“Perdóneme, tío Juan, / pero se ve que no sabe nada. / Las cosas que yo le digo / se sienten en carne propia: / que en tierra venezolana / el imperialismo yanqui / hace lo que le da la gana”, recitaba el cantante venezolano Alí Primera en 1973. Más de medio siglo después, esa parece ser prácticamente la única certeza de la realidad política venezolana.
En la madrugada del sábado 3 de enero, por orden de Donald Trump, Estados Unidos bombardeó Caracas y capturó al presidente venezolano, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores. En menos de 12 horas, Trump echó luz sobre sus intenciones: el presidente estadounidense afirmó que su país se hará cargo de Venezuela hasta “que se produzca la transición adecuada” y encomendó al secretario de Estado, Marco Rubio, la conducción de ese proceso. Asimismo, reclamó por el petróleo que –según dijo– Venezuela le robó a Estados Unidos, y anunció que las “enormes compañías petroleras de Estados Unidos, las más grandes del mundo”, gastarán “miles de millones de dólares, arreglarán la infraestructura petrolera, que está muy dañada, y comenzarán a ganar dinero para el país”.
“En su intervención de casi una hora, el sábado, Trump no mencionó una sola vez la palabra democracia, [pero] habló más de 20 veces del petróleo y más de diez veces de hacer dinero”, puntualizó, en una entrevista con la diaria, el asesor presidencial en integración regional, Álvaro Padrón, para quien el ataque militar contra Venezuela fue la primera demostración de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, publicada en noviembre.
“Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”, se sostiene en la estrategia, en lo que se denominó “Corolario Trump”. Se trata de “una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, en consonancia con los intereses de seguridad de Estados Unidos”.
Para Padrón, Trump le habla a su “público interno” mientras se prepara para las elecciones de medio término que enfrentará en noviembre. “Lo que está haciendo Trump, que nos sorprende tanto desde afuera, es un discurso hacia adentro para recuperar votantes”, analizó el asesor, quien defendió la postura histórica de Uruguay a favor de la “no intervención de ningún país en los asuntos de otro” y remarcó la necesidad de lograr una unidad regional, más allá de las diferencias políticas.
¿Cómo se puede interpretar la situación actual, en la que Maduro fue removido del poder, Estados Unidos anunció que gobernará el proceso hacia la transición, pero la cúpula del chavismo permanece en el poder?
Yo creo que ahí se ubica la contradicción más grande para los que pensaban que esto era una solución. La verdad que me cuesta entender que haya gente que crea que una solución puede ser una intervención militar de otro país en un país soberano. Más allá de cualquier caracterización del régimen [de Maduro], es evidente que, con lo que ha ido ocurriendo y con lo que se está negociando en este momento, queda claro que la prioridad nunca fue un proceso de democratización de Venezuela.
Yo creo que lo de Venezuela es una gran excusa que oculta o, mejor dicho, da pie a lo que empieza a ser la implementación de la nueva estrategia de seguridad de Estados Unidos, que una cosa era leerla por escrito y otra cosa es verla aplicada. Creo que se subestimaron muchísimo las intervenciones que tuvo Estados Unidos con herramientas comerciales, lo que hizo con Brasil, por ejemplo. Claramente los aranceles eran una forma de presionar a Brasil con respecto a lo que a él le preocupaba sobre su amigo [el expresidente Jair] Bolsonaro, queriendo intervenir ya no sólo en una situación política, sino en un proceso judicial.
Lo que está pasando es mucho más grande, y creo que haberlo ubicado sólo como una intervención salvadora en Venezuela fue un error enorme de varios países, de varios gobiernos y de dirigentes políticos, que creo que no calcularon y no se imaginaron lo que luego iban a escuchar de la propia voz de Trump, porque la conferencia no dejó dudas. A veces me pregunto si algunas intervenciones no se hicieron antes de esa conferencia, porque a partir de ahí cambió totalmente el mapa con el que podemos estar analizando el episodio de Venezuela.
