En literatura uruguaya, cuando hablamos de “literatura del exilio” no sólo nos referimos a la locación donde se produce o se publica una obra. El corpus de las “letras del exilio”, conformado especialmente durante los años 70 y 80 por muchos escritores que por razones políticas debieron refugiarse, especialmente en Europa, trajo otros modos de decir, otras temáticas, otras tonalidades emocionales.

Hay quienes hablan de insilio y exilio, refiriéndose, con la primera palabra, a quienes eludieron la triste suerte del destierro o la prisión y continuaron produciendo en Uruguay, pero en condiciones en que la censura limitaba la expresión artística y la circulación de contenidos. En un proceso análogo a lo que ocurrió con las letras de la música popular uruguaya, que pasaron de ser claras, simples, inequívocas denuncias sociales, incitaciones a la participación colectiva hacia la búsqueda de una nueva y mejor humanidad, a apelar a rebuscadas tácticas poéticas, oscuros guiños y complejas alegorías, oscilando entre la introspección individual y una mezcla de extrañamiento y tristeza hacia la contemplación exterior, los escritores pertenecientes a esta generación que en su juventud se pensó capaz de cambiar radicalmente la realidad tuvieron que repensar sus formas de decir y decirse, tanto dentro como fuera de las fronteras de su país de origen. Floreció el relato fantástico (Mario Levrero), género casi olvidado por la generación de los 60 (también llamada generación de la acción) a causa de las urgencias de la realidad inmediata. También la literatura erótica (Cristina Peri Rossi, Saúl Ibargoyen) supuso una suerte de refugio de la soledad y el silencio que imponía un exterior hostil.

La poesía de Roberto Mascaró, a veces injustamente relegada tras la visibilidad de su labor como traductor (además de otros destacados escritores suecos, es el más experiente traductor del premio Nobel Thomas Tränstrommer), nace en pleno exilio. Estacionario (1983) y Asombros de la nieve (1984), su primer y segundo poemarios, fueron publicados por primera vez en Suecia, donde reside Mascaró desde 1978, y en 2019 fueron nuevamente reeditados en la colección Postal de Poesía de Solazul Ediciones. Ambos librillos se abren con breves pero muy acertados y esclarecedores prólogos de Diego Techeira y Juan de Marsilio respectivamente.

Los dos vinculan la experiencia del exilio en Mascaró con el constante recurso del extrañamiento. Lo que atraviesa a ambos libros es una mirada asombrada y curiosa, frente a la cotidianeidad de un paisaje o de una conversación o de un encuentro casual. Desde el título, Estacionario alude a la idea de tránsito, tanto desde lo espacial como desde lo temporal, mientras que Asombros de la nieve resume emblemáticamente lo que hay de escrito y vivencial en el libro, en tanto este elemento (la nieve) resulta tan cotidiano para los habitantes del norte de Europa y tan nuevo para un inmigrante uruguayo.

Ambos poemarios transitan entre tonos intimistas y cosmopolitas, entre solitarios y simples momentos contemplativos sobre un paisaje, un lugar o un momento, a multilingües y babélicos paisajes urbanos, donde se entrecruzan colores, culturas, lenguas y referencias estéticas variopintas. Este asombro trabajado por el yo lírico deriva tanto hacia lo humano, en los textos más urbanos y “habitados”, como hacia la naturaleza y el tiempo.

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En los momentos más contemplativos, además de la influencia de César Vallejo anotada por Techeira en su prólogo, es difícil no encontrar resonancias de Tränstrommer, con cuya obra y amistad personal Mascaró convivió y trabajó tantos años. Quizá más que de una influencia podría hablarse de una sensibilidad afín, que finalmente determinó un vínculo personal y creativo entre ambos poetas que se extendió por el resto de sus vidas, y esta afinidad resulta más notoria en tanto gran parte de los lectores hispanohablantes del poeta sueco lo hemos leído con las palabras del uruguayo. Se nota el parentesco en el recurso de centrar la atención en un elemento nimio, generalmente de la naturaleza (una hoja caída, un charco, o un copo de nieve) y a través de sus estados, sus cambios, sus potencialidades, hacer patente la percepción de lo trascendente, del tiempo, y del devenir universal del cual ese elemento es una ínfima parte, cuya contemplación posibilita volverse plenamente consciente del todo.

Irrupciones y exilios

Pero en otros momentos, el poeta visita ciudades, sale a la calle, encuentra otros seres que vienen de otras tierras y hablan otros idiomas. Curiosamente, no hay gran dolor en el desarraigo. El yo lírico no parte de una identidad ni de ningún sitio, y si bien esa no pertenencia no está exenta de cierto ánimo melancólico, no hay añoranzas nostálgicas hacia un origen o un pasado más enraizado. Incluso en los pocos momentos en los que hay referencias a Montevideo o a algunos rasgos de la cultura uruguaya (“mate cebadamente con mi tierra”), se tratan más como una irrupción que como una ausencia, como si esos retazos de la experiencia se hicieran presentes aunque sabemos que son lejanos. La superposición de lenguas, nacionalidades, referencias, obliga al lector a colocar la mirada sobre universos aparentemente lejanos y contradictorios, pero que confluyen en una suerte de aleph multicultural y atemporal, y de la misma manera que en los textos más contemplativos e intimistas, la suma de contingencias propicia una conciencia de lo universal.

Por último, en algunos textos el poeta aborda la temática amorosa, y en esta vertiente la distancia temporal y espacial es la gran interrogante. El sentir amoroso relativiza el tiempo y el espacio, quienes se encuentran lejos pueden sentirse cerca y viceversa, y a su vez el deseo del amante se proyecta en el tiempo, trasciende décadas y hasta siglos. La erótica de Mascaró en estos dos libros es alimentada por la tensión que se da entre la vehemencia del deseo y la débil certeza de su realización, sujeta a innumerables contingencias y accidentes que pueden dejar al amante a océanos o siglos de distancia de quien lo desvela, mientras el deseo continúa amarrando las presencias.

Mascaró interroga constantemente al tiempo y al espacio, dejando claro que la experiencia vital no puede resumirse con las estrechas categorías que determinan la existencia material. Y no sólo en la azorada percepción que transmiten sus textos, sino también en lo frescos y actuales que siguen sonando luego de casi 40 años de su publicación, como si hubieran sido escritos ayer, y acá nomás, o en cualquier tiempo y cualquier sitio.

Estacionario y Asombros de la nieve, de Roberto Mascaró. Montevideo, Solazul Ediciones, 56 y 44 páginas.