Hablar, encontrarse, desestigmatizar. Esas son algunas de las necesidades detectadas por un estudio sobre las percepciones en torno al dolor, la muerte y el suicidio que presentó el componente de ciencias sociales del Programa de Salud Mental del Hospital de Clínicas.
Para conocer las percepciones sobre “estos fenómenos difíciles, invisibilizados, esquivados y hasta ocultados”, tal como lo presentó la socióloga Mariángeles Caneiro, el equipo trabajó en tres productos que se convirtieron en librillos: una encuesta que recabó la opinión de 1.500 personas uruguayas residentes de diferentes regiones del país, el desarrollo de 15 grupos de discusión, y el análisis de la cobertura de prensa de 115 medios.
Al inicio de la presentación, Héctor Cancela, rector de la Universidad de la República (Udelar), recordó que el Programa de Salud Mental del Hospital de Clínicas –desarrollado por ese servicio, la Facultad de Ciencias Sociales y la Facultad de Psicología– surgió de una propuesta que hizo la universidad en la Rendición de Cuentas de 2023, y que busca identificar y atender problemas que tiene el país. Valoró que son temas “particularmente relevantes en el mundo hoy”, en el que “hay una negación de la muerte”, y como ejemplo mencionó el diálogo entre los presidentes Vladimir Putin y Xi Jinping en el que hablaban de la posibilidad de vivir más de 150 años. “Nos transmiten ese ideal de juventud eterna, ese deber ser que de alguna forma sirve a un capitalismo que busca vivir para siempre”, consideró. Esa idealización “hace que el fenómeno de la muerte quede escondido o, cuando no queda escondido, quede productizado”, porque la prensa “la convierte en un espectáculo”, dijo, haciendo alusión a lo que mostraría minutos después el equipo de investigadores.
Tal como expresó Pablo Hein, quien presentó la investigación con Caneiro, en representación de la pata de la Facultad de Ciencias Sociales, el equipo se nutre de la tradición del Grupo de Comprensión y Prevención de la Conducta Suicida, pero va más allá del suicidio. Apuesta a comprender cómo se valora y aborda la salud mental, a trabajar sobre el suicidio –en la prevención, la atención y la intervención posterior para reducir efectos traumáticos en personas cercanas, la llamada “posvención”–, y a considerar a la muerte como un hecho social y cultural.
Qué nos duele y cómo lo trabajamos
La encuesta comprendió cuatro bloques: dolores, salud mental, muerte, suicidio; sus resultados preliminares fueron divulgados en 2025. El equipo recogió algunos aspectos, por ejemplo, el lugar que ocupa el dolor emocional: seis de cada diez personas (62%) respondieron que ese ha sido el dolor más relevante que han padecido en su vida, mientras que el 13,4% lo puso en igual lugar que el dolor físico. En cuanto a los motivos de ese padecimiento emocional –en una pregunta que podían identificar más de uno–, seis de cada diez señalaron en primer lugar la muerte de un ser querido, y el segundo lugar se lo llevó la opción “ansiedad, depresión o estrés”, referida por cuatro de cada diez.
Por otra parte, el 33% de las personas encuestadas afirmó que en el último año se sintieron tristes o agobiadas por un lapso de al menos dos semanas consecutivas, al punto de no poder hacer sus actividades habituales. La encuesta señala en estos casos una actitud dispar en el acceso a especialistas de salud mental: consultaron tres de cada diez, mientras que el resto no lo hizo, lo que da cuenta de “la persistencia de barreras que limitan la cobertura y el acceso a cuidados especializados entre quienes potencialmente deberían recibirlos”, dice el informe. Hein dijo que la encuesta confirma sospechas: los hombres son menos proclives a ir a un psicólogo, así como también las personas adultas y adultas mayores, y quienes tienen un nivel educativo bajo y medio.
Del total de encuestados, dos de cada diez dijeron consumir psicofármacos y, de ellos, 3% declaró haberlos tomado sin prescripción médica: “Es posible proyectar que 86.000 personas se automedican con psicofármacos en todo el Uruguay”, remarcó Hein. La automedicación detectó mayor nivel en varones, en el grupo de edad de 18 a 34 años y en personas con nivel educativo medio y bajo.
Entre las estrategias para enfrentar el dolor emocional, la mayoría dijo recurrir a un profesional (56,6%), pero los encuestados también mencionaron otros recursos, como participar de “grupos de apoyo y/o actividades sociales” (29,2%), “intentar disminuirlo mentalmente o que no se note” (25,9%), “buscar comprensión de los demás” (23,5%), “rezar u orar” (19%) y “tomar algo para el dolor” (15,7%).
En los grupos de discusión surgió “la falta de herramientas para afrontar la muerte”. Jóvenes y adultos dijeron no sentirse preparados para esas situaciones y sus percepciones confirmaron las diferencias de género narradas por otros estudios: relataron que “las mujeres tienden a mostrarse más sensibles y abiertas”, en contraposición con la reserva y mayor dificultad de los varones para expresar sus emociones.
