En noviembre de 2020 leí la versión previa de un artículo científico que en breve se publicaría en la revista Science of the Total Environment. Titulado “Factores relevantes en la eutrofización del río Uruguay y el río Negro”, estaba firmado por Andrés Beretta, de la Dirección General de Recursos Naturales del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, y Leonidas Carrasco, del Programa de Producción y Sustentabilidad Ambiental del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA).

Ya en los puntos que Beretta y Carrasco decidieron destacar se hacían afirmaciones llamativas sobre las floraciones de cianobacterias. Por un lado, escribían que “fueron promovidas por el cambio climático” y que los niveles de clorofila a, una forma de medir las floraciones, “aumentaron por la temperatura, la conductividad eléctrica y el pH de los ríos”. Este punto es muy relevante: establecen lo que en ciencia se denomina una “relación causal”. Según su artículo, las floraciones en nuestro país son desencadenadas por aumentos de la temperatura, la acidez o la alcalinidad del agua (el pH) y su conductividad.

“La reducción de las emisiones agrícolas de fósforo a los ríos no evita los altos niveles de clorofila a”, sostienen en su artículo, ya que, para ellos, el exceso de nutrientes en los ríos no es de origen antrópico, pese a que la literatura científica ha señalado ampliamente que tanto el fósforo como el nitrógeno provienen en gran medida de la actividad agrícola y ganadera, a través de fuentes difusas, y de las aguas servidas y los efluentes de los centros urbanos y las industrias, como fuentes puntuales. Luego van aún más lejos: “La sustitución de la agricultura por praderas naturales no evita la floración de algas”. En buen romance, sus hallazgos son un cheque en blanco para seguir aportando nutrientes provenientes de la agricultura a nuestros cursos de agua. Si se fue el balde, que se vaya la cadena, parecen decir estos investigadores del MGAP y el INIA.

Como decía el científico y divulgador Carl Sagan, afirmaciones extraordinarias exigen evidencia extraordinaria. Y en esto de las floraciones de cianobacterias Uruguay no es un caso único: el fenómeno se estudia desde hace décadas en casi todo el mundo. La relación causal entre el pH del agua y la conductividad no ha sido reportada antes, por más que hay ríos de artículos científicos al respecto. Sostener esta relación requeriría evidencia fuera de serie. El trabajo de Beretta y Carrasco, en cambio, utiliza la base de datos abiertos sobre cursos de agua del Observatorio Ambiental Nacional, ahora del Ministerio de Ambiente, que ya ha sido utilizada por decenas de investigadores locales.

Para uno, que es apenas un divulgador científico, leer en su artículo que “los resultados mostraron que los principales factores que impulsan las concentraciones de clorofila a (es decir, las algas) no están directamente relacionados con la agricultura y el uso de la tierra” es, cuando menos, desconcertante: va a contramano de la literatura científica generada en Uruguay y en el resto del plantea a la que uno ha tenido acceso en años. Aun así, no podemos descartar de plano lo que sostienen. Dudar, en cambio, está en la base de la cultura científica.

¿Qué hacer cuando la ciencia no cierra?

Sorprendido por las afirmaciones del trabajo, decidí consultar a referentes sobre floraciones de cianobacterias y calidad de agua, muchos del campo de la limnología, disciplina que estudia los ecosistemas acuáticos dentro de los continentes. Me enteré así de que investigadoras e investigadores habían iniciado contactos con la revista Science of the Total Environment para que el artículo se revisara y se pospusiera su publicación.

La revista internacional decidió seguir adelante y publicar el artículo de Beretta y Carrasco como venía, tanto en digital, ese mismo 2020, como en el volumen 761, del 20 de marzo de 2021. Y les propuso a los investigadores que estaban en desacuerdo con sus resultados y conclusiones que, si querían, escribieran un artículo de réplica. Y eso hicieron.

