Mientras la expedición Uruguay Sub200 nos permite asomarnos a un mundo al que nadie nunca había mirado antes y ver en vivo y en directo los organismos que habitan nuestro fondo oceánico, una reciente publicación viene a recordarnos que en nuestro país tenemos unos cuantos Uruguay Sub200. Es decir, la cantidad de profundidades de nuestra biodiversidad aún inexploradas es enorme.
En el artículo, titulado Análisis del microbioma del suelo de pastizales y cultivos de Uruguay revela pérdidas de diversidad microbiana y de características de reciclaje de la necromasa, no exploramos ese mundo desconocido con un robot de una fundación extranjera equipado con cámaras y chiches de última generación, sino con una herramienta mucho más sofisticada –el paciente– y a veces mucho menos reconocido –el trabajo de nuestra comunidad científica–.
Ojo, si bien no tienen un robot submarino como SuBastian ni un buque como el Falkor, los autores de esta publicación recurrieron a tecnología de análisis genómico de hongos y bacterias que son el último grito de la moda en la microbiología. Con la secuenciación masiva pueden identificar genes de las bacterias y hongos presentes en las muestras del suelo y así identificar especies y demás datos de la comunidad sin tener que cultivarlos de a uno, como se hacía tradicionalmente (ese es el método que aún se usa, por ejemplo, cuando nos hacen un análisis de sangre: los resultados están en unos días porque justamente hay que cultivar o dejar crecer a los posibles patógenos). También con lo que se conoce como metagenómica de escopetazo por el término en inglés shotgun, usado por los gringos que aman las armas, además de “capturar todo el repertorio genético de la microbiota del suelo”, buscar la presencia de determinados genes que se sabe que participan en procesos de interés, en este caso, genes relacionados con los ciclos del carbono y de nutrientes como el fósforo y el nitrógeno, todos igual de relevantes para que un suelo sea fértil, productivo y saludable.
El trabajo lleva la firma de Matías Giménez y Gregorio Iraola, del Laboratorio de Genómica Microbiana del Institut Pasteur de Montevideo, Paula Berenstecher, del Instituto de Investigaciones Fisiológicas y Ecológicas Vinculadas a la Agricultura (Ifeva) de la Universidad de Buenos Aires, y Andrés Ligrone y Gervasio Piñeiro, del Departamento de Sistemas Ambientales de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República (Piñeiro también es investigador del Ifeva). No sólo es fascinante porque es la primera vez que se estudia la comunidad completa de hongos y bacterias presentes en suelos de pastizales naturales y de esos mismos suelos que hace más de diez años fueron convertidos en cultivos agrícolas, sino también por las diferencias que ven en uno y otro.
Claro que en lugar de tener una foto hermosa de una estrella marina viva, como en el proyecto Sub200, aquí tenemos una foto más incómoda: lo que ven es que en los suelos convertidos a la agricultura la diversidad de hongos se desploma, mientras que en la comunidad de bacterias la presencia de especies que, entre otras cosas, ayudan a mantener la calidad y la salud del suelo –por ejemplo, las que ayudan a reciclar la materia orgánica– disminuye. Para colmo, los pocos hongos que quedan en los suelos agrícolas son más patógenos o dañinos que simbióticos o colaboradores en el mantenimiento de un sistema resiliente y saludable.
Para hablar de todo esto, salimos al encuentro de Matías Giménez, de cuya tesis de doctorado se desprende este trabajo, y con Gervasio Piñeiro, tutor de Matías e infatigable investigador que se desvela por la salud de nuestros suelos. Ah, de yapa eso: como decía Zitarrosa, nuestra salud “crece desde el pie”. Sin suelos saludables no podemos producir alimentos saludables, ni tener ambientes saludables, ni cuencas de agua dulce saludables. Y sin nada de eso, es claro que nuestra salud está en entredicho. En un mundo que habla de “una sola salud”, hongos y bacterias del suelo son parte necesaria de la ecuación, incluso para asegurar que podamos seguir teniendo cultivos en ellos.
Claves de esta investigación
- La microbiota del suelo, sus microorganismos como bacterias y hongos, son de gran relevancia como reguladores de los ciclos biológicos y químicos, impactando en la riqueza y salud de los suelos.
