Retrocedamos 189 años en el tiempo y subamos a bordo de uno de los barcos más famosos de la historia, que surca aguas cercanas a Uruguay. El protagonista es, cuándo no, Charles Darwin, un joven naturalista de curiosidad tan potente que hoy en día cualquier historia de fauna en la región parece llevarnos hasta él.

Mientras viajaba en el Beagle, a unos 100 kilómetros de la costa argentina, Darwin observó un fenómeno que le pareció inexplicable: los mástiles del barco estaban totalmente cubiertos por telarañas realizadas por polizontes recién llegados. “Capturé algunas de las arañas aeronautas, que tienen que haber recorrido al menos 60 millas”, escribió el 31 de octubre de 1832. Darwin se preguntaba intrigado qué causa había llevado a estos animales a emprender tamaña excursión aérea, además de especular sobre la forma en que lo habían logrado.

Avancemos ahora en el tiempo (ya volveremos con Darwin), prácticamente hasta llegar al presente. Estamos en 2015, en Vergara (Treinta y Tres), en un momento de inundaciones en el departamento. A los costados de la ruta 19, cerca del Arroyo de las Islas, se extiende un larguísimo manto blanco, como el velo abandonado de un gigantesco vestido de novia. El fenómeno es el tema central de conversación en Vergara y atrae la atención de medios de todo el país (y del exterior), que en los días siguientes le dedican varios titulares. En ellos se habla del misterio de “las babas del diablo” (que son en realidad un fenómeno similar pero a muchísima menor escala), “plaga de millones de arañas”, “sorpresiva invasión de arañas” o “lluvia insólita de arañas”. Todos coinciden en señalar que se trata de un episodio muy extraño y sin antecedentes similares.

Algo parecido ocurre al mismo tiempo pero a 500 kilómetros, en Argentina, en una zona que también se encuentra bajo inundaciones. Los medios, impactados por la cantidad de telas de araña que cubren como nieve el costado de la ruta en Lezama (provincia de Buenos Aires) hablan también de las “babas del diablo”. Allí, curiosamente, las telas y los millones de arañas que las acompañan se encuentran de un solo lado del camino.

¿Qué había ocurrido en ambos países y qué tiene que ver con el episodio observado por Darwin? Un hilo une a ambos misterios separados por más de 180 años, pero para desenredarlo hay que meterse en el concienzudo trabajo de un equipo de investigadores e investigadoras de Argentina y Uruguay, cuyos resultados acaban de publicarse.

Sentido arácnido

Los aracnólogos argentinos y uruguayos recibieron este fenómeno de 2015 como quien se saca la lotería. Más allá de las complicaciones que ocasionaron las inundaciones en la región, para los investigadores se trató de una gran oportunidad de estudio, cuenta Luis Piacentini, de la División Aracnología del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. En Uruguay la reacción no fue distinta. La bióloga Anita Aisenberg, del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE), fue en su auto hasta Vergara junto al fotógrafo y naturalista Marcelo Casacuberta para registrar el fenómeno y tomar muestras en el campo. “Nunca nos había pasado vivir un fenómeno similar y tener esa oportunidad de reportarlo”, explica. En el lugar Anita se encontró, sin haberlo planeado, con el investigador Fernando Pérez Miles, responsable de Entomología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, con quien hizo los muestreos. “Lo movió lo mismo, ese amor por los bichos e intentar descubrir por qué hacen lo que hacen”, dice Aisenberg sobre ese encuentro casual y no tan casual al mismo tiempo.

Tras el entusiasmo de las primeras incursiones de los investigadores a ambos lugares, fue armándose el diseño de un trabajo binacional con el objetivo de redactar el primer reporte detallado de este fenómeno en América del Sur, además de hacer un muestreo extensivo de la diversidad de arañas en estas curiosas redes (y sus alrededores).

En su intento por comprender y explicar bien este fenómeno infrecuente, confirmaron algunas suposiciones, pero también se encontraron con algunas sorpresas, especialmente en el muestreo realizado en el lugar. Y si bien sus resultados los llevaron a identificar principalmente a una gran responsable de este extraño suceso, para comprender exactamente lo que ocurrió tenemos que detenernos en los talentos aeronáuticos arácnidos, que Darwin había observado con curiosidad.

Vuela, vuela

Aunque las arañas no tengan alas, pueden volar en forma muy eficiente. Al menos un buen número de ellas, pese a que no todas tienen la misma habilidad para surcar los cielos. Para lograrlo, se valen de una técnica en inglés llamada ballooning, que si bien no tiene una traducción satisfactoria podría intentarse denominar globismo o algo que tenga que ver con el andar en globo por los aires. ¿Cómo es eso? Las arañas se trasladan hasta un lugar alto cuando hay algo de viento, se paran en la punta de sus extremidades, elevan el abdomen y lanzan un hilo de seda hasta que se alzan por los aires. Ver este fenómeno de cerca es espectacular. La araña se “para de puntillas” con la gracia de una bailarina, deja que su seda se sacuda al viento y, de un momento al otro, toma vuelo rápidamente, como si estuviera en una pista de despegue.

