Muñeca, bambola, poupée, boneca, doll: la primera barrera es el idioma; la segunda, el clima; la fundamental, la idiosincrasia. Hay varios obstáculos en Montevideo para meterse en el corazón de Ningyō, la muestra itinerante de muñecas japonesas que se inauguró en el Museo de Arte Precolombino e Indígena (MAPI, 25 de Mayo 279) el 6 de agosto, uno de esos días de invierno con alerta naranja por vientos y lluvia. Hay tiempo para verla hasta el 7 de setiembre. Pasado el escollo climático y subidas las escaleras (hay ascensor) del edificio impulsado por Emilio Reus, que parece siempre a punto de rezongar, lo que viene después es luminoso: 67 muñecas distribuidas en dos salas.
Poesía en las formas y en el pensamiento
Ningyō, el nombre de la muestra, es una palabra japonesa. No tiene género gramatical, no es masculina ni femenina. Significa algo así como “figura humana” o “forma humana”. Quién sabe cuántos sentidos sutiles se pierden en la traducción. Aunque se presenta como una exposición de muñecas y se subtitula Art and Beauty of Japanese Dolls, el concepto de muñeca es bastante más amplio. En Uruguay hay un antecedente de una exposición similar: en 1999, en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), se presentó Los muñecos de Japón, en masculino. Por tanto, una fina niebla idiomática se interpone ante el espectador antes de sumergirse en la exposición.
Keshi Butterfly.
Foto: S/d de autor, difusión
En Occidente la muñeca remite casi siempre al juego infantil. Durante mucho tiempo, al regalarlas se respetaba una división bastante rígida sobre el destino de los juguetes: muñecas para niñas, pelotas para varones. En Japón la cuestión parece más honda. Algunas sí son juguetes en la vida cotidiana, pero existe una tradición de construirlas artesanalmente, de darles significados, que expande el universo de lo lúdico. Para quien desconoce esa cultura, en principio resulta imposible memorizar los numerosos estilos de muñecas que existen. Tanta variedad se explica porque han sido creadas a lo largo de siglos con técnicas y materiales diferentes, son particulares de cada región y se asocian a festividades, entre otras características. También varían sus significados, aunque resultan particularmente interesantes las que funcionan como amuletos de prosperidad, salud y buena suerte.
Takasaki Daruma.
Foto: S/d de autor, difusión
La exposición incluye una selección amplia representativa de la variedad de estilos, desde piezas realistas a abstractas, populares o sofisticadas, campesinas o cortesanas… Cada una tiene una historia para contar y juntas trazan un recorrido milenario, entre la tradición y la creación contemporánea.
Algunos de los textos que las acompañan son tan poéticos como el objeto en sí. Por ejemplo, una de las más delicadas y figurativas se titula “Que caiga lluvia pura”. La autora, Igeta Hiroko (1967), logra crear movimientos envolventes con la cerámica, mientras el rostro y la mano de una jovencita emergen de la propia nube. “Esta obra parece representar la determinación y la fuerza de desear ser como una gran nube, una nube que derrama lluvia pura sobre la tierra”, dice el texto propuesto por la curaduría.
Shizuoka Anesama.
Foto: S/d de autor, difusión
Pero también hay muñecas más rústicas, más simples, bebés rechonchos y hasta formas humanas sin rostro.
Dolls de ojos azules: las muñecas que despertaron el orgullo nacional
La mayor parte de los juguetes occidentales se fabrican en serie, se valoran por su novedad y, apenas pasan de moda, terminan en la basura. En la cultura japonesa, en cambio, se valora la muñeca que perdura, aunque tal vez no se la considere un juguete. Las artesanales son únicas y se cuidan porque hacerlas requiere paciencia y una intención. La expresividad de sus rostros y gestos se saborea lentamente. Hasta puede resultar inquietante contemplarlas durante un largo rato.
