El padrón 3950 del inventario de la Ciudad Vieja indica que el inmueble tiene un grado 3 de protección patrimonial sobre las tres plantas que se levantaron en un área de 418 m². “Construido por el arquitecto Armando Acosta y Lara en el año 1924”, consta en la ficha del edificio conocido como Palacio Acosta y Lara. “Se desarrolla en tres niveles, presentando la zona de estar y jardín de invierno en planta baja, los dormitorios principales en el primer nivel y dormitorios de servicio en el segundo. En la contundente fachada de lineamientos neocoloniales se destacan la trabajada herrería de los vanos y la carpintería del importante portal de acceso y de las ménsulas y decoraciones ubicadas bajo el alero de tejas. El edificio se encuentra desocupado y el estado de conservación exterior es bueno”.

El inventario es anterior a que Gabriel Rodríguez Arnábal comprara la propiedad junto con un socio extranjero. Mientras concretan la venta, a un precio que estiman muy conveniente, aunque prefieren no revelar, los fines de semana tercerizan la organización de recorridos por tramos de las estancias y rincones de una vivienda penumbrosa que mira hacia adentro y, de acuerdo con el tono que guiona el paseo, guarda códigos masónicos impresos en sus características constructivas. Entre pisos de damero o con estrellas, escaleras caracol, estufas que nunca fueron encendidas, objetos antiguos y arte contemporáneo, el palacio se va develando.

“Es un ícono de la arquitectura masónica. Es una casa que guarda mucho misticismo; todos sus propietarios –o casi todos– son personas que tienen que ver con el mundo de lo que no se percibe y, por ende, la casa guarda muchos secretos. Tiene grado 3 de protección patrimonial y perfectamente puede ser monumento histórico nacional. El grado 3 significa que supuestamente no se puede demoler, tampoco se le pueden hacer intervenciones sin consultar a la Comisión de Patrimonio, aunque muchas personas lo hacen igual y pagan multas que son absurdas”. ¿Qué tiene alrededor? El tránsito de la angosta calle Buenos Aires, una vivienda particular y una pensión.

Foto del artículo 'Una tarde en el Palacio Acosta y Lara'

Foto: Martin Hernández Müller

Crímenes urbanos y rescates interminables

Pero antes del palacio existió Salvamento, un proyecto que ayudó a su reconstrucción: Rodríguez lo empezó a los 19 años, dice que entonces sin fines de lucro. Fue espontáneamente, cuando, a la vuelta de donde vivía, estaban demoliendo una casona, en Bulevar España y Joaquín Requena. Quiso parar todo. Finalmente se conformó con rescatar baldosas antiguas, azulejos, puertas. Compró algunas cosas y las guardó. “Siempre me gustaron las casas porque me crie en una bastante antigua: la casa de mi familia es de 1800 y pico. Mis abuelos al comprarla le hicieron agregados utilizando también elementos de demolición. Entonces, para mí, reutilizar elementos arquitectónicos antiguos es una cosa que viene como de tres generaciones atrás”, explica. Tiempo después, le avisaron que una empresa de demoliciones entraba en quiebra. “Estuvo demoliendo inmuebles durante más de 100 años en todo Montevideo y tenía cosas de una calidad impresionante, así que terminé comprando una cantidad descomunal, una locura de azulejos, baldosas, pisos, ventanas, lo que te puedas imaginar”.

La idea inicial fue: “Algún día, cuando tenga dinero para poder comprarme una casa y reconstruirla, voy a utilizar todas estas cosas”. Sus padres le prestaron un espacio en el campo, por San José de Mayo, para guardar todo aquello, hasta que terminó alquilando un local comercial como depósito. Como le pasa a cualquiera que esté en ese rubro, que sigue sumando material, finalmente lo tiene bastante desperdigado. Salvamento se transformó en un negocio intermitente. “Estuve mucho tiempo viajando, estaba estudiando Relaciones Internacionales”, agrega Rodríguez, que ahora tiene 36 años.

