Como cada año, el comité organizador de la Patria Gaucha somete a votación los temas propuestos para la edición que se avecina. Esta vez fue mayoritario el apoyo a la moción de las “pilchas gauchas”. Pero como aclara Hugo Pereda, presidente de la asociación organizadora de esta fiesta popular, “pilchas no es solamente la ropa que pueden llevar el gaucho o la china, sino todo el complemento, que son los aperos del caballo –bozal, recado, tirador–”. ¿Y por qué definieron ese motivo para 2026? “Porque últimamente el gaucho también se ha modernizado, igual que cualquier ciudadano, y ha dejado de usar algunas prendas que eran sumamente prácticas”, argumenta. Un homenaje le quieren rendir, algo así como una reivindicación de los orígenes.

“Por ejemplo, el caso del chiripá, que era una prenda muy antigua, no se usa más. La revitalizamos y hay muchos gauchos que van a bailar el periconazo, como le llamamos nosotros, el día de la inauguración, con chiripá mandado a hacer”, adelanta. Pereda añora y defiende la famosa bota de potro o la tanga, esto es, un cuero de protección de la ropa. “Yo tengo 80 años, pero me acuerdo de niño de ver en campaña algún gaucho con el chiripá, y lo usaban con mucho orgullo, porque es muy práctico y lo encontrarían adecuado a la temperatura. La bota de potro es un cuero que va arriba del pie y que se tiende por la pierna, toda cosida con cuero, muy liviana; los dedos del pie van afuera, lo que le permite apoyarse en el estribo”.

Junto con las costumbres, se perdieron en el tiempo saberes y artesanos, lo que complica, en ocasiones como esta, mandar a hacer expresamente. “Pero hay gente que es muy hábil y lo estudia. Tengo una modista conocida, de acá de Tacuarembó, que desde el 1° de diciembre se ha pasado haciendo trajes para las chinas. Eso es muy sencillo porque es la pollera, a veces con un festón en la parte del ruedo, y arriba se ajusta al cuerpo y nada más”.

A todo esto, ¿cómo se visten los gauchos de ahora? “Se ponen una bombacha y el cinto con la rastra, que es la hebilla que lleva adelante, generalmente de plata y oro, y tiene muchos acondicionamientos, mucho detalle; está labrado, es muy interesante. Este año va a haber una exposición de eso. Otro sector va a ser de recados antiguos, bozales, pecheras, cinchas de cuero, todo el trabajo que los guasqueros hacen a mano”.

Para Pereda es incalculable la gente que mueve la Patria Gaucha en los aprontes, aunque para dar una idea de las previsiones cuenta que, desde principios de febrero, las sociedades nativistas estaban al firme en el terreno, “empezando a construir el famoso fogón donde reciben a todos sus amigos, donde se come, se baila, se toca música”. Los mueve la expectativa de hacerse con el Gran Premio Intendencia Municipal de Tacuarembó, para el cual tienen que montar el mejor fogón que represente “un acontecimiento histórico de la zona donde está implantada esta sociedad o un acontecimiento que puede haber sucedido en la historia de nuestro Uruguay. Es sumamente educativo, sobre todo, para las nuevas generaciones, para que puedan apreciar lo que se hacía antes”, subraya Pereda. Este punto encierra la filosofía del encuentro y articula una clave del reglamento de este concurso en particular: el período recreado no puede exceder ni referir a ningún hecho o invención posterior a 1920. “Toda la reconstrucción de época, por ejemplo, una casa, una estancia antigua, donde se firmó la paz, donde la gente asistía a un puesto de diligencia. Este año lo representa la sociedad de Melo, y va a llegar la diligencia con sus caballos, sus visitantes se bajan con valijas, tienen donde lavarse, descansar, dormir, los caballos... La comida que van a servir es tradicional, un guiso carrero”, describe. Los trajes, evidentemente, tratarán de adecuarse a la época referida. Y la comisión que verifica es estricta y resta puntos si, como ocurrió una vez, una participante coloca una vitrola en su fogón, sobrepasando largamente la fecha estipulada. “La representación estaba muy bien hecha, pero eso fue un error. Para eso el jurado está integrado por cinco miembros estudiosos de la historia y del medio rural”.

