Si hacemos una consulta al portal Scopus, uno de los tantos que indexan la producción científica mundial, y buscamos que nos liste la cantidad de artículos científicos publicados entre 1985 y 2025 en los que alguno o alguna de sus autores tenga filiación en una institución científica de Uruguay, nos arroja un total de 4.425 trabajos. De ellos, 1.216 corresponden al área de la Medicina, 1.116 a la de la Bioquímica, Genética y Biología Molecular, el tercer lugar lo ocupan las Ciencias Agrícolas y Biológicas, con 931 publicaciones, seguidas por la Física y Astronomía con 587, y cerrando las cinco áreas con más artículos está la Química, con 448 publicaciones.

¿Qué pasó en los 20 años que siguen a 2006, cuando nació la diaria, con esas publicaciones? Según el mismo Scopus, entre 2006 y 2026 hay 22.696 artículos científicos que tienen al menos un autor o autora con filiación en una institución de investigación de Uruguay. En prácticamente la misma cantidad de años, nuestra comunidad científica produjo 512% más trabajos. De ellos, las cinco disciplinas más prolíficas fueron las Ciencias Agrícolas y Biológicas (6.675 artículos, es decir solo esa disciplina publicó más trabajos que todas las disciplinas juntas entre 1985 y 2005), seguida de la Medicina (6.041 publicaciones), la Bioquímica, Genética y Biología Molecular (3.790), las Ciencias Sociales (2.952) y en quinto lugar las Ciencias Ambientales, con 2.326 trabajos.

Si bien los artículos científicos no capturan la totalidad del aporte que nuestra ciencia hace a la comunidad científica, a la sociedad, al país y al mundo, como son fáciles de contar nos dan una magnitud que nos permite hacer comparaciones (incluso una rápida como la aquí realizada).

Al comparar la producción científica en los períodos 1985-2005 y 2006-2026, da la sensación de que, en ese último tramo, que abarca dos décadas, hubo una milagrosa explosión de nuestra ciencia. Pero esta es la sección de ciencia, y en ella no solemos cotejar los fenómenos como milagros. ¿Qué pasó en estos 20 años para que nuestra ciencia creciera tanto? ¿Hay alguna razón detrás de esto? Algunas de las cosas que podrían explicar parte de nuestra expansión científica pasaron en aquel 2006 en el que nacía la diaria. Vamos a ello.

20 años de un sistema en expansión

Cuando miramos a 2006 podemos ver que, para nuestro sistema científico, no fue un año más. Algunas iniciativas terminaron de cuajar ese año, mientras otras tienen en él su punto de partida, en parte porque es a partir de allí que el primer gobierno del Frente Amplio contaba con los recursos para impulsarlas (si bien ganó las elecciones en 2004 y asumió en marzo de 2005, recién en 2006 administró el dinero tal como se había propuesto en la ley presupuestal 2005-2009). Antes de ir a ellas, hagamos un breve repaso de lo que había pasado antes.

Como señalábamos en una nota anterior, para 2006 la importancia de la ciencia para impulsar el desarrollo del país estaba clara desde hacía tiempo. Se venía trabajando en pos de ello desde la vuelta de la democracia, en 1985, siendo un gran mojón en todo ese derrotero la creación del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (Pedeciba), que comenzó a funcionar en octubre de 1986 y que lo sigue haciendo, con éxito, hasta nuestros días.

¿Por qué es importante el Pedeciba? Porque, entre todas las atrocidades cometidas por el régimen de facto, también se afectó la ciencia, de manera que, entre otras tristísimas carencias, al terminar la dictadura, no existía en Uruguay cómo ni dónde formarse para hacer investigación científica. Otro gran mojón en ese sentido fue la creación de la Facultad de Ciencias dentro de la Universidad de la República (Udelar), creada formalmente en 1990. También ese año y dentro de la Udelar nacía la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC), de gran relevancia para la investigación y generación de conocimiento en Uruguay.

