En Salto funcionan tres liceos rurales: el de San Antonio, el de Valentín y el de Colonia Lavalleja. En conjunto, unos 800 estudiantes concurren a estos centros educativos desde zonas alejadas, donde llegar a clase puede convertirse en un desafío que comienza varias horas antes de entrar al salón.
Las distancias, las condiciones de los caminos, el transporte y las inclemencias del tiempo forman parte de la vida cotidiana de muchos de estos jóvenes. Algunos deben levantarse de madrugada para llegar a tiempo; otros, cuando crecen los arroyos, directamente no pueden asistir.
Desde esa realidad, la diaria dialogó con Kevin López y Carolina Sotto, estudiantes de 2º año de Bachillerato e integrantes del Club de Ciencias Sin Fórmula, del Liceo Rural de Colonia Lavalleja. A partir de su propia experiencia y de la de sus compañeros, decidieron poner el tema sobre la mesa y hablarles directamente a otros jóvenes.
Sotto explicó que algunos estudiantes deben recorrer “muchos kilómetros” para llegar al liceo. Hay jóvenes que viven en pequeños pueblos o en establecimientos rurales y que deben levantarse alrededor de las 4.30 para estar en la institución a las 7.30. En algunos casos, señaló, viven en estancias donde trabajan sus padres y las crecidas de los arroyos pueden impedirles concurrir a clase.
Liceo de Colonia Lavalleja, Salto Foto: Estudiantes
En el Liceo Rural de Colonia Lavalleja estudian unos 150 jóvenes y más de la mitad debe recorrer varios kilómetros para llegar al centro educativo, indicó López. La distancia más extensa insume aproximadamente dos horas, aunque el problema no está solamente en los kilómetros recorridos. “No sería tan lejos, pero las condiciones de los caminos hacen que el recorrido demore mucho más”, explicó. Por eso, algunos estudiantes deben levantarse a las 4.30 para llegar en hora y repetir ese trayecto todos los días.
A esa dificultad se suma la falta de un hogar estudiantil en Colonia Lavalleja, que les permitiría permanecer en la localidad durante la semana. “Eso sería lo ideal”, sostuvo Sotto, que vive en Cuchilla de Guaviyú, a varios kilómetros del liceo.
Kilómetros para aprender
En ese contexto nació la investigación “Kilómetros para aprender”, desarrollada por los integrantes del Club de Ciencias Sin Fórmula. El proyecto busca analizar de qué manera las condiciones de traslado desde las zonas rurales inciden en la asistencia a clase, el desgaste que implica el recorrido cotidiano y las trayectorias educativas de los jóvenes de la comunidad.
Como parte de la investigación, los estudiantes elaboraron un video de concientización dirigido especialmente a otros jóvenes. La propuesta fue pensada “de joven a joven”, con el objetivo de generar identificación y transmitir un mensaje de aliento a quienes deben enfrentar largas distancias y dificultades para continuar sus estudios.
El trabajo también pone el foco en el valor de la educación pública y en el esfuerzo cotidiano de quienes recorren kilómetros para acceder a ella. Para los integrantes de Sin Fórmula, ese recorrido no es solamente un traslado: forma parte del esfuerzo que realizan para sostener sus estudios y construir su futuro.
Con el mensaje “Cada kilómetro recorrido para estudiar vale la pena”, el video busca convertir una dificultad cotidiana en una razón para seguir adelante. La intención es que los jóvenes que tienen un liceo cerca puedan conocer otra realidad y comprender que, para algunos de sus pares, llegar a clase supone levantarse de madrugada, atravesar caminos en malas condiciones o depender de que el clima permita el tránsito.
Al poner sus propias experiencias en palabras y llevarlas a un video, López, Sotto y sus compañeros buscan que cada kilómetro recorrido sea entendido no como un obstáculo para abandonar, sino como parte del camino hacia una oportunidad educativa.