Hay más certámenes que ponen a prueba las destrezas de las familias para pensar y recrear tiempos pasados, como el de paisanito y paisanita, que implica vestir a las infancias: “Ahí es donde ves las cosas más hermosas hechas por la abuela, por la madre, por la tía; los visten, pasan probándoles la ropa y después montan a caballo y se lucen”.

Entramado femenino

Año a año la Patria Gaucha es escenario de un concurso de ponchos que reúne a decenas de artesanas. Como parte del grupo Flor de Lana, con sede en el Valle del Lunarejo, departamento de Rivera, Andrea Olivera cuenta que en el emprendimiento son cinco, organizadas desde 2011, y abiertas a nuevos integrantes, incluso hombres, aunque sea más difícil encontrar tejedores (hace poco, en una expo en Curticeiras, conocieron a dos, de Canelones y de Colonia).

Foto: Alessandro Maradei (archivo, marzo de 2024)

Foto: Alessandro Maradei (archivo, marzo de 2024)

Ellas se unieron después de hacer un curso y actualmente son una empresa monotributista y tienen un local de venta y fabricación. Hacen zapatitos, bufandas, mantas, sacos, ruanas, pashminas, chalecos. Se trabaja en telar, dos agujas y bastidores.

“En realidad, ninguna de las que estamos acá tuvimos familiares que trabajaran la lana. Aprendimos de grandes ya, pero siempre tuvimos la pasión por la oveja. Tenemos tres mujeres dentro del grupo que son productoras de ovejas”. Algunas crían texel, otras merino, pero las primeras son, además de ovejas de doble propósito (cárnico y textil), más fáciles de trabajar, explica, por su rusticidad sanitaria, mientras que la merino resulta delicada y, por tanto, más costosa.

A partir de 2012, Flor de Lana comenzó a ser parte de la Patria Gaucha, primero apoyadas por la Intendencia de Rivera, luego por Dinapyme, hasta que se involucraron, junto con otros dos grupos de artesanas, de Salto y de Tacuarembó, compañeras de local.

Y desde la primera edición participan en el concurso de ponchos del festival, al punto que se saben el reglamento de memoria. Olivera resume el objetivo: “Que el poncho sea de lana rústica, lo más rústica posible, pero con un toque muy fino”. En el caso de ella y sus compañeras, la profesora, que era muy exigente, les transmitió que el diferencial se establece desde el cardado y el hilado, muy prolijos, para que salga una buena prenda.

Aunque la confección es libre, y el poncho puede ser para hombre o para mujer, estas artesanas siempre eligen colores oscuros, más marrón, más gris. El año pasado se quedaron con el primer premio, y Olivera está segura de que fue por la terminación.

¿Qué distingue a un poncho tradicional? “Hay muchas formas de tejer un poncho: hay unos que son tipo argentino, que no tiene cuello; el nuestro tiene un cuello, es estilo camisa, más redondeado; tiene como un baberito en el frente, y por lo general va un botón de madera ahí. Para la terminación van los flecos, porque hay ponchos que no llevan fleco, que van con una terminación en crochet”.

Esos requerimientos se contemplan para competir, y tiene la exigencia de mantener la tradición. Pero si un cliente llega pidiéndoles un poncho sin flecos o con capucha, no hay objeción para hacérselo a su antojo. Eso sí, “no es tradicional”, dejan asentado.

“Nuestros gauchos, nuestros padres, mi abuelo igual, porque yo era muy chiquita, pero mi generación, que viene del campo, siempre usó un poncho tradicional. Por lo general, el poncho de lana es para el invierno. Igual la gente usaba mucho, me acuerdo, una tela más fresquita para días de calor”.

En promedio, el tiempo que insume un poncho se calcula de diez a 15 días, entre el proceso de clasificar la lana, cardar manualmente, pasar a la rueca y hacer el hilo, ahí recién se lava la lana, se deja secar, la urde el telar, se hace el trabajo de tramado y después, cuando sacan la tela, tienen que cortar el borde del cuello, con un molde, ya que ahí el armado es con máquina de coser. Finalmente, la costumbre es darle un nuevo, para asentar la prenda.