Foto: S/d de autor, difusión
Algunas lucen decoraciones de finísimas hebras doradas y atributos tan pequeños que parecen hechos por manos microscópicas. Pero la muestra también incluye muñecas de plástico blando, llamadas Licca-chan, similares a versiones de Barbie. Estas sí se fabrican en serie desde 1967 y se ajustan a los requerimientos de la moda.
A fines del siglo XIX la modernización de Japón llevó al país a descuidar por un momento la creación de las muñecas tradicionales. Lo curioso fue que un regalo de Estados Unidos reactivó el interés. En 1927 Estados Unidos envió más de 12.000 muñecas de regalo para los niños japoneses. Se las conoce como “las muñecas de los ojos azules”. En agradecimiento, Japón pidió a los mejores artistas que fabricaran 58 muñecas en estilo Ichimatsu Ningyō, que representan a niñas con trajes tradicionales. Ejemplos de este estilo se exponen en el MAPI.
Sharing Warmth.
Foto: S/d de autor, difusión
El intercambio de regalos ocurrió en un contexto internacional tenso. Estados Unidos había aprobado en 1924 una ley que restringía drásticamente la inmigración desde Asia y, en particular, impedía la inmigración japonesa. El proyecto de intercambio de muñecas fue impulsado tres años después por el reverendo Sidney Gulick como una manera de limar asperezas.
Japón respondió con el envío de “las muñecas de la amistad”. Para la tarea contrataron a los mejores fabricantes. Se encargaron kimonos de crêpe de seda con diseños fantásticos y otros lujitos, como un ajuar que incluía muebles lacados, vajilla para el té, un billete de barco y un pasaporte.
Gonin bayashi.
Foto: S/d de autor, difusión
Darumas, tatuajes y otras formas de Japón en versión criolla
Pocos artistas en Uruguay se dedican a la fabricación de muñecas japonesas. En Paysandú vive Juan Carlos Bandera, ceramista y uno de esos pocos que se han dedicado a la creación de darumas. “Conocí los amuletos por medio del tatuaje japonés. Me dedico al tatuaje desde hace unos 20 años y me gusta mucho el tatuaje tradicional japonés, en el que aparecen imágenes relacionadas con su folclore. El daruma es uno de los más populares. En Japón es considerado el amuleto de la perseverancia. Él nos ayuda a conseguir lo que nos proponemos, nos motiva y da fuerzas para trabajar duro y alcanzar nuestros propósitos. La filosofía detrás de este amuleto de la suerte es que, una vez que fijamos un objetivo, le pintamos el ojo izquierdo y comenzamos a trabajar duro para conseguirlo. Cuando lo alcanzamos, debemos pintarle el otro ojo en señal de agradecimiento. Si bien empecé por la confección de darumas, hoy también hago otras piezas relacionadas con el arte y el folclore japonés”.
En Japón la técnica utilizada para fabricar darumas suele ser el papel maché. Bandera los hace de cerámica y los pinta a mano. El proceso incluye moldear, lijar, hornear en un horno tradicional a leña y pintar cada pieza.
Gabriela Bares también viene del tatuaje. Es escultora y entusiasta del arte en vivo. Su especialidad son los yōkai, criaturas y seres sobrenaturales del folclore japonés que interpreta en esculturas y máscaras. No hace muñecas, aunque conserva una en su casa, regalo de la Embajada de Japón, y la cuida como un tesoro. Cuando se la dieron, pensaron que quizás se le ocurriría intervenirla, “tunearla”, de acuerdo con la jerga actual. Pero la figura le pareció tan hermosa que decidió dejarla tal como estaba. La muñeca representa a una mujer bella, tal vez inspirada en las geishas. En su casa también tiene otras muñecas pequeñas, regalo de Shiiki, un amigo japonés que vive en Uruguay, y un daruma.
El gesto simbólico no impidió la tragedia que vino después. Según Japanese Friendship Dolls 1927, muchas muñecas se destruyeron o escondieron durante la guerra. Varias décadas más tarde se volvió a pensar en su recuperación y conservación. Muchas de ellas estaban deterioradas y regresaron a Japón para ser reparadas por artistas especializados. La primera en regresar para su conservación fue Miss Hiroshima, que volvió en 1973.
