El sitar es un instrumento hindú de cuerda pulsada con un mástil mucho más ancho y largo que el de una guitarra, así que no es como para llevarlo colgado en la espalda por si surge una cantarola de emergencia. Pero produce un sonido metalizado, brilloso y punzante que, en las manos adecuadas, pinta de un color único a una canción.
En 1966, el malogrado guitarrista Brian Jones, fundador y primigenio líder de los Rolling Stones, ante la voracidad compositora de sus compañeros Mick Jagger (voz y armónica) y Keith Richards (guitarra y descontrol), que no le dejaban mucho espacio creativo, empezó a buscarle la vuelta a cualquier instrumento que encontrara por ahí para aportar un timbre nuevo. Así lo hizo con la marimba en “Under My Thumb” y con la flauta dulce en “Ruby Tuesday”, por ejemplo, grabadas aquel año, que sin ese detalle tímbrico serían dos canciones menos grandiosas de lo que son.
Entre el 6 y el 9 de marzo de 1966, los Stones grabaron una canción en los estudios RCA de Hollywood (California) que se publicó como single el 13 de mayo en Reino Unido, y fue número 1 tanto allí como en Estados Unidos. Pero en ese dato frío no hay nada especial, ya que la banda venía de lanzar varias canciones que llegaron a la cima de las listas: el punto es que la nueva canción marcó una diferencia de estilo con sus hits anteriores. Se trata de “Paint It Black”, que hoy es la canción más popular del catálogo firmado por Jagger y Richards en Spotify, con casi 1.700 millones de reproducciones.
En 1965, los Stones empezaron a disparar las balas más certeras de la artillería del rock marca de la casa hasta ese momento con los singles “(I Can’t Get No) Satisfaction” y “Get Off of My Cloud”, que establecen la obsesión por el riff de guitarra eléctrica y la melodía vocal tirante, llevada de los pelos y hasta antipop, que no es como para andar silbando con las manos en los bolsillos mientras se camina despreocupado pateando piedritas. “Get Off of My Cloud” te pega en la cara sin avisar, con el golpeteo seco y contundente de la batería de Charlie Watts del arranque, al que se suman las ásperas y rifferas guitarras, y el berreo de Jagger, para hacer carne y labios el pedido de que salgamos de su nube.
Pero “Paint It Black” empieza con el solitario sitar, a cargo de Jones, desprendiendo un riff simétrico en tono menor, con una progresión armónica que no era la esperable de unos veinteañeros bien occidentales. Así, ya de pique, la canción rompe con la doctrina del sonido stone hasta ese momento, por dos lados: el timbre –del sitar– y la melodía –alejada del estándar del rock & roll–. Son apenas siete segundos; luego, un instante de silencio… ¿Y ahora qué pasa? Ese pequeño riff basta para colocarnos en una escena hipnóticamente misteriosa.
Entonces, caen los golpes de la batería de Watts, con aires de minimalismo tribal, y la canción ya nos hizo suya. Un par de rasgueos de guitarra acústica y aparece Jagger, pero sin bramar ni largar ninguna melodía tirante. A diferencia de lo que marcaba el canon roquero, que la guitarra y la voz no iban por igual camino melódico, la mitad de la parte vocal de la estrofa es la misma que la del riff, porque Jagger sabía que no podía escaparle a una melodía tan pegadiza; por eso, se mimetiza con ella.
La oscuridad traga y no convida
“I see a red door and/ I want it painted black/ No colors anymore/ I want them to turn black” (veo una puerta roja/ y la quiero pintada de negro;/ no más colores,/ quiero que se vuelvan negros), canta Jagger al principio. La letra no da lugar a mucha hermenéutica: va y viene sobre lo mismo, como el riff. Se resume en eso de querer pintar todo de negro porque mira en su interior y ve que su corazón es negro. Puede ser una metáfora de depresión, angustia, tristeza y un largo y oscuro etcétera.
Por supuesto, también anda merodeando la muerte. Jagger canta que ve una fila de coches y todos están pintados de negro, una imagen a la que le cabe un cortejo fúnebre. Capaz que el narrador de la canción está muerto, como Bruce Willis en Sexto sentido, pero lo sabe, y por eso canta lo que canta. Y, como hay gente para todo, quizás alguien lo interprete de la forma más lineal posible y crea que Jagger de verdad quiere andar por ahí pintando las puertas de negro.
