 esa desigualdad se mantuvo y la incidencia fue mucho mayor en hombres (33,3) que en mujeres (10,1). Se suicidaron tres y cuatro veces más hombres que mujeres. En intentos de autoeliminación la desigualdad se invierte y son más las mujeres que los varones. Se ha dicho con razón que cuando una persona resuelve quitarse la vida, no es que quiera morir, sino que no soporta seguir viviendo de la forma en que lo hace.
Hay otros fenómenos como los consumos de drogas, donde esta problemática vuelve a aparecer. Hace tiempo ya que las concepciones más avanzadas en materia de políticas de drogas señalan que las causas no hay que buscarlas en las sustancias sino en los vínculos lesionados que están detrás de la adicción. En el consumo problemático (separemos del consumo recreativo) son fenómenos de sufrimiento social los que están influyendo en las adicciones más importantes. Las adicciones son una respuesta (personal, grupal, societaria) a esos fenómenos de desarticulación social, a las dificultades del entramado social, familiar, comunitario, para contener las contradicciones que la sociedad genera en las personas. Ese sufrimiento social se agravó en Uruguay durante la crisis de 2002, pero luego continuó a pesar del crecimiento económico y la disminución de la pobreza. Volvió a agravarse durante la pandemia y continúa en la pospandemia.
Si vemos las cifras de alcoholismo, de tabaquismo, de consumo de marihuana, constatamos que los varones abusan de estas sustancias en mayor medida que las mujeres. En los usuarios problemáticos de alcohol 85% son hombres. El consumo habitual de marihuana es el doble en hombres que en mujeres. ¿Cómo se origina esa lesión de los vínculos y sufrimiento social en los varones?
Hay otras conductas de riesgo que asumen los varones y que responden a procesos complejos de fractura y sufrimiento social. Si miramos las cifras de delincuencia también los varones son ampliamente mayoritarios en relación con las mujeres. Tenemos un sistema punitivo que incrementa cada vez más la cantidad de personas encarceladas, y aproximadamente el 91% de las personas procesadas y penadas son hombres. Si analizamos los homicidios vemos que tanto víctimas como victimarios son mayoritariamente hombres. Esta concepción de hombría suele estar vinculada con una mayor inclinación a la resolución violenta de problemas en las relaciones interpersonales. De allí, los mayores riesgos de homicidio y los elevados indicadores de violencia doméstica.
También las cifras de muertes por accidentes de tránsito registran la influencia del estereotipo de masculinidad. Otra vez la imagen de masculinidad asociada con valentía induce prácticas como conducir a velocidades y condiciones riesgosas.
Hay muchas concepciones que reducen los problemas a lo económico. América es el continente más desigual del planeta. La reducción de la pobreza y las desigualdades económicas son un elemento fundamental para crear una sociedad más justa. Pero sería un grave error subestimar otras desigualdades que cercenan derechos y afectan la calidad de vida de grandes sectores. Las de género y etnia, las etarias y las territoriales son algunas de ellas. No podemos dejar de lado objetivos democratizadores de las relaciones humanas en la construcción de una sociedad diferente.
Las definiciones culturales de “masculinidad” y “feminidad” son construcciones históricas dinámicas y no “hechos naturales”. No todos los hombres son iguales. En cada período histórico y en cada formación social existen distintas concepciones de masculinidad, pero hay algunas que son dominantes mientras otras son relegadas o incluso estigmatizadas. Robert Connell definía como “masculinidad hegemónica” la que es más valorada, elogiada, incorporada en las prácticas sociales en un determinado contexto. Esto implica distintos planos de la vida social, relaciones de poder, división sexual del trabajo, cargas emocionales vinculadas a lo masculino y femenino, y contenidos simbólicos asociados al lenguaje, la forma de vestir, tipos de consumo. La salud es uno de esos planos. En el siglo XXI varios procesos de cambio afectan esos roles establecidos.
En Uruguay se ha estudiado el tema “masculinidades” desde distintos actores, tanto a nivel académico como institucional y también social. Los trabajos de Francois Graña son muy interesantes. Desde distintos actores se ha problematizado el tema en las prácticas sanitarias y sociales, con una mirada de género.
Cabe preguntarse si esta concepción de la masculinidad (un producto histórico relativamente reciente) no está generando a los varones tantas tensiones, tantos roles a asumir, tantos fracasos ante las exigencias impuestas por ese estereotipo cultural, que terminamos con más problemas cardiovasculares, consumiendo muchas más drogas, asumiendo más conductas de riesgo para nuestra salud. Los varones mueren antes por enfermedades y, en una proporción nada menor, resuelven quitarse la vida. Entre los desafíos de esta etapa compleja que vivimos, resulta relevante cuestionarnos una concepción que pone a los hombres en un rol dominante, que subestima y posterga a las mujeres, que impone violencias sobre mujeres, niñas y niños afectando los vínculos en la sociedad toda, que estigmatiza las orientaciones no heterosexuales y también perjudica en forma significativa la salud y la vida de los varones. Es importante integrar esa problematización en los procesos de formación con promotores comunitarios juveniles, escolares, adultos y, más en general, en las políticas públicas (de salud, de educación, de protección social y otros). Para construir vínculos menos violentos y proteger la salud mental necesitamos masculinidades diferentes.
Pablo Anzalone Cantoni es licenciado en Ciencias de la Educación, fue director de Salud de la Intendencia de Montevideo e integra la Red de Municipios y Comunidades Saludables de Uruguay.