Sin embargo, tras aquel impulso inicial, el ritmo de este tipo de grandes cambios se enlenteció (lo que no quiere decir que no haya pasado nada), tendencia que podríamos decir que cambió en 2006: ese año se reglamentó el funcionamiento de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (creada en el presupuesto en 2005 y que comenzaría a funcionar tras la reglamentación de 2006 a principios de 2007), se inauguró, también en diciembre de 2006, el Institut Pasteur de Montevideo (que comenzaría a funcionar en febrero de 2007 y que, como veremos, era un proyecto que venía de antes), y se dieron intensas conversaciones y movidas que terminarían desembocando en la creación, en 2007, del Sistema Nacional de Investigadores (SNI).

Claro que no todo pasó en aquel 2006 en que nacía la diaria: en los años siguientes vendrían también otros mojones ineludibles, como la elaboración de un Plan Estratégico Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Pencti), presentado formalmente en 2010, o el lanzamiento del Plan Ceibal, que a partir de mayo de 2007 comenzaba a materializar el objetivo de “una computadora por niño/a” y que luego cobraría un vuelo mucho mayor con relación a la educación en un mundo cada vez más digital. Veamos estos cuatro grandes pasos dados para luego ver dónde estamos parados en el presente.

Hay agencia

El artículo 256 de la ley de presupuesto 2005-2009 creaba una “Agencia Nacional de Innovación”. Según rezaba el texto, el cometido de la agencia sería el de “organizar y administrar instrumentos y medidas para la promoción y el fomento de la innovación, la ciencia y la tecnología, promoviendo la coordinación interinstitucional en forma transversal, articulando las necesidades sociales y productivas con las capacidades científicas, tecnológicas y de innovación”. Se establecía también que “dentro del término de 180 de promulgada la presente ley el Poder Ejecutivo remitirá una iniciativa legislativa que establecerá la naturaleza jurídica de la Agencia Nacional de Innovación, regulará las bases de su funcionamiento orgánico y desarrollará sus cometidos en el marco de las disposiciones constitucionales aplicables”.

Aquello terminó siendo aprobado el 28 de diciembre de 2006, cuando la diaria ya llevaba nueve meses llegando a los hogares de suscriptores y suscriptoras de un diario que no se conseguía en quioscos (una novedosa forma de comercializar un diario que sirve de ejemplo para mostrar que en ocasiones puede haber innovación sin investigación científica, pero que no por ello hay que relegar a la ciencia). En aquel diciembre fue que se cambió el nombre de la agencia agregando una nueva “i” a la sigla, lo que le daba mayor visibilidad e importancia a la investigación.

La creación de la agencia permitió canalizar en ella un montón de iniciativas relacionadas con la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI), siendo de particular interés para la creación de conocimiento (el objetivo primordial de la ciencia) y el lanzamiento de los fondos para financiar investigación tanto “básica” (creando para ello el Fondo Clemente Estable) como “aplicada” (a través del Fondo María Viñas). Luego vendrían también fondos sectoriales para impulsar la creación de conocimiento en áreas de relevancia. La alta demanda por parte de la comunidad científica de estos fondos lleva en los últimos años a la paradoja de que se presentan más proyectos de investigación considerados de excelencia que aquellos que se pueden financiar.

Hay nuevo instituto de investigación

Si bien el Institut Pasteur de Montevideo, que integra la red de más de 30 institutos Pasteur situados en los cinco continentes, fue creado por ley en julio de 2004, cuando el presiente era Jorge Batlle, fue inaugurado el 8 de diciembre de 2006 por el presidente Tabaré Vázquez junto con autoridades de Francia, como la ministra delegada de Cooperación, Desarrollo y Francofonía, Brigitte Girardin, y representantes de la casa matriz del Institut Pasteur de París. El centro montevideano de la red Pasteur comenzaría a funcionar en febrero de 2007, cuyo primer director fue Guillermo Dighiero.

Se trata de un instituto que se dedica “a la investigación científica en el área de la medicina biológica” y que “está formado por plataformas científicas de alta tecnología en áreas como la genómica, proteómica, bioinformática, biología molecular y celular; laboratorios abiertos a proyectos de investigación de científicos jóvenes; un centro de enseñanza internacional con cursos sobre los más recientes conocimientos biológicos y tecnologías de punta, y startups para el desarrollo de aplicaciones biotecnológicas”, según señala la propia institución, y en su gobernanza participan el Poder Ejecutivo de nuestro país y la Universidad de la República, así como consejeros del Institut Pasteur de París.

