Es muy posible que las hayas visto en las rutas al salir de vacaciones, especialmente en los días nublados o lluviosos de Carnaval o Turismo. El riesgo que corren es muy alto, porque mientras intentan cruzar la carretera con relativa lentitud, los veraneantes van a 100 kilómetros por hora y no siempre quieren o pueden esquivarlas.

Que las veas con claridad a cierta distancia ya es un indicador significativo de su gran tamaño. Son las llamadas tarántulas de carretera, denominación con la que se engloba principalmente a dos especies, probablemente las más comunes de su tipo en nuestro país: Acanthoscurria cordubensis y Eupalaestrus weijenberghi.

Son prácticamente iguales en aspecto y costumbres, a tal punto que la forma más eficaz de distinguirlas es por su comportamiento defensivo. Si cuando se sienten amenazadas levantan las patas delanteras y abren los quelíceros (colmillos), son Acanthoscurria cordubensis. Si, por el contrario, alzan las patas traseras y levantan el abdomen, son Eupalaestrus weijenberghi.

No tienen una preferencia especial por las carreteras de Uruguay. Están forzadas a intentar cruzarlas porque son especies típicas de nuestros pastizales, ecosistemas que, al ser los dominantes del país, suelen estar atravesados por rutas y caminos. Las impulsa también a hacerlo un sentido de urgencia. Mientras los uruguayos nos dirigimos a nuestros destinos de vacaciones a desestresarnos, ellas protagonizan una historia de sexo y desenfreno a los costados de los caminos. Las tarántulas que deambulan por los pastizales son machos con una idea fija: encontrar hembras para copular hasta morir.

En los escasos dos o tres meses en los que viven luego de llegar a la adultez, esa es su única preocupación, a tal punto que prácticamente no comen. Buscan suerte en su recorrida por las cuevas de las hembras, que vivirán en forma sedentaria muchísimo más tiempo que ellos y contarán con cerca de diez años para recibir en sus hogares las visitas de jóvenes pretendientes. Los machos adultos hacen caso a los clichés del rock: tener sexo, vivir intensamente, morir joven.

Como estas tarántulas son tan especialistas de pastizales y además tienen una capacidad de dispersión limitada, se han convertido en muy buenos modelos para estudios de distribución y cambios ambientales. Además de resultar fascinantes por su comportamiento y hábitos sexuales, nos cuentan mucho sobre lo que ocurre en los sitios en los que habitan.

Eso último muestra justamente un reciente y revelador artículo firmado por José Carlos Guerrero, del Laboratorio de Desarrollo Sustentable y Gestión Ambiental del Territorio de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar); Laura Montes de Oca, del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE), y David Ortiz, Esteban Russi y Fernando Pérez Miles, de la Sección Entomología de la ya mencionada facultad. En él, muestran cambios significativos en la ocurrencia de las dos especies, estiman su distribución potencial y nos dejan más de una pregunta seria sobre las modificaciones que está experimentando nuestro ecosistema más característico.

Tu amigable vecina arañita

Mientras la mayoría de los uruguayos esperan ansiosos que salga el sol cuando parten de viaje por las rutas del país, los aracnólogos que estudian estas especies rezan para que se nuble o esté lluvioso. No porque sean malas personas que desean la desgracia a quienes vacacionan mientras ellos trabajan; es su oportunidad para encontrar machos adultos de estas tarántulas y estudiarlos. Si en marzo y abril el tiempo está espectacular, están en problemas.

¿Por qué estas tarántulas caminadoras aparecen en estos días? En realidad, son especies de actividad nocturna, pero la pulsión por encontrar hembras es tal que aprovechan todos los momentos que pueden para lograrlo. No toleran bien el sol ni la exposición a campo abierto, pero los días nublados les dan una chance razonable de estirar las horas de búsqueda y maximizar así sus posibilidades de encuentros. Además, hay otro posible motivo.

“Estas arañas no tienen buena visión, su comunicación se da a través de vibraciones en el suelo”, explica el aracnólogo Fernando Pérez en la Facultad de Ciencias. Una hipótesis que están explorando es que tal vez, cuando el suelo está mojado o húmedo, esta comunicación arácnida por vibraciones se vea favorecida.

