En la vida, como en las bochas, hay intersecciones y distancias que definen el tanto, para un lado o para el otro. En San Jacinto, que vive en torno al cruce de las rutas 7 y 11, la tradición bochófila, heredada de los inmigrantes italianos y canarios que poblaron la zona en el siglo XIX, perdura agazapada y diversa, silenciosa y un tanto ajena a los avatares de un pueblo atravesado por su relación con el Frigorífico San Jacinto, a unos seis kilómetros al norte por la 7, y por su condición de pueblo al paso potenciado, porque a medio camino entre Montevideo y Tala en el recorrido de la 7, y entre Canelones y Atlántida por la 11, algunos jacintenses no pueden ocultar la noción de que cualquiera de esos destinos es más merecedor que este y que si uno llega acá es solo porque va para otro lado.
Desde 1976, el estatus oficial de San Jacinto es el de ciudad, pero uno encuentra allí el carácter y las señas inconfundibles de un pueblo del interior, naturaleza que a veces aflora hasta en las ciudades más grandes del interior del país e incluso en cualquier barrio de la capital, y que acá no puede más que acentuarse y ofrecerse como un resabio familiar, sobre todo si es un domingo frío y gris, un exabrupto invernal en la parte del almanaque que dice primavera. En un día así, con los comercios y edificios públicos cerrados, con la plaza y las calles vacías, San Jacinto ostenta una calma que un espíritu inquieto o desacostumbrado podría tachar de soporífera. Pero la primera impresión puede ser engañosa.
Partera de emigrantes
“Los gurises jóvenes se van a Tala los fines de semana si acá no hay baile” dice Alberto Ríos, que tiene 47 años, trabaja en la construcción y es justamente originario de Tala, aunque hace añares -no dijo cuántos- vive en San Jacinto. “Se creen que allá es mejor, pero después van y es lo mismo, porque están todos los que fueron de acá y ven las mismas caras. En verano arrancan todos para Atlántida y pasa lo mismo” cuenta. El Negro Alberto, como lo conocen por acá, está acodado en la barra del Bar Uruguay, que queda a media cuadra de la plaza y, como todo boliche de pueblo, es referido por el nombre del dueño: lo de López.
Alberto toma mate y espera. Son las cinco y media de la tarde, y por el grupo de Whatsapp acordaron juntarse después de las cinco, pero todavía no llegó nadie. “A esta hora puede que muchos estén allá en el baby fútbol” dice, otro polo de actividad dominguera que se juega en las canchas del otro lado de la ruta 7. El grupo de Whatsapp de Alberto reúne a los aficionados que todos los días dan uso a la impecable cancha de bochas que el bar de López tiene al fondo, y que este año, como el anterior, es sede de un populoso campeonato organizado por Mariana, la esposa de López. El campeonato se juega entre semana. Los fines de semana se juntan a tirar unas bochas los que siguen en carrera con otros que quedaron afuera, como Alberto, que perdió la última semana.
El censo de 2023 estipuló que San Jacinto tiene una población de 5.144 habitantes. Se concentran sobre todo en unas siete u ocho cuadras a la redonda, al oeste de la ruta 7. Como tantas otras cosas, el tema parece ser opinable. “Debemos ser menos de 5.000” calcula Alberto. “Nos creíamos que éramos más, pero no sé, a mí no me censaron, ya van dos veces que no me cuentan” dice. Otro cantinero, en otro bar, afirmó más temprano que el pueblo tenía casi 10.000 habitantes. El censo distingue a la población de la ciudad de la del municipio, que asciende hasta 8.318 habitantes al incluir zonas aledañas como Estación Tapia y Estación Pedrera. El sitio web del propio municipio dice que la población del lugar “es notoriamente más envejecida que el promedio departamental”.
“El pueblo está creciendo, yo que trabajo en la construcción me doy cuenta, hay cada vez más casas para este lado” dice Alberto, y señala hacia la ciudad de Canelones. Opina que es mentira eso de que los inmigrantes vienen a sacarle el trabajo a los uruguayos, pero reconoce que, en efecto, percibe una creciente llegada de inmigrantes caribeños que están realizando empleos informales que la población local ya no hace. Alberto supo trabajar en un establecimiento dedicado al engorde de pollos, que en los últimos años han proliferado en la zona. “Hoy en día lo que concentra todo es el frigorífico” dice: “Si uno no trabaja ahí, tiene un amigo, un hermano, un tío o un primo que trabaja ahí”.
Partido de bochas, el 22 de octubre de 2026, en San Jacinto.
Foto: Alessandro Maradei
La sede
Ruben López regentea el histórico Bar Uruguay desde hace casi cuatro años, cuando se lo compró a los dueños anteriores y lo acondicionó para darle nueva vida. Ahora, el bar que desde su fachada añosa y minimalista promete apenas un comedor al fondo, se mueve en torno a diversas ofertas de entretenimiento y consumo.
Mariana maneja el negocio de comida casera de atrás del bar: un acogedor salón con cinco mesas de madera con manteles de nylon cuadriculados y una tele, donde uno puede degustar, por ejemplo, una generosa milanesa con ensalada mixta por menos de $ 250, mientras del otro lado de la pared suenan los bochazos con los que dos veteranos se sacuden la modorra posmediodía.