- Un suelo saludable es imprescindible para que preste sus servicios ecosistémicos, promoviendo la vida y la salud ambiental, así como la producción agropecuaria.
- En Uruguay la mayoría de los cultivos agrícolas se realizan en suelos que previamente albergaban pastizales o campo natural. Entre 2001 y 2019 se perdieron casi un millón de hectáreas debido a la expansión de cultivos y de la forestación. La transformación del uso del suelo puede impactar a su microbiota.
- Un grupo de investigación se propuso ver “los efectos de las rotaciones agrícolas en las comunidades microbianas del suelo” comparando los hongos y bacterias del suelo “de cuatro fincas productivas en Uruguay” con al menos una década de rotaciones agrícolas, “con pastizales nativos pastoreados por ganado” adyacentes a esos cultivos.
- En la primavera de 2020 y la de 2021 se muestrearon cuatro sitios en Florida, Soriano, San José y Salto, departamentos que están en “la principal región agrícola del país”.
- Con herramientas genómicas se logró determinar la diversidad de bacterias y hongos en suelos de pastizales y cultivos, y se analizó la presencia de genes relacionados con los ciclos de carbono, nitrógeno y fósforo.
- Efectos en los hongos: se detectó “una disminución significativa de la diversidad fúngica” en los suelos agrícolas. A su vez, los pocos hongos que quedaban allí eran de grupos patógenos (como los de los géneros Alternaria, Stemphilium y Pyrenophora), mientras que los que promueven simbiosis benéficas para las plantas escaseaban (como los de los géneros Cephaliophora y Collarina).
- Efectos en las bacterias: si bien no hubo diferencias en la diversidad bacteriana de ambos suelos, “se observó un cambio notable en su composición”. En los suelos agrícolas encontraron menor abundancia de géneros de bacterias asociados a la descomposición y ciclo de la materia orgánica.
- Efectos en la presencia de genes asociados a los ciclos de nutrientes: sostienen que “las tierras de cultivo mostraron una marcada disminución de genes y enzimas involucradas en el ciclo del nitrógeno y el fósforo, lo que indica una menor funcionalidad y resiliencia para estos procesos esenciales de los nutrientes en comparación con los suelos de pastizales”. También destacan que “la siembra y el manejo sucesivo de cultivos anuales han disminuido estas capacidades, lo que podría afectar el rendimiento de los cultivos en ausencia de aportes externos” con fertilizantes.
- El trabajo concluye que queda en evidencia “el profundo impacto de las rotaciones agrícolas en las comunidades microbianas del suelo, lo que señala la necesidad crítica de prácticas agrícolas sostenibles”. Esta afectación a la diversidad y funcionalidad de hongos y bacterias en suelos agrícolas “puede comprometer la salud del suelo y los servicios ecosistémicos, como el ciclo de nutrientes y la supresión de enfermedades”.
- Los autores enfatizan que “para garantizar la productividad agrícola y la salud ambiental a largo plazo, los marcos de políticas deben integrar estos conocimientos, promoviendo prácticas que mantengan la funcionalidad microbiana”.
Una investigación que junta dos mundos
En este trabajo el mundo de la agronomía se da la mano con el de la nueva microbiología. Claro que en las ciencias agronómicas la actividad de los microorganismos era relevante, pero el enfoque tradicional pasaba por centrarse en las bacterias y hongos patógenos que enferman o perjudican a los cultivos. La nueva microbiología, en cambio, desde hace unas décadas mira a las comunidades de microorganismos y entiende que en comunidades diversas y sanas es donde se produce la magia que favorece la salud de los ecosistemas, de los cultivos y hasta de nosotros mismos. Las disbiosis, los desequilibrios en las comunidades de la microbiota (que es como se denomina también a la comunidad de microorganismos de un sistema dado), es lo que se procura evitar.
“Esta colaboración muy linda e interesante surgió a partir de Gervasio y su grupo. Ellos tenían un proyecto y estaban buscando un becario que investigara el microbioma del suelo en respuesta a los cambios de uso del suelo”, cuenta Matías Giménez, y agrega que entonces Gervasio Piñeiro y sus colegas se contactaron con el Laboratorio de Genómica Microbiana del Institut Pasteur.
