Aurora, el espectáculo con el que la bailarina y coreógrafa Andrea Arobba y su colega Juan Miguel Ibarlucea materializan sus ganas de hacer algo juntos es más que un pretexto expresivo, es una pieza afinada en disciplinas orientales, como el aikido goro goro, que Arobba practica desde hace dos décadas, cruzado con la sobriedad del Teatro Noh, en el que los círculos y los estertores, los barridos y las suspensiones fluyen en un ámbito que se siente inmenso por envolvente, y por ósmosis, sereno como arar un jardín zen. Podría parecer que las escenas de segadores de Millet, de Van Gogh o de Pieter Bruegel el Viejo ocurrieran en una noche sin luna, como si un gato se detuviera a mirar cómo crece una telaraña, como en una película en blanco y negro vista desde otra dimensión en una pantalla con interferencias sonoras.
El espectáculo tiene lugar en la sala Zavala Muniz, que clausura para este montaje tres de sus frentes, cubiertos casi hasta la parrilla por telones blancos, de pliegues verticales, con rebordes que ordenan, transmiten una estética y pueden mutar en lo sensorial, cuando ondulan. Los espectadores ingresan a la grada que convierte al espacio en una sala frontal, con luz plena, pero el comienzo de la función es a oscuras. Hay una vibración asimilada a ráfagas, a un cruce de vientos, quizás un acantilado cercano. Es el sortilegio de Nacho Echeverría, ejecutando en vivo sus resonancias de cuerdas, maderas y metales a modo de pasos, serpentinas o gongs.
A nivel de movimientos se presentan y solapan instantes parsimoniosos y acelerados, momentos estáticos, de contemplación o alerta, de personajes a contraluz y de sus sombras, encapuchados como monjes o ancianos, o como personas que tienen que proteger sus cabezas. Los acompaña como tercer intérprete Enzo Scasso, que además está a cargo de la realización de la escenografía.
El foco está mediado por la iluminación (de Cecilia Mieres y equipo) que algunos performers desplazan: un tubo arrastrado como una ficha de hockey, una bombita que clarifica diámetros como si buscaran pescar a la encandilada o que funciona como un faro que cerca un perímetro inexplorado.
En tanto el progreso del espectáculo es pulsado por el conjunto de los elementos o, como se sostiene desde el programa de mano, “la obra se presenta como una amalgama indisoluble donde el movimiento, la iluminación y las acciones simultáneas operan en un mismo tiempo”, una contraescena avanza en la construcción de una estructura de jo , es decir, que arman mientras con bastones de madera, como un mikado enorme, como una poética carcasa de fósforos.
Claroscuros y sombras en todo momento duplican los personajes, los bailarines e incluso los objetos, y sus dimensiones van cobrando otra corporalidad. Arobba es sin dudas la que más claramente va asumiendo estados, de la pesquisa curiosa a la vibración, del gruñido visceral al lento retroceso en cuatro apoyos.
Como previenen sus creadores, “Aurora se inscribe en el Día de la Danza como una invitación a pensar el movimiento más allá de sus formas tradicionales, poniendo en el centro la escucha, la percepción y la transformación del cuerpo en escena”. La premisa, como muchas de las provenientes de GEN, hibrida distintas disciplinas, como Historia Natural de la Belleza, Big Bang, Sinapsis y el Frankenstein con el que Arobba y la Comedia Nacional agotaron entradas en el auditorio de la Facultad de Medicina.
Arobba, que es artista residente del Solís, donde coordina la programación del ciclo (No tan) solos al mediodía y viene de mostrar Madres, un trabajo junto con Mariana Percovich, desarrolló Aurora en el marco del Día Internacional de la Danza y tiene en agenda para junio Piano piano y para noviembre Cuerpo escénico.
Aurora. 2 y 3 de mayo a las 20.00 en la sala Zavala Muniz del Teatro Solís. Entradas $ 600.