La cancha de bochas, que Ruben y Mariana recuperaron al comprar el bar cuando estaba abandonada y derruida, exhibe una impoluta pista de arena de unos 24 metros de largo, bajo reflectores (el campeonato da vida a las noches del bar) que cuelgan de un techo de chapa, que incide crucialmente sobre algunos rasgos del juego porque impide los tiros con elevadas parábolas, que brindan variantes tácticas clave en canchas abiertas. En los laterales, la delimitan unos tablones de madera que ofician, en definitiva, como barra, y allí se alternan en hilera los tragos y los ceniceros de los espectadores, que disponen de acolchonados taburetes para disfrutar de la contienda, aunque la mayoría mira de parado, porque en las noches de competencia se llena de gente.
En lo de López uno puede entretenerse también con las maquinitas tragamonedas, que ocupan un espacio detrás de unos tabiques de madera a la entrada del bar, o con las carreras del Hipódromo de Maroñas, transmitidas sin interrupción por la otra tele que cuelga en el rincón de adelante, seguidas con entusiasmo -y tal vez con algo en juego- por dos o tres parroquianos.
A las seis y media de la tarde, la tele del bar de López muestra el partido de Liverpool y Peñarol sin que nadie le preste demasiada atención. Alberto, en el codo de la otra punta de la barra, lleva más de una hora esperando: sigue sin venir nadie. Pero no está ni apurado ni nervioso. Muestra esa imagen de la tranquilidad que solo puede transmitir quien ceba unos mates y conversa. Mientras tanto nos comenta que anoche se quedaron como hasta la 11 de la noche jugando y que hoy, viendo cómo viene la cosa, va a pasar lo mismo.
Por el oro
Este año, el campeonato de bochas registró cerca de 90 participantes, que se reparten en grupos de dos o de tres para las diferentes categorías. Hay competencias de hombres, de mujeres y mixtas. Con una inscripción de $ 300 por cabeza, el torneo ofrece como premio medallas de oro y de plata, una botella de vino por jugador y ramos de flores para las competidoras femeninas, además de los jugosos premios económicos: el dúo ganador se lleva unos $ 8.000 y el otro finalista, 4.000; en tríos, la cifra aumenta a cerca de $ 10.000 para el oro y 4.500 para la plata.
Los favoritos van por el bicampeonato: Juan Delgado, de 34 años, juega este año en dupla con su hijo Benjamín, de 14, y están en la final con aire de invencibles; en tripleta, defienden el título junto a Estefanía Díaz, quien en el día atiende las mesas en el local de comidas de Mariana. Una de las principales motivaciones al implementar el campeonato fue la posibilidad de participación femenina, menos propicia en otros esparcimientos y en otros círculos bochófilos.
Juan y Benjamín almuerzan en la mesa frente a la tele del salón de Mariana. Está el informativo de Canal 4, pero Juan le pide que ponga acá también el canal del Hipódromo de Maroñas. “Me encantan los caballos”, explica. Es dueño de algunos ejemplares que compiten en pruebas cortas de raid y, con una ironía que no se le escapa, revela que trabaja en el frigorífico Clay, el otro gran establecimiento regional, ubicado unos kilómetros al sur por la ruta 7 y reconocido por ser el principal procesador de carne equina en Uruguay.
Partido de bochas, el 22 de octubre de 2026, en San Jacinto.
Foto: Alessandro Maradei
“Y Benjamín es la gran promesa de las bochas del pueblo”. Gerardo, jubilado, asiduo al bar, irrumpe en tono jocoso al ver que comentábamos el buen torneo de la dupla. A Gerardo le gustan las bochas, pero no juega. Dejó hace años porque tiene problemas en la vista. Su comentario denota su condición de futbolero, sobre la que luego se va a explayar para contar que supo ser técnico del equipo juvenil del Club Vida Nueva y Deportivo San Jacinto, la principal institución deportiva del pueblo, a la que dirigió en un año, el 2007, que terminó siendo histórico, porque en mayores el club salió campeón del interior, por primera y única vez. La gesta es atesorada con enorme orgullo en San Jacinto —es el único cuadro de Canelones en coronarse a nivel nacional, remarcan— y volverá a emerger en otras charlas, incluso antes de que nadie sepa de la procedencia trinitaria de este cronista y de su pasado como jugador de las divisiones juveniles del Centro Recreativo Porongos Fútbol Club, al que los rojos de San Jacinto le ganaron aquella final de OFI.
En Uruguay, la práctica oficial del deporte está regida por la Federación Uruguaya de Bochas, fundada en 1930. Las bochas se disputan en diferentes disciplinas, con variantes que van desde la forma de tirar, las dimensiones de la cancha y el tipo de bola utilizada. La federación uruguaya distingue los reglamentos para las modalidades raffa volo, zerbín, petanca y panamericano. Algunos de los estilos practicados a nivel competitivo en Uruguay, contrariamente a la noción popular ligada a las bochas, tiene una dimensión atlética importante, de velocidad y coordinación, con competencias en las que las pruebas se cronometran y se corre para repetir el tiro.