No hace falta enfatizar en lo evidente: con un nuevo instituto se potencia la posibilidad de generar conocimiento, así como la de ampliar carreras científicas y aumentar la inserción laboral de investigadores e investigadoras. Todo ello comenzó a suceder desde 2007.

Hay sistema para investigadores e investigadoras

En setiembre de 2007 se aprobaba el Proyecto de ley de rendición de cuentas y balance de ejecución presupuestal ejercicio 2006. En el artículo 305, se creaba “en la órbita de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII)” el “Sistema Nacional de Investigadores (SNI)”. El objetivo que tendría por delante el sistema sería el de “fortalecer y expandir la comunidad científica”, “identificar, evaluar periódicamente y categorizar a todos los investigadores que realicen actividades de investigación”, y “establecer un sistema de apoyos económicos que estimule la dedicación a la producción de conocimientos en todas las áreas”. El SNI realizaría su primer llamado a aspirantes en 2008 y las investigadoras e investigadores que ganaron aquella convocatoria fueron notificados el 1° de marzo de 2009. Gracias al SNI, tras presentarse al sistema, quienes hacen investigación y son categorizados obtienen partidas monetarias para incentivar a que se dediquen a la generación de conocimiento.

El SNI no nació de la nada, sino que, como comentaba el investigador Rafael Radi en la celebración de los primeros diez años del SNI, tenía “un antecedente inmediato insoslayable” en el Fondo Nacional de Investigadores, que surgió en 1996 cuando el físico Rodolfo Gambini y el matemático Mario Wschebor, con “la ayuda de legisladores de distintos partidos”, lograron que se incluyera un artículo para su creación en la ley de presupuesto. No tuvo fondos hasta 1998, y en 1999 el Fondo Nacional de Investigadores contaba con 153 personas (había habido 702 aspirantes a integrarlo).

Tras un largo derrotero, y con varias personas moviéndose activamente, el Fondo Nacional se terminó convirtiendo en el SNI. Tras ese primer llamado, en 2009 ingresaron los primeros 1.101 investigadores al sistema. Hoy hay 2.319 investigadores e investigadoras categorizados. Con motivo de la celebración de la primera década del SNI, Rodolfo Gambini señalaba que, “del mismo modo que en su momento lo hiciera el Programa para Desarrollo de las Ciencias Básicas, el Sistema Nacional de Investigadores ha favorecido la consolidación de una comunidad científica con fuerte sentido de pertenencia y compromiso con el país”. También decía que aún queda mucho por delante y alentaba a la creación de “una carrera del joven investigador” en el SNI.

Entonces

Veinte años después de aquel 2006 la cosa ha cambiado bastante. La comunidad científica y académica respondió con responsabilidad, entusiasmo y profesionalismo. Tanto que hoy estamos ante problemas desencadenados por ese crecimiento.

La Universidad de la República, el Pedeciba, la UTEC y las universidades privadas están formando investigadores e investigadoras a un ritmo creciente, pero dado que no aumentan los lugares donde puedan incorporarse, eso nos impone varios desafíos. Sin espacio en la academia para absorberlos y ante una baja demanda del sector privado y estatal, varios y varias o abandonan el país o se quedan y abandonan la ciencia. Y eso que nuestra cantidad de investigadores respecto de la población es aún muy baja si nos comparamos con países desarrollados (y también es baja con relación a países de la región con los que nos gusta compararnos). Los fondos destinados a la ciencia son igual de escasos que hace, por ejemplo, diez años, con el agravante de que tenemos más científicos y científicas. Además de esos, nuestra ciencia enfrenta otros grandes desafíos.

En 2026 se han dado algunas señales. Se acaba de crear la Secretaría de Ciencia y Valorización del Conocimiento, se entendió que era necesario pensar un nuevo Pencti, y antes de que termine el año se presentará ante el Parlamento un proyecto de ley integral sobre el diseño institucional del Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación. Ojalá cuando la diaria celebre sus 40 años podamos ver a 2026 como parte de unos años germinales para el nuevo impulso que nuestra ciencia reclama, necesita y merece.