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Cultura Teatro y danza
Rafael Martínez Crosa (archivo, 2025) · Foto: Instagram

Rafael Martínez Crosa (archivo, 2025)

Foto: Instagram

Adiós a Rafa Martínez Crosa: la revolución desde la alegría y el movimiento

En aulas y calles, el artista maragato fue referente en las luchas por la diversidad, la igualdad y las causas afro; varias comunidades lo despiden con dolor.

Hay seres que luchan toda la vida; esos son los imprescindibles. Rafael Martínez Crosa dio pasos de gigante en defensa de la cultura afro, la danza, la educación pública y las luchas por la diversidad sexual. Con una ética intachable, supo habitar los espacios más diversos de nuestra sociedad.

La noche del domingo del patrimonio, la plaza de San José se llenó de personas y tambores para despedirlo. Tenía 51 años Fue un referente del candombe maragato y nacional, un amigo entrañable que hacía de sus sueños por un mundo mejor una hoja de ruta de la gestión cultural. Sus pasos a través de la danza sembraron rondas de libertad e inclusión con quienes más necesitaban.

“Rafa veía a los invisibles y los visibilizaba. Fue voz para contener sin exclusiones a todos los sin voz; cargaba con sus luchas, aún por encima de sí mismo, con infinita solidaridad y empatía”, recuerda su hermano Gonzalo.

Lo conocí en 1994 en la Facultad de Derecho, en la época de ocupaciones estudiantiles. Por entonces integraba el Servicio de Paz y Justicia, cuando apenas pisaba su segunda década de vida. Aún recuerdo aquella tapa de diario pegada en la pared de nuestro cuarto de estudiantes que decía “Le tocó a Mateo”; difícil digerir hoy que le haya tocado a Rafa.

Miembro del Consejo Nacional de Danza, profesor de secundaria y exintegrante del cuerpo de baile del Sodre, era edil de la Junta Departamental de San José. Amaba tomar las calles en la Marcha de la Diversidad y comprendía la revolución desde la alegría: “Si no puedo bailar, no es mi revolución”.

Durante más de una década estuvo vinculado a los Bachilleratos de Arte e impulsó encuentros entre estudiantes de distintos departamentos. Desde 2013 coordinaba propuestas de integración a través de la danza y, recientemente, integró el equipo que redactó el programa de Danza para la Educación Media Superior, parte de la Transformación Curricular 2026.

A través de la música y el baile fue bordando un camino lleno de cariño del que hoy, en las redes sociales, puede verse su cosecha: publicaciones y publicaciones recordándolo, agradeciéndole toda esa alegría, coherencia y dedicación docente que derramó y compartió sin escatimar ni un milímetro, fuera en las calles de la cuna del candombe montevideano, en las de San José o Durazno, así como por los corredores de los liceos de Colonia y San José, donde movilizó los cimientos de la enseñanza pública.

Como profesor de secundaria, Rafael encarnó la verdadera pedagogía de la esperanza y la inclusión. Su compromiso social no era un discurso; era una práctica diaria. Puso su mirada en los grupos minoritarios, dándole voz a quienes la sociedad suele silenciar y convirtiendo el espacio educativo en un refugio de justicia, respeto y dignidad.

Su paso por cualquier centro educativo era un acontecimiento. Rafael no caminaba por los pasillos: los transformaba. Entraba con una energía vital contagiosa, una fuerza transformadora y una creatividad desbordante que desafiaba las estructuras tradicionales. Tenía el don mágico de encender la chispa artística en los jóvenes y de hacer que el arte no fuera solo una materia, sino una forma de resistencia, de visibilidad y de vida dentro de nuestros liceos.

En el comunicado de la Sala de Directores de la Dirección General de Educación Secundaria de Colonia se puede leer: “Rafa no solo trabajaba en el aula; él habitaba el arte. Fue el motor y el obrero incansable de los encuentros de Bachillerato de Arte que unieron los departamentos de Colonia y San José, demostrando que la educación pública no tiene fronteras cuando hay pasión. Con su proyecto Aula Expandida: Un Día para la Danza, nos enseñó una lección pedagógica fundamental: que el cuerpo también piensa, que el movimiento también educa y que los muros del liceo deben abrirse.