Este servicio de transporte aéreo fue el que permitió a miles de pequeñas arañas rojas sorprender a Darwin en 1832, aunque había sido descrito por primera vez en una publicación científica cinco años antes. Como el propio naturalista pudo corroborar, las arañas pueden desplazarse de esta forma durante decenas o cientos de kilómetros (y elevarse más de 1.000 metros). Luis Piacentini recuerda que en algunos trabajos hechos en Estados Unidos se recolectaron arañas en avión, un procedimiento bastante más complejo que salir con una linternita de minero a captar los destellos de los ojos arácnidos.

“Hay muchísimo para descubrir al respecto. Es un fenómeno súper fantástico porque permite a las arañas volar, pero no todos los mecanismos están claros”, dice Aisenberg. Esto es estrictamente cierto. Casi 200 años después del primer trabajo científico al respecto y 350 años después de la primera descripción por escrito, se siguen descubriendo cosas al respecto. Un reciente experimento de los investigadores británicos Erica Morley y Daniel Robert, por ejemplo, comprobó que las arañas perciben el campo eléctrico de la tierra para despegar haciendo ballooning.

La seda que lanzan obtiene una carga eléctrica negativa y repele la carga igualmente negativa de las superficies que rodean al animal, generando la fuerza necesaria para que se eleven en el aire. Para comprobarlo, Morley y Robert pusieron arañas dentro de cajas de plástico en las que crearon un campo eléctrico similar al que experimentarían en la naturaleza. Los ejemplares, al percibir el campo eléctrico con sus pelos táctiles (tricobotrias), realizaron los típicos movimientos previos al ballooning (los de bailarina) y algunos llegaron incluso a elevarse en el aire, pese a no contar con la ayuda del viento. Cuando desactivaban el campo eléctrico, las arañas caían.

Aunque la comprobación haya sido reciente, la idea de que las fuerzas electrostáticas atmosféricas tienen algo que ver con este fenómeno, que intriga a los investigadores desde hace siglos, no es nueva. Incluso Darwin, que algo sabía de esto de postular teorías adelantadas a su tiempo, especulaba al respecto en sus diarios de viaje y aludía a la repulsión electrostática postulada por el divulgador John Murray en 1830.

Esta es una estrategia común, explica Piacentini. Si bien tiene sus costos porque salen de “viaje” sin saber dónde van a caer (imaginen tomarse un avión sin saber el destino y terminar en Afganistán), esto “se equilibra con el costo de quedarse en algunas situaciones, donde los pueden depredar otros ejemplares, además de que también es útil para colonizar nuevos ambientes o encontrar nuevos recursos”, agrega. Para volver a la misma metáfora geopolítica moderna, si ustedes estuvieran en Afganistán probablemente tomarían también el primer vuelo sin dudarlo, incluso sin saber el destino.

Además, acota Aisenberg, muchas de estas especies que se desplazan por el aire también son capaces de moverse eficientemente por la superficie del agua, “lo que no es menor, ya que eso les brinda la posibilidad de sobrevivir aunque terminen en lugares con agua”.

Este recurso arácnido no es raro, como dejó en claro Piacentini, pero cuando ocurre en forma hipermasiva y simultánea, es probable que algo extraño haya sucedido, que es justamente lo que une la historia de Darwin con la de Vergara y Lezama.

Araña lobo pronta para despegar.

Araña lobo pronta para despegar.

Foto: Marcelo Casacuberta

Arañas de colección

Cuando Piacentini y Aisenberg llegaron a Lezama y Vergara, respectivamente, el lugar parecía una suerte de Woodstock del ballooning. “Vimos cosas que nunca habíamos visto, como arañas lobo grandes volando a varios metros de altura, por encima de los cables de la luz, lo que normalmente no ocurre en estos grupos. Eran muchísimas arañas juntas pero con la agresividad claramente disminuida, tanto dentro de la misma especie como con otras, lo que es muy raro”, cuenta Aisenberg.

No sólo aquellas masas de telarañas estaban repletas de arácnidos viviendo en paz. Latas, ramas de árboles, carteles de tránsito, todo estaba cubierto por arañas (y también algunos insectos) sin muestras de agresividad. Había una gran cantidad de arañas que intentaban trepar a los puntos más altos para dispersarse mediante el ballooning, y muchísimas que habían muerto intentando escapar de la inundación. Cada vez que intentaban “despegar” sin suerte, las arañas agregaban más seda a aquella masa blanca.