El año próximo se cumplirá un siglo de este episodio de las muñecas diplomáticas. Está previsto que el Barry Art Museum, en Norfolk, Virginia, conmemore la fecha con una muestra.
Foto: S/d de autor, difusión
De manera simplificada, se podría decir que Estados Unidos envió juguetes y Japón respondió con arte.
Si las muñecas de la amistad viajaron en barco, las 67 que integran la muestra del MAPI lo hacen en avión. Trasladar una colección de piezas que van desde los cinco centímetros hasta más de un metro exige una logística considerable. Ningyō partió de Tokio durante la pandemia y se dirigió primero a ciudades de Croacia. Luego pasó por Washington, Madrid y varios puntos en América Latina, antes de llegar a Lima y, desde allí, a Uruguay. El próximo destino será Buenos Aires. Las muñecas que integran la muestra viajan en cajas de madera y cada una tiene un embalaje propio.
Foto: S/d de autor, difusión
Una puerta de entrada a otros mundos
Ningyō atrae a adolescentes y jóvenes. Aunque el anime no ocupa el centro de la exposición, el interés actual por la cultura japonesa funciona como puerta de entrada. Los más entusiastas han dejado sus opiniones a través de un código QR que está visible al ingreso: “Excelente introducirnos en el mundo de las muñecas, que son un camino a las costumbres ancestrales, además de conocer materiales y valorar aún más cada pieza. La estoy recomendando como una joyita. Una pena que sea tan corta la exposición”.
Foto: S/d de autor, difusión
Recuerdo de las familias que emigraron
Las muñecas japonesas son una tradición viva: se regalan y permanecen en las casas, forman parte de la vida cotidiana. Emi Abe, coordinadora de prensa de la Embajada de Japón, cuenta que es frecuente verlas en casas uruguayas de japoneses y sus descendientes. “Todas las familias japonesas tenemos muñecas en nuestras casas. Pasan de generación en generación. En el caso de mi familia, cuando mi padre pudo volver a Japón, después de muchos años, sus parientes le regalaron muñecas que trajo a casa y están allí desde hace más de 40 años. Ahora que sé más de la cultura alrededor de ellas, pienso que, de alguna manera, era para que lo acompañaran durante su vida, pues no estaban seguros de que volverían a verse. Mi papá ya falleció, pero ellas nos acompañan. El otro día se me ocurrió sacarles fotos. Al acomodarlas y verlas en detalle, redescubrí sus expresiones. Fue como que tomaran vida”.
Keiko Hikichi guarda muñecas artesanales hechas por sus tías en Japón y kokeshi, muñecas populares de madera originarias de Fukushima. A Keiko la acompañan algunas muñecas desde hace 50 años, pero sus rostros siguen reflejando la belleza de la juventud que cada artista imaginó. “Ya están medio viejas”, dice, mientras envía más de una decena de fotografías de su colección. Hay entre ellas una novia, una mujer moderna, una muchacha con su hermanito, una bailarina de teatro kabuki, además de varias kokeshi. Algunas, por su calidad, han participado en exposiciones.
“Es una exposición de una belleza indescriptible, cada pieza cuenta una historia, un momento de la historia, su cultura y costumbres. Una maravilla que trasciende lo visual y nos transporta al corazón y el alma de un país”. Son algunos de los comentarios de los espectadores.
Dairi bina.
Foto: S/d de autor, difusión
Quizás ese sea uno de los mayores aciertos de la exposición: conseguir que una colección de muñecas termine hablando de otras cosas, de las fronteras entre el arte y el juego, de la memoria, los afectos, las tradiciones, los regalos sentidos, la diplomacia internacional, los viajes, los mundos de vértigo y los otros, más lentos. A la colección no le falta misterio.
Ningyō: Arte y belleza de las muñecas japonesas. Actividad promovida por la Fundación Japón en el Museo de Arte Precolombino e Indígena va hasta el 7 de setiembre.
