La situación de Líbano es uno de los nudos a desatar en el actual contexto geopolítico y militar de Medio Oriente. Así es reconocido por el propio memorando de entendimiento (MdE) firmado entre Estados Unidos e Irán el 17 de junio, que indica que su resolución es una de las tres acciones inmediatas que deben implementarse previo a considerar cualquier otro tema. Las otras dos son la apertura del estrecho de Ormuz y el desbloqueo de los fondos bancarios iraníes congelados.
El primer punto del memorando afirma la “terminación inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluyendo Líbano”, “garantiza la integridad territorial y la soberanía de Líbano” y, también, se asume que “el acuerdo final confirmará” todo lo anterior.
Desde que trascendió su contenido, las autoridades israelíes rechazaron el MdE, por ser un “pacto deficiente”, una claudicación de Estados Unidos. Afirmaron que el ejército israelí no se retiraría del sur de Líbano ni suspendería sus ataques contra Hezbolá. Sigue habiendo acciones militares con muertos y heridos y destrucción de edificios y viviendas. Los muertos superan los 4.300, los heridos son más de 12.000 y se calculan en 62.000 los edificios dañados o destruidos. Hay más de un millón y medio de libaneses desplazados. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en visita a las tropas en territorio ocupado, declaró que no abandonarán la zona pues la consideran “de seguridad”.
La jugada israelí: el Marco Trilateral
Paralelamente, una eficaz maniobra diplomática de Israel tuvo lugar. Si bien Israel y Líbano no mantienen relaciones diplomáticas, con activa participación de Estados Unidos se avanzó en un “acuerdo” entre sus gobiernos. Reunidos en Washington DC, el 26 de junio, los embajadores de Israel y Líbano en Estados Unidos, junto con el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, firmaron un documento denominado Acuerdo Marco Trilateral. El gobierno estadounidense estuvo presionando fuertemente al presidente de Líbano, Joseph Aoun, para alcanzar ese acuerdo, que en su último párrafo expresa el “agradecimiento por la visión y el liderazgo del presidente Donald Trump”.
El texto del acuerdo muestra una clara subordinación del gobierno libanés a la estrategia israelí. El retiro de Israel del territorio ocupado queda totalmente supeditado a que las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL) desarmen la milicia chiita Hezbolá y eliminen su infraestructura. La población del sur de Líbano es mayoritariamente musulmana chiita, si bien existen poblaciones cristianas, sunnitas y drusas. Más allá de su total control del espacio aéreo, el ejército israelí no ha podido concretar el dominio permanente del territorio, dada la resistencia opuesta por Hezbolá. Las bajas israelíes han sido importantes, así como la destrucción de sus tanques y blindados. El acuerdo firmado traslada a las FAL la tarea. El general de brigada retirado Bassam Yassin, antiguo jefe de la delegación libanesa en las negociaciones indirectas sobre la frontera marítima con Israel, explicó que se le pide al ejército libanés que entre en zonas que no están directamente ocupadas, que lleve a cabo extensas operaciones de búsqueda de depósitos de armas, túneles y equipos, y que desmantele la infraestructura de Hezbolá, bajo la supervisión directa de un comité internacional en el que participan Estados Unidos e Israel. “Este mecanismo fue diseñado para producir un enfrentamiento inevitable y directo entre el ejército libanés y Hezbolá”, declaró a The New Arab. Una pugna sangrienta con probable progreso hacia una nueva guerra civil entre facciones libanesas, como ocurrió entre 1975 y 1990.
