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_Fito Páez: el mundo cabe en una canción_.

Fito Páez: el mundo cabe en una canción.

Mejor que la ficción, una cámara cerca de su cama: el documental Fito Páez: el mundo cabe en una canción

Matías Gueilburt vuelve a contar la historia del ídolo argentino y suma una mirada actual desde la perspectiva del propio artista.

Buena parte de la historia ya la conocíamos a través de sus discos. Desde el comienzo de su carrera solista, con Del 63 (1984), y hasta al menos Circo Beat(1994), Rodolfo Fito Páez se acostumbró a relacionarse con su inverosímil vida cotidiana respondiendo con violentas sinfonías poéticas y musicales que resultaron en los mejores discos de su carrera.

El destino quiso, además, que naciera en el país –exceptuando Gran Bretaña y Perú– de las mejores revistas y canales de televisión (“Me tienen los huevos llenos”, tituló Crónica TV en estos días, luego de que el cantante interrumpiera su actuación en Mar del Plata, en el marco de la gira Sale el sol, aludiendo al maltrato que su público estaba recibiendo del personal de seguridad) y que se criara entre dos ciudades, Rosario y Buenos Aires, llenas de música, luces y sucesos insólitos.

También están su autobiografía Infancia y juventud: memorias (2022), su Diario de viaje (2016), otro libro suyo de poemas, y Fito Páez: la vida después de la vida, la biografía escrita por Horacio Vargas, editada por primera vez en 1994 y actualizada varias veces, y la serie de ficción El amor después del amor (Juan Pablo Kolodziej, 2023), que casi nadie se perdió de ver.

En el documental _ Fito Páez: el mundo cabe en una canción_, recientemente estrenado en streaming, el director y coguionista Matías Gueilburt hace mucho con poco, mientras que su socio, el propio Páez, vuelve a exponer su drama con su natural y simpático histrionismo en el diván, que siempre le ha quedado más cómodo.

“Lo que me embola de los documentales como este es que les falta malicia, y el personaje es visto como un adalid de la bondad y las buenas costumbres. Necesito que pasen cosas más reales, que se vean cosas que no sean careta, eso. Quiero malicia”, aconseja Páez a la cámara del cineasta en el comienzo de este largometraje. La aventura arranca en Madrid, en 2024, con un accidente doméstico. Páez se cae de una escalera y se fractura seis, ocho, diez, 11 costillas. La gravedad de las lesiones lo obliga a una internación prolongada, lejos de la música y sus otros gustos personales. Lo atiende su pareja, Eugenia, de la que no demorará en separarse; aparecen sus hijos, Margarita y Martín, a los que reprocha sus pocas visitas y a los que demuestra su afecto más saludable. La mesa está servida: otro dramón para que el héroe resurja de sus cenizas y, tal vez, cure algunas de sus heridas.

Desde el punto de vista formal, la película es irreprochable y bella. Gueilburt juega con el contraste de escenas en blanco y negro y color, y aprovecha los recorridos del músico (Londres, Madrid, Ciudad de México, Buenos Aires, Nueva York) para integrarlos a una novela romántica. En la difícil tarea de retratar a un personaje de por sí exagerado y de mañas intrincadas, el director nunca se pierde en las posibilidades de uno o un montón de planos subjetivos, y los que elige resultan oportunos y constructores de verdad. La mayoría tiende a narrar, con gran armonía, una sensación de vacío y soledad con la que Páez atraviesa este fragmento de su vida, registrado en HD, y el resto del documental se completa con valiosas imágenes de archivo que parecen una caja enorme de recuerdos que alguien abre por primera vez. Las fotos familiares son lo mejor, algunos retratos de grandes recitales también pueden llamar la atención, y los casetes de VHS nos devuelven al Páez muñeco de goma que convertimos en una caricatura.

¿Qué aporta de nuevo el documental? Páez se dibuja como un infante terrible que no deja de encontrar un sentido a la vida a través de la música, aunque en estas escenas, por momentos, nada le alcanza. Sus escenarios de reposo son habitaciones de hoteles cinco estrellas. De forma obscena, los lujos confirman la vida de una estrella de rock a la manera más clásica y, a la vez, nos recuerdan su lado de fanático de esa vida, devoto de Charly García y estudioso de la música de su país y del mundo.

Para su dolor y su nostalgia de glorias pasadas tiene el antídoto del escenario: el ejercicio de la recreación de su mejor obra. Durante los ensayos, la malicia con la que quería verse se desata contra sus músicos, a los que al final siempre les regala “un abrazo”. Durante los shows, la vigente y masiva respuesta del público liquida cualquier tipo de discusión sobre la calidad y su legado. Debajo del escenario, Páez tiene tiempo para retorcerse alrededor de su angustia. En algún momento se reprocha su propio carácter, que liquida todas sus relaciones de pareja, y convoca no pocas veces a su madre, que vuelve en recuerdos nítidos de archivo y en su propio talante, medio metido en el agua de una piscina paradisíaca. De forma bastante evidente, la película emula a Ciudadano Kane y hasta guarda para el final su Rosebud, con una foto del pequeño Fito sin madre, rodeado de juguetes y, de todas formas, desconsoladamente llorando.

De sus penas amorosas, el cantante parece salir airoso e incluso logra la calma, con un nuevo relato de sentido sobre su destino, signado por esa progenitora ausente. Además, puede confiar en sus hijos y está orgulloso de ellos. Sin embargo, la película sugiere otra verdad mucho más cruel y, por ahora, de apariencia insalvable.

“Hoy cualquier pícaro dice que va a componer”, lanza Páez en una charla de café que transcurre en los estudios Abbey Road. “La música es una tarea artesanal, cuyo único valor es el de expresar sentimientos, cuestiones anímicas vinculadas a la desesperación, al deseo de mostrarse, al amor”, dice, entre muchas otras definiciones del arte. Con un lápiz en su boca, tirado en la cama con una computadora, el autor de “Ciudad de pobres corazones” mantiene su notable capacidad para teorizar sobre la música con solidez y expresiones entretenidas, pero, ciertamente, no ha vuelto a componer otro disco que llegue al corazón de su pueblo, aunque lo siga intentando y esté dispuesto, como lo muestra este retrato, a dejar la vida en esa tarea.

En síntesis, si se mira con un poco de atención, la película cumple con creces con su objetivo. Logra mostrar al ídolo recluido, metido en una etapa de balances definitivos y atravesando la angustia existencial en su manera más cruel, cerca de la muerte. También deja abierta una puerta para ir a buscar todos esos otros discos que grabó después de Circo Beat y con los que no pasó nada.

Ahí están, seleccionados azarosamente, Abre (1999), que trae su último gran hit, “Al lado del camino”, y otras muy buenas canciones, como la jazzera “Dos en la ciudad”, y que supone el inicio de una etapa del artista mucho menos pop, más progresiva y experimental, tan rica en composiciones como la de su etapa dorada; el disco de covers Canciones para aliens (2011), que trae una sinfónica y arrabalera versión de “El breve espacio en que no está”, de Pablo Milanés, y el postergado Novela (2025), del que recomiendo, para seguir dialogando con la película, “Miss Understood”.

“Mi mamá es la música. Yo ahí me recuesto, juego, vuelo. En otro lugar, tengo que pensar”, admite el artista.

Fito Páez: el mundo cabe en una canción. 112 minutos. En Netflix.