Quienes leen esta sección habrán notado que me apasiona la ciencia. Una de las razones por las que esta particular forma de buscar conocimiento me atrae es que tiene formas claras de revisarse y corregirse. Poco debiera importar el prestigio de los autores de un paper, su formación o procedencia: si su evidencia es sólida y su análisis es robusto, sus afirmaciones se mantendrán, por lo menos hasta que llegue más y mejor evidencia. La ciencia se juzga a sí misma, lo que no quita que el resto de la sociedad no debamos juzgarla también en muchos otros aspectos.

Por más que el artículo de Beretta y Carrasco me contrariara, decidí esperar la respuesta de los otros investigadores, dejando que la ciencia discutiera consigo misma antes de comunicar los resultados a las lectoras y los lectores de la diaria. De la misma forma, por ejemplo, dejamos que el debate sobre la efectividad de la ivermectina o la hidroxicloroquina para combatir la covid-19 se llevara a cabo en los ámbitos propios de la ciencia. Parafraseando a Sagan, afirmaciones extraordinarias –y sospechosas– requieren respuestas extraordinarias. Y vaya si esta respuesta fue extraordinaria.

La réplica al artículo de Beretta y Carrasco no tiene precedentes en la ciencia del siglo XXI de nuestro país. Está firmada por 53 investigadores e investigadoras de 18 instituciones. Entre ellas se encuentran la Unidad de Bioestadística de la Facultad de Veterinaria, el Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales de la Facultad de Ciencias, el Polo de Ecología Fluvial del Centro Universitario Litoral Norte sede Paysandú, la Unidad de Modelización, la Unidad de Análisis de Recursos Naturales, el Departamento de Ecología y Gestión Ambiental y la Unidad de Ecología Funcional de Sistemas Acuáticos del Centro Universitario Regional del Este (CURE), todas de la Universidad de la República (Udelar), pero también de OSE, de la Dirección Nacional de Calidad y Evaluación Ambiental del Ministerio de Ambiente, del Departamento de Microbiología del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable y de universidades extranjeras.

Que un artículo científico en respuesta a otro sea escrito por más de media centena de investigadores no es potente por la lógica de los números –o patoterismo: ¡son 53 contra dos!–, sino porque implica una movilización generalizada motivada por lo incomprensible de que la revista Science of the Total Environment no haya visto los errores de Beretta y Carrasco notorios para cualquier científico que trabaje en la limnología.

Pasó un año y una semana desde la publicación del artículo con afirmaciones extrañas. La respuesta se publica recién ahora. El ejemplo tal vez sirva para reflexionar también en estos tiempos de pandemia, en que se pretenden debates públicos para dar a conocer las “dos campanas” sobre diversos tópicos. Así no se resuelven las disputas científicas (tal vez sí las que tienen que ver con qué hacer a partir de la evidencia que nos da la ciencia, pero esa es otra historia). Con la respuesta al artículo de Beretta y Carrasco queda claro que no hay dos campanas. Hay una que no suena. Tiene “errores”, “omisiones” en el uso y el análisis de datos, un “concepto erróneo sobre causas y efectos”, por lo que, dice el artículo en respuesta, “se invalidan las conclusiones” del artículo, que son peligrosas por “el riesgo de un manejo inadecuado de la eutrofización”.

Una respuesta masiva y concisa

Los puntos destacados en la respuesta son elocuentes. En ellos se señala que al revisar la base de datos con la que trabajaron Beretta y Carrasco, los investigadores detectaron “un análisis y una selección de sitios arbitrarios” y un “mal manejo” que lleva a “conclusiones forzadas”. Por otro lado, comunican que “el aumento del pH es una consecuencia (no una causa) de la productividad de las microalgas”.