En Lezama, el equipo de Piacentini tomó varias muestras de arañas en el terreno para evaluar la diversidad de especies y la abundancia de individuos. Recolectó ejemplares hallados sobre las telas masivas, luego en un metro cuadrado debajo de estas telas, e hizo lo mismo en un parche de dos metros cuadrados del otro lado de la ruta, donde no había telas. También se trasladó a una zona no inundada y tomó otras dos muestras en extensiones iguales. El equipo también hizo colectas en bañados cercanos con el objetivo de comprobar la diversidad de arañas en la región y ver si las especies coincidían con las de ejemplares recolectados en las muestras obtenidas en las telas (un detalle importante ante las especulaciones de “lluvias de arañas invasoras”). Un año después repitieron los puntos de muestreo, con la zona ya sin inundaciones, para comprobar las diferencias con el evento de 2015.

En Uruguay se hizo un trabajo con la misma metodología, muestreando dos parches de un metro cuadrado de las zonas de telas masivas de las regiones inundadas y otros dos del mismo tamaño en sitios alejados de la inundación.

Los muestreos arrojaron algunos resultados impresionantes. En el metro cuadrado analizado debajo de las telas masivas de arañas en Lezama encontraron 1.007 ejemplares de 30 especies, una pesadilla para un aracnófobo, un paraíso para un aracnófilo como ellos. “Eso fue increíble”, dice Piacentini. En el otro lado de la ruta, sin embargo, había una cantidad de arañas diez veces menor. Y en las zonas más alejadas, el número de individuos hallado en el metro cuadrado analizado ya disminuía mucho (cerca de 60).

En Vergara, donde las telarañas eran menos espesas, el número de ejemplares hallado en la zona inundada fue menor, pero aun así significativo (99 especímenes de 16 especies). Fue interesante descubrir que se encontró una comunidad similar de arañas en Lezama y Vergara, y que las especies que dominaron el evento fueron las mismas.

Usted es la culpable...

En sus observaciones de campo, los investigadores habían observado que la actividad más intensa de ballooning era llevado a cabo por dos especies de arañas lobo: Diapontia uruguayensis y Alopecosa moesta, especialmente la primera. Los resultados del muestreo revelaron que eran justamente las dos especies más abundantes allí, con una abrumadora mayoría de ejemplares inmaduros, lo que no es tan extraño, porque las arañas suelen usar esta táctica de dispersión en su etapa juvenil.

Si bien también ambas predominaban en la muestra a nivel de pasto, la distribución era allí mucho más repartida con otras especies, y más aún en las colectas recogidas un año después, ya sin inundaciones.

Estas dos arañas también fueron las más presentes sobre las redes en Vergara, aunque en el caso uruguayo fue Alopecosa moesta la que se encontró en mayor proporción. “Lo bueno es que las principales sospechosas de este fenómeno son las dos mismas arañas en Argentina y Uruguay”, señala Piacentini. “Las que tienen mayor prevalencia en ballooning subieron a lo más alto para hacerlo y el resto quedó abajo. Es decir, abajo quedó más diversidad y arriba las que prevalecían en esta práctica”, agrega.

En resumen, aquellas telarañas masivas eran producidas por arañas que viven en ambientes ribereños y que escapaban del agua. Toda esa carpeta blanca era producto de las arañas que habían caminado por allí, dejando telas en ese proceso y haciendo ballooning en masa para dispersarse.

En Lezama, es probable que “toda una comunidad de arañas se haya visto desplazada” por la inundación y los vientos hasta quedar acorralada en un terreno de más altura al costado de la ruta (lo que explica que el fenómeno se haya registrado en un solo lado de la calle). Muchas quedaron atrapadas en el pasto, pero otras usaron la elevación como “pista de despegue” para huir del lugar. En Vergara, el proceso fue más parejo a ambos lados de la ruta.

“Es posible que las inundaciones, la densidad de arañas, o ambas cosas, dispararan este comportamiento en estas especies de arañas lobo. Aunque varias especies pueden haber contribuido a hacer estas telas mediante ballooning ocasional, el muestreo indica que la mayoría de las especies de arañas permanecieron en el pasto cerca de nivel del suelo”, indica el trabajo.

La araña con más presencia en las telarañas gigantescas de Lezama, la Diapontia uruguayensis, es muy particular. No por su rareza. Es amarronada con bandas claras, de tamaño medio y muy abundante, a tal punto que una simple linterna de minero basta para encender el brillo de una constelación de puntos verdes –sus ojos– en las orillas de bañados, ríos y arroyos. Es particular porque a diferencia de otras arañas lobo (errantes durante toda la vida que salen a emboscar presas) usa tela para cazar en algunas etapas. Sin embargo, apuntan Aisenberg y Piacentini, no es el tipo de red que dejó en los eventos de Lezama y Vergara. No usaron tela para capturar presas, lo que nos lleva a ahondar en otro de los misterios de este fenómeno.