“Nosotros hace tiempo que venimos estudiando la dinámica del carbono en el suelo. Nos interesa ver cómo los cambios en el uso de la tierra –irnos a forestaciones o a agricultura, o a pasturas, o permanecer en pastizal natural– alteran la dinámica del carbono”, comenta Gervasio. “En determinado momento nos dijimos que para entender mejor la dinámica del carbono y los cambios de uso del suelo teníamos que entender los microorganismos, los hongos, las bacterias, las lombrices, que están haciendo cosas muy copadas en el suelo”, dice con deleite. “Sospechábamos que cuando cambian o se alteran los grupos funcionales y la diversidad de microorganismos, eso impacta en la dinámica del carbono. Entonces como que abrimos esa puertita, que siempre teníamos cerrada porque nos daba miedo entrar, y nos animamos a ingresar al mundo de los bichos del suelo”, reconoce Gervasio.
Pero si bien las herramientas de estudio de microbios son las mismas, Matías venía trabajando en una línea distinta, más enfocada en el humano, la resistencia a los antibióticos y demás. “Aquí en el Pasteur trabajaba con Gregorio Irsols, que en ese momento estaba en el Laboratorio de Genómica Microbiana, y empleábamos metodologías como la de shotgun y secuenciación masiva de microbiomas para estudiar otros sistemas y otros ambientes. Pero hasta ese momento no habíamos trabajado en microbiota del suelo todavía”, admite Matías. “Ellos vinieron con un montón de preguntas por responder, y esas herramientas que utilizábamos para microbiomas ambientales, sobre todo en agua, tenían un montón de potencial para intentar dar respuestas”, agrega.
Resumen gráfico del trabajo. Adaptado de Giménez et al, 2025.
La llamada fue también más que oportuna: posibilitaba que Matías comenzara con su doctorado, que ahora está finalizando, lo que por unos años solucionó su continuidad laboral. Ahora, si bien Matías no había trabajado en microbiomas del suelo, tampoco era completamente ajeno a la temática.
“Había trabajado previamente en la Facultad de Agronomía, y mi tesis de maestría la hice en el Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable con Silvia Batista, en el departamento donde trabajaban Federico Battistoni y Raúl Platero, que estudian microorganismos que interactúan con las plantas. En los seminarios me bombardeaban con esa información, entonces tenía ese background”, dice Matías. Damos fe de que cualquiera que hable unos minutos con Federico y Raúl queda enamorado al instante del fascinante mundo de colaboración entre microorganismos y plantas, en particular en sus raíces.
Matías además había trabajado en la Facultad de Agronomía en proyectos con hongos asociados a raíces y en microorganismos vinculados a la producción. Pero había más para que este bioquímico se metiera gustoso en esta investigación interdisciplinaria. “Mis dos padres son agrónomos y trabajan en la Facultad de Agronomía también”, señala. Así las cosas, Matías venía con todo para meterse a pleno en este proyecto. “El ofrecimiento también venía con otra parte muy interesante e importante para nuestro país, que es la pata productiva. Entonces dije sí, vamos a meternos en este mundo. Y eso implicó aprender un montón de cosas”, reconoce.
¿Cómo impactó a la comunidad de hongos haber transformado pastizal en cultivos agrícolas?
El diseño experimental de la investigación permite comparar la microbiota del suelo de pastizales naturales con ganadería con la del suelo en predios donde se rotan distintos cultivos, por lo general, soja y maíz en verano, y trigo, cebada y colza en invierno. El trabajo señala además que esos predios agrícolas “suelen fertilizarse con nitrógeno, en forma de urea, y fósforo”, y además en las rotaciones se suele “incluir períodos de barbecho o de pastoreo”, que no sólo “integran los sistemas de producción agrícola y ganadera”, sino que es lo que permitió que al lado de los cultivos tuvieran, en exactamente el mismo tipo de suelo y condiciones climáticas, zonas de ganadería a campo natural para poder hacer las comparaciones. ¿Qué pasó entonces al comparar las comunidades de hongos de uno y otro suelo?
Primero hagamos una puntualización: en nuestro país los hongos del suelo están aún menos estudiados que las bacterias que allí hay. “Hay pocos grupos que trabajen en micología de ambientes, si bien a nivel internacional ha habido un boom últimamente. Por ejemplo, Spoon es una red que busca muestrear y mediante metagenómica ver qué hongos hay en diferentes biomas de distintas regiones para tratar de describir la diversidad micológica a nivel global. Eso está muy en boga, porque es algo sobre lo que no se sabe prácticamente nada no sólo en Uruguay, sino a nivel internacional”, señala Matías.