Lo que es indudable es que en esos días de humedad y lluvia es más posible encontrarlas. Fernando lo sabe bien porque a finales de los años 90 salió a recorrer en forma metódica las rutas y caminos de todo el país en busca de estas tarántulas, en compañía de sus colegas Fernando Costa, Carlos Toscano y Antonio Mignone. Examinaron tanto a estos machos ambulantes como a las hembras que los aguardaban en sus cuevas. Tenían muchos objetivos, entre ellos descubrir su distribución en el país, estudiar la forma de sus madrigueras y también entender cuál era su relación con una de sus presas preferidas: el bicho torito (Diloboderus abderus).

Esto último es bien interesante porque las larvas de bichos toritos consumen las raíces de las gramíneas y ocasionan daños agrícolas, pero tienen pocos depredadores capaces de penetrar su exoesqueleto. Estas tarántulas están entre ellos. Fernando y sus colegas descubrieron en su trabajo que su tarea como controladores de estos escarabajos no es nada despreciable: calcularon que unos 65.000 ejemplares por hectárea y por mes son consumidos por estas tarántulas de carretera.

En su trabajo de fines del siglo pasado también comprobaron que Eupalaestrus weijenberghi tiene una distribución amplia, que abarca todo el país, mientras que Acanthoscurria cordubensis está restringida al sur. Pero mucho ha cambiado en el paisaje uruguayo desde entonces.

“Hace unos años se me ocurrió que teníamos una oportunidad única de repetir ese estudio y descubrir si había cambiado la abundancia y la distribución geográfica de estas especies”, cuenta Fernando. Tenían ahora la ventaja de contar con esa metodología prolijamente registrada y además muchos avances tecnológicos a su disposición, como el GPS en los celulares, un endoscopio con cámara (que permite analizar si la araña está dentro de la cueva sin necesidad de desarmar la estructura) y herramientas de software que permiten hacer modelados de distribución potencial de las especies. Y eso fue justamente lo que hizo. Con nuevos colegas, volvió a esperar esos días lluviosos que arruinan las vacaciones de los demás para recorrer los caminos y rutas del país y entender qué ha ocurrido con estas tarántulas 24 años después.

Veinte años es mucho

Los autores repitieron entonces la misma metodología usada. Recorrieron aproximadamente 6.000 kilómetros de una red de rutas y caminos que abarcan todo Uruguay, parando cada 20 kilómetros en el sur y 30 kilómetros en el norte para buscar tarántulas y sus madrigueras. Anotaron también el tipo de paisaje (pastizal, forestación, cultivo) en cada punto de muestreo. Entre estas paradas, manejaron a un máximo de 60 kilómetros por hora y se detuvieron cada vez que vieron a un macho deambulando en las inmediaciones.

Esto les obligó a calmar la ansiedad y actuar con cautela para llegar hasta la araña observada. Más de una vez vieron con desesperación cómo un vehículo que venía detrás aplastaba la tarántula que pensaban examinar.

También sumaron algunos datos por fuera de este muestreo estandarizado. Por ejemplo, registros de estas especies que van desde 1944 a 2023 y que salieron de la colección de la Facultad de Ciencias o de observaciones ocasionales. Esos datos fueron usados para complementar los monitoreos y alimentar los modelos de distribución.

Los modelos de distribución son insumos estadísticos que tienen en cuenta las variables ambientales más propicias para una especie (por ejemplo, temperatura, precipitaciones o tipo de suelo) y con base en eso proyectan mapas potenciales de distribución. Tener datos a tan larga escala, algo muy inusual en trabajos de este tipo, les permitió usar la información sobre estas especies recabada en el siglo pasado para “testear” la eficacia de distintos modelos y ver qué tal les iba al contrastarlos con los datos del muestreo más reciente.

¿Cambió entonces la abundancia y distribución de estas dos especies de tarántulas en los 24 años que separaron a los dos muestreos? Sí, y de una forma muy significativa.

Qué verde era mi valle

“El cambio más drástico, el más grande, fue la reducción de individuos. Encontramos menos tarántulas y en menos lugares que hace 24 años. Eso fue más evidente con Acanthoscurria que con Eupalaestrus, pero en las dos especies hubo reducción”, cuenta Fernando. En la primera, la reducción fue de 57%, y en la segunda, de 15%. Los datos oportunistas, es decir, aquellos obtenidos en forma no estandarizada y que abarcan desde 1944 a 2023, apuntan a la misma tendencia.