Ya en el resumen los principales argumentos se dejan ver: “Aquí identificamos fallas graves, debido a una manipulación de datos errática e inexacta”, sostienen. “El estudio no definió cómo se trataron los valores erróneos del conjunto de datos original, cómo se introdujeron numéricamente las variables por debajo del límite de detección, la falta de variables obligatorias para los estudios de ríos como el caudal y la lluvia, la eliminación arbitraria de valores de pH mayores a 7,5 (que no fueron valores atípicos) y, finalmente, cómo se incluyeron los valores extremos de otras variables ambientales”, detallan los autores del artículo, disparando con artillería científicamente pesada.

Pero dicen más: “Identificamos errores conceptuales y de procedimiento, como la construcción/evaluación sesgada de la capacidad de predicción del modelo”. Por si fuera poco, resaltan que, “además de estas consideraciones metodológicas, el artículo muestra malas interpretaciones de la correlación estadística de causa y efecto, que descuidan el conocimiento limnológico básico de la ecología de las floraciones de algas nocivas y la investigación internacional sobre los efectos del uso de la tierra en la calidad del agua dulce”. Sobre esto los investigadores agregan que “el argumento de que el pH es una variable predictora de las floraciones de algas nocivas ignora los abrumadores paradigmas básicos de los flujos de carbono y el cambio de pH debido a la productividad primaria”.

Andrea Somma e Ignacio Alcántara.

Andrea Somma e Ignacio Alcántara.

Foto: Alessandro Maradei

El artículo se explaya sobre este punto más adelante y señala que la afirmación de Beretta y Carrasco de que “los cambios en la temperatura y la conductividad eléctrica promueven la eutrofización”, asumiendo que “la eutrofización acuática observada es impulsada por la temperatura, la conductividad eléctrica y el pH”, es inadecuado. “Una revisión de los libros de texto limnológicos de pregrado rápidamente mostraría lo contrario”, advierten.

“El aspecto más importante que se debe enfatizar es que el artículo de Beretta y Carrasco de 2021 ignora aspectos fundamentales del funcionamiento de los sistemas acuáticos continentales y una cantidad cada vez mayor de evidencia empírica que indica conclusiones opuestas”, sostienen, y agregan que en el artículo se “mezcló información de embalses y ríos, confundió variables de respuesta con variables explicativas y basó todas las conclusiones en un modelo que no ha sido revisado por pares, que ignora las relaciones fundamentales entre la química del agua y el uso de la tierra”.

Contundente, basándose en el concepto de reproducibilidad, tan importante en la ciencia y sobre el que ya volveremos, argumentan que “la manipulación de datos y una selección arbitraria de sitios y variables explicativas para el entrenamiento y la prueba del modelo llevaron a conclusiones erróneas”. “Como resultado, el artículo introduce la noción de que la formación de floraciones algales nocivas no está relacionada con el uso agrícola del suelo y el tiempo de residencia del agua”, lo que “genera un gran riesgo para el manejo de los cuerpos de agua superficiales”, ya que “promueve un concepto erróneo de las prácticas de gestión ambiental sostenible del uso de la tierra, con consecuencias potencialmente muy graves para el presente y el futuro de la calidad del agua y la biodiversidad”.

Para hablar sobre esta respuesta sin precedentes en la ciencia de Uruguay conversamos con sus dos primeros autores, Ignacio Alcántara, de la Unidad de Bioestadística de la Facultad de Veterinaria de la Udelar, y Andrea Somma, del Polo de Ecología Fluvial del Centro Universitario Litoral Norte de Paysandú y del Área Tratamiento de OSE de Aguas Corrientes.

El origen de la réplica

“En noviembre de 2020 empieza a circular una versión en preprint del artículo que iba a salir publicado en la revista”, recuerda Alcántara. “Lo que te pasó a vos al leer el artículo nos pasó a todos, sobre todo al ver las conclusiones. ¿Cómo en una revista tan prestigiosa se decía algo tan contrario a lo que plantea toda la evidencia mundial y, sobre todo, los trabajos de Uruguay?”, dice Somma.