“Trabajos del microbioma de hongos del suelo en Uruguay, en los que se hiciera secuenciación masiva, no conozco ninguno, lo que no quiere decir que tal vez no haya alguno. Había un par de artículos que miraban bacterias con estas técnicas, sobre todo en campo natural, pero la investigación sobre hongos viene muy atrás en ese sentido”, amplía Matías. Así las cosas, la microbiota fúngica del suelo en Uruguay está casi tan inexplorada como el fondo marino que anda filmando la expedición Uruguay Sub200. Ahora sí, volvamos a las comparaciones entre suelo de pastizal y suelo agrícola en lo referente a hongos.
“Al comparar agricultura y campo natural vimos que en los suelos agrícolas están muy diezmadas las poblaciones de micorrizas y de hongos simbiótrofos en general, y en ellos hay una mayor presencia de hongos patótrofos”, destaca Matías Giménez. El mote de simbiótrofo o patótrofo nos habla de cómo es que se nutren los hongos.
“Los simbiótrofos, como las micorrizas, son hongos que se nutren a través de una simbiosis con la planta. Los patótrofos, en cambio, se nutren a partir de tejidos vegetales o de otros organismos”, explica Matías. Podríamos decir que los hongos simbiótrofos son buenos vecinos que prosperan haciendo prosperar al resto de la comunidad, mientras que los patótrofos son unos individualistas que embroman a todos los vecinos buscando solamente obtener el mayor beneficio para ellos. De hecho, por eso tienen la raíz etimológica pato, porque al alimentarse estos hongos producen enfermedades, ya sea a las plantas o a los animales.
El trabajo entonces señala que “se observó una marcada disminución de la diversidad fúngica en las rotaciones agrícolas”, y lanza una posible explicación: podría deberse al “uso intensivo de fungicidas aplicados a cultivos y semillas para controlar hongos patógenos en los sistemas agrícolas de Uruguay”.
“Vemos que el uso extendido de fungicidas en las producciones agrícolas hace que no tengamos más hongos benéficos en el suelo, y que los que empiezan a predominar sean hongos patógenos, cuando el objetivo era justamente matar a un hongo patógeno como el Fusarium, que es la razón por la que, por lo general, se echa fungicida. Pero claro, matamos a ese y matamos a todos los otros. Incluso el Fusarium está bastante en esos suelos agrícolas, por lo que evidentemente logra sobrevivir, seguramente generando resistencia, que es lo que pasa en general cuando tenemos mucha selección con insecticidas, o fungicidas, o herbicidas”, comenta Gervasio Piñeiro. “En esa volada matamos a los hongos buenos también, a esos que generan simbiosis, y eso es un gran problema, porque esa diversidad hace que los ecosistemas sean mucho menos resilientes. Al perder complejidad, son más frágiles”, agrega.
“Como que no estamos teniendo en cuenta a los hongos. Por manejos que estamos haciendo para producir más, la afectación de la microbiota está haciendo que se produzca menos. Ese es un problema agronómico bastante importante”, sostiene Matías.
“Si bien la disminución de la diversidad de hongos en las zonas agrícolas era algo que esperábamos por el uso recurrente de fungicidas, lo que no esperábamos era que la comunidad remanente de hongos en esos suelos estuviera tan volcada hacia lo patogénico. Pensábamos que íbamos a perder un poco de todo, pero eso de que estén aumentando los hongos malos, y los buenos estén desapareciendo, la verdad es que no sólo es un problema, sino que además nos sorprendió”, señala Gervasio. Pero esa no fue la única sorpresa fúngica.
“En nuestro campo natural encontramos hongos de un género que está descrito en suelos más bien desérticos de India y de Australia. Son hongos que se asocian a raíces y son simbiótrofos, y está muy estudiado que esos hongos implican una adaptación a las sequías, porque su micelio capta muy bien agua y se la transfiere a la planta. En nuestro campo natural ese género de hongo, Serendipita, también está, pero cuando se agrega fósforo a esos suelos, esos hongos se pierden”, comenta Matías.