Give peace a chance

La identidad de las autoras de estas extrañas formaciones parece clara, pero quedan aún preguntas sin responder. Como ya mencionamos, una multitud de arañas convivía pacíficamente en espacios muy pequeños.

“Tenían prácticamente suprimida la agresión. Encontramos latas llenas de bichos, no sólo de arañas, que no se atacaban”, dice Piacentini. Se produjo una suerte de tregua, como si dijeran “zafemos de esta como podamos y luego vemos”, señala el aracnólogo.

Este comportamiento es muy inusual en animales agresivos, solitarios y carnívoros como las arañas. “Hemos visto en otros artrópodos que, ante cambios drásticos en el entorno, son capaces de adoptar cambios fisiológicos y comportamentales para sobrellevar ese momento”, acota Aisenberg. Las arañas son muy flexibles en su comportamiento, pero “que puedan adaptarse así, tener esa flexibilidad para un cambio tal, siendo naturalmente agresivas, abre la puerta a nuevos estudios en el futuro”, afirma la especialista.

Otro aspecto curioso es la escasez de antecedentes de este tipo en la región. Estos son los primeros reportes oficiales de un fenómeno así en Argentina y Uruguay, “lo que es raro, siendo países con una larga tradición aracnológica”, opina Piacentini. La región sufre además inundaciones con frecuencia, pero para encontrar alusiones bibliográficas a eventos similares en Argentina, por ejemplo, hay que retroceder a 1892, año en que el naturalista William Hudson describió una franja blanca de telarañas de más de tres kilómetros de largo y 20 metros de ancho cerca de Buenos Aires. “Las arañas eran tan numerosas que continuamente se amontonaban unas sobre otras en su esfuerzo por elevarse en el aire”, escribió.

El equipo de investigadores revisó los antecedentes de fenómenos similares y halló que ocurren casi siempre en respuesta a inundaciones, aunque no siempre con las mismas arañas como protagonistas. Por arriba de los 50º de latitud en el hemisferio norte, los responsables suelen ser los linífidos, pequeñas arañas que usan comúnmente esta táctica aérea para dispersarse.

No está claro entonces por qué fenómenos como el de Lezama y Vergara son tan raros en la región. Quizá porque para que ocurran no sólo bastan las inundaciones, sino su coincidencia con la abundancia máxima de arañas juveniles en las poblaciones, como han propuesto otros investigadores. O capaz, como apuntan Aisenberg y Piacentini, estos eventos no han sido en realidad tan escasos. “Queda por ver si es real que hay una mayor frecuencia ahora o si tiene que ver con la facilidad que brindan los nuevos medios tecnológicos para registrar estos sucesos”, conjeturan.

Gracias a su trabajo, estamos más preparados para registrar y comprender estos fenómenos en el futuro. Lo que presenciamos en eventos como los de Lezama y Vergara es una exhibición de recursos de una comunidad enorme de arañas, que ante el estrés y la presión de una amenaza ambiental es capaz de adaptar drásticamente su comportamiento y aplicar una táctica que viene deslumbrando e intrigando a estudiosos desde hace cientos de años. Es aún más fantástico que creer que el diablo metió la cola (o las babas).

El vestido de la novia

Las telarañas de Vergara no sólo fueron insumo para un trabajo científico. Haciendo honor a la duradera influencia que los arácnidos vienen ejerciendo en nuestra cultura desde hace milenios, las telas recogidas por Anita Aisenberg y el equipo de investigadores fueron usadas para que la diseñadora Lucía López confeccionara un pequeño vestido de seda de araña, destinado a la protagonista de la novela gráfica Aracne.

Aracne, creada por Antar Kuri y Alfredo Soderguit, sigue las aventuras de un grupo de humanos de siete milímetros de altura que usa los recursos de la naturaleza para sobrevivir (entre ellos tela de arañas de diversas especies).

“Los chiquilines siempre quedan impactados cuando les mostramos que la seda del vestido, que es bien resistente, fue hecha por arañas”, cuenta Aisenberg. Aracne se puede descargar gratuitamente del sitio web de Harto Estudio.

Artículo: “Massive spider web aggregations in South American grasslands after flooding”
Publicación: Ecological Entomology (2021)
Autores: Luis Piacentini, Cristian Grismado, Anita Aisenberg, Carlos Toscano-Gadea, Álvaro Laborda, Miguel Simó, Rodrigo Postiglioni, Luciano Peralta, Dan Proud, Martín Ramírez.