Para entender el comportamiento del gobierno libanés hay que recordar la gobernanza de reparto confesional que el Estado tiene desde su independencia en 1943. El presidente del país debe ser cristiano maronita, los cuales, según los datos de esa época, constituían la mitad de la población. Lo mismo se aplica para el comandante del ejército, si bien casi el 90% de la tropa es musulmana. Por su parte, el primer ministro debe ser musulmán sunnita. A los chiitas se les destinó el cargo de menor peso, la presidencia del Parlamento. Las organizaciones cristianas maronitas políticas y militares (por ejemplo, las Falanges Libanesas en el pasado), en general, han estado cercanas a las posiciones israelíes e incluso tuvieron directa participación en la recordada masacre de unos 3.000 palestinos en 1982, que vivían en los campamentos de refugiados Sabra y Chatila en Beirut, en momentos en que el ejército israelí ocupaba el país y controlaba su periferia.
Durante la vida independiente de Líbano no se han realizado censos, pero todas las estimaciones indican que hoy los musulmanes son mayoría (64%), divididos en partes iguales entre chiitas y sunnitas; los cristianos maronitas se redujeron 16%, otros colectivos cristianos alcanzan el 15% y los drusos, el 5%. El apoyo al acuerdo aprobado por el presidente libanés Aoun está en cuestión. No solo Hezbolá lo rechazó, sino que otros colectivos chiitas también lo hicieron, así como dirigentes drusos, que lo tacharon de “capitulación frente a Israel”, y organizaciones como Amnistía Internacional y juristas que cuestionan las cláusulas que dan impunidad a lo actuado por Israel.
El Marco Trilateral “rechaza las pretensiones de cualquier Estado o actor no estatal de utilizar la fuerza en su nombre sin la autorización explícita del gobierno libanés”, en clara referencia no solo a Hezbolá, que es el que enfrenta a Israel en el terreno, sino también a Irán. Irán definió el 1° de junio que, si Israel bombardeaba nuevamente los barrios chiitas de Beirut, respondería de modo recíproco sobre el norte de Israel. Y así ocurrió, el 7 de junio, previo a la firma del MdE.
Israel veta indefinidamente el retorno de civiles libaneses al área, destruye viviendas y justifica bombardeos selectivos. Replica lo actuado en la Franja de Gaza. De ahí que muchos hablen de gazatización.
Con la firma de este Marco Trilateral, Israel indudablemente ha obtenido un buen posicionamiento alternativo al expresado en el MdE. El cese de sus acciones militares y la desocupación del sur de Líbano quedarían supeditadas al cumplimiento del ejército libanés de las tareas que ella misma no pudo concretar: desarmar a Hezbolá y destruir su infraestructura.
La tarea encomendada al ejército libanés
Las FAL han sido históricamente débiles y sus capacidades militares están limitadas a roles de seguridad interna, patrullaje de fronteras y lucha contra el contrabando. No disponen de armamento pesado ni de tecnología avanzada de combate, su equipamiento depende de donaciones y programas de asistencia militar de Estados Unidos, Francia y Alemania. Su marina y fuerza aérea cuentan con capacidades operativas limitadas. Carece de aviones de combate y de defensa antiaérea. Su espacio aéreo puede ser vulnerado fácilmente y, de hecho, Israel lo ha utilizado para sus incursiones en la región. No tiene fragatas ni destructores, y la mayoría de su marina son lanchas patrulleras rápidas, funcionando como cuerpo de guardacostas. Lo que importa, para el caso, es la tropa en tierra.
El Marco Trilateral tiene un anexo de seguridad adjunto que es reservado y del cual se han conocido solo algunos aspectos. En él se definen dos “áreas piloto” para iniciar el pasaje de la lucha contra Hezbolá desde el ejército israelí al libanés. El anexo otorga a Israel el derecho de reingresar a ciertas zonas a su antojo si determina que el ejército libanés ha fracasado en su tarea de desarme de Hezbolá. Todos los observadores predicen que difícilmente el ejército libanés pueda llevar con éxito la tarea asignada.