Lo que dice me hace acordar a una nota que cubría una investigación que reportaba que el pastizal natural era más resiliente a las sequías. No es que este hongo, por primera vez hallado en nuestros suelos de pastizal, explique todo eso, pero su presencia allí algo nos dice.
¿Qué pasó con la comunidad de bacterias?
“Esperábamos ver pérdidas en la diversidad de bacterias también”, adelanta Gervasio. Pero en ese caso las cosas fueron distintas. “No observamos una disminución similar a la dada en los hongos”, reportan en el trabajo.
“Que no cayera la diversidad de bacterias en los suelos agrícolas nos sorprendió. Lo chequeamos mil veces, y era así”, dice Gervasio. “Lo que sí vimos que cambia es la identidad. Si bien la cantidad de especies distintas es la misma en la agricultura que en el campo natural, los tipos y especies de bacterias que hay cambian mucho. Y ahí también cambian las funciones”, amplía.
Matías, por su parte, habla de otro hallazgo que lo sorprendió. “En los suelos agrícolas encontramos algunas bacterias que acumulan fósforo y que en inglés se denominan PAO, por la sigla en inglés de organismos acumuladores de polifosfatos”, reseña. Estas bacterias son grandes acumuladoras de fosfatos que luego utilizan para generar adenosín trifosfato o ATP, el “combustible” de las células.
Predio muestreado con cultivo de colza. Foto Matías Giménez.
“Son bacterias que están muy estudiadas en el área de tratamiento de efluentes, porque allí se trata de sacar el fósforo de los efluentes para poder verterlo causando menor impacto. Esas bacterias las vimos en abundancia en los suelos agrícolas”, señala Matías. “Y claro, están en los suelos que tienen un montón de fósforo disponible. Lo que hacen en esos suelos estas bacterias es un consumo lujurioso de ese fósforo que se está agregando como fertilizante, y están engordando”, grafica Matías. Además de algo curioso, hay acá un sinsentido: “Estas bacterias les están sacando a las plantas el fósforo que los productores agregan”, dice Matías.
O sea que parte de ese fósforo que se agrega a los campos cultivados está alimentando a unas “ratas microbianas”, seres que se aprovechan de los cambios que los humanos hacemos en los ambientes. “Sí, están engordando a estas bacterias. Lo que pasa es que el microbioma se adapta y se viene adaptando desde hace millones de años, mucho antes de que estuviéramos acá. Y se va a seguir adaptando después de que nos vayamos. Y si vos le agregás fósforo al suelo, aumenta la abundancia de aquellos que pueden engordar con fósforo, y quedarse ahí les viene bien. Pero eso no quiere decir que ese fósforo luego sea utilizado por la planta de alguna forma”, comenta Matías.
Matías y sus colegas observan a estas “ratas microbianas” que viven a expensas de un fósforo que está dilapidándose en el suelo y las está favoreciendo. “Tal cual, es eso. Al menos a mí me sorprendió un poco encontrar esos microorganismos ahí”, redondea.
Pero además de cambios en la diversidad de hongos y en quiénes estaban en los suelos, hubo otros grandes cambios en las funciones que esos hongos y bacterias cumplen en el suelo. ¿Cómo observaron estos cambios funcionales? Buscando genes que se sabe que están relacionados con la conversión, degradación y metabolismo de la materia orgánica, el fósforo y el nitrógeno. Vamos a eso.
Un doble golpe: muerte de hongos y bacterias y disminución de la capacidad de reciclar los organismos muertos
En el trabajo reportan, no sin cierta preocupación, que hay una disminución de la capacidad del reciclado y la descomposición “de la necromasa”, es decir, de volver a poner en el sistema el carbono de los propios organismos que hay muertos en el suelo. Los fungicidas, por ejemplo, diezman a los hongos que están en el suelo. Pero esos hongos muertos, en lugar de incorporarse al carbono y la materia orgánica que hace que el suelo sea productivo, no son reciclados por otros hongos y bacterias, porque quienes tienen la capacidad de hacerlo no abundan en los suelos agrícolas con fertilización y aplicación de agroquímicos.
“Creo que más allá de poder describir el microbioma del suelo de Uruguay, lo más novedoso que encontramos en este trabajo, tanto para nuestro país como para la ciencia en general, es ver que el cambio en el uso del suelo genera cambios en algunos genes que están vinculados al reciclado de necromasa de los microorganismos que descomponen microorganismos”, enfatiza Matías.
