Vos, yo, y el resto, queramos o no, somos creadores de historias. Y no es sólo porque nos gustan. En realidad, necesitamos las historias. Cuando nuestros antepasados comenzaron a reunirse alrededor de fogatas hace aproximadamente 400 mil años, las historias fueron una forma fundamental de transmitir información, de compartir experiencias y aprendizajes, fortalecer lazos y estructuras sociales. Las historias se convirtieron en una herramienta básica para interpretar, explicar, y darle sentido al mundo que les rodeaba.

Así, nuestro cerebro y habilidades cognitivas evolucionaron junto con las historias que nos contamos. No sorprende, por lo tanto, que a nuestro cerebro se le dé muy bien el entender y fabricar narrativas.

En un estudio clásico realizado por los psicólogos Fritz Heider y Marianne Simmel en 1944, se les mostraba a los participantes una animación sencilla: un rectángulo, dos triángulos y un círculo desplazándose por un fondo blanco. Al pedir que describieran lo observado, los relatos se mostraban intrincados melodramas. Historias de amor, de violencia, o de un rescate heroico, dependiendo de quién mirase. Los personajes poseían distintas intenciones, anhelos y personalidades, a pesar de que eran sólo formas geométricas en movimiento. Si tienen curiosidad, busquen “animación de Heider y Simmel” en YouTube y descubran qué tipo de historia les sugiere.

Esta tendencia a construir narrativas es intrínseca a nuestro ser y nuestro cerebro, no podemos evitarlo. La ciencia, como actividad humana que es, no escapa de este proceso. En particular, en las ciencias biológicas, continuamente construimos narrativas sobre los fenómenos que estudiamos y los avances científicos logrados, en especial en ramas de la biología que tratan con universos minúsculos y difíciles de visualizar. Le atribuimos intencionalidad, propósito y direccionalidad a cosas que no podemos estar seguros de que la tengan. Hablamos de lo que las células, genes y proteínas buscan hacer o quieren lograr.

Esto no está mal, es inevitable y necesario para lograr comprender y explicar lo que está ocurriendo. El problema es que las narrativas no dejan de ser historias, y las historias no son neutras. Las narrativas que adquirimos y confeccionamos moldean nuestro pensamiento y cómo nos enfrentamos a un hecho novedoso. En ciencia, esto puede guiar la ciencia que construimos, cómo interpretamos los resultados, y las concepciones sociales de lo que significa o no un descubrimiento o hecho biológico.

Algunas narrativas son obvias, grandes y fáciles de señalar. Otras son pequeñas, recónditas y difíciles de percibir. Este texto busca poner sobre la mesa la necesidad de identificar y reconocer esas narrativas en las ciencias biológicas, y por qué esto es cada vez más importante.

Te cuento un cuento biológico

En Melinda y Melinda, película de 2004 dirigida por Woody Allen, cuatro amigos conversan en un restaurante sobre las desventuras de Melinda Robicheaux, una mujer que está atravesando una etapa complicada, e intenta recomponer su vida. Uno de los amigos narra la historia como un drama, mientras que otro la expresa como una comedia. La película nos muestra lo distintas que pueden llegar a ser las mismas historias, narradas desde diferentes perspectivas.

Nada nuevo, obvio, ya lo sabemos. Pero por alguna razón, no es tan obvio cuando hablamos de hacer y comunicar ciencia. Se supone que tiene un método, un proceso para evaluar y corregirse a sí misma. Cierto, y eventualmente este proceso lima malinterpretaciones y genera cambios en conceptos erróneos. Pero esto no significa que no haya narrativas detrás de estos avances, que en el medio pueden sesgar los caminos que se eligen, y más. En biología, como con Melinda, las cosas dependen del cristal con que se miren.

La forma más eficaz de exponer el poder de las narrativas en biología es verlas en acción. El comunicador científico Philip Ball, al hablar de estos temas, propone un ejemplo un poco extremo, pero por esa razón también muy claro, que es el caso de la formación de la placenta durante la gestación. Este órgano vital se genera por la interacción de dos tejidos diferentes, los trofoblastos del embrión, y la decidua del útero. Dos tejidos genéticamente diferentes que tienen que trabajar juntos; una colaboración íntima entre las células de la madre y su futuro hijo o hija. Esta, por ejemplo, es una narración común, emotiva y antropomorfizada.