Tres de los 15 grupos de discusión reunieron a personas con experiencias cercanas de muertes violentas: homicidios, suicidios y siniestros de tránsito. En el caso de suicidios, las personas dieron cuenta del “carácter profundamente disruptivo” de ese tipo de muerte, de vivir una experiencia que “desordena la vida cotidiana, los vínculos y el sentido mismo de las cosas”, y hubo quienes “mencionaron sentirse juzgados o cuestionados, como si hubieran podido hacer algo para evitarlo”, acota el informe, que menciona también el silencio que provoca el estigma. Entre las estrategias para transitar el dolor, las personas hablaron de hacer actividad física y estar en contacto con la naturaleza, así como de participar de grupos de otras personas que perdieron allegados por suicidio, en los que encontraron “comprensión sin juicio”. También se refirieron al beneficio de acceder a terapia, aunque revelaron dificultades de acceso en el sistema de salud: procesos largos, burocráticos y “poco sensibles”.
Los participantes de los grupos que perdieron a una persona por homicidio y por siniestros de tránsito criticaron que las respuestas, muchas veces, se limitan a la derivación a un psiquiatra y a la prescripción de medicación. Los afectados por homicidios aludieron al carácter disruptivo de estas muertes, dijeron sentir “rabia, enojo, impotencia e indignación” por el hecho violento, cuestionaron las leyes y el sistema judicial, y hubo quienes señalaron las fallas del Estado y el rol de las desigualdades sociales; rechazaron la forma “invasiva”, “poco sensible” e incluso la desinformación en la difusión mediática de los casos. Recomendaron asistir a terapias de duelo, y también lo hicieron los allegados de fallecidos en el tránsito, aunque estos últimos apuntaron principalmente a terapias alternativas, sobre todo a las creencias religiosas. Las personas cercanas a fallecidos en el tránsito dijeron sentir “bronca, rabia, impotencia”; surgió el miedo por que este tipo de hechos vuelvan a afectarlos, lo que impacta en sus acciones cotidianas, y la responsabilidad de terceros. También señalaron la falta de espacios para hablar de la muerte y el duelo, tanto a nivel social como familiar; asomó nuevamente el mandato de género, expresado por varones que dijeron no tener espacios para expresar sus emociones.
Qué se cuenta y cómo
El relevamiento de prensa sobre dolor, muerte y suicidio se hizo en informativos de televisión, programas radiales transmitidos entre las 7.00 y las 13.00 y en prensa digital entre abril y setiembre de 2025; se monitorearon cinco canales de streaming durante abril y mayo. De los cuatro tópicos, el informe muestra que la muerte fue el más abordado en todos los tipos de medios, con guarismos superiores en la prensa digital (entre 68% y 87%, según el bimestre), próximos a 60% en televisión y menos de la mitad en el caso de la radio, que, en proporción al resto, le dio un mayor lugar a hablar del suicidio y del duelo. Hein indicó un tratamiento diferencial según el medio: dijo que la muerte suele aparecer como “suceso” –como un policial– en la televisión, que la prensa tiene un tratamiento más vinculado con “la inmediatez” y “el impacto fáctico”, y la radio un acercamiento más preventivo y reflexivo; en los dos meses de análisis de streaming, el análisis detectó un distanciamiento de “la espectacularización de la crónica roja”.
En cuanto al suicidio, el informe identificó la supremacía de un discurso médico-preventivo y en el bimestre agosto-setiembre, sobresalió la difusión de casos con fuerte repercusión pública –policías, personas reconocidas y el caso de suicidio y violencia vicaria de Soriano–.
Los datos de la encuesta parecen relacionarse con el énfasis mediático: a la pregunta de si creía que en el último año había habido más muertes por suicidio, por accidentes de tránsito o por homicidio, 32,4% señaló “por accidentes”, 30,4% “por suicidio” y 30% “por homicidios”, siendo que, según los datos del Ministerio de Salud Pública, los suicidios fueron casi el doble que los homicidios (764 los primeros, 386 los segundos) y superaron a los fallecidos en el tránsito (443). Los encuestados expresaron que el suicidio es un tabú y que es necesario hablar más. En las discusiones grupales, se dijo que a nivel general el suicidio se aborda más que antes, pero que continúa ocultándose cuando se trata de experiencias personales y cercanas.
Hein remarcó la necesidad de fortalecer el tejido social y abordar las dificultades antes de llegar a un nivel de sufrimiento que deposita la resolución en el sistema de salud; de todos modos, señaló la necesidad de facilitar la atención sanitaria. Los grupos de discusión recomendaron tener más “educación emocional” y capacitar a los docentes para detectar señales de alerta –“sin miedo a caer en el error”–, generar “botones de alarma” en el ámbito laboral y reforzar la cooperación interinstitucional. Hein subrayó la necesidad de generar entornos de respeto en ámbitos educativos y laborales, así como “romper el individualismo y fortalecer las redes”.
Línea telefónica de prevención del suicidio *0767 desde un celular 0800 0767 desde un teléfono fijo