“Se ha visto en artículos recientes que el carbono que está en esos microorganismos muertos, y eso de que los microorganismos se los coman, es lo que estabiliza a largo plazo la materia orgánica en el suelo. La materia orgánica que se genera a través de ese proceso es muy estable como stock de carbono en el suelo. Aquí vemos que en estos suelos agrícolas, donde se pierde diversidad y se utilizan todos estos manejos, se va perdiendo la capacidad de reciclar la necromasa microbiana”, amplía.
Ya se había reportado que en los últimos 13 años la intensificación de los cultivos agrícolas había empobrecido los suelos justamente al disminuir su stock de carbono. Uno pensaba que ese carbono que se estaba extrayendo del suelo estaba pasando a formar parte de los cultivos. Al leer este trabajo, además de eso que seguramente está pasando, se agrega otro factor que atenta contra la permanencia del carbono en suelos agrícolas.
“Lo que vemos es que en estos suelos agrícolas esa capacidad de la microbiota de formación y de estabilización de materia orgánica en el suelo se pierde, lo que a largo plazo es un problema, porque los suelos sin materia orgánica no son productivos”, dice Matías.
“Estamos perdiendo funciones. Por tratar de eliminar un patógeno, en la volada eliminamos otros microorganismos que tenían funciones como descomponer y ciclar la materia orgánica del suelo, que es una función extremadamente necesaria”, sostiene Gervasio.
“Por eso es que hay que procurar ser cada vez más específicos con las cosas que ponemos, tratar de eliminar sólo al malo y no a todos los otros. Sabemos que hay caminos que pueden resultar más difíciles de implementar ahora, pero que después hacen que esos ecosistemas sean más autosustentables, que se defiendan por sus propios medios, que logren su propia homeostasis o un funcionamiento con menos saltos y menos pérdida de funciones. En esta transición hacia un manejo más agroecológico de nuestros ecosistemas, tenemos que empezar a ser más específicos y no tirar con la bazuca y matar todo”, sostiene.
Hay un paralelismo muy grande entre todo esto que están contando aplicado a la agronomía con lo que pasa con la salud humana. Se demostró que, por ejemplo, el uso de determinados antibióticos por períodos prolongados generaba una disbiosis en el intestino en la que se eliminaban no sólo las bacterias que estaban causando daño, sino también las otras. Al generarse un vacío, el intestino era colonizado por bacterias más oportunistas, como Helicobacter pylori, que terminaban causando gran daño. Por el contrario, tener una microbiota intestinal sana y diversa protege contra la proliferación de bacterias oportunistas, y si bien puede haber siempre algunas que son patógenas, las mantiene a raya la gran cantidad de bacterias de la comunidad que no lo son.
“Lo que está pasando en el suelo es exactamente eso. Estamos generando el mismo problema, nada más que el afectado no es el intestino, sino el ecosistema del campo natural o el ecosistema agrícola, que ya está muy modificado. Le tiramos cosas que matan no sólo lo que queremos matar, sino todo lo demás. El Fusarium es un gran problema, sobre todo en la agricultura de invierno de Uruguay, pero evidentemente estamos matando otras cosas y eso, acabamos de ver, a la larga nos va a traer problemas”, comenta Gervasio.
Problemas al perjudicar bichitos que ayudan en el ciclo del fósforo y el nitrógeno
“Una de las cosas que vimos es que el microbioma pierde la capacidad de sacar fósforo a partir de la materia orgánica. Las enzimas vinculadas a la obtención de fósforo a partir de moléculas orgánicas en la agricultura se pierden”, cuenta Matías. “Al tener fósforo en forma de fosfato inorgánico disponible, aumenta la cantidad de transportadores de fosfato y se pierden esas enzimas vinculadas a obtener fósforo a partir de materia orgánica, porque hay cada vez menos materia orgánica en el suelo”, explica.
