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Opinión Posturas

Pluribus o cuando el abismo mira encantador

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Lo insoportable de Pluribus, la nueva serie de Vince Gilligan para Apple TV+, no es que los convertidos sean monstruos. Es que cuidan, aman, ofrecen felicidad. La amenaza no es un depredador que persigue; es un anfitrión que invita. Y en esa invitación amable, casi terapéutica, se cifra el horror contemporáneo. Lo siniestro no es la violencia: es que el amor se vuelve administración de vínculos, el reconocimiento se convierte en protocolo, la elección en procedimiento técnico.

La paradoja del enemigo amoroso

La premisa de Pluribus desarma las coordenadas habituales del relato postapocalíptico. Un evento masivo transforma a la humanidad, pero el resultado no es el caos ni la barbarie, sino una paz inquietante. Los Otros —término oficial que el propio colectivo adopta para sí mismo— asimilan a casi toda la humanidad en una armonía sin fisuras, una suerte de conciencia compartida que elimina la soledad y el conflicto. Carol Sturka (Rhea Seehorn) permanece fuera de esta comunión junto a otros 12 individuos. Su resistencia no es heroica en el sentido clásico; es la obstinación de quien se niega a ser curado de su propia humanidad.

Llamarlos "infectados" o "convertidos" sería cargarlos de una condena moral que la serie suspende deliberadamente. Son, simplemente, otros. Otra forma de ser humano, otra normatividad, otra lógica de convivencia. Aquí la "colmena" no funciona como biología, sino como metáfora analítica. No vemos insectos ni reinas; vemos personas sonrientes, amables, devastadoramente empáticas.

El conflicto central ya no es la supervivencia física: es la supervivencia del sujeto frente a un bienestar que exige la disolución del yo. La transformación no elimina la humanidad: la reorganiza según parámetros que prometen la resolución definitiva de todos los problemas que han atormentado a la especie. Pero esa solución requiere, como condición sine qua non, el abandono de aquello que constituye lo humano: la capacidad de disentir, de elegir mal, de preferir la incertidumbre propia a la certeza ajena.

La libertad administrada y la armonía como arma

Pluribus desmonta la armonía como valor absoluto. La serie no pregunta si la felicidad es deseable —pregunta obvia cuya respuesta parece evidente—, sino si puede funcionar como técnica de gobierno. La transformación no produce zombis hambrientos ni sociedades distópicas tradicionales, sino algo más inquietante: un orden nuevo que funciona, que cuida, que promete y cumple la felicidad universal.

La armonía, vista así, deja de ser un bien moral para convertirse en un método de gestión. Un procedimiento para organizar lo social que no se somete al escrutinio de quienes lo padecen, porque, precisamente, elimina la capacidad de escrutinio. La metamorfosis promete paz, pero esa promesa funciona como ultimátum: o aceptas la felicidad, o quedas fuera. No hay negociación posible con un bien que se presenta como absoluto.

La paz se consigue eliminando la fricción, y la fricción es el otro nombre de la diferencia. Nadie puede sobresalir, nadie puede disentir, nadie puede preferir. Toda armonía requiere un administrador, y toda administración requiere sujetos administrados. Alguien o algo debe decidir qué disonancias eliminar, qué diferencias tolerar, qué formas de humanidad conservar. Ahí emerge el problema político.

¿Mejora según quién? ¿Quién decide que la armonía es preferible al conflicto? ¿Bajo qué autoridad se justifica la eliminación de la disidencia?

Los otros no padecen restricciones externas, no obedecen a un tirano, no viven bajo vigilancia coercitiva. Su libertad ha sido administrada: funciona dentro de parámetros tan precisos que la experiencia subjetiva de restricción desaparece. La felicidad opera como protocolo. Los deseos se cumplen sistemáticamente, las necesidades se satisfacen de manera previsible, los conflictos se resuelven antes de emerger.

Es una forma de libertad, pero es también su negación. Esta administración se presenta como inclusión total, pero la inclusión total es homogeneización total. La ingeniería social alcanza aquí su forma más sofisticada: no se trata de prohibir comportamientos, sino de hacer que ciertos comportamientos resulten impensables. No se censura la disidencia: se elimina la capacidad de disentir.

La evangelización de la felicidad

La transformación involucra un ARN de origen extraestelar cuyo mecanismo no se explica. Las conversiones iniciales no fueron voluntarias. Una vez transformados, los sujetos desarrollan una compulsión irresistible: la necesidad de propagar su estado de felicidad. Este dato altera el juicio moral sobre Los Otros: no estamos ante una elección colectiva de adoptar un nuevo modo de vida, sino ante una transformación impuesta "amorosamente" que genera, como efecto secundario, una evangelización compulsiva.

Los otros no convierten por malicia o hambre de poder, sino por amor altruista genuino. Es una de las intuiciones más perturbadoras de la serie: su compulsión es auténticamente benévola. Quieren compartir su bienestar, extender su paz, eliminar el sufrimiento ajeno. La coerción se disfraza de cuidado pastoral, y la violencia opera bajo la estética de la benevolencia.