“Un colectivo de 40 personas le escribió al editor de la revista alertando que toda nuestra evidencia investigando en el país, así como evidencia internacional, iba por un lado distinto al planteado por estos autores”, rebobina Alcántara. “El editor nos respondió que iba a auditar la revisión del artículo y que siempre éramos libres de escribir una repuesta”. Como investigadores, entonces usaron esa libertad.

Los uruguayos podemos ser excepcionales en muchas cosas, pero la idea de que aquí las cianobacterias se comportan distinto que en otros lados es demasiado. Si Beretta y Carrasco están en lo cierto, la ciencia mundial tendría que cambiar lo que conocemos sobre las cianobacterias e incorporar el pH y la conductividad a los ingredientes de la tormenta perfecta que desata las floraciones masivas.

“Llamó mucho la atención la confusión entre causa y consecuencia. La evidencia lo que plantea es que el aumento del pH es una consecuencia de las floraciones”, argumenta Somma. Alcántara se pliega: “Con las floraciones aumenta la fotosíntesis, lo que hace que se empiece a consumir el dióxido de carbono disponible en el agua, y eso es lo que modifica el balance de iones y cationes y cambia el pH. Obviamente, entonces hay una correlación entre ambas cosas, y cuando hay floraciones el pH cambia. Como dice el artículo, ese es el paradigma de un libro de texto básico de limnología”.

“Al ver que en el grupo estaban todos nuestros docentes y referentes, nos preguntamos qué podíamos hacer nosotros dos. No nos íbamos a poner a escribir sobre la ecología y la fisiología de las cianobacterias, ¡en el grupo estaban todos los que nos enseñaron lo que sabemos!”, confiesa Somma. “Ignacio propuso entonces intentar reproducir el análisis del artículo, algo que le es natural, porque trabaja con estadística y le interesa la reproducibilidad en la ciencia”, agrega. Para ello el artículo de Beretta y Carrasco tenía una ventaja grande, ya que se basó en datos que son públicos. “Si los datos fueran de ellos, no podríamos haber hecho esto de replicar su análisis”, sostiene.

Su trabajo entonces fue la tarea engorrosa de buscar cada uno de los datos que utilizaron Beretta y Carrasco en la base de datos pública, entender los criterios de selección e intentar hacer el mismo análisis para ver si obtenían los mismos resultados. “Cuando uno lee un artículo y las conclusiones son controversiales respecto del paradigma, al menos yo, que entiendo que la ciencia es un método, lo primero que voy a hacer es ver cómo hicieron para llegar a eso”, se justifica Alcántara, que desliza que al lado de otros grandes de la limnología él y Somma son “minions”: “Yo tengo un grado 1 en Veterinaria y Andrea un grado 0”. Sin embargo, a la ciencia no le importan –o no debieran importarle– ni grados ni títulos, y el artículo que se pusieron al hombro es tan completo como elegante en consagrar la irreproducibilidad del artículo de Beretta y Carrasco.

La reproducibilidad

“Nos propusimos descargar los datos que ellos usaron uno por uno y tratar de reproducir cada uno de los gráficos del trabajo, pero no nos daban. Intentamos seguir la metodología plantada por ellos al pie de la letra. Cuando intentamos aplicar el criterio de outliers que ellos utilizaron de niveles de clorofila, a ellos se les restaban cinco mediciones y a nosotros cuatro. Ahí ya arrancamos mal”, confiesa Somma. Los outliers son valores de los datos de la base que son extremadamente bajos o altos, por lo que en determinadas ocasiones se eliminan del análisis, por ejemplo, para quitar eventos inusuales, errores de medición u otras cosas. “El criterio para dejar fuera los valores extremos depende mucho de cada disciplina. Si estás trabajando con floraciones, justamente los valores extremos de clorofila son relevantes para el fenómeno a analizar, ya que son las floraciones. Eliminar los outliers de clorofila es raro en este tipo de trabajo. Si bien hay distintos criterios estadísticos, hay criterios básicos de la disciplina que tienen que estar por encima de los estadísticos; es como trabajar con olas de calor y eliminar los datos de los días más cálidos”, ejemplifica Alcántara. “Esto fue un poco parecido y nos comenzó a generar dudas. ¿Por qué dejar de lado los valores altos de clorofila si uno quiere estudiar las floraciones, que son condiciones extremas?”.