En el trabajo dicen con claridad que “las tierras de cultivo mostraron una marcada disminución de genes y enzimas involucradas en el ciclo del nitrógeno y el fósforo, lo que indica una menor funcionalidad y resiliencia para estos procesos esenciales de nutrientes en comparación con los suelos de pastizales”. Mientras que en los pastizales nativos encontraron 18 genes “involucrados en diferentes procesos del ciclo del nitrógeno”, en las rotaciones agrícolas hallaron sólo dos. En el caso del fósforo estos números fueron de 20 en pastizales nativos y de sólo siete en los cultivos. Todo esto los lleva a subrayar el “papel crucial de las comunidades microbianas en el mantenimiento del equilibrio de nutrientes esenciales, destacando aún más el impacto del uso del suelo en el potencial funcional de sus microbiomas”.
“Se van perdiendo pasos en el ciclado de esos nutrientes que a largo plazo impactan también en la productividad agrícola y en los servicios ecosistémicos que dan esos suelos”, comenta Matías. Gervasio nos lleva en un viaje aún más vertiginoso.
“Vimos que agregar nutrientes tiene un impacto muy grande, y que ganan algunas especies de bichos y otras se van”, comenta. De cierta manera es como que estamos haciendo que el suelo sea cada vez más tonto y más pobre, ya que está perdiendo la capacidad de abastecerse a sí mismo del fósforo, el nitrógeno y el carbono que están ahí abajo. Eso además genera una espiral de dependencia a futuro.
“Exacto, es como que perdés jugadores. Estás jugando un partido y perdés al 5, después al 2, y entonces el partido ya es otra cosa, casi no podés jugar. Y si en algún momento perdés al arquero, te llenan de goles. Acá está pasando algo parecido: estamos perdiendo jugadores y entonces dejamos de tener fósforo y la única forma de que el ecosistema más o menos funcione es metiéndole más insumos de afuera. Eso genera un círculo vicioso de dependencia. Cada vez dependemos de más insumos externos porque el suelo está perdiendo su capacidad, se ven afectados sus servicios ecosistémicos de soporte y regulación, que es esa capacidad que tienen los ecosistemas de soportar la producción y autorregularse. Eso generalmente los suelos lo hacen, o lo pueden hacer, a partir de la diversidad de especies que tienen. Cuando matamos jugadores, matamos funciones y perdemos servicios”, ejemplifica Gervasio.
Muestreo de suelo en campo natural. Foto Matías Giménez.
“Nosotros siempre pensamos que los ecosistemas tienen información dentro. Esa información está guardada en las especies que hay en él. Entonces, la capacidad que tiene un ecosistema de hacer cosas, de funcionar, depende de la información que tenga adentro”, dice. “Cuando nosotros manejamos los ecosistemas, muchas veces lo que hacemos es borrar una buena parte de la información. Por ejemplo, cuando transformamos un campo natural, lo obvio es que borramos las 170 o 200 especies de pastos del campo natural que había ahí. Y capaz que lo menos obvio es que también borramos un montón de especies de hongos y de bacterias. Pero además, al transformar el ecosistema lo que hacemos es ingresar información nueva, es decir, otras bacterias que no estaban antes, otros hongos que no estaban antes, y aparecen cultivos y otras plantas que no estaban antes, y entonces el ecosistema pasa a hacer cosas distintas. A veces esas cosas distintas están buenas –el ecosistema produce soja y maíz que vendemos, produce carne si le pusimos algunas vacas–, pero otras cosas que hacía antes no las puede hacer más porque ya no tiene esa información”, dice.
“Este trabajo nos muestra que en los predios agrícolas se nos está yendo parte de la microbiota del suelo, y con ella se va la función que les proporcionaba nitrógeno y fósforo al suelo y al ecosistema. Es algo súper complejo, pero a partir de entender la información que había en el sistema, la que borramos y la nueva que introdujimos, podemos también pensar qué hacer y cómo realizar nuestro manejo de los ecosistemas agropecuarios”, redondea Gervasio.
Mirando el futuro
“Estamos en un momento de cambio. Creo que estamos llegando al final de la revolución verde, al momento en que estamos sacando cuentas de qué pasó con esa revolución, y estamos encontrando métodos que nos permiten medir determinadas cosas y ver las consecuencias de esos manejos que se implementaron durante un largo período de tiempo”, reflexiona Matías.