Las bochas uruguayas han tenido logros muy destacados a nivel internacional. Este octubre, Valentina Pérez se coronó campeona mundial de bochas en Garibaldi, Brasil. La competidora coloniense de 19 años fue la mejor en tiro de precisión, disciplina en la que ya se había consagrado en categoría juvenil.
En setiembre, en los Juegos Odesur de Santa Fe, Argentina, Uruguay tuvo a Celeste Alaniz y Cristian Calero en la competencia de petanca mixta, y a Valentina Pérez y Facundo Fierro en la categoría de punto raffa volo mixto. Ambas parejas obtuvieron la medalla de bronce, mientras que en la competencia individual femenina, Karen Sanguinet sumó una de plata al medallero uruguayo.
Por la copa
El bar de López no es el único recinto bochófilo de San Jacinto. A menos de tres cuadras de allí, hay otro boliche conocido como lo de Pizón. En un terreno aledaño, entre patios y galpones vecinos, se escenifica todas las santas tardes una expresión quizá más arquetípica del juego de las bochas. Un ritual más hermético y autocontenido, protagonizado por una treintena de señores mayores, que parece suceder en otra dimensión y que no se toca con casi nada de lo que pasa afuera. Una ventana por la que se puede escudriñar el modo en que las bochas llegó, se extendió, se consolidó y persiste.
El carácter subjetivo de las distancias, que sugirieron aquellos juguetones cultores de la psicogeografía, aparece en ese par de cuadras que separan lo de López de lo de Pizón, en las que las calles pasan a ser de tierra, las veredas se transforman en cunetas y crece la población de perros y gatos callejeros, por lo que uno se queda con la idea de haber traspuesto una distancia mayor, o medida en otra misteriosa variable.
Ruben López en su bar, en San Jacinto.
Foto: Alessandro Maradei
A lo de Pizón uno llega sin darse cuenta: ninguna seña en su exterior revela su condición de bar. Adentro: un par de mesas sueltas, un billar, y la barra, que en la tarde de este domingo gris, dejando entrar por las ventanas los últimos restos tímidos de luz natural, atiende en la penumbra el señor Ricardo Lecuna.
Lecuna fue presidente del Club Vida Nueva y Deportivo San Jacinto, cargo que ejerció nada menos que durante aquella hazaña en el campeonato de OFI de 2007. Así que no demora en adentrarse en los hermosos recuerdos, respaldados por la foto de aquella heroica formación que adorna, de manera exclusiva, la pared de atrás de la barra. Se nota que el fútbol, aunque le dejó ciertos desencantos que enseguida se arrepiente de mencionar, es la pasión de Lecuna. Consultado sobre las bochas que juegan ahí atrás, se vuelve un hombre de pocas palabras: “Son unos jubilados que vienen a pasar el rato. Igual que yo, que en un ratito ya me voy”, suelta, y no queda claro si se refiere a esta tarde o en general.
“La otra vez ya vinieron a filmar del Canal 5”, dice; algo incrédulo ante la atención que concita la actividad. Los jugadores, todos varones y con edades que van desde los cincuenta y pico hasta los setenta largos, se reúnen, autoconvocados y sin falta todos los días, y juegan sus partidos mientras lo permite la luz natural, en un terreno en forma de L que se extiende a partir de la puerta lateral del bar, convenientemente cerca de la barra. Dos grupos de seis juegan en dúos o tríos, y otro puñado de jugadores espera. Las canchas se delimitan y entrecruzan de manera azarosa y difusa después de lanzar el bochín, y se van rotando por todo el predio, por lo que cada partido tiene condiciones únicas impuestas por las irregularidades del suelo. El ambiente es informal y dicharachero, pero el juego se encara con seriedad y compromiso, en una dinámica que hace pensar en los grupos de varones que juegan al fútbol 5 de manera tosca y amateur y después comentan las jugadas y la táctica con el fervor y el detalle de una Libertadores.
El juego de las bochas fomenta una apasionante tertulia en torno a las instancias del juego. El tirador está solo, concentrado. Apunta y piensa. Del otro lado, en torno al bochín, a las bochas ya jugadas y al inminente impacto, se produce una reunión en semicírculo de hombres con las manos cruzadas a la espalda, algunos con el pucho en la boca, que analizan la jugada, la comentan y la discuten, pronostican desenlaces, ofrecen al tirador información que no se percibe a la distancia y sugieren estrategias.
Esta tarde fría y fea desalienta a los jugadores temprano. Dan por finalizada la jornada de bochas y abandonan el predio en éxodo rumbo al bar. Algunos se quedaron con ganas y creen que es un desperdicio no aprovechar la última luz, así que se arrepienten y pegan la vuelta para armar el último juego, a medio camino sobre la entrada que da a la calle, que ofrece una cancha lisa y en bajada. El resto se mete al bar y se reparte entre el billar y las mesas, una de truco y una de conga, para seguir la competencia. A lo sumo, juegan por la copa.
