Por estos días, Bizarro publicó en plataformas el álbum En vivo en Santiago, editado originalmente en CD en el año 2000. El 1° y 2 de noviembre de 1988, Alfredo Zitarrosa actuó junto con su cuarteto de guitarras en el teatro California de la capital chilena, ubicado en el barrio de Ñuñoa y con capacidad para 1.300 espectadores. A la postre, fue una de las últimas presentaciones del cantor que falleciera el 17 de enero del año siguiente, la última en el exterior y también la última en una sala y en un recital individual.

Más allá de la popularidad que ostentaba a nivel continental, lo unía al país trasandino una relación de cercanía manifiesta años atrás en su apoyo a la Unidad Popular de Salvador Allende. El 30 de junio de 1973, tres días después del golpe de Estado en Uruguay, actuó en el Festival Internacional de la Canción Popular en el Estadio de Chile, en un contexto político de alta tensión. Sin embargo, aún no se vislumbraba el quiebre institucional del 11 de setiembre liderado por Augusto Pinochet; tanto es así que aquella noche, en “Chamarrita de los milicos”, el músico modifica algunos versos para cantar: “Hay milicos de los buenos/ como los milicos chilenos”.

Por otra parte, desde su irrupción en el fenómeno latinoamericano de la música de raíz folclórica mantenía un fuerte vínculo con el movimiento conocido como la “nueva canción chilena”, que se extendería en el exilio. “Lo conocí en los 60, no recuerdo si en La Habana o en La Peña de los Parra, en la calle Carmen 340, en Santiago de Chile [...] En tantos ires y venires nos abrazamos y cantamos en innumerables lugares, países y escenarios. Amigo fino, era reflexivo, elegante y de grandes carcajadas”, escribió la cantautora Isabel Parra para la presentación de disco compacto.

La primavera democrática uruguaya se manifestó, entre otras maneras, con los acalorados recibimientos a los artistas exiliados, recitales multitudinarios y un clima de fiesta interminable en el que el denominado “canto popular” copaba la escena. Sin embargo, hacia el segundo semestre de 1988 poco quedaba ya de esa efervescencia. Zitarrosa transitaba en silencio su enfermedad. Estaba terminando Sobre pájaros y almas, el disco en conjunto con Numa Moraes y el cuarto de su producción tras el regreso, pero no encontraban sello para editarlo, tanto que especuló con crear uno que se llamaría Mandinga y para lo cual llegó a reunir a colegas en su casa de Malvín. Finalmente fue editado de manera póstuma por el sello Orfeo, el cual, en un principio, había rechazado el proyecto. En ese marco, el autor de “Milonga para una niña” viajó a Chile cuatro años después de su última visita en 1984.

Si fuera poco con este contexto para medir la magnitud del registro lanzado ahora en plataformas digitales, hay que señalar que sucedió a menos de un mes del plebiscito nacional de Chile, el principio del fin de la dictadura, que culminaría el 11 de abril de 1990. Parte de la euforia contenida se deja entrever en “Crece desde el pie”, donde se cuela un espontáneo aplauso tras los versos “crece desde el pie la semana/ crece desde el pie/ no hay revoluciones tempranas/ crecen desde el pie”. De todas maneras, más allá del triunfo de la consulta ciudadana, Pinochet aún ejercía el poder de facto, por lo tanto no se podía “hablar mal del general”, tal como le habían advertido en su anterior visita, pero nada impedía hablar de Uruguay: “Estos cuatro años transcurridos en la vida personal de quien habla han tenido una importancia muy grande –como ustedes saben, yo soy uruguayo, lo mismo mis compañeros también lo son– puesto que, aunque ninguno de ellos, por ejemplo –hablando de mis compañeros de las guitarras–, estuvo en el exilio, sufrieron el insilio, que así lo llamamos nosotros al tiempo aquel en el que, gobernando una dictadura de corte neofascista, los uruguayos que vivían en nuestro país se consideraban de algún modo prisioneros. Quiero decir que estoy muy a gusto nuevamente en Chile, especialmente en las circunstancias de hoy mismo, y ojalá lo que hagamos nosotros esta noche, aparte de gustarles por el mérito que puedan tener de carácter artístico, sea útil para todos”.

Eduardo Toto Méndez, Silvio Ortega, Carlos Morales en guitarras y Julio César Corrales en guitarrón lo acompañan con la solvencia y swing que los caracterizaba a lo largo de 18 canciones. La lista incluye varios de sus clásicos, como “Stefanie”, “Doña Soledad” o “El violín de Becho”, en la que se puede disfrutar, a diferencia de la versión de estudio, del arreglo exclusivo de guitarras. También incluye gran parte del repertorio que venía construyendo tras el desexilio: “Vaya con la diferencia”, de Miguel Ángel Palomeque; “La contradanza molecular de la Piedra Mora”, de Yoni de Mello; “Milonga por Beethoven” o “Melodía larga II”, tras la cual aprovecha para disertar sobre la etimología de la palabra milonga.

Además del género madre hay gato, polca, triunfo, rasguido doble, candombe, chamarrita, todo cernido en el sello distintivo de su cuarteto de guitarras. Sobre esta red el cantor se mueve con garbosa soltura, cuenta chistes y frasea las melodías como un equilibrista avezado, a pesar de la advertencia “aparte de que nunca canté bien, estoy cantando peor”, tras reclamar algo caliente para tomar.

Foto del artículo 'Últimas milongas de Alfredo: reedición de En vivo en Santiago, de Zitarrosa'

Oro escondido

La cultura popular está repleta de héroes anónimos, desde poetas bohemios a entusiastas promotores que en los más recónditos pueblos hacen que las cosas pasen, la gran mayoría de las veces, a pérdida. Y también están los sonidistas, que, con una cinta magnética siempre lista en la canana, gatillaban el REC en el momento indicado. A pocos días de los conciertos en el teatro California, el registro de aquellas dos noches se escuchó en radios en Santiago y Valparaíso, luego hibernaron en algún estante polvoriento, hasta que una década después Alfonso Carbone, que estaba iniciando su periplo en el país del pacífico como gerente de la compañía Warner, dio con ellas, y con el calibre acostumbrado vio la veta de oro en la piedra. “Las encontré en los archivos de una radio, son directas de consola, yo las mastericé”, cuenta a casi 30 años del hallazgo. Tras la aprobación de la familia, el elepé fue editado por Warner y Bizarro.

Zitarrosa cantaría al menos dos veces más en vivo luego de la excursión cordillerana: en el festival Folklore Mayor, que sucedió el 3 y 4 de diciembre de 1988 en el Parque Central, compartiendo escenario con Yupanqui, Santiago Chalar, Eduardo Falú, Aníbal Sampayo y Jaime Torres, entre otros, y, por último, el 6 de enero de 1989, en el Club Olimpia del barrio Colón, apenas 11 días antes de su muerte.

“Alfredo cantó con su tierra y la llevó a todas partes. Era hermanable y solidario, musicalmente impecable. De estilo y formas originales, sus versos y melodías están impregnados de circunstancias, hechos y deberes de hombre comprometido”, concluye Isabel Parra. Siga cantando, maestro.

En vivo en Santiago, de Alfredo Zitarrosa. Bizarro, 2026. En plataformas.