Rafa brillaba en las Llamadas. En la foto que yacía junto a él en el velorio entre cientos de flores, se lo veía desfilando junto a su entrañable amiga Tania, del colectivo afro Mizangas. Junto a ellas, desde 2006, luchaba contra el racismo, el sexismo, la xenofobia y todas las formas de exclusión social que afectan a la población afrodescendiente, con especial énfasis en las mujeres LGBTQI+. Tuvo una coherencia de vida profunda: histórico referente montevideano, maragato del movimiento LGBTQI+ y de la cultura afro, unió las banderas de la diversidad y la identidad étnico-racial en una vida ejemplar.

Junto a Mizangas, que articula el feminismo negro desde una perspectiva que abraza fuertemente a las disidencias sexuales, Rafa vivió ese mismo cruce desde la práctica cotidiana, la escena, el aula y la calle. Junto a ellas, participó activamente de talleres de autocuidado para defensoras de Derechos Humanos y para mujeres en situación de calle y consumo problemático, en la capital y en el interior del país. Hizo del cuerpo un espacio de resistencia y de la danza una herramienta inagotable de transformación social. Nos deja el desafío de continuar su cosecha y mantener encendida esa alegría combativa que no se apaga.

En cada trinchera

Recuerdo cuando, allá por 2003, durante una gira europea de la Compañía de Ballet Nacional de Asunción, fue a visitarme a Roma. Lo llevé a ver la Capilla Sixtina; teníamos poco tiempo y corrimos por los corredores de los Museos Vaticanos para llegar. Yo quería que la viera, que comprendiera la abundancia de ese mundo que nos lo robó todo durante años, esa exuberancia del poder que ahogó América a través de la religión, enemiga de la diversidad sexual por la que tanto luchábamos, y de la liberación de los pueblos. Cuando llegamos a la capilla, nos miramos, nos reímos; sus ojos negros y brillantes confirmaron que hasta su último día iba a seguir luchando por un mundo de igualdad y libertad. Y así fue. Más de veinte años después, Rafa estaba lleno de proyectos; su partida repentina dejó varias comunidades asombradas, acongojadas.

Amante del I Ching, encontraba en la lectura del oráculo una forma de dialogar con el cambio, con el movimiento y con la magia sutil de las cosas. No entendía la vida únicamente desde la lógica de la razón; era capaz de saltar de una dimensión a otra con sus pasos de baile o sus discusiones políticas, convencido de que un mundo mejor era posible y habitándolo entre sus amistades comunitarias, en sus clases en las aulas, en los cuerpos de baile de comparsas que dirigía y enseñaba.

Jurado de las Llamadas montevideanas, recorrió varios departamentos del país con ese rol, pero antes había recorrido el Uruguay bailando. Desde sus primeros pasos por las calles del barrio Cordón y Palermo en los 90, integró infinidad de cuerpos de baile, entre ellos Candombe Aduana y Sinfonía de Ansina; vinculado a Ansina Tradición, salió en la comparsa Nigeria, en Serenata Africana, en Llamarada Duraznense, Caracú Quemado y dirigió por años junto a su hermano Diego Pablo la comparsa La Explanada de San José.

Cada coreografía, cada baile, cada diálogo entre tambores y cuerpas eran para él un espacio de creación comunitaria, una trinchera de defensa de derechos, una denuncia de injusticias que a través del disfrute transforma en sabiduría y comunidad.

No había una gota de alegría en las lonjas que lo despidieron la noche del 4 de octubre, Sonaban a resistencia y, debe decirse, un poco huérfanas. Pero el agradecimiento de esa comunidad que construyó durante años, sin otra intención más que la vida misma, se hizo sentir al compás de los tambores.

Integró tanto el cuerpo de baile del Sodre como de incontables grupos de danza autogestionados, brindó su apoyo a una lista innumerable de comparsas –entre ellas La Tangó, La Melasa, Ansina (en sus diferentes etapas) y tantísimas otras–, pero especialmente se dedicó a La Explanada en San José.

