Edu Aguiar es uno de los pocos músicos cariocas que, explorando la MPB del neotropicalismo que emergió en los 90, mantienen un vínculo muy cercano con Uruguay. No solo por el diálogo constante que ha incentivado entre los músicos más renombrados de ambas partes del Cono Sur, sino por una profusa producción discográfica que va y viene de Río de Janeiro a Montevideo. Y es afín a ese espíritu comunitario que Todas as esquinas do mundo, su más reciente entrega, se construye como una cartografía que, lejos de una autoría centrada, despliega una red de colaboraciones. Por eso la referencia, no muy velada, al famoso Clube da Esquina. De allí también que la colaboración con Mingo Araújo, Marcílio Figueiró, el chelo de Janaína Salles, la guitarra portuguesa de Rui Poço, la armónica de Rildo Hora y la voz de Alcides Sodré sea la condición de posibilidad de la música misma.
El track inicial, instrumental, instaura un campo donde guitarras y percusión operan mediante desplazamientos graduales, con un trabajo tímbrico que privilegia la continuidad por sobre el contraste cual si fuera un río. Resuena cierta base rítmica litoraleña que, en Brasil, nos remitiría a uno de sus cultores más refinados como Renato Teixeira y en Uruguay a Aníbal Sampayo. Pero esa continuidad se apalabrará con “Sol poesia luar” (gentileza lírica de Murilo Antunes) en un tempo bluseado y cuyo juego a dos voces, entre Aguiar y Sodré, plantea una interrogación que se despliega en relación con una dimensión más amplia, cercana a lo que la filosofía ha conceptualizado como instante poético, entendido como la conjunción de la temporalidad con el acontecimiento. Allí el sentido no aparece como contenido previo, emerge en el acto mismo de enunciación: “Quem serei eu/ Nem sei se estou aquí/ Nem sei se um dia serei um ALGUÉM/ Se um dia eu serei”.
Esa concepción del instante permite pensar estas canciones como dispositivos en que el tiempo, en vez de limitarse a una secuencia, se presenta como irrupción. En “Fica perto de mim”, con texto de Dudu Falcão, esa operación se traduce en una temporalidad relacional, donde el vínculo amoroso produce una resignificación del transcurrir vivido en clave cósmica (“Se você me quiser/ Pode até/ O universo nos ver/ E conspirar/ Estrelas por (em) nós dois”). Ya a partir del cuarto tema, “Desta vez”, el disco comenzará a intensificar la tensión entre memoria y deseo a través de una escena mínima en la estación de un tren que habilita una reflexión sobre el encuentro como repetición que transforma (“Cada vez que o destino me traz você/ Descontrola meu próprio ser”). Quizás por eso “Acalanto”, que entre nosotros se podría traducir como “canción de cuna”, introduce una suspensión que recuerda la noción de tiempo dilatado en el que la experiencia se define por la intensidad más que por la duración. La inversión que propone la letra, al situar al sujeto como soñado por un mundo interior, quizás sea uno de los hallazgos poéticos más notables del álbum.
En “Invenção do desejo”, con la participación de Geraldo Azevedo, el deseo mismo aparece como fuerza generativa antes que como carencia. La música acompaña esta idea mediante un ejercicio percutivo muy sencillo y estilizado del ijexá, ritmo de origen bahiano, muy utilizado por Milton Nascimento, y en el que la relación con la melodía se construye a partir de una flexibilidad estructural. A partir del séptimo track, el disco explicita su reflexión sobre el tiempo. Porque si, en “Invenção”, la voz de Sodré dice que hay que dejar “a correnteza fluir/ Irradiando o coração/ Para o amor conduzir/ Tua vontade”, el séptimo track “Passa”, composición del uruguayo Carlos Gómez, hace que la base milongueada, sostenida por una armonía que evita resoluciones abruptas, refuerce la idea de un tiempo en flujo como en el famoso río de Heráclito, en el que nadie puede bañarse dos veces. Esa inestabilidad armoniosa, valga el oxímoron, se acentúa en “A dona da cena”. El erotismo presente en la letra construye una otredad femenina que se define lúdicamente por una variación constante en la que la estructura fragmentada de la música acompaña esa idea, introduciendo cambios de dinámica que impiden una fijación.
Sin embargo, esa exuberancia conoce una pausa en la condensación conceptual de “Dia não”, texto de José Saramago, quien propone una poética del despojamiento. La reducción de la instrumentación y el énfasis en la palabra configuran un espacio donde el lenguaje se confronta con sus propios límites y pone en jaque la transparencia del discurso, insistiendo en su materialidad. Eso explica por qué el penúltimo tema, “Claro que é você”, cuyo estilo mezcla elementos de la bossa con los del samba lento, con una batida de guitarra terciada que recuerda al “Você é linda” de Caetano, retoma la problemática de la percepción, articulando una distinción entre ver y reconocer cuando, con los versos de Tatit, Sodré entona que “Na penumbra eu não vejo ninguém/ Mas na sombra eu já sei quem é quem”.
Con una entrada de berimbau, “Paz e sossego” amplía el campo hacia una dimensión colectiva. La inclusión de referencias a tradiciones religiosas de origen afro como Iemanjá y Xangó y a una genealogía de la MPB sitúa al disco en un entramado cultural más amplio. La estructura abierta de la canción, sin un estribillo dominante, refuerza la idea de flujo continuo. De allí que la mención a figuras como Gilberto Gil, Paulinho Moska o Jorge Benjor, entre otros, hace de la canción un espacio de pensamiento, un campo donde el instante poético adquiere densidad y cada variación mínima altera la percepción del conjunto. La imagen final del río que no retorna condensa esa poética, ya que el tiempo no vuelve sobre sí. Más bien deja huellas que se reorganizan en cada nueva escucha.
Todas as esquinas do mundo, de Edu Aguiar. Perro Andaluz, 2025. En plataformas.