Con respecto a la distribución, también hubo algunas modificaciones. La Eupalaestrus está presente en todo Uruguay, pero con más hallazgos en la mitad occidental. Es decir, la tendencia respecto del anterior muestreo se mantuvo, pero con una reducción de ocurrencias en el este.

La Acanthoscurria se distribuye principalmente en el sur del país, tal cual habían visto en el anterior trabajo, pero con registros menos numerosos y volcados al suroeste, y la excepción de algunas apariciones sorprendentes en el noroeste.

“La ciencia es una constante lección de humildad. Una de las cosas de la que estaba seguro antes de empezar era que Acanthoscurria cordubensis no vive en el norte. Y sin embargo ahí está ahora, fue como una cachetada”, bromea Fernando.

Tarántula de la carretera _Acanthoscurria cordubensis_ en Paysandú.

Tarántula de la carretera Acanthoscurria cordubensis en Paysandú.

Foto: Mauricio Silvera, NaturalistaUY

Estos registros más al norte se escapan también de la distribución que predijeron los modelos para esta especie, que en general funcionaron bastante bien al complementar todos los datos obtenidos. Las precipitaciones y la textura del suelo están entre las variables más importantes para estas especies, de acuerdo con estos insumos.

Fernando no descarta incluso que los ejemplares de Acanthoscurria cordubensis que habitan al norte correspondan en realidad a otra especie muy similar y que pasó inadvertida hasta ahora, algo que espera dilucidar con ayuda de estudios de ADN.

La primera pregunta a hacerse, sin embargo, es el porqué de la reducción de ambas especies. Y es allí donde la suerte de estas arañas parece ligada a la del deterioro y desaparición del ecosistema en el que viven.

“Nuestra primera hipótesis es que esta reducción está vinculada a cambios de uso de la tierra, más directamente a la disminución de la matriz de pradera en Uruguay”, explica Fernando.

Tal cual señala el trabajo, “considerando que estas especies son habitantes de los pastizales, su disminución puede explicarse por el aumento de la modificación de estos paisajes, principalmente debido a la agricultura y la forestación”.

Fernando y sus colegas lo observaron en campo. Algunos de los lugares en los que encontraron estas arañas hace más de 20 años están ahora completamente modificados. Las tarántulas ya no pueden sobrevivir allí.

Estos resultados van en línea con los datos que tenemos sobre la propia reducción del ecosistema dominante de Uruguay. Entre 1985 y 2024 Uruguay perdió 22% de sus pastizales naturales, con departamentos en los que esa pérdida fue de entre 31 y 55%. Las tarántulas de carretera simplemente nos muestran esta realidad desde otra perspectiva y suman nuevas evidencias sobre los impactos de esta reducción.

Para entender por qué una de estas dos especies de tarántula es menos abundante y se vio más afectada que la otra por esta reducción, hay que dar paso ahora a otro personaje carismático en esta historia.

La lanza de san Jorge

Además de la reducción de sus ambientes, estas tarántulas enfrentan otra amenaza temible, cuyo modus operandi parece salido de una película de terror: la avispa o avispón de san Jorge (Pepsis cupripennis), conocida también como el “halcón de las tarántulas”.

Las hembras de estas grandes avispas tienen un aguijón con el que inoculan un veneno potente. En realidad, son vegetarianas, se alimentan de néctar, pero sus crías son carnívoras. Como madres abnegadas que son, preocupadas por asegurar el sustento para sus hijos, salen a cazar para ellos. Y esa es una pésima noticia para estas dos especies de tarántulas, que están entre sus víctimas preferidas.

La avispa penetra en la cueva de la tarántula y la sujeta mientras la pica con su aguijón (su blindaje le permite salir indemne ante los quelíceros de su víctima). El pinchazo definitivo lo asesta en el cerebro, pero no mata a la araña, solo la inmoviliza, y la deja viva. La avispa excava entonces una cámara al lado de la cueva, coloca a la tarántula allí, le pone un único huevo y cierra el acceso al lugar.