Pero lo que creo que es más importante, y tiene escala global, es la idea de que las potencias se pueden arrogar el derecho de intervenir en su entorno. De alguna manera, lo que está diciendo el gobierno de Estados Unidos es: “Vamos a repartirnos el mundo y cada uno en su lugar hace lo que le parezca mejor en función de sus intereses”. Si no leemos esto, no nos damos cuenta de la época en la que estamos entrando y vamos a quedar atrapados en discusiones nacionales o regionales sin poder dar una respuesta a este enfoque global que está teniendo Estados Unidos.
¿Qué se puede esperar del anunciado proceso de transición y de la cooperación del gobierno venezolano?
Lo que todos queríamos es que en Venezuela hubiera un proceso de apertura democrática, que hubiera elecciones que generaran un gobierno legítimo, que saliéramos de este círculo permanente de confrontación y polarización donde los dos extremos se retroalimentaban, y pudiera entrar una nueva etapa de diálogo político, de concertación de libertad y de democracia en Venezuela. Pero nada de esto va a ocurrir con esta iniciativa, todo lo contrario. Lo que ahora está sobre la mesa es un pacto con el régimen actual. Es como que sacar a Maduro hubiera dejado libre la interlocución con el régimen actual, en su plenitud, a partir de lo único que importa, que es un pacto para repartir riquezas. Se corrió totalmente el foco de lo que algunos decían que era la parte positiva de la intervención militar.
Trump dijo que María Corina Machado no tiene apoyo ni respeto en Venezuela. ¿A qué considerás que responde ese retiro de apoyo?
Se anticipaba a lo que venía después –que ya estaba arreglado–, que era la interlocución con las actuales autoridades. Lo que hay que entender es que el objetivo no es redemocratizar ni establecer un nuevo período de libertades en Venezuela, sino negociar cómo Estados Unidos recupera o consigue –él [Trump] dice recupera porque entiende que fue robado– [el petróleo]. Su objetivo es ese, y –repito– tiene mucho que ver con el discurso hacia adentro de Estados Unidos. Si no entendemos eso, nos vamos a seguir sorprendiendo como si fuera simplemente una especie de personaje extraño al que no le cuesta nada decir cualquier disparate.
Él tiene un guion, y el guion es ganar las elecciones de medio término y, en el futuro, probablemente, cambiar la Constitución y volver a presentarse. Yo diría que con relación a América Latina –que, repito, no es el único marco que hay que mirar– la clave está en escuchar a Marco Rubio. El que está detrás de estas negociaciones es Marco Rubio. Él es quien está eligiendo la interlocución, quien eligió hablar con el régimen actual y, si ustedes observan, también el régimen actual; particularmente la vicepresidenta [Delcy Rodríguez] está adaptándose a esa situación. Ya no refieren a la liberación de Maduro. Hablan del diálogo, de la cooperación, de la paz.
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Pero ¿al público estadounidense Trump lo convence con una intervención en otro país?
Evidentemente hay segmentación de públicos. Lo primero que él tiene que hacer es explicar por qué no está cumpliendo su promesa electoral de no intervenir en otros países. Esto no era a partir del principio de la no intervención; era el discurso de “dediquémonos a nuestros asuntos”. Lo que él formulaba en ese momento era la idea de que [Estados Unidos] tenía que dedicarse a los problemas de los estadounidenses y no encargarse del mundo. Ese relato demagógico, que no se corresponde con el perfil de potencia mundial, era un reconocimiento de la pérdida de hegemonía de Estados Unidos con relación al conjunto del planeta, y esto tiene que estar permanentemente en la mirada que tengamos como telón de fondo: Estados Unidos está en decadencia, no estamos frente a una potencia que aumenta su poder.