Pero también se podría encarar desde el conjunto de células que es el embrión en ese momento, llamado blastocisto, y contar cómo invade el tejido uterino, cómo un organismo coloniza a otro hasta cambiar radicalmente su fisiología y anatomía para su propia supervivencia. De hecho, parte de este proceso implica genes que tienen sus orígenes evolutivos en los virus. Puede sonar un poco duro, pero ambas historias se ajustan al mismo hecho. Ambas son correctas. El hecho biológico es lo que es, neutro; las historias que construimos a su alrededor, ya no tanto.

Es importante remarcar que las narrativas no sólo están presentes a la hora de comunicar novedades sobre la investigación biológica, sino también mientras se investiga, mientras se construye el conocimiento, para lograr entender y pensar sobre los fenómenos o mecanismos involucrados. Me repito: es inevitable, lo necesitamos y es la forma que tenemos de comunicarnos, aprender y avanzar. Pero la mayoría de las veces no identificamos de forma tan clara y consciente la narrativa detrás de un conocimiento biológico. Sin que siquiera nos demos cuenta, esta puede guiar cómo nos relacionamos con ese conocimiento. Y las consecuencias sí pueden ser palpables. Al consumir elementos de comunicación científica, así como al pensar sobre las propias investigaciones, no podemos escapar de las narrativas, pero es importante reconocerlas para… bueno, para tener toda la historia.

Discutible como metáfora en biología

Las metáforas también son una pieza relevante en la construcción de las narrativas científicas. Sin lugar a duda, las metáforas son una herramienta valiosa y eficaz para conceptualizar y comunicar fenómenos científicos complejos y abstractos, y como tales se utilizan muchísimo en la investigación y enseñanza de las ciencias biológicas. Muchas metáforas en biología son tan extendidas e instaladas que ni siquiera las percibimos como tales. Hablamos por ejemplo de la huella de carbono, especies invasoras, cadenas tróficas, el eslabón perdido_, entre muchas otras.

Nos resultan muy útiles y las seguiremos usando, pero no hay que olvidar que las metáforas en este contexto son más que aderezos lingüísticos y reflejan procesos de pensamiento y estructuras conceptuales sobre un fenómeno concreto. Por lo tanto, es importante reconocer sus limitaciones, y su potencial para restringir interpretaciones o inducir errores.

No por nada existen un sinfín de libros y artículos dedicados al uso de metáforas en biología, y una revisión constante de las metáforas más utilizadas. Esto es muy importante porque la metáfora que ayer fue útil, hoy, con un mayor conocimiento del tema, puede ser contraproducente. Por ejemplo, actualmente está en debate si describir el ADN como los -planos genéticos de la célula y los organismos (metáfora que ha guiado la investigación y comunicación en biología molecular por décadas) continúa siendo válida, o habría que abandonarla por una nueva. Hay argumentos tanto a favor como en contra de la metáfora, y aunque hay cada vez más acuerdo en reformularla, el debate todavía no está saldado.

Podríamos preguntarnos a qué se debe tanta preocupación y discusión por el uso de una metáfora. Pero debemos considerar que, al generar conexiones concretas entre conceptos abstractos y experiencias cotidianas, las metáforas en biología se propagan e instalan con mucha rapidez y facilidad, tanto a nivel científico como social. Y además de explicar cosas del mundo, las metáforas que naturalizamos e incorporamos a nuestros esquemas mentales afectan cómo pensamos las cosas de ese mundo, y pueden impactar en las actitudes sociales hacia avances y desarrollos de las ciencias biológicas.

Por ejemplo, las metáforas fueron fundamentales a la hora de explicar y discutir el funcionamiento y alcance de la técnica de edición genética CRISPR (atención a edición genética, otra metáfora). Propuesta en 2012, esta técnica utiliza una proteína bacteriana, Cas9, en conjunto con un ARN sintético que se corresponde con un segmento de ADN de interés. Al interactuar, esta proteína puede eliminar ese segmento de ADN (podemos dejar inactivo un gen, por ejemplo) y podemos brindar también una secuencia particular para que se integre al ADN en el lugar afectado. Es una manera relativamente sencilla de reemplazar una secuencia de ADN por otra, en células vivas.

Una y otra vez se hace referencia a términos como cortar y pegar y tijeras, entre otras similares para describir el proceso. En 2015, un estudio publicado en The American Journal of Bioethics se centró en sistematizar y analizar el rol de las metáforas en moldear el significado emergente de esta nueva tecnología a nivel social. Lo que encontraron fue que las metáforas más utilizadas, dominantes en la comunicación, tendían a enfatizar las nociones de precisión y seguridad, mientras que desatendían el alcance de sus riesgos. Esto tiene el potencial de sesgar la recepción pública, y tiende a facilitar la aceptación de nuevas tecnologías genéticas. No es menor. Luego de este y otros artículos se inició un debate sobre las metáforas de CRISPR que continúa hasta hoy.