El tema de los outliers no se agota allí. “Ese criterio no fue similar para otras variables, no se aplicó ni para la temperatura, ni para el pH, ni para la conductividad, entonces uno se pregunta cuándo sí y cuándo no dejar los valores extremos fuera. Su metodología no era clara o transparente. Esas pequeñas cositas son las que empiezan a hacer que la reproducibilidad falle”, suma Alcántara.

“La reproducibilidad de un artículo científico se define como un trabajo susceptible de ser revisitado y recreado de forma independiente, utilizando los mismos datos y análisis publicados por los autores originales”, comunican los 53 autores en su réplica. Como vimos, al tratar de hacer eso, se encontraron varias diferencias. El paradigma contra el que iba el artículo de Beretta y Carrasco no estaba desafiado; lo que había sucedido, entonces, era que pasó algo en el manejo de los datos y su análisis que llevó a esas conclusiones a contracorriente.

“Se trata de errores u omisiones”, explica Alcántara. “Yo quiero creer que la gente actúa de buena fe, pero buena fe implica ser transparente con lo que uno hace, porque ese es el principio básico de la ciencia. Tiene que poder ser reproducido por otros colegas. Es verdad que uno no anda haciendo la reproducibilidad a cada artículo que sale, pero cuando sale uno que tiene conclusiones fuertes, controversiales y que contradicen al paradigma actual, y encima tiene consecuencias para el manejo de los recursos acuáticos del país, es cuando no queda más remedio que recorrer este camino”, agrega.

“Más allá de que el artículo fuera o no reproducible, que no lo es, si usando los datos todo diera como les dio a ellos, al confundir una causa con una consecuencia o la correlación con la causalidad, mezclar en un modelo ríos con embalses y que luego ese modelo se valide sólo con un río o discutir los resultados indistintamente con literatura que es de embalses y lagos con la de ríos es que se arma un ruido aún mayor”, agrega Alcántara. “Por ejemplo, utilizan un índice de eutrofización desarrollado para lagos y embalses por la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económicos, la OCDE, y lo utilizan en ríos”, apunta Somma.

“Si los resultados a los que hubieran llegado estuviesen bien, aun así hay una instancia de interpretación de esos resultados que también es parte de la ciencia. Para ello uno tiene un montón de bibliografía arriba, ya leída, que permite interpretar mejor o peor. Alguien que sabe de calidad de agua no va a usar índices de lagos y embalses para estudiar ríos. Es básico. O confundir una variable de respuesta con una variable explicativa; es algo que te lo da la disciplina”, amplía Somma.

Para el paradigma dominante, los factores que explican las floraciones de cianobacterias y otros organismos acuáticos son la temperatura, algo que también Beretta y Carrasco señalan, pero además el tiempo de residencia del agua en los embalses y, lógicamente, la disponibilidad de nutrientes para que esos bichitos tengan recursos y se propaguen desaforadamente.

Embalse de Salto Grande. (archivo)

Embalse de Salto Grande. (archivo)

Foto: Susana Deus

Ni bien ni mal

“Los artículos científicos no están ni bien ni mal, lo que se puede hacer es reproducirlos o no. El trabajo de Beretta y Carrasco no es reproducible, esa sería la conclusión”, resume Alcántara.

Errores, omisiones, sesgos, falta de conocimiento de la disciplina. Eso es lo que sostiene la respuesta científica publicada y en esos términos se expresan Alcántara y Somma. Sin embargo, quien sigue el tema no puede pasar por alto algunos antecedentes.

