El episodio de la camioneta del presidente Yamandú Orsi es indefendible. Resalta, sin embargo, la maravillosa calidad del Uruguay como país, fundamentalmente en dos aspectos: lo bien que estamos y el intenso rechazo que sentimos por todo posible viso de corrupción en el gobierno.
Quizás por haber trabajado durante toda mi carrera con múltiples países, mi visión de Uruguay tiende a ser comparativa. La atención que los medios y la sociedad en general le han dedicado a ese episodio hace pensar que, comparativamente, nuestro país carece de grandes problemas.
Institucionalmente Uruguay mantiene niveles de primer mundo. Ocupa la posición número 15 entre los únicos 25 países que califican como democracias plenas, según el ranking desarrollado por la Inteligence Unit de The Economist. Estados Unidos y varios países de Europa Occidental están por debajo de nuestro país y son considerados democracias imperfectas.
Con excepción de 2020 debido a la pandemia, la economía en Uruguay creció en forma ininterrumpida durante los últimos 24 años. Su ingreso per cápita es, desde hace muchos años, el más alto en América Latina, tanto en dólares nominales como en PPP (Purchasing Power Parity), y está, como muestra consistentemente nuestro coeficiente Gini, distribuido con mayor equidad que en el resto de los países de la región. Su deuda pública mantiene su calificación por encima del grado inversión en BBB+ Estable y es uno de los objetivos de este gobierno subirla a A antes de que termine su período.
En el ranking de seguridad desarrollado por el World Population Review para 2026, que agrupa a los países en tres categorías de riesgo, alto, medio y bajo, Uruguay aparece, al igual que los países de primer mundo, entre los considerados de riesgo bajo.
Es perfectamente válido para la oposición explotar políticamente el episodio de la ya tristemente famosa camioneta. Lo que es quizás más interesante, sin embargo, es el rechazo generado dentro de las propias filas del Frente Amplio, que reafirma su intolerancia a todo acto que pueda considerarse corrupción. Esto no es nuevo. En 2007, por ejemplo, el senador Leonardo Nicolini, del Movimiento de Participación Popular, fue forzado a renunciar a su banca por tramitar un “carné de pobre” para recibir asistencia gratuita en un hospital público. Un acto, sin duda, censurable, pero ¿en qué otro país un legislador, en una situación similar, sería forzado por su propio partido a abandonar su banca sin someterlo a un juicio político?
La atención que los medios y la sociedad en general le han dedicado al episodio de la camioneta del presidente hace pensar que, comparativamente, nuestro país carece de grandes problemas.
No es sorprendente que, como hace ya mucho tiempo, el Corruption Perception Index desarrollado por Transparency International califique a Uruguay entre los países con los más bajos niveles de corrupción (posición número 17 entre alrededor de 200 países en 2025). Esto coloca a nuestro país en mejor posición que muchos países de primer mundo, como Japón, Austria, Reino Unido, Bélgica, Francia, Italia y Estados Unidos, por mencionar algunos ejemplos. Chile, el país de América Latina que más se nos acerca, ocupa la posición 31.
Sin ánimo de querer justificar el episodio de la camioneta, parece apropiado señalar algunos otros aspectos de la carrera política de nuestro presidente Yamandú Orsi. Durante dos períodos de gobierno fue intendente de Canelones, departamento complejo que incluye el aeropuerto de Carrasco, varias ciudades importantes y los balnearios de la costa. Luego de diez años en este cargo, terminó su gestión con una aprobación de alrededor del 60%. Algo bien debe haber hecho. Muchas de las críticas a su primer año como presidente se refieren a iniciativas que se barajan en ámbitos del FA que no se terminan adoptando. Un ejemplo es el llamado “impuesto a los ricos”, que se sigue utilizando como crítica al gobierno, por más que esta iniciativa haya sido descartada por el propio ministro de Economía, Gabriel Oddone. Al empresario multimillonario Peter Thiel no parece haberle importado.
Un aspecto importante de todo gobierno es el manejo del día a día. Este gobierno lo viene haciendo con total profesionalismo, seriedad y probidad. La camioneta solo resultó en un costo financiero para Orsi, que terminó, seguramente presionado por otros referentes del FA, donándola a la Administración Nacional de Educación Pública. Nada ha pasado durante lo que va de este período de gobierno que nos haya hecho perder nuestra imagen de país boutique.
Seguramente, cuando decidió entrar en política, tenía conciencia de que se estaba metiendo en lo que en Estados Unidos llaman un contact sport, del que no es fácil salir ileso. De cualquier manera, resulta quizás algo injusto que, aunque Orsi termine haciendo una gestión sólida como presidente, siempre le quedará el asterisco de la camioneta en su página de Wikipedia.
Nicasio del Castillo es contador uruguayo. Completó el International Tax Program en la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard y ejerció su profesión desde Nueva York.