En ese sentido, Trump ya ha estado intentando que el vecino y nuevo presidente sirio, Ahmed Al-Sharaa, asuma la “tarea anti-Hezbolá” en Líbano. El actual jerarca sirio tiene un activo pasado como miembro de Al Qaeda en Irak y de liderar una fracción asociada en Siria que logró la caída del régimen de Bashar al-Assad en 2024. Si bien Estados Unidos había puesto en el pasado precio a su cabeza (diez millones de dólares), Al-Sharaa terminó siendo recibido como presidente sirio por Trump en la Casa Blanca en noviembre 2025, y se entrevistaron nuevamente este mes en Ankara, paralelo a la cumbre de la OTAN, donde se anunció que se levantarían las sanciones contra Siria. Es conocida la posición de confrontación armada y rechazo teológico radical de los chiitas con las corrientes salafistas extremas como Al Qaeda y el Estado Islámico. Incluso Hezbolá los combatió fuertemente hace unos años, impidiendo su penetración en Líbano. Pero, al momento, no parece que Al-Sharaa quiera involucrarse en Líbano, cuando aún no se ha consolidado en su propio territorio.
Gazatización: la franja amarilla israelí en Líbano
En junio de 2000, tras la retirada de Israel del sur de Líbano, que había ocupado en 1982, la ONU estableció una línea demarcatoria, llamada azul, que en los hechos funciona como frontera entre Líbano e Israel, pero siempre han existido puntos que Israel ha mantenido ocupados. Desde esa línea azul hasta el río Litani, se encuentra una zona con supervisión de tropas internacionales, la Unifil, en la que participa hasta un observador uruguayo.
El 18 de abril, Israel estableció unilateralmente una “línea amarilla” de “amortiguamiento militar” donde sus tropas operarán hasta que Hezbolá sea erradicado por completo. La franja territorial “de seguridad y fuego libre” tiene un ancho de 4 a 10 km a lo largo de todo el sur de Líbano, comenzando en el mar Mediterráneo y llegando a la frontera con Siria. Enmarca unos 600 km², un 6% del territorio libanés. Ni la ONU ni la misión de Unifil reconocen su legalidad. Israel veta indefinidamente el retorno de civiles libaneses al área, destruye viviendas y justifica bombardeos selectivos. Replica lo actuado en la Franja de Gaza. De ahí que muchos hablen de gazatización.
Una “línea amarilla” también fue establecida por Israel en la Franja de Gaza en 2025, tras “el acuerdo de paz”. De los 365 km² que tiene la Franja de Gaza, Israel quedó controlando, tras el cese del fuego impulsado por Trump, el 53% del área limitada por la línea, pero luego su presencia se fue extendiendo y hoy controlan el 70% y hay reivindicaciones de alcanzar el 100%. La población gazatí –más de dos millones– debe concentrarse en esos pocos kilómetros, además, totalmente destruidos y sin infraestructura.
En resumen, Israel ha invadido Líbano seis veces en 50 años y estuvo 18 años de corrido entre 1982 y 2000. Todo indica que Israel mantendrá nuevamente la ocupación del sur de Líbano. El punto 1 del MdE entre Irán y Estados Unidos parece que no será cumplido, e Israel utilizará el documento firmado con el gobierno del cristiano maronita Aoun como argumentó para ello. Es muy difícil que el ejército libanés pueda cumplir la tarea que le ha transferido Israel de desarticular a Hezbolá. Por tanto, varias opciones se abren a mediano plazo, pero todas manteniendo la ocupación israelí. Mientras, dentro de la franja amarilla, Israel supera incluso el uso de la doctrina Dahiya (suburbio de Beirut reducido a escombros en 2006) –ejercer una fuerza desproporcionada y abrumadora contra infraestructura civil en áreas controladas por enemigos– y aplica la “doctrina Gaza”, una fase aún más severa con destrucción deliberada del hábitat y la vivienda civil para hacer un territorio inhabitable. Transformar el fértil sur del país de los cedros en un “domicidio”, una franja de hormigón y hierros retorcidos.
Edgardo Rubianes es doctor en Biología y fue presidente de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación.