En ese marco, a su público interno le tiene que explicar por qué no está cumpliendo eso de no meterse en otros países. ¿Cómo lo hace? Diciendo algo que a los demás nos rompe los ojos: “Voy por la riqueza, voy a hacer dinero”. Eso sí tiene conexión con el público interno, [porque] le está diciendo: 2Yo no hago esto por vocación democrática ni porque me preocupe el mundo. Hago esto porque voy a recuperar todo lo que nos robaron. Vamos a hacer mucho dinero en Venezuela. Nos vamos a encargar de recuperar el petróleo”. Algo tan grotesco, tan absolutamente disparatado en términos de política internacional, sólo se explica para, de alguna manera, conectar con el público interno.
No hay que olvidar que su argumento principal –ahora lo está cambiando por esta cuestión de la riqueza y de hacer dinero– era enfrentar el crimen organizado transnacional, que estaba afectando a Estados Unidos. El relato de Trump es que los problemas de seguridad de Estados Unidos son culpa del exterior; son culpa de otros países, en este caso, de Venezuela. Pero con ese argumento puede seguir, y de hecho lo está haciendo, con Colombia. Ya está anunciando, con el mismo argumento, la posibilidad de intervenir en Colombia. Me gustaría escuchar a quienes han defendido esta idea de una intervención qué van a decir cuando esto ocurra en Colombia, cuando ocurra en Groenlandia, cuando ocurra en Panamá.
¿Se puede esperar que Trump concrete las amenazas a otros países?
No podemos quedarnos con la idea de que esto es un problema sólo de Venezuela. Es un problema, por supuesto, de Venezuela, y tenemos que estar cerca para reconducir el proceso de reapertura democrática. Pero, al mismo tiempo, tenemos que poner las barbas en remojo y tenemos que ser conscientes de que ya empieza a referirse, en primer lugar, a Cuba –es clarísimo– y, en segundo lugar, a Colombia, a Groenlandia… No menciona Panamá, pero lo ha dicho siempre: “El canal de Panamá es nuestro y lo vamos a recuperar”.
Uruguay adhirió a una declaración conjunta de Brasil, Chile, Colombia, México y España. ¿Cuál es la posición que marca el gobierno uruguayo y qué rol se busca jugar en esta unión de gobiernos progresistas?
Nosotros necesitamos demostrar que la región puede resolver esto, porque lo que está en riesgo es perder la característica de ser hoy el único continente de paz en el mundo. Somos el único continente de paz en el mundo y acaba de haber una intervención militar que rompe con eso. Debería haber una manifestación absolutamente unánime que cuestione eso.
Es el primer punto que está planteado en la declaración de los seis países que firmaron ayer, que tiene una cláusula que se ha mencionado muy poco, en la que se hace un llamado a la unidad regional más allá de diferencias políticas. Esta es una cláusula puesta por Uruguay. Uruguay no se alinea a nada en este momento, salvo a los principios. Lo digo porque he escuchado hablar de alineamientos a Brasil. Este no es un club progresista. Por supuesto que estos países y estos gobiernos tienen una coincidencia de fondo con respecto a la democracia. Yo pregunto: ¿qué sector político de Uruguay no adheriría a una declaración de este estilo?
Creo que quedó muy claro, y es muy positivo, que haya habido un consenso cuestionando la intervención militar y reivindicando –por eso fue tan importante lo que hizo el presidente [Yamandú] Orsi ayer– una política que no es de la izquierda ni del Frente Amplio, [sino que] es de gobiernos blancos y colorados que siempre tuvieron claro que había que defender la autodeterminación de los pueblos y cuestionar las intervenciones, particularmente de potencias que tienen capacidad militar para eso.
Estamos frente a algo que no puede tener dos lecturas. Hay que ser muy claros en cómo nos posicionamos. Yo creo que Uruguay lo puede hacer en un sentido muy amplio, en el que haya un consenso nacional para que esa parte de la política exterior no tenga dos lecturas y desde ahí contribuir a que la región, aun en la diversidad, pueda tener puntos de contacto para trabajar en conjunto.