Son indispensables y no hay metáforas perfectas, pero esto no significa que no debamos manejarlas con cuidado y atención.

Garrapata de patas negras sobre imagen de secuencia de ADN.
Foto Andrew Nuss, Universidad de Nevada

Garrapata de patas negras sobre imagen de secuencia de ADN. Foto Andrew Nuss, Universidad de Nevada

A la biología no le importa

La biología carga con un prejuicio. Sin ser demasiado quisquillosos, la biología estudia a los seres vivos y su interacción entre ellos y con el ambiente, su origen evolutivo, su diversidad. Se la relaciona muy fácilmente con la naturaleza. Y quizás por ello, muchas veces se le otorga al conocimiento biológico una autoridad que no posee, y me animo a decir (hablando de narrativas), ni le interesa poseer.

Elementos o hechos biológicos muchas veces son considerados lo que es correcto o está bien, se le atribuye carga moral y el camino a seguir, porque es lo natural. Quizás sea por el proceso evolutivo, como una prueba de que si una característica biológica llegó hasta acá, debe ser lo correcto. Habrá sido muy eficiente para ajustarse al ambiente y sobrevivir, pero eso no implica que esté bien o mal, mejor o peor. Sólo tuvo suerte de que funcionara bien en su ambiente para sobrevivir. A la biología no le importa lo que consideramos correcto o incorrecto. A falta de mayor capacidad descriptiva, la biología es lo que es, nosotros le construimos el sentido. Son varios los desastres que se han hecho gracias a las narrativas explicativas de hechos científicos, bajo la autoridad de lo biológico.

Las actitudes hacia hechos biológicos pueden cambiar radicalmente de acuerdo con la narrativa detrás. En la década de 1960, diversos estudios del psicólogo y neurobiólogo Roger Sperry demostraron que algunas regiones de un hemisferio cerebral resultan preponderantes para determinadas funciones, con relación a las regiones del otro hemisferio, lo que se conoce como lateralización cerebral. Sperry ganó un premio Nobel por estos descubrimientos, que fueron el inicio del mito que dice que nuestro cerebro izquierdo es el lógico y el cerebro derecho el artístico, y que nuestras personalidades dependen de cuál es el hemisferio dominante. Un mito que, aunque desacreditado con numerosas evidencias, sigue fuertemente arraigado.

En la época de Sperry, como la articulación del lenguaje y la escritura son funciones en las que el hemisferio izquierdo es el dominante, se lo consideraba el hemisferio superior. Esa narrativa, combinada con el racismo de la época, llevó a hipotetizar que las personas indígenas y afroamericanas tenían un predominio de actividad en el hemisferio derecho, menos desarrollado, seguidos luego por las mujeres blancas un poco más hacia el izquierdo. En los hombres blancos urbanos, civilizados, dominaba el izquierdo, por supuesto. Todos querían ser cerebro-izquierdo-dominante. Hasta que en 1972 el psicólogo Robert Ornstein publicó el libro La psicología de la conciencia y cambió la narrativa.

En este libro de comunicación científica, Ornstein propone que es necesario liberar el poder creativo del lado derecho del cerebro. Así, el hemisferio derecho pasó de ser el hemisferio menor y sin muchas luces, a ser el genio artístico incomprendido, y de repente todo el mundo quiere ser cerebro-derecho-dominante (aunque como dije, eso es un mito).

Mientras tanto, a la biología no le importó ni le importa lo más mínimo qué historias nos construimos sobre lo que significa o no la lateralización cerebral. Eso está fuera de su jurisdicción, no es su problema. No podrían interesarle menos las máximas fijas y generales que insistimos en instalar al observarla. Le generan tan poca impresión nuestras historias, que continuamente descubrimos variaciones y diversidad (algo muy propio de la biología) que hace difícil el encasillamiento. Por ejemplo, en algunas personas el hemisferio dominante para el lenguaje es el derecho. ¿Qué significa esta variación? ¿Qué ocurre con estas personas? Nada, absolutamente nada. Lo más probable es que pasen toda su vida sin enterarse jamás que su hemisferio dominante para el lenguaje es diferente al de la mayoría.

Imagen que muestra las metáforas de la edición, tjeras y cortar y pegar de la genética.
Ilustración: Jessica Johnson

Imagen que muestra las metáforas de la edición, tjeras y cortar y pegar de la genética. Ilustración: Jessica Johnson

A veces las narrativas están tan arraigadas a un hecho biológico neutro que no son necesarias demasiadas palabras para transmitir un mensaje. Un ejemplo son los carteles de organizaciones en contra de la ley de interrupción voluntaria del embarazo que aparecieron por Montevideo a principios del año pasado.