Por ejemplo, en una nota de mayo de 2019 para este medio, Beretta sostenía lo siguiente: “No me animo a decir que el fósforo sea un factor desencadenante de las floraciones, porque las cianobacterias necesitan tan poco fósforo que parece que siempre hay cantidad suficiente para ellas”. Agregaba: “No es sólo el fósforo y el nitrógeno de los fertilizantes lo que desata los bloom de cianobacterias”. Publicar es someterse al escrutinio de los pares de la ciencia. Y a Beretta le sucedió ya en aquel entonces: varios colegas contestaron a sus declaraciones en este mismo medio.

Esta obstinación de Beretta por eliminar el aporte de nutrientes de las actividades agropecuarias de los factores que llevan a las floraciones de cianobacterias puede resultar chocante. Pero si está en lo cierto y la evidencia lo acompaña, habría que aceptarla. Sin embargo, como demuestra la réplica ahora publicada, los datos, la evidencia, su análisis e interpretación no respaldan tales afirmaciones. Y entonces se pueden hacer otras valoraciones.

Cuando en ciencia un investigador manipula los datos para confirmar una idea previa, cuando elige aquellos que más le sirven y desecha los que no está al borde de una de las tantas formas de fraude científico. En teoría, en esa ciencia inmaculada que tal vez no exista más que como un deber ser las hipótesis deben ser puestas a prueba por la evidencia. Si aun bombardeada por las pruebas la hipótesis se mantiene, alguna virtud tiene. Por el contrario, manipular los datos y elegir los más favorecedores es y será siempre mala praxis científica. Aunque los 53 investigadores no lo digan, a uno le queda la impresión de que el paper linda con el fraude.

“A los autores del trabajo no los conozco, pero otras personas que están en el artículo sí han contado experiencias en las que han venido con planteos de ese tipo, por ejemplo, para establecer legislación sobre el fósforo en cursos de agua”, expresa Alcántara. “Este artículo parecería que les calza bien para poder seguir con el discurso con el que están intentando moverse en el ambiente de la gestión”.

Es claro entonces que no hay dos investigaciones con igual rigor científico que muestran resultados opuestos: aquí hay 53 investigadores que analizan cómo otros dos hicieron un trabajo y encuentran errores que invalidan sus conclusiones. “El artículo no es reproducible”, resume Alcántara. Y entonces lo que no es reproducible tampoco son las conclusiones de Beretta y Carrasco sobre la incidencia de la agricultura y sus nutrientes en las floraciones.

“Nosotros llegamos a reproducir 15% de su trabajo y ahí encontramos errores y omisiones. Pero arriba de eso ellos colocan una red neuronal, y encima de esa red neuronal utilizan datos de un modelo que está únicamente publicado en un póster, sin revisar por pares. Con todo eso hacen predicciones”, dice Alcántara entre asombrado y contrariado. “Como resultado concluyen que volver todo el campo de Uruguay a pradera natural no modificaría la concentración de nutrientes en el agua, bue...”, dice, a falta de palabras para adjetivar tal proceder.

Peligrosos

“Decir que volver todo el campo a pradera natural no tiene efecto sobre los nutrientes en el agua avala el uso excesivo de la tierra que tenemos hoy en día. Es como que tuvieran la evidencia para justificar el uso actual del suelo. No sé si es intencional, pero eso de alguna forma está en su trabajo”, reflexiona Somma.

El artículo de Beretta y Carrasco permite ser irresponsables y no actuar sobre las causas de la eutrofización de los ríos de Uruguay invocando un artículo científico. Es como que fuera un anti-GACH: en lugar de usar la ciencia y la evidencia para pensar medidas, creamos ciencia errada para que todo siga como se viene haciendo hasta ahora. “Es como tener un sello de ‘avalado por la ciencia’ para seguir con prácticas que ya se sabe que son perjudiciales”, concuerda Somma. “Es construir posverdad con base en evidencia que no es sólida”, suspira Alcántara.