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Foto: Martin Hernández Müller

En su acervo cuenta con objetos que valora especialmente; muchos no están en venta, como la puerta de hierro de fundición de la primera casa. Tiene también rescates de otro palacio, que estaba en Rondeau y Colonia: “Eran los dueños de jabón Bao, tenían uno de los inmuebles más espectaculares de todo Montevideo. Entrabas y estabas en París, era una cosa de caerte de espaldas, de la altura del Palacio Santos, despampanante por donde lo vieras. Lo compró una secta para hacer un estacionamiento, una cancha de fútbol, una locura, así que de ahí también me quedé con azulejos que realmente son piezas importantes, de colección, aberturas, pisos. Los azulejos generalmente son ingleses. Era una casa de estilo ecléctico, pero tenía una incidencia neogótica importante. Edificios neogóticos en Uruguay tenemos pocos, por ejemplo, las Carmelitas en el Prado, el Castillo de Soneira; es un estilo muy particular, muy reconocible. El resto se lo llevó alguien para afuera”.

Rodríguez argumenta que Salvamento Arquitectónico avanza con límites: “Es tanto lo que se está demoliendo hoy en día, que no tengo la capacidad de poder comprar todo”. Las procedencias más habituales de lo que encuentra son francesas, inglesas, españolas y belgas. “Azulejos y revestimientos de piso; eso es lo que hay más en volumen, en existencia patrimonial, en Uruguay. Lo que haya de portugués más que nada lo encontrás en Colonia del Sacramento y hay muy poco. Hay personas que justo vienen a comprar una cosa que se les rompió, así que básicamente les sirve para reponer una pieza. También hay muchas cosas de Salvamento que hago de manera filantrópica: a gente que realmente me gusta lo que hace le dono cosas”.

Salvamento entra al palacio

La historia resumida que reciben quienes visitan la casona de Ciudad Vieja es que perteneció en primera instancia a los Acosta y Lara (1888-1972), que después se lo vendieron al neurólogo Víctor Soriano (1909-2005). “Soriano era un neurocientífico a la lectura de Clemente Estable, una eminencia a nivel mundial, que se escribía con grandes instituciones, se enviaba cartas con científicos de todos lados. Cuando murió la dejó en una suerte de comodato al Ministerio de Cultura, pero por alguna razón la casa terminó completamente abandonada, con todas las cosas de Soriano adentro. Soriano dejó esta casa hasta con sus lentes de lectura encima de la mesa de luz. Era viejito y pasó sus últimos días en el hotel Hermitage porque había enviudado y a la casa iba de vez en cuando”, relata Rodríguez.

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Foto: Martin Hernández Müller

“Víctor Soriano tenía una de las bibliotecas de neuropsiquiatría más importantes de América Latina, entre otras cosas. La casa venía con todo el combo y la compró una persona que terminó tirando el 95% de todo eso a la basura. Los vecinos son testigos de que se pusieron como si dijera 40 volquetas sobre la calle Buenos Aires, donde se tiró toda una biblioteca con documentos importantísimos. También muchas cosas las vendió: armaduras medievales, muebles”.

Ese fue un comprador australiano, a quien también se cita durante el recorrido, pero el palacio no duró demasiado en esas manos. En mitad de la operación, se retiró. Esto permitió que el edificio permaneciera en pie. “Básicamente estaba comprando la casa para hacer un proyecto que estaba lejos de preservarlo”, dice Rodríguez. “En 2017 encuentro un anuncio en línea. Voy a ver la casa, estaba completamente destruida y vandalizada, pero aún quedaban algunas cosas de Víctor Soriano. Había dos habitaciones que estaban tapiadas, llenas de documentos, libros y cosas, pero era el 10% de todo lo que había. Cuando compramos la casa, nos pusimos a revisarlos, eran muy importantes, correspondencia con las mejores universidades del mundo, cosas realmente muy importantes del acervo patrimonial científico, y como Víctor era un judío sefaradí, decidí donar esos documentos al Museo Sefaradí que está ahí, sobre la calle Buenos Aires, a dos cuadras. Me quedé con el observatorio de astronomía: en el cuarto piso de la casa hay un observatorio con sus telescopios y sus máquinas. Todo funciona perfecto”, cuenta sobre el lugar que corona la casa y que ahora concibe como una suerte de memorial a Soriano.