“Se están disponibilizado un montón de herramientas para continuar generando rendimientos a esos mismos niveles pero con manejos que impacten menos en el ambiente, o que tengan en cuenta la sostenibilidad a largo plazo de la forma de producción de alimentos, como es el uso de bioinsumos o el recurrir a cultivos de servicio. Hoy no podemos prescindir de esa producción de alimentos, pero tenemos que tener en cuenta que tiene que seguir por muchos años más y no sólo por el tiempo en que está un productor en su campo. Hay algo más grande que el rendimiento a corto plazo, y creo que por lo menos se está dando esa discusión”, agrega.
“Pienso que hay que divulgar esta información, darla a conocer y que llegue a los técnicos y productores, que son los que están en la línea de batalla”, enfatiza. “Producir es muy difícil, tenés que estar arriba de un montón de cosas. Pero muchas veces utilizar recetas que vienen de hace mucho tiempo, o utilizar formas que pueden aumentar la productividad en un corto plazo, o ser un poco más baratas, o más fáciles de llevar a cabo, tiene un costo que no siempre es conocido. Esta información de que a largo plazo esto está jugando en contra de ellos mismos, que va a afectar a sus hijos que se van a quedar con esa tierra, así como a la producción de alimentos en general y al ambiente, que es de todos y no solamente de ellos, es algo que les tiene que llegar. Muchas de estas cosas están impactando en un ambiente que va más allá del alambrado. Con las prácticas actuales no se tiene en cuenta la pata microbiana al diseñar los manejos agronómicos”, dice Matías.
“Casi toda la agronomía siempre se dedicó mucho a estudiar la competencia y a eliminar todo lo que compitiera con los cultivos o con las vacas. Básicamente, nos dedicamos a matar cosas que compiten, a matar malezas, hongos, insectos. En mucho menor medida nos dedicamos a mirar esos organismos que nos ayudan, y me parece que en los últimos diez años la microbiología se fue para ese lado, incluso en las personas”, reflexiona Gervasio. Es cierto, y vale la pena que volvamos a recordarlo: sin bacterias en nuestro cuerpo no podríamos hacer un montón de cosas, entre ellas, la digestión. “Me parece que la agronomía lentamente está haciendo ese switch. Últimamente se está empezando a plantear que no hay que matar todo, que sí hay algunas cosas que compiten con nosotros, que nos predan o son dañinas, pero hay otras tantas que son buenas, son necesarias e incluso nos pueden mejorar mucho los cultivos”, agrega.
“Cuando estamos en ese afán por eliminar a todos los competidores y a todos los predadores de nuestros cultivos, o especies de interés, matamos otras cosas que están buenas y que nos ayudan, y al hacerlo simplificamos los ecosistemas y los hacemos mucho más frágiles”, remarca Gervasio. “Lo que estas cosas apuntan es a esa calidad del suelo, a la diversidad que hay en ese suelo, a la cantidad de funciones, a la salud de ese suelo”, dice.
“Hoy se está usando mucho este concepto de una sola salud. Si queremos estar saludables, tenemos que comer plantas o animales que hayan estado saludables, y para que esas plantas o animales estén saludables, el que tiene que estar saludable es el suelo de los ecosistemas donde las plantas y los animales viven”, dice. Eso de una sola salud, entonces, crece desde el pie. “Tenemos que tener suelos saludables para tener agua saludable, ecosistemas saludables, comida y personas saludables. Va todo de la mano”.
Sin ser oficialista, Matías habló del fin de la Revolución Verde, una revolución compleja, con máquinas, insumos externos, y una descabellada carrera armamentista basada en agroquímicos para aniquilar hierbas, insectos y hongos. Este trabajo sobre microbiota del suelo, sobre hongos y bacterias microscópicas, nos habla tal vez del inicio de una Revolución de las cosas simples que podría llegar a la agricultura. Pequeños organismos del suelo que, si nos aseguramos de que sigan allí, lo mantendrán sano. Y un suelo sano es un suelo productivo. Pequeñas cosas, microscópicas, ayudan a derribar el muro biocida que levantó la revolución verde. “Suena bonito, suena poético”, dice Matías.
Artículo: Soil microbiome analysis of Uruguayan grasslands and croplands reveals losses of microbial diversity and necromass recycling traits
Publicación: Environmental Microbiome (julio de 2025)
Autores: Matías Giménez, Paula Berenstecher, Andrés Ligrone, Gregorio Iraola y Gervasio Piñeiro.