La ciencia corrige a la ciencia. Resta ahora saber qué harán Beretta y Carrasco y si la revista Science of the Total Environment retractará el artículo original y les apretará las clavijas a sus revisores. Eso es futuro. En el presente no tiene ningún sustento científico decir que “la reducción de las emisiones agrícolas de fósforo a los ríos no evita los altos niveles de clorofila a” ni que las floraciones “aumentaron por la temperatura, la conductividad eléctrica y el pH de los ríos”. Mucho menos podrá decirse que “los principales factores que impulsan las concentraciones de clorofila a (es decir, las algas) no están directamente relacionados con la agricultura”. Los cursos de agua del país ya están comprometidos. Necesitamos más y mejor ciencia para cambiar esta situación. Estas 53 investigadoras e investigadores nos han dado una gran mano.

Artículo: “A reply to ‘Relevant factors in the eutrophication of the Uruguay River and the Río Negro’”
Publicación: Science of The Total Environment (en línea, 23 de noviembre de 2021)
Autores: Ignacio Alcántara, Andrea Somma, Guillermo Chalar, Amelia Fabre, Ángel Segura, Marcel Achkar, Rafael Arocena, Luis Aubriot, Claudia Baladán, Margenny Barrios, Sylvia Bonilla, Maite Burwood, Danilo Luis Calliari, Clementina Calvo, Leandro Capurro, Carmela Carballo, Carlos Céspedes-Payret, Daniel Conde, Natalie Corrales, Bruno Cremella, Carolina Crisci, Julieta Cuevas, Sol de Giacomi, Lizet de León, Lucia Delbene, Ismael Díaz Virginia Fleitas, Iván González-Bergonzoni, Lucía González-Madina, Mauricio González-Piana, Guillermo Goyenola, Ofelia Gutiérrez, Signe Haakonsson, Carlos Iglesias, Carla Kruk, Gissell Lacerot, José Langone, Facundo Lepillanca, Christine Lucas, Fátima Martigani, Gabriela Martínez de la Escalera, Mariana Meerhoff, Lucía Nogueira, Hernán Olano, Juan Pablo Pacheco, Daniel Panario, Claudia Piccini, Federico Quintans, Franco Texeira de Mello, Liliana Terradas, Giancarlo Tesitore, Leticia Vidal, Felipe García Rodríguez.

Artículo: “Relevant factors in the eutrophication of the Uruguay River and the Río Negro”
Publicación: Science of the Total Environment (en línea, 14 de noviembre de 2020)
Autores: Andrés Beretta, Leonidas Carrasco

De aquí en más

“A partir de todo esto nace la idea de crear la Asociación Uruguaya de Limnología. El paper de Beretta y Carrasco fue un catalizador para generar esa asociación”, dice Somma. “Ahora con la covid-19 es muy evidente la existencia de este tipo de asociaciones. La asociación de limnólogos no existe, y en realidad es un tema que está en debate. La calidad del agua tiene consecuencias graves para el país, nuclearse para aportar en esa discusión es necesario”, agrega.

Les pregunto qué esperarían de este artículo. “Más allá de las consecuencias inmediatas que pueda haber en el medio local y en los ámbitos de gestión, con que se abra el debate y se comprenda que lo que dicen algunos no es correcto ya es un logro suficiente”, responde Alcántara. “Pero al mismo tiempo este artículo nuestro muestra un cambio cultural, de apertura de la ciencia, sobre cómo tienen que ser las prácticas científicas. Esto sienta un precedente de que la comunidad científica no va a tolerar que se diga cualquier cosa de cualquier manera. Aquí escribimos un artículo, revisamos el trabajo antes publicado, y en un repositorio web dejamos todos los datos y procedimientos que empleamos. Todo nuestro trabajo es descargable, auditable y compartible. Esto se circunscribe en un movimiento de ciencia abierta y colaborativa, porque es la forma en que la ciencia tiene que avanzar en el mundo”, agrega.