En este emprendimiento se dividen los pasos de cada poncho, para que la ganancia de cada venta pueda también compartirse equitativamente. Para el comprador en busca de ropa suave, de lana abrigada y acogedora, vale considerar los siguientes datos: “Si una oveja está bien, si estuvo todo el año sana, sin complicaciones, sale una buena lana. Ahí será asunto del tejedor estudiar bien la majada para tener una buena lana en la época de esquila”, dice Olivera. “Aprendimos que, si la mecha es larga, la vas a tironear y sale bien firme, es buena”. Tras clasificar una bolsa de lana de 100 kg quedan unos 50 kg aprovechables. “Por lo general se usa la parte del lomo, no la parte de abajo ni las patas, porque agarran la orina, que va a descarte. Lo que estudiamos el año pasado con un proyecto es que podés hacer un abono natural. Tiene un proceso. Pero si una oveja te da un vellón de 3 kg, lo que vamos a usar sería 1 kg y poco de lana”.

Foto: Juan Martínez

Foto: Juan Martínez

Tratan de que los diseños, en cuanto a ponchos, se mantengan simples, sin bordados o firuletes (que sí admiten en ruanas), más que alguna raya a un costado.

Hacen ponchos para diferentes edades y complexiones, y comentan que los montevideanos a los que se les antoja un poncho generalmente lo piden más corto para adoptarlo en la ciudad. “En general, el gaucho usaba el poncho por abajo de la rodilla, para que lo cubriera del frío cuando subiera a caballo. Pero los de la ciudad nos piden más sobre las caderas, porque no es necesario andar con algo tan largo”. La paleta sigue siendo baja y, si acaso tiñen las prendas, utilizan tintes naturales, como cáscara de cebolla o raíces, ya que el Valle del Lunarejo es un área protegida. La oveja, recalca Olivera, está alimentada a pasto, “es todo natural”.

Un poncho puede costar entre 1.500 y 9.500 pesos. Para conservarlos, “la lana tiene su vida propia, es real, la guardás y queda bien sana, no se va a estragar, y cada tanto la sacás al sol, le das un sacudón para tomar aire, y vas a notar cómo se renueva”.

Para la cabeza del caballero

La Fábrica Nacional Sombreros continúa en actividad desde 1912. De allí salen modelos de todo tipo: de pelo, de lana, de paja, distintas fibras para todo tipo de uso. “En los últimos años la producción se ha volcado más al campo, porque la tradición de usar sombreros se mantiene en el campo, porque el hombre del campo te puede usar un sombrero tanto el 30 de junio como el 30 de enero”, grafica Sebastián Dominoni, director de la empresa. “El sombrero bien usado es confortable tanto en invierno como en verano, a pesar de que sea de fieltro de lana, justamente por la característica térmica, no solo protege del sol, sino que tiene un montón de otras cualidades, como proteger de la lluvia”.

Entonces, si bien la fábrica hace tanto sombreros de vestir como de campo, la mayoría de la producción, alrededor del 80%, no se usa en la ciudad.

Como fabricantes al por mayor, proveen a talabarterías y distintos tipos de almacenes rurales. Abarcan un amplio espectro en todo el país, y si alguien necesita un sombrero a medida, ya sea para celebraciones, puestas teatrales o rodajes de comerciales o películas, también se soluciona. “Esas cosas no se encuentran en los comercios, también las hacemos”, asegura el consultado.

Hay que entender que en el rubro de artículos para la cabeza no es fácil cuantificar ni promediar ventas, porque la durabilidad de un sombrero depende de su portador, de su uso y de su cuidado, con una vida útil que puede ir de cinco años hasta varias décadas, ya que nunca falta quien hereda y busca reparar el sombrero de un abuelo. “Si uno lo cuida, si no fue maltratado ni pisado ni te agarró un temporal, el sombrero no se apolilla. Puede durar mucho tiempo. No es un pantalón, que todos los años tenés que comprarte uno nuevo. Incluso a veces también los podemos arreglar, entonces duran más años todavía. Y los modelos se han mantenido desde los comienzos de la fábrica; siguen siendo los tres básicos tradicionales”.

Salvo algunas modificaciones, el sombrero de campo es centenario: de ala ancha y copa baja. “Del panza de burro, que toda la vida se usó, hay fotos de la revolución de 1904, por ejemplo; era el que usaba Aparicio Saravia. En los últimos años, sobre todo en la zona regional, entre Uruguay, Argentina y Rio Grande do Sul, que compartimos la misma cultura gaucha, hay un modelo que es el tradicional campero, pero la copa ahora es un poco más alta. Esas son las variantes que se han hecho, pero básicamente son todos similares”.

Dominoni cuenta que por la fábrica ha pasado gente de todos los colores políticos, incluso algún presidente, sobre todo cuando son fiestas especiales. Por eso mismo, la zafra es este mes, cuando el calendario marca una seguidilla de festivales. “La gente tiende a vestirse bien y el sombrero pasa a ser parte de la vestimenta. Marzo y abril son las épocas de más venta, por los desfiles, por las marchas. El sombrero, sobre todo, se usa para los eventos, no tanto para trabajar; es más fácil trabajar con una boina en una tarea de campo. A veces el sombrero, para hacer determinadas tareas, trabajar en una manga, marcar, resulta incómodo. El sombrero es más para montar, para cabalgar, o para tareas más básicas”.

Para hacerse ver recomienda otros modelos, “de vestir”: “Se está volviendo un poco a usar. Ahora en invierno empezás a ver por el Centro, por 18 de Julio, gente con sombrero. Y obviamente no anda con uno de ala ancha, anda con un australiano, con un tipo Fedora, capaz es más como el sombrero que usaba Gardel”. Además, el que ostenta un sombrero urbano lo moldea a gusto, le da su impronta, observa, lo moja con agua caliente para bajarle el ala, personalizarlo y diferenciarse.

Los precios, como en todo, radican en la calidad del material y de las terminaciones: un panza de burro económico se consigue en el entorno de 3.600 pesos.

Foto: Alessandro Maradei (archivo, marzo de 2024)

Foto: Alessandro Maradei (archivo, marzo de 2024)

El problema que enfrenta esta fábrica ubicada en el Cerrito de la Victoria, igual que otras ramas de la industria textil, es el contrabando que se da, sobre todo, al norte del río Negro: “Nosotros nos vemos afectados porque somos fabricantes de sombreros, pero también se ve afectado el talabartero, se ve afectado el que vende bombachas, y probablemente eso está haciendo perder fuentes laborales”, consigna, ya que en los propios festivales del interior, indica, los precios de los artículos son mucho más competitivos que los productos nacionales.

Bombachas en vidriera

¿Cuántos diseños de prendas y accesorios a la venta en centro comerciales se inspiran en el gaucho? Gustavo Acosta, del departamento de marketing de Pampero, responde: “Hoy el hombre de campo tiene una actividad urbana mucho mayor, por lo que la indumentaria de su preferencia es la que puede darle un uso en diferentes ámbitos. Pero sigue eligiendo la comodidad, la practicidad y la duración, tanto en las prendas como en el calzado. Nuestra marca intenta tener una oferta que pueda contemplar estas necesidades”. La grifa, creada en 1914 en Argentina, principalmente confeccionaba indumentaria de trabajo y alpargatas, una oferta que amplió a la vez que se expandía a otros países de la región, entre ellos Uruguay, donde la licencia está desde 2004 y a partir de 2016 inició una etapa más independiente.

De algún modo se “traduce” un paisaje a prendas que no son necesariamente para ejecutar faenas al aire libre. “Para una marca con más de 100 años, que es pionera en indumentaria de campo y trabajo, robustez, durabilidad y confort, siempre estuvieron de la mano de un gran diseño. Estas características mencionadas siempre fueron los motivos por los que los consumidores nos eligieron.

Llevando esas características a prendas de tono urbano o para diferentes ambientes es como se logran las prendas y el calzado de Pampero”. De acuerdo con esta fuente, el perfil de sus consumidores es muy amplio, desde “mujeres y hombres con trabajos de alta exigencia para la indumentaria hasta personas que eligen usar ropa o calzado versátil, casual, confortable, duradero”. Consultado sobre variaciones que hayan experimentado, señaló que la marca se actualiza para mantenerse vigente, y que la demanda obedece a cambios en estilos de vida, necesidades y la dinámica en la forma de adquirir el producto: “Hoy una persona puede comprar una prenda o un calzado mientras va sobre el caballo recorriendo la estancia, y retirar la encomienda en un box o agencia cuando va al pueblo”.

¿Tienen algún ítem clásico? “Sin lugar a dudas, la prenda más vendida en la historia de la marca es la bombacha de campo. Por eso mucha competencia ha copiado el molde, y por eso en nuestro país, y siendo los titulares de la marca, solo tenemos el 50% del mercado de bombachas Pampero. El resto lo tiene el contrabando de nuestra propia marca que ingresa al país. Con esto verán cuán vendida y conveniente de comercializar es esta prenda”.