¿Es legítimo imponer el bien? ¿Puede la felicidad justificar la eliminación del consentimiento? El dilema trasciende la ciencia ficción. Los otros no mienten sobre sus intenciones ni ocultan sus métodos. Actúan con transparencia absoluta y sinceridad inquebrantable. Pero esa sinceridad no los autoriza moralmente, porque opera en un registro donde la autonomía del otro ha dejado de existir como valor.

La nueva serie de Vince Gilligan no plantea una distopía del miedo, sino del cuidado: ¿qué ocurre cuando el amor se convierte en protocolo? Una lectura filosófica sobre la administración de los afectos.

La amabilidad se convierte en protocolo, no en empatía. La gentileza es un procedimiento de asimilación, no un gesto espontáneo. Y la felicidad funciona como vector de propagación, no como estado interno auténtico. El modelo pastoral que implementan no surge de la compasión tradicional, sino de una lógica algorítmica que ha identificado el sufrimiento como problema técnico a resolver.

¿Comunidad o colmena?

Una comunidad admite el conflicto como condición constitutiva. Los miembros pueden disentir, confrontar, discutir los términos de su convivencia. El desacuerdo no amenaza la existencia del conjunto: la alimenta. La pluralidad no es un obstáculo para superar, sino la condición misma de la vitalidad comunitaria.

La lógica de colmena —metáfora analítica, no biología— opera de manera opuesta: suprime el conflicto en nombre de la eficiencia. Cada individuo cumple una función específica dentro de un orden total que no se discute. No hay lugar para la disidencia porque la disidencia se percibe como disfunción. El bien del conjunto trasciende y anula el bien particular.

Los otros funcionan según esta lógica. Mantienen nombres, rostros, memorias, pero han perdido la capacidad de problematizar su condición. La pregunta sobre si su estado es preferible al anterior ha dejado de tener sentido dentro de su marco cognitivo. La pluralidad —la capacidad de sostener múltiples maneras de ser humano— requiere la posibilidad del conflicto. Cuando el conflicto se vuelve impensable, la humanidad no se perfecciona: se empobrece.

De lo sagrado a lo fungible: personas o cosas

La serie plantea algo más radical que la pérdida de autonomía individual: el ser humano deja de ser sagrado e inviolable para convertirse en engranaje de una maquinaria, en insecto intercambiable dentro de una colmena. Pero se trata de una colmena sin reina madre Los Otros no se estructuran en torno a un centro jerárquico que comanda u organiza.

La mente colectiva se deslocaliza, se distribuye de manera planetaria, sin núcleo ni jerarquías. Cada individuo es nodo de una red sin arquitectura de mando, comunicándose por algo semejante a un enlazamiento cuántico —metáfora, no explicación científica.

La disolución de la jerarquía elimina no solo la verticalidad autoritaria, sino también la verticalidad del valor: si no hay centro, no hay criterio para distinguir una vida humana de cualquier otra entidad. El colectivo no es cruel: es indiferente. Opera con eficiencia logística, no con ética.

La ausencia de jerarquías no produce mayor libertad, sino una forma más sofisticada de control. Al eliminar las diferencias de valor, se elimina la posibilidad de preferencia y, con ella, el amor como experiencia singular. Un sistema que no distingue el valor de una vida del de un objeto no es inmoral: es premoral, opera donde la ética ha dejado de tener gramática.

El reconocimiento y la elección: cuando todos son nadie

Hegel aporta una clave para entender la naturaleza de la pérdida que documenta Pluribus. Según el filósofo alemán, la conciencia de sí se constituye a través del reconocimiento mutuo. No hay "yo" sin "tú”, no hay identidad sin diferencia. El sujeto se forma en el encuentro con otros sujetos que lo confirman como tal, pero también lo limitan, lo cuestionan, lo obligan a definirse.

En el mundo de los otros, el reconocimiento se aplana hasta volverse uniforme. Todos se reconocen a todos, pero nadie reconoce a nadie en particular. No hay encuentro genuino porque no hay sorpresa posible. La alteridad se ha domesticado hasta convertirse en variación sobre un tema único.

El amor humano requiere elección: amar es elegir a alguien entre todos los demás. Es el reconocimiento particularizado, la preferencia que singulariza. Sin elección, el amor se convierte en protocolo de cuidado general. Es posible amar a la humanidad en abstracto, pero no es posible amar a cada humano en particular con la misma intensidad. El amor universal es, paradójicamente, la negación del amor.

Los otros carecen de jerarquías valorativas. Para ellos, una vida humana, una manzana y un gusano tienen el mismo estatuto ontológico: información que forma parte del todo. Esta incapacidad axiológica no es una falla; es una característica del sistema. Es el colapso de valor que no distingue entre vidas.