La sociedad civil Los Octantes contactó hace un par de años a Rodríguez y se encargó de rehabilitar el observatorio, que sus integrantes visitan con cierta frecuencia. “La sorpresa fue muy buena, porque estos astrónomos profesionales nos dijeron que el observatorio funciona, que desde el observatorio se puede ver un montón de cosas, más allá de la contabilidad lumínica. Por ejemplo, la luna se puede ver muy bien con los equipos que están, y algunos astros también. Por supuesto que hoy en día, como la ciencia avanzó 30 años, 40 años más, hay cosas que son infinitamente más potentes, pero lo que hay actualmente es no solamente una pieza de colección, sino que además funciona como un observatorio”.

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Foto: Martin Hernández Müller

La refacción total del palacio insumió dos años. “Logré hacer el proyecto a un costo ridículamente inferior a lo que se presupuestó”, asegura Rodríguez sin brindar parámetros: hubo que reparar pisos, techos, paredes, vitrales, hacer impermeabilizaciones, sustituir escaleras. “Estaba en ruinas. En materiales tiene un montón de metros cuadrados en mármol que son valiosísimos. La calidad constructiva de la casa es de un valor importantísimo. La estufa que tiene es terracota y no sé si hay otra a la altura en Uruguay y quizá ni siquiera en el Río de la Plata; la más parecida que he visto es la del Palacio Duhau, que es el actual Hyatt, en Buenos Aires. Incluso muchas personas han querido comprar la casa para desmontarla y venderla. Esa estufa es un agregado que puso Acosta y Lara, la trajo de un castillo en Europa. Esa estufa es mucho más antigua que la casa. Hay dos teorías sobre su procedencia: una dice que es inglesa y la otra que es española. Lo que es seguro es que es una pieza del siglo XVIII y eso la convierte en un elemento histórico importantísimo, además de que está inventariada como elemento patrimonial. El patio es andaluz, con azulejos sevillanos”, apunta el dueño del lugar.

Una vez hecha la reforma, cada espacio fue aprovechado como set de filmación de producciones cinematográficas y avisos. También recibieron distintos tipos de eventos, desde lanzamientos hasta vernissages, cumpleaños o cenas con representantes políticos del exterior.

Pero a esta altura del proyecto esperan que no tarde en concretarse la venta del Palacio Acosta y Lara, para el que imaginan distintos destinos: un petit hotel, la sede de una institución, una embajada. Cuenta con diez baños y por lo menos seis habitaciones, ya que hay más áreas que podrían ser utilizadas como dormitorios.

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Foto: Martin Hernández Müller

Entre tantos corredores, salones o respaldos de dormitorios lucen piezas de gran tamaño de artistas contemporáneos locales, como Rita Fischer, Manuel Rodríguez, Margaret Whyte, Clara Rossi, Juan Burgos, Jacqueline Lacasa: “Con el fin de darle un valor agregado a la casa, me han prestado obra para ponerla en lugares icónicos”, dice Rodríguez, que además apeló a una colección de antigüedades importante. “Me formé como perito en historia de los estilos y en antiquismo con una persona a quien extraño mucho, que se llamó Abelardo Manuel García Viera”, agrega sobre su mentor, “que sabía sobre arte y sobre patrimonio nacional lo que no sabe nadie en este país”.

Por consultas sobre visitas, escribir al 092 424 270 o a la cuenta @palacioacostaylara en Instagram. Por elementos arquitectónicos: @salvamento.uy o 091 720 720.