Sumando rarezas, que desconfiguran los parámetros de la canción popular, “Paint It Black” no tiene un estribillo en el sentido musical, porque es un conjunto infinito de estrofas de dos partes: en la primera, el riff se roba el protagonismo; en la segunda, levanta con una progresión armónica tensada, por eso Jagger aprovecha y saca su voz más gutural (“I see the girls walk by dressed/ In their summer clothes/ I have to turn my head/ Until my darkness goes”). Por el medio de la canción (1.50), cuando repite los primeros versos, el cantante se manda una seria e inquietante voz nasal, que muestra lo que podía hacer ese inglés de 22 años que, por suerte, para la historia del rock con mayúscula, abandonó temprano sus estudios en la aburrida London School of Economics.
Cerca del minuto 2.20 la guitarra acústica de Richards le da otro color cuando empieza a tocar un rasguido con aires de bolero, y a eso hay que agregarle los coros, que tampoco pueden resistirse a la melodía y la repiten con un tarareo de puras “m”, volviendo todo más exótico. Esa coda de “mmm...”, insistente como un mantra, solo se corta brevemente para que Jagger remarque la oscuridad: “I wanna see it painted,/ painted black,/ black as night,/ black as coal” (lo quiero ver pintado,/ pintado de negro,/ negro como la noche,/ negro como el carbón).
La oscuridad también rodea la verdad sobre cuál fue el aporte total de Jones a la canción, es decir, si además de tocar el sitar compuso el riff. En su autobiografía Vida (2010), Richards dice que en “Paint It Black” la música es suya y la letra de Jagger, y agrega: “Era un estilo completamente distinto al de todo lo que yo había hecho hasta entonces. Tal vez fue cosa del judío que llevo dentro, pero para mí es algo más parecido a ‘Hava Nagila’ o a una melodía típica de la música gitana”.
A fines de 1965 The Beatles editó Rubber Soul, que incluía “Norwegian Wood (This Bird Has Flown)”, una canción en la que George Harrison toca el sitar; cuando los Stones lanzaron “Paint It Black”, no faltaron quienes los acusaron, una vez más, de andar tras los pasos del cuarteto de Liverpool. Jones respondió en una columna de la revista británica Beat Instrumental, señalando que el planteo era “totalmente absurdo”. “También podrían decir que copiamos a todos los grupos con guitarra. Todo el mundo se pregunta cuál será la nueva tendencia. Personalmente, no me gustaría que fuera esta extraña sonoridad india”, remató.
“Tutto nero”
“Paint It Black” se transformó en una de las canciones más versionadas de los Stones, con cerca de 400 interpretaciones, a cargo de medio mundo. En los 70, Deep Purple se despachaba con una interpretación en vivo de más de diez minutos, puramente instrumental, un ejercicio de virtuosismo extremo. Dos décadas después, U2 también lanzó su versión, medio lavadita, por mencionar dos ejemplos opuestos de bandas grandes.
Quizás porque su melodía se aleja del estándar roquero, fue grabada en varios idiomas; en francés, por Marie Laforêt, y Caterina Caselli lo hizo en italiano, titulada “Tutto nero”, con una traducción libre que suena musical de solo leerla, como todo en ese idioma: “Di notte il cielo senza stelle è tutto nero,/ cosí il mio cuore fino all’ultimo pensiero”. La banda española Los Salvajes fue la primera en grabarla en español, en el mismo 1966, titulada “Todo negro”. Pero, sin duda, una de las versiones más sublimes estuvo a cargo de la London Symphony Orchestra, para el disco Music of The Rolling Stones(1994), que por momentos suena como mezclar los Stones con Lawrence de Arabia.
Pintalo en vivo
Los fanáticos de los Stones suelen tener en su memoria hasta el más mínimo detalle de la discografía de la banda, como si fueran versículos de la Biblia para un católico profesional. En el arranque de la versión de “Sympathy For The Devil” –otra rareza oscura del grupo– del álbum en vivo Get Yer Ya-Ya’s Out! (1970), por el canal izquierdo se escucha a una muchacha del público que, enfervorecida, pide que toquen la canción que nos ocupa en esta nota: “‘Paint It Black’, you devil! ‘Paint It Black!’”.
