El jueves me enteré de la muerte de Luis Alberto Mulnedharer. Leí en Facebook que tenía 73 años y que le había dado un paro cardiorespiratorio. Como cualquiera con un vínculo natural y cercano con la televisión uruguaya, lamenté su fallecimiento. Al contrario de lo que muchos pueden pensar, no hay nada de misterioso en la historia del Colorado.

Por fortuna para los muchos cronistas ansiosos por resolver el asunto, Sebastián Martínez, del proyecto Placas TV –con el que compartimos la admiración nostálgica por ciertos personajes de la radio y la televisión, especialmente aquellos signados por el accidente, el absurdo y la derrota–, el año pasado le había dedicado a Mulnedharer un resumen de homenaje, en su columna Rebobinado, de FM de Sol.

Escuchándolo, me enteré además de una investigación y un documento elaborado por estudiantes de la universidad ORT que incluye jugosos detalles de la biografía menos conocida del Colorado, quien alguna vez trabajó en una imprenta, una panadería y como guarda de ómnibus de la empresa Onda.

Tras su momento de mayor visibilidad, junto a Omar Gutiérrez en su ciclo De igual a igual, llegó su maratón de desgracias y fatalidades de los últimos años (que sumó una paliza para robarle, un ACV y un descenso espiralado y azaroso por el sistema público de protección social) a la que no le faltó cobertura mediática.

En este instante me quedo con algunos recuerdos y una aproximación crítica de televidente calificado.

La última vez que lo vi en persona fue en la esquina de Canelones y Javier Barrios Amorín, más conocida por la sede central de la casa velatoria Martinelli. Ese día había muerto Cristina Morán, la figura más importante de la historia de la televisión uruguaya y una de sus fundadoras. El Colorado no demoró en llegar y de inmediato despertó la sonrisa cómplice entre los más veteranos y principiantes cronistas que esperaban en la puerta.

No hubo quien no lo saludara. Bromeó reservadamente en círculos chicos de conversación y contó que a Cristina también la había conocido, y habló bien de ella. Como casi siempre, cargaba un bolso de cuero grandísimo que hacía imaginar una carga pesada y diversa, entre vestimentas de su viaje permanente, papeles y documentos de su condición de comisionista, y una campera de abrigo de lana para protegerse del frío y la noche.

Ese día, entre sus parientes de la televisión que le buscaban la lengua, lo escuché hablar rápido, igual que en la tele, con esas fugas repentinas de palabras que eran iguales a sus entradas y salidas de cámara: una especie de picardía que causaba una gracia natural.

Entre quienes lo conocieron, todos coinciden en la valoración positiva de sus condiciones personales, especialmente, aquellos que más lo trataron, como los funcionarios de Canal 4, con los que coincidió a diario en sus años de gloria.

Con eso remarcado, conviene aclarar un aspecto clave de su biografía. El de la aparición sorpresiva y recurrente en los noticieros, el espectador sin faltas de la tribuna de Omar, el fan de Motosierra y de todos los conjuntos de carnaval que concursaban en el Teatro de Verano y el ferviente militante de disímiles causas y partidos políticos a los dos lados del Río de la Plata; era lo que se conoce como “un personaje”. La dificultad o la confusión del desprevenido son comprensibles: delante de cámara Mulnedharer nunca salió del personaje y lo sostuvo con sus gestos y su discurso todo lo que pudo con tal éxito que el resultado no se puede discutir.

Cuando murió Omar Gutiérrez, una cronista de Canal 4, Nela Lugano, fue a buscarlo para sacarle unas palabras. “Omar me permitió actuar en las comedias de Santa Lucía” (si no recuerdo mal, se trataba de una parodia de una novela brasileña), dijo, fuera de personaje y sin economías del lenguaje. “Él veía la oportunidad para mí y sabía que a mí me gustaba actuar”, continuó. “Y fue contra viento y marea, porque alguno decía: ‘Nooo’, pero él sí, se la jugaba por el Colorado. Y eso hay que valorarlo”, dijo esa vez, excepcional, emocionado por la fractura de su realidad y la partida de su amigo.

Como Chance, el personaje de Peter Sellers en Desde el jardín, o el propio Forrest de Forrest Gump, este personaje desconcertante de la ficción uruguaya fue testigo privilegiado de momentos importantes de la República, como los grandes triunfos de Peñarol, Nacional y la selección uruguaya, del Frente Amplio, el Partido Nacional y el Partido Colorado. Con su rostro risueño y familiar, incrustado en alguna parte del rectángulo de la tevé, desacomodó a favor de la risa el marco de las malas noticias en momentos de caídas y crisis institucionales como la de 2002 y en marchas por mejoras en la educación, entre muchas otras.

Junto con Gutiérrez fue pintoresco anfitrión en las visitas a Canal 4 de máximas autoridades, como Jorge Batlle o Luis Alberto Lacalle, y de figuras célebres de la actuación, como la argentina Norma Aleandro, con quien alguna vez se sacó una foto. También integró el elenco de Sé lo que viste, el infame programa de humor de Álvaro Navia.

En Facebook también leí que le gustaban mucho los sándwiches de confitería y que en sus tiempos de comisionista iba seguido por el service de relojes Citizen. La primera vez que lo vi en persona, en Plaza Cuba, cargaba dos bolsos mientras esperaba el ómnibus, rumbo a Playa Pascual.

Disfrutaba plenamente de su popularidad y quería tanto a su personaje que no era raro que admitiera: “Hasta que yo me muera, quiero que me sigan diciendo el Colorado de Omar”.