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Sin embargo, la reunión de la Celac de este domingo terminó sin una declaración de consenso sobre la situación de Venezuela…
Sí. Ahí me remito a la última reunión de la Celac, en Santa Marta, en la cumbre Celac-Unión Europea. En el punto ocho de la declaración se dice: “Reiteramos nuestra oposición a la amenaza o al uso de la fuerza y a cualquier acción que no sea conforme con el derecho internacional y la carta de las Naciones Unidas”. Esta es una declaración que firmaron todos, menos Venezuela y Nicaragua. ¿Se dan cuenta? Fue muy dramático para nosotros. Insistimos mucho en que lo firmara Venezuela, hasta último momento la iba a acompañar y finalmente no lo hizo.
¿Qué quiero decir con esto? Que hay margen para acuerdos. Yo creo que hay que dejar pasar un poco de tiempo para que se vaya ubicando la magnitud de lo que está pasando y para que dejemos de mirar solamente aspectos que puedan servir para una discusión menor de política. Con esto no estoy diciendo que hay que uniformizar las posiciones, pero hay un problema muy superior ahora. Estados Unidos planteó un problema que trasciende ampliamente el debate que siempre tuvimos sobre Venezuela. Necesitamos que la región tome conciencia del riesgo que está corriendo. Eso va a ocurrir y va a haber condiciones para que haya al menos mínimos comunes de consenso. Ese es el único camino posible.
Habrá veces que lo logremos y otras veces que no, [pero] ese es el esfuerzo de Uruguay: construir región. Y eso vale más allá de los gobiernos. Hay que aprender de los errores, y esto vale también para la reflexión de la izquierda y del progresismo: no podemos pensar procesos que sólo se sostengan en afinidades ideológicas. Necesitamos construir, aunque sea menos potente, visiones compartidas que resuelvan problemas concretos.
Cada vez que queremos hacer una declaración estamos más lejos de los consensos, [pero] cuando nos dedicamos a trabajar en temas concretos estamos más cerca. Esa es la tarea de esta etapa, y ojalá no retrocedamos en eso. Lo peor que nos puede pasar ahora es que nos dividamos y que nos dividan, porque esa es la historia de América Latina. Por eso nunca hemos logrado alcanzar niveles de desarrollo, por eso no hemos logrado salir del estatus periférico que hemos tenido siempre, por eso no hemos logrado influir en la política internacional y en el nuevo orden que está en construcción.
Es un año bastante desafiante para “construir región”. Chile va a cambiar de signo radicalmente y Brasil y Colombia tienen elecciones este año. ¿Cómo puede cambiar el panorama?
Vuelvo a decir que la consigna es la unidad más allá de las diferencias ideológicas, y que, por lo tanto, hay que buscar dónde están los consensos posibles. Ese es otro problema que ha tenido la política exterior de la región, también la de Uruguay, el de aterrizar a temas concretos. Nosotros necesitamos que la gente entienda que la política internacional es parte de la solución de los problemas concretos; si eso es así, vamos a encontrar muchas más razones para cooperar y articular posiciones conjuntas.
Hay que evitar forzar la división, porque la división es el veneno de nuestra región. Nosotros necesitamos construir la capacidad de escala que le permita a nuestra región ser un actor a nivel internacional. Lo que está en debate ahora es cómo se ordena el mundo, y eso no se resuelve ni escondiendo la cabeza ni creyendo que podemos hacerlo individualmente; serían dos errores. El tercer error sería asociarse a un bloque, creer que tenemos que pertenecer a una de las partes de la polarización global. Por eso es tan importante el viaje del gobierno uruguayo a China y, al mismo tiempo, negociar con la Unión Europea.
¿Se puede negociar con Estados Unidos?
El nivel de pragmatismo que tiene el gobierno norteamericano muchas veces habilita que ciertas discusiones sean mucho más simples que con otros países. Ahora, claro, no con estas lógicas de intervención militar.