Pero los Stones no le dieron bola, ni a ella ni a cualquier otra persona que pidiera esa canción. Vaya uno a saber por qué, la banda se dio el lujo de no tocar “Paint It Black” por más de 20 años. La interpretaron en las giras inmediatas a la salida del single, en 1966 y 1967, y la dejaron por ahí. Pasaron 11 tours, cada vez más masivos, y no los pintaron de negro. Así las cosas, nos perdimos de escuchar una versión con Mick Taylor, el guitarrista más virtuoso y melodioso que pasó por los Stones –estuvo entre 1969 y 1974–.
Recién en el regreso triunfal del grupo de la lengua a los escenarios, en la gira del disco Steel Wheels (1989), estos muchachos, ya cuarentones largos, se dignaron a tocar “Paint It Black”. Quizás su ausencia se debía a que no es fácil replicar ese sonido tan particular, y no estrictamente porque Jones estuviera muerto desde 1969 –luego de que lo echaran del grupo–, ya que con él todavía en la banda tampoco se colgaba el sitar en los recitales, sino que tocaba “Paint It Black” con guitarra eléctrica como cualquier hijo de vecino –roquero–.
Mick Jagger, Charlie Watts, Keith Richards, Brian Jones y Bill Wyman (archivo, mayo de 1965).
Foto: London Records
La versión de 1989/90 hasta hoy sigue siendo la mejor en vivo. Principalmente porque Richards la toca con otra cosa rara: una guitarra híbrida marca Sadowsky, eléctrica con cuerdas de nailon, que le da una atmósfera única (luego de esa gira, para tocar la canción negra, siempre se colgó una eléctrica estándar, su inseparable Fender Telecaster). En el disco en vivo Flashpoint (1991) está el registro de la versión de aquella gira: empieza con una improvisación arpegiada que deambula por el riff, y cuando Richards por fin lo encara –con ese timbre cristalino que solo brinda la cuerda de nailon–, se escucha y se siente cómo se enciende el fervor del público.
A partir de entonces –o sea, desde hace más de 35 años–, “Paint It Black” estuvo mucho más presente en los recitales de los Stones. Y Richards, luego de tocar la introducción, solía juguetear: levantaba la mano y apuntaba hacia Watts, como remarcando que se venía aquel tronar de batería tan legendario. Eso hizo también el 16 de febrero de 2016 en el estadio Centenario, cuando los Stones tocaron por primera y única vez en nuestro país, y no faltó “Paint It Black”.
De vuelta a 1966: la canción del sitar fue la elegida para iniciar el disco Aftermath, lanzado ese año, el primero del grupo que estuvo integrado exclusivamente por material compuesto por Jagger y Richards, pero “Paint It Black” solo fue incluida en la edición estadounidense del álbum (a diferencia de lo que sucede con la discografía de los Beatles, los discos de los Stones canonizados son los publicados en Estados Unidos, no en su tierra natal, quizás porque fue donde más tocaron y por su obsesión por la música de raíz yanqui). La versión de Aftermath editada en Reino Unido empieza con “Mother’s Little Helper”, que arranca con un verso no menos oscuro: “What a drag it is getting old” (qué basura es hacerse viejo). Pero eso no parece aplicar a Jagger y Richards, que ya tienen 82 años y en julio van a editar un disco más con su banda eterna.
Combate en Vietnam y Merlina
En estos largos 60 años “Paint It Black” también se transformó en una de las canciones de los Stones más usadas en otros medios. En el segundo lustro de los 80 se la vinculó con la guerra de Vietnam porque suena en los créditos de la película Full Metal Jacket (1987), de Stanley Kubrick (conocida por estos lares como Nacido para matar), pero sobre todo porque era la canción de la presentación de la serie Tour of Duty (1987-1990), que en Uruguay emitió Canal 4 con el nombre Combate en Vietnam.
Mucho más acá en el tiempo, volvió a estar en el tapete por una versión instrumental, con un prominente arreglo de chelo, que suena en el primer capítulo de la famosa serie de Netflix Wednesday (Merlina en Hispanoamérica), en pantallas desde 2022. Centrada en la hija mayor de la familia Addams, arreglada por el genial compositor Danny Elfman, la versión es una hemorragia gótica y demuestra, una vez más, la ductilidad de ese riff. Y así, suene en donde suene, gracias a las regalías, los bolsillos de Jagger y Richards se siguen pintando de verde.
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