Sin entrar en la discusión sobre la campaña en sí, me quedo con el único cartel que tenía información completamente verdadera. En él se mostraba un embrión de siete semanas y se mencionaba que a esa altura el corazón ya está latiendo. Un hecho biológico. Puede resultar sorprendente y maravilloso, el desarrollo embrionario es sin duda un proceso fascinante. Podemos apreciar la complejidad, mencionárselo a esa amiga embarazada, y que no altere en lo más mínimo la postura que tengamos con relación al aborto legal. Pero el cartel generó reacciones mucho más fuertes, porque, como ya sabemos, hay más que sólo biología en ese cartel. Hay una narrativa asociada a una postura sobre un tema que, como debe ser, excede a la biología.

La legalización del aborto implica aspectos biológicos, por supuesto, y también sanitarios, sociales, legales, éticos, económicos y más. Por eso es claro qué este tipo de decisiones no se basan y no deben basarse únicamente en la biología. A la biología no le importa la discusión de la ley, no quiere hacerse cargo de determinar si algo es ética o legalmente correcto para nosotros. Pero a nosotros sí nos importa, y por eso necesitamos discutirlo. Las narrativas con las que se comunican o recibimos los hechos biológicos pueden estar dándonos empujoncitos hacia uno u otro lado. Decidamos lo que decidamos, es bueno reconocer estos empujones, y tratar de separarlos del hecho biológico.

Por qué es importante

Diferentes ramas y procesos complejos de las ciencias biológicas, antes reservadas para reuniones recónditas entre expertos, hoy forman parte de nuestra construcción intersubjetiva, y están presentes en las noticias, entretenimiento y conversaciones diarias. Términos como bioinformática, biotecnología, biohacking, bioprinting, biomedicina, bioseguridad y muchas otras bio, ya no nos son extraños y engloban elementos -como edición genética, mutaciones, etc.- que circulan en nuestra cotidianeidad. Incorporamos mucho del lenguaje biológico.

Esto está bien y es necesario, porque la biología, en cooperación con otras disciplinas, es una protagonista fundamental de los avances humanos con mayor potencial para impactar radicalmente en nuestro futuro. Los avances biológicos están redibujando los límites de nuestras posibilidades, y cambiando la forma en que conceptualizamos nuestra naturaleza humana. Sólo en este año, vemos publicaciones científicas que muestran la generación de embrioides (estructuras similares a embriones derivadas de células modificadas para recuperar su totipotencialidad) de ratón que alcanzan a desarrollar los rudimentos de un sistema nervioso; aumento del tiempo que permanece viable un embrioide humano en el laboratorio; desarrollo inicial de una interface cerebro-máquina capaz de decodificar el habla para adentro; implantación exitosa de células nerviosas humanas obtenidas a partir de células totipotenciales en el cerebro de roedores que generan un cambio en su comportamiento; un ensayo clínico basados en edición genética con CRISPR; y muchas cosas más.

Se nos vienen muchas preguntas importantes que surgen de avances científicos, pero que trascienden el laboratorio. No es para alarmarse. No hace tanto, la fertilización in vitro, hoy algo común, generó una misma necesidad de abordar preguntas similares, que involucran aspectos éticos, sociales, regulatorios y demás. Pero no dejan de ser cuestiones que van a impactar sobre nuestra vida y el desarrollo humano futuro.

Como ya mencioné antes hablando de mini-cerebros, la biología puede ayudar a enmarcar e identificar las preguntas, puede aportar información, pero no puede resolverlas sola. En estas discusiones, cómo se presenten los elementos biológicos, las metáforas que se usen, las palabras que se escogen serán fundamentales. No podemos escapar de las historias, pero al menos, para lograr las mejores discusiones y decisiones posibles, es bueno recordarlo e intentar identificar desde qué perspectiva estoy comunicando o recibiendo un hecho biológico.

Las palabras son importantes. Reflejan cómo se compone nuestro entretejido de pensamientos, y moldean cómo se conectarán los siguientes. A las palabras no se las lleva el viento, se asientan sigilosas en nuestras cabezas. Su alcance es profundo y difícil de determinar. Prestémosles atención.

José Prieto es investigador en el Laboratorio de Neurociencias de Facultad de Ciencias de la Universidad de la República y asiduo colaborador de la diaria ciencia. Ciencia en primera persona es un espacio abierto para que científicas y científicos reflexionen sobre el mundo y sus particularidades. Los esperamos en [email protected]