Cuando vio que el salto de derechos estaba ya "maduro" en la capital y ya no era tan mal visto ser afro, candombero o marika, Rafa tuvo el coraje de comenzar a recorrer ese camino en el interior del país, manteniendo siempre el contacto directo con cada escena que había transitado, generando así puentes entre Montevideo, San José y Colonia. Tenía la capacidad de mantener vínculos eternos; así fue construyendo en décadas redes de colaboración cultural. Era una agenda viva que conectaba personas y saberes de los ámbitos más diferentes de nuestra sociedad.

Desde las instituciones de la comunidad afro el pesar fue unánime: la Casa de la Cultura Afrouruguaya despidió “con mucho amor y respeto a un bailarín que, desde diferentes lugares, luchó y trabajó incansablemente por el Candombe, tanto en Montevideo como en su ciudad natal, San José”. Junto a esta declaración, cientos de mensajes de diferentes organizaciones y círculos afros se han expresado homenajeando a Martínez Crosa. No es casual que su última intervención en la Junta Departamental fue precisamente para pedir un homenaje a Rubén Rada y a la comunidad afro.

Desde el ámbito académico e institucional, los reconocimientos han sido tan amplios como el abanico de sus aportes culturales: la Universidad de la República hizo público su pesar a través de un comunicado de la Licenciatura en Danza. A esto se sumaron muestras de afecto desde el presidente de la República Yamandú Orsi, mensajes públicos de integrantes del Partido Nacional maragato, hasta palabras de homenaje en el Parlamento del senador frenteamplista Mariano Tucci: “Cuando Rafa hablaba de diversidad, no hablaba desde una consigna. Cuando hablaba de igualdad, no hablaba desde un discurso. Cuando defendía derechos, no estaba repitiendo palabras que había aprendido. Estaba hablando de la vida. De la vida que él había elegido vivir. Y de la vida que quería que los demás pudieran vivir también. Por eso fue valiente. Y creo que hay que decirlo. Rafa fue valiente. Fue fundador del movimiento LGBTIQ+ en San José en momentos en que todavía había que dar muchas peleas para que algunas cosas que hoy nos parecen elementales pudieran decirse en voz alta. Y él estuvo ahí. Puso el cuerpo. Puso el nombre. Puso la voz”.

La directora nacional de Cultura, Maru Vidal, dijo a la diaria: “Su nombre forma parte de una historia que desborda los escenarios de la danza. Rafael fue docente, bailarín, coreógrafo, gestor cultural, militante, candombero, trabajó durante años con estudiantes de secundaria, llevó la danza a espacios educativos, hizo crecer el candombe en San José. Defendió la igualdad. Defendió los derechos de la comunidad LGBTQ+, llevó todas esas convicciones a la política. Entendía la cultura como parte de la vida de las personas”.

Rafael formaba parte del Consejo Nacional de Danza, informó Vidal, y un tuit del presidente Orsi el mismo domingo reconocía el legado de un gestor cultural que fue, para la comunidad artística, un mástil que vivió la vida sabiendo profundamente que vivir no es preciso, sino navegar.

Su ideología comunitaria –era amante de la obra de Cazuza, cabe recordar– tuvo una experiencia fundacional que nos marcó a muchos: la COVEI (Cooperativa de Estudiantes del Interior), una casa de estudiantes que venían a estudiar a la capital, fue una experiencia habitacional con características muy especiales en los años posdictadura. Autogestionada, asamblearia, igualitaria –todo se dividía en partes iguales, desde los gastos a la limpieza–, la COVEI fue un experimento social fundacional en el movimiento alternativo montevideano underground que interconectó ámbitos de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay con espacios de estudios terciarios artísticos y sociales, y fue semilla de incontables expresiones y luchas.

Así como Cazuza y Mateo nos dejaron demasiado tempranamente, Rafa aún tenía mucho para dar. Quienes, como él, viven la música, la cultura y la política con tal honestidad y compromiso, de forma tan inclusiva, amorosa y solidaria, son simplemente imprescindibles.

Homenajes: jueves 8 de octubre a las 16.00 homenaje en la Junta de Montevideo. Domingo 11, llamadas a las 18.00 desde Isla de Flores y Frugoni (Montevideo).