Hace algunos años, María Rosa Oña escribió una obra de teatro a partir de una idea universal. “Nació de una premisa que conocemos todos y repetimos todo el tiempo: ‘Cada persona es un mundo’. Es algo que decía una tía mía cada vez que sucedía algo y yo de chica no entendía. Ella lo repetía y es algo que me quedó. Y, si cada persona es un mundo, entonces cada casa es un universo entero”, cuenta a la diaria la dramaturga y comediante, autora de El horizonte de sucesos.

Aquella comedia dramática había quedado agazapada, a la espera. “En estos años todo lo que hacía iba más dedicado al humor, al unipersonal, a la comedia, a la tele, y había una parte mía que decía: ‘Volvamos al primer amor, que de ahí venimos’. Y este año, que no estoy en la tele ni tengo ganas de hacer un unipersonal de humor, ¿qué vamos a hacer? Bueno, nos vamos a dedicar plenamente al teatro”, explica Oña.

No hubo necesidad de modificar el texto, dice: “Es un problema que surge en una casa cualquiera, y hay un personaje que no se ve, pero se siente todo el tiempo y es poderosísimo, que es el secreto. Lo que no se dice. Eso pasa en todas las familias, por más chiquito que sea el secreto. Entonces, no tuve la necesidad de tunear la obra, porque es algo que trascendió en el tiempo. Sí tocamos un poco el final, porque cuando se lo di a Daniel Calegari, el director, me dijo que no le convencía y buscamos uno que no fuera tan explícito. Eso fue lo único que toqué”.

Al desencajonar el texto, Oña pensó en Callegari como director: “Pasó algo muy lindo, que es que cuando nos juntábamos teníamos las mismas ideas y nos gustaban las mismas cosas de la obra. Íbamos por el mismo carril y entre los dos fuimos eligiendo un elenco, que es maravilloso. Es muy lindo lo que han hecho con cada personaje”. Se refiere a los actores Valeria Martínez Eguizábal, Mauro Mónico, Juan Pincelli y Anahí Undarzón.

Al final, El horizonte de sucesos tomó un camino “súper distinto” que el que había imaginado Oña, pero ella estuvo de acuerdo con que el camino fuera ese: “Por la sala, que es distinta a lo que yo había pensado cuando escribí la obra, que era una sala muy grande, un espacio no convencional. Una cosa que le dije a Daniel fue: ‘Yo te la doy. Si vos querés cambiar algo, cambialo; yo voy a estar de acuerdo’. Cuando suelto, suelto. Si no, es imposible. Pero tenía mucha confianza en todos, y por eso creo que fue muy fácil soltar”.

“Sin hacer espóiler”, Oña revela algunos detalles de la trama, cuyo disfrute depende del descubrimiento paulatino de la situación: “Es una comedia dramática que funciona como espejo de lo que pasa puertas adentro de toda casa. Hablando de esto del horizonte de sucesos y del tiempo, ¿quién no sintió, en una cena familiar incomodísima, que el tiempo se detenía y no pasaba más? Mirás el reloj y sigue siendo la misma hora, y vos te querés ir de ahí. O que un silencio pesaba y te aplastaba, y sin embargo nadie te estaba tocando”.

“Exponernos a otra persona, que es otro mundo, otra cabeza, a veces nos hace bien. Nos hace crecer y puede ser un sol maravilloso para nosotros, y a veces nos hace un mal terrible y nos carga de cosas negativas. En esta obra se puede reconocer el peso de las familias y de los secretos. Otra cosa que está buena es que uno de los personajes se convierte en el ojo del espectador. Un joven que llega a este hogar, a este horizonte de sucesos, por equivocación, y no puede salir por más que quiere. Es el detonante para que los secretos de esa casa salgan a la luz y se entera con el público de la distorsión del espacio y del tiempo que hay”, agrega.

El horizonte de sucesos, de María Rosa Oña. Sábados a las 21.00 y domingos a las 19.00 en La Escena Sala Teatral (Rivera 2477 y Ponce) hasta el 3 de mayo. Reservas al 098 732 360.

¿Quién paga?

La conversación recorre los gajes del oficio de la escritura. Uno en particular tiene que ver con lo cara (o no) que puede resultar una idea a la hora de sacarla del papel y llevarla a un escenario teatral, pero Oña explica que no piensa en eso a la hora de escribir. “El personaje habla, y si el personaje dice, yo escribo. Después de que el personaje dice y yo escribo, ahí me pongo a pensar: ‘Esto se va a tener que arreglar porque es imposible’. ‘Esto no funciona con nuestro presupuesto’. Pero a la hora de escribir yo largo todo y después se va amoldando a la cantidad de dinero o la sala que se consiga. Entonces, en el momento de escribir no me pongo ningún pero, y después obviamente se va amoldando a la realidad del teatro independiente”.