Cuando el huevo eclosiona, la larva que sale de él se va alimentando poco a poco de la araña viva e inmóvil (afectando sus órganos vitales recién al final), hasta que crece lo suficiente como para emerger de la tierra cual zombi.

Lo más interesante de esta historia digna de un cuento de Stephen King es que afecta en forma desproporcionada a las dos especies. Los aracnólogos descubrieron que Eupalaestrus weijenberghi tiene un truquito de defensa que Acanthoscurria cordubensis no ha logrado imitar. Fabrica un tubito estrecho al final de su cueva en el que se mete cuando se ve amenazada. Cuando se coloca en él, la avispa no puede sacarla ni aguijonearla con eficiencia.

La mayor vulnerabilidad de la Acanthoscurria a esta avispa “sería una explicación adicional de su menor ocurrencia y abundancia”, apunta el trabajo, pero la historia de esta relación no termina allí.

En su estudio, Fernando y sus colegas descubrieron que la Acanthoscurria solo vive en los sitios en los que habita Eupalaestrus, pero esto no se da al revés. Es decir, la primera es dependiente de la segunda. ¿Por qué? “La hipótesis que planteamos es que está condenada a vivir con Eupalaestrus weijenberghi porque de esa manera diluye el efecto del predador, es decir, tiene menos posibilidades de que la avispa la encuentre”, sostiene Fernando. Esa dependencia, además de explicar que tengan características tan parecidas en cuanto a hábitat y ciclo biológico, podría indicar que Acanthoscurria cordubensis “tiene menos capacidad adaptativa”, indica el trabajo.

La vulnerabilidad de esta especie nativa y su reducción en las últimas décadas es un llamado de atención, apunta Fernando. “Es un poco preocupante porque ya partimos de una dotación mucho más chica que Eupalaestrus weijenberghi”, dice. Para peor, es medio mañosa a la hora del sexo. “En nuestros trabajos hemos recogido evidencias que muestran que las hembras de esta especie son mucho más exigentes que las de Eupalaestrus weijenberghi con respecto a las condiciones del tiempo para copular. Esta última lo hace durante todo el período reproductivo, pero Acanthoscurria cordubensis exige ciertas condiciones ambientales, que parecen estar relacionadas con la presión atmosférica, lo que vuelve a la especie aún más vulnerable”, señala.

Si de todos modos no nos preocupara su suerte, al menos deberíamos interesarnos en lo que nos está diciendo, que abarca mucho más que el presente y futuro de estas especies.

Cuidame y yo te cuido

“Estas tarántulas, al ser tan especialistas, también son indicadoras del estado del ambiente en el que viven. Que se esté reduciendo su presencia nos obliga a prestar atención a los cambios que está teniendo el uso del suelo y lo necesario que es preservar el ecosistema predominante en el país, que son los pastizales”, dice Fernando. Puede que sean aliadas de algunos tipos de producción, al controlar un buen número de escarabajos, pero curiosamente son los propios usos productivos los que las amenazan.

“Si bien los pastizales están intervenidos al menos desde la llegada de la ganadería, siguen albergando una diversidad que muchas veces pasa inadvertida; uno tiende a pensar más en la riqueza de los bañados o los bosques nativos, pero los pastizales son áreas muy importantes, muy características de nuestro país, que ocupan la mayor parte del territorio y que se están viendo muy afectados, como nos indican estas conclusiones y las de otros trabajos”, agrega.

El estudio también nos hace mirar con otros ojos a estas intrépidas tarántulas que, impulsadas por la pulsión reproductiva, lo arriesgan todo en marzo y abril para asegurar la llegada de la próxima generación. Recordar esto al verlas cruzar las carreteras quizá nos ayude a tomar precauciones extra para intentar esquivarlas y darles una vida más en sus aventuras.

Artículo: Road tarantulas’ two decades after: a long-term comparison of the geographic distribution models of the tarantulas Acanthoscurria cordubensis and Eupalaestrus weijenberghi in Uruguay
Publicación: Biological Journal of the Linnean Society (diciembre de 2025)
Autores: José Carlos Guerrero, David Ortiz, Esteban Russi, Laura Montes de Oca y Fernando Pérez.