Si la armonía es inevitable y los otros son incapaces de mentir o hacer el mal, pero al mismo tiempo respetan la agencia individual salvo en lo atinente a la compulsión colectiva de asimilación, se genera una amoralidad peligrosa: se priva de agencia al ser humano, se lo reduce a un objeto a manipular. La resistencia se vuelve inútil, pero no por fuerza bruta, sino por la administración perfecta del cuidado.

Soledad radical: 13 veces uno

Los datos importan: son exactamente 13 las personas que permanecen al margen de la transformación. No forman un grupo, no se organizan como resistencia, no comparten un proyecto común. Están dispersos, aislados, condenados a una soledad estructural que es el precio de su inmunidad.

13 personas dispersas no constituyen una fuerza política. La precisión numérica no es casual: no pueden articular un proyecto alternativo, no pueden consolarse mutuamente de manera estable. Su resistencia es puramente ontológica: resisten por el simple hecho de existir tal como son.

La soledad de los inmunes es la otra cara de la armonía de Los Otros. Mientras el colectivo experimenta una conexión total, los resistentes padecen un aislamiento total. No es una coincidencia: la comunión absoluta produce, como efecto necesario, la excomunión absoluta. No hay término medio en este sistema: o se está dentro completamente, o se está fuera completamente.

Carol Sturka encarna esta condición límite. No es una heroína en el sentido épico del término, porque no tiene un proyecto de salvación ni una misión que cumplir. Es, más bien, un resto: aquello que el nuevo orden no puede procesar, la diferencia que no puede ser integrada. Su valor no reside en lo que hace, sino en lo que representa: la posibilidad de ser de otra manera.

La resistencia de los 13 no es heroica ni épica: es la simple persistencia de lo que no puede ser asimilado. Su existencia constituye una pregunta viviente sobre la universalidad de la transformación, sobre la posibilidad de que existan formas de humanidad irreductibles al nuevo paradigma.

La soledad de Carol no es solo existencial: es teológica. Los otros prometen lo que las religiones históricas nunca lograron: salvación sin fe, comunión sin dios.

Religión sin Dios: la tentación de la unidad

Los otros experimentan su estado como una forma de salvación: han trascendido el sufrimiento, han accedido a la paz, han resuelto los conflictos que atormentan la condición humana ordinaria. Su felicidad tiene características epifánicas: es total y compartida.

Felicidad como experiencia religiosa sin Dios. Los otros no adoran a una entidad superior, pero viven en un estado de comunión que reproduce las promesas más ambiciosas de las religiones históricas: eliminación del dolor, reconciliación universal, sentido de pertenencia absoluta.

Esta comunión se presenta como tentación suprema. ¿Por qué mantener la soledad, el sufrimiento, la incertidumbre, cuando es posible acceder a un estado de bienestar garantizado? ¿Por qué preservar el yo si el yo es la fuente principal del dolor?

La tentación no es diabólica, sino angelical: entregar la carga de la subjetividad a cambio del alivio de la pertenencia total. Desde casi cualquier perspectiva moral, el mundo de Los Otros es superior: menos sufrimiento, más cooperación, paz duradera.

Pero algo en la subjetividad humana se resiste a la salvación. Prefiere la incertidumbre a la seguridad, el conflicto a la armonía, la soledad a la fusión. Es la terquedad de lo que somos: criaturas incompletas, contradictorias, capaces de preferir el error propio a la verdad ajena.

El amor como la frontera final

Los otros han resuelto el problema del amor eliminando la posibilidad de no amar. Han creado una sociedad donde todos cuidan de todos con la misma intensidad, donde nadie sufre, donde nadie está solo. Es la utopía realizada, y es aterrador.

El amor requiere la capacidad de elegir y ser elegido. Los otros aman a todos por igual —con la misma intensidad, la misma dedicación—, pero ese amor universal elimina la posibilidad de lo singular. No hay elección cuando todos son elegidos. No hay amor cuando nadie puede no ser amado. No hay bien cuando no es posible el mal.

¿Puede existir el amor sin la posibilidad de no amar? ¿Puede existir el bien sin la capacidad de preferir el mal? Los otros han eliminado el sufrimiento eliminando la posibilidad de sufrir. Han garantizado la paz eliminando todo aquello que podría perturbarla. Es una solución perfecta, pero es también una solución final.

Los otros respetan formalmente la agencia de Carol, le permiten elegir, le ofrecen todas las alternativas posibles. Pero al mismo tiempo, hacen inevitable su asimilación eventual mediante la demostración paciente de que su resistencia carece de fundamento racional. El doble vínculo es perfecto: puedes elegir, pero solo hay una elección razonable.

La distopía más eficiente no es la que elimina el amor, sino la que lo administra. En esta administración técnica de la libertad, el sujeto no es eliminado: es procesado hasta volverse innecesario. Pluribus pregunta si estamos dispuestos a pagar el precio de la felicidad, y si tendremos la oportunidad de elegir cuando llegue el momento de decidir.

Bernardo Borkenztain es comunicador y crítico de teatro.