Hacía casi una década que Fermín Hontou, Ombú, venía publicando en Brecha trabajos de alto nivel. Sin embargo, algo no terminaba de acomodarse: cada tanto reaparecía la idea de que los elementos gráficos del semanario debían ilustrar o reforzar lo que planteaban los textos, y con ella cierto malestar cuando Fermín no actuaba como un disciplinado auxiliar de los redactores. Finalmente, dimos con una solución conceptual: sus dibujos eran equivalentes a notas de opinión firmadas; por lo tanto, como en el caso de cualquier otro columnista, podíamos intercambiar ideas, pero nadie tenía mando en su cabeza. Así nació el espacio Hojo de Ombú.

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Él ya tenía claro lo que nosotros llegamos a ver en aquel momento, porque conocía y comprendía las ricas tradiciones rioplatense y mexicana de la caricatura política, que no es caricatura de políticos sino enfoque politizado del oficio. Y sabía bien en qué consiste la independencia, porque en México había trabajado nada menos que con Carlos Quijano, para Cuadernos de Marcha.

Hay que incluir datos biográficos: Fermín Hontou nació en Montevideo en 1956, pero vivió de niño en Melo. Descubrió el retrato en los dibujos de su madre, y la caricatura en los del argentino Florencio Molina Campos para los almanaques de Alpargatas. Estudió en la Facultad de Arquitectura y con docentes vinculados a la impronta de Joaquín Torres García. Trabajó en agencias de publicidad y da clases. Ha publicado en El Dedo, Jaque y El País Cultural, entre otros medios uruguayos, y en varios otros de América Latina y Europa. Busquen con Google.

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Con su obra como caricaturista bastaría para que le debiéramos demasiado, pero se destaca en un territorio más amplio, entre otras cosas porque posee lo que solía llamarse una sólida cultura general. Sabe cuándo y cómo conviene agregar textos, sin despreciar la posibilidad de que una palabra valga por mil imágenes; no es menos diestro con los colores que con los trazos; se interesa en ambientes y personajes mucho más allá de las celebridades, y ha incursionado con brillo en una expresión sensual poco común entre sus colegas. Claro que es, ante todo, un maestro de la caricatura.

Lo que hace Ombú no es mera exageración graciosa de rasgos físicos, sino indagación y exposición, a menudo moral, de características, significados e intenciones. No sólo descubre y reproduce la singularidad de un rostro; en ella muestra también una personalidad singular. Y así como hubo quienes temían a los fotógrafos porque creían que al retratarlos les robaban el alma, hay quienes temen que los caricaturistas los develen.

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Fermín no inventa situaciones absurdas: señala su existencia. Incluso cuando parece engolosinado con el nonsense al explorar innumerables funciones del esqueleto de Vaimaca, alegoría ubicua. Y como no sólo es un observador inteligente y sensible, sino también un artista muy talentoso, nos regala logros estéticos que son también revelaciones. Así nos permite renovar la esperanza de que “bello”, “verdadero” y “